El diario de Kurt, Parte I: un último viaje

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page
Medieval Port, by Kurobot

Medieval Port, by Kurobot

Esa noche llovía en Cartago, lo que era algo raro en una noche estival.

En la Escupidera Salada, la tasca del puerto, había un ambiente tenso. El silencio incómodo y la vista fija de los marineros en la puerta de entrada creaba un clima de tensión tan palpable que podría haberlo tomado con un cuchillo y untado en pan.

Yo estaba sentado de espaldas a la barra, apoyando los codos y observando el resto de la taberna. Detrás de mí estaba August, el tabernero, limpiando una jarra con un trapo.

Una conversación susurrada entre dos personas desvió la atención de algunos de los presentes a una esquina. En una mesa, dos hombres hablaban sobre un buen fajo de papeles y sendas jarras de cerveza.

Uno de ellos era bajito, pero no bajito como un par de palmos más bajito de lo normal, sino que medía la mitad que un hombre corriente. Se trataba de un sucio undino. Iba bien afeitado y con la cabeza rapada.  El otro hombre era un individuo corriente. Su pelo y su frondosa y cuidada barba empezaban a mostrar las primeras canas. Tenía la piel curtida por la sal y el sol, que contrastaba con sus ojos claros. En su boca tenía sujeta una pipa que no estaba encendida aún y era al parecer el que llevaba los papeles en orden.

Aquellos dos hombres eran ya conocidos en Cartago. El undino era el capitán Edwin Artamar y el hombre de la pipa era Smitty, su segundo al mando. Ambos dirigían el Corcel de la Niebla, una carabela que había conocido ya tres capitanes y con la que habían recorrido la ruta del norte hacia Inkairu. Habían tenido suerte de llegar y volver un par de veces. Al menos, ellos lo llamaban suerte, pero yo deduzco que tratándose de un undino analfabeto dirigiendo un barco solo se podría tratar de un pacto con algún Dios maligno.

Muchos, reconociendo a los dos viejos marineros, volvimos nuestra atención a la puerta expectante.

Estábamos expectantes ante la llegada de un nuevo contratista que se iba a presentar aquella noche. Su nombre era Andrew Mormont, un miembro de la Escuela de Investigación Técnica de Westfallas Nova. Esta escuela no deja de ser un burdo intento de hacerle sombra a las Escuelas de Investigación de Escisión en Entanas, como casi todo lo que hacen los Westfalis. Desde su cultura hasta su clero, todo realmente pertenece al Imperio Entánico. De no ser por la situación geográfica de su frontera, entre las Montañas Áureas y el Yunque de Sior, ya les habríamos conquistado en la Segunda Guerra. ¿Qué digo? En la Primera.  

Andrew Mormont era el que financiaba la expedición. Una expedición “con fines exploratorios”, según decía. Los que estábamos ahí éramos en su gran mayoría braceros expectantes de un nuevo jornal que llevar a casa. Otros eran mercenarios que habían perdido el trabajo tras la Tercera Guerra.

Yo por mi parte estaba ahí por un asunto más turbio que bocas que alimentar. Llegué a Cartago desde Media Esuarth durante la Tercera Guerra, junto con August y unos pocos de hombres más. Teníamos una misión: sabotear las rutas de suministros westfalis, además del espionaje ocasional de sus estructuras de reclutamiento. Era una misión gloriosa, hecha para auténticos patriotas, pues el peligro de que te torturen, te busquen y te ahorquen siempre estaba ahí, incluso cuando ya la guerra había acabado hacía menos de un mes. Los westfalis no cesaban de darnos caza y nosotros no paramos de esquivarlos y de sabotear sus misiones. La guerra aún no había terminado para los agentes de inteligencia entánicos.

La puerta se abrió, dejando entrar ese antinatural frío de verano, algo de lluvia y olor a mar. También entró un individuo ancho de hombros, de semblante serio y pelo corto, como su barba. Llevaba sus brazos cruzados sobre el pecho, enfundados en las mangas de una túnica basta de color gris azulado. De su cuello colgaba un amuleto de verdoso bronce que representaba al mar rompiendo contra los acantilados. Un sacerdote de Marmain, la señora del océano.

El sacerdote cerró la puerta tras de sí y recorrió la Escupidera con la mirada, como el guardia que examina un callejón en busca tuya. Tanto a August como a mí se nos pusieron los pelos de punta cuando clavó su mirada acusadora en nosotros. Rápidamente el robusto sacerdote desvió la mirada a la mesa Edwin Artamar y Smitty, para dirigirse con un paso firme que no verías ni aunque el mismísimo emperador se dirigiese al frente de batalla. Con un gesto hosco, sus manos grandes y nudosas como troncos de roble dieron una palmada en la mesa y empezó a hablar en voz baja con el capitán y el segundo al mando del barco. Acto seguido se sentó al otro lado del undino, alzó la mano para pedir una cerveza y cruzó los brazos sobre el pecho, manteniendo su mirada seria mientras el capitán y el segundo al mando seguían debatiendo asuntos del viaje.

Por fin, la puerta se abrió con un portazo y, tras el viento y la lluvia, entró un individuo trastabillando, envuelto en empapados ropajes negros. El silencio incómodo de la posada se hubiese convertido en carcajadas ante la imagen de no ser porque los ropajes le delataban. Aquel tipo era sin duda Andrew Mormont.

El señor Mormont se quitó el sombrero negro y lo escurrió entre sus manos para ponérselo de nuevo en la cabeza, deforme. Sacó de debajo de la axila un fajo de papeles y empezó a repartirlos a cada uno de los ahí presentes, aunque la mayoría de ellos no sabría leer seguro. Me levanté sonriendo divertido, y me dirigí a él. Me pasó uno de los papeles. En letras grandes ponía: “SE BUSCAN EXPEDICIONARIOS”. Ya con eso estaba seguro de que era él.

Tras un gesto del undino y una llamada que resonó como un trueno, el señor Mormont se dirigió a la mesa para sentarse tras estrechar la mano al capitán (al que curiosamente hablaba a voces) al segundo al mando y al sacerdote (al cual se la estrechó como uno se la estrecharía a un undino si estuviese en la madre patria).

Los marineros de la tasca, August y yo nos pusimos en una cola que se organizó para inscribirse en el viaje como miembro de la tripulación. Una vez me tocó me senté cuando ese undino señaló la silla.

-¿Cuál es tu nombre, chico?-preguntó. El segundo al mando, Smitty, tenía la pluma lista para apuntar.

Kurt Aegenfield.


Autor: Moisés López (Facebook)
27 de Ithraindra de 1462 después de la Separación
La Escupidera Salada. Cartago, Westfallia.


Moisés nos trae las crónicas de la tripulación del Corcel de la Niebla. Un grupo de hombres unidos por sus circunstancias: valientes unos, desesperados el resto.

Sus aventuras les llevarán a descubrir algunos de los secretos de Vilia que sería mejor que quedasen enterrados.

Sigue las publicaciones de la campaña la Máscara de Plata en este enlace.

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

La leyenda de Adalia

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Cuenta la leyenda que un espíritu de la naturaleza llamado Adalia, favorita de Sylvia, la diosa de la naturaleza, se enamoró perdidamente de un joven granjero humano. Eran los tiempos en los que los dioses aún caminaban entre nosotros y estaba prohibido que los humanos se relacionasen con los seres divinos, ya que ello era considerado antinatural. Por ello, Adalia no podía hacer otra cosa que observar a su amado desde el linde del bosque, siempre deseando poder acercarse más.

Meses pasó el espíritu en una vigilia constante, hasta que finalmente tomó una decisión. Durante la noche, mientras el granjero dormía, Adalia se aproximó hacia la colina a la que él solía llevar a pastar a sus ovejas, y elevó una plegaria a Sylvia, rogándole su bendición. La diosa, conmovida por la emoción que Adalia le transmitió, ungió a su favorita con una sóla de sus lágrimas, transformándola en un majestuoso roble.

A la mañana siguiente el granjero descubrió el árbol, y considerándolo una señal de la bendición de los dioses decidió encargarse personalmente de que tuviese los mejores cuidados.

Una tarde, después de acabar con sus quehaceres habituales, el granjero se encontró presa de un profundo sopor. Decidió aprovechar la sombra del árbol para echar una cabezadita. Y en sus sueños, por primera vez, Adalia y su granjero se encontraron por fin.

Se dice que el granjero quedó tan prendado por el espíritu que nunca quiso despertar. Y Sylvia, en honor a la que había sido su favorita, convirtió también al humano en un árbol tan magnífico como el que era Adalia para que pudiesen seguir juntos para siempre.

Y aún hoy, cientos, puede que miles de años después, se cuenta que ambos siguen juntos, sus raíces entrelazadas en un abrazo eterno. Y aquellos que duermen a sus pies parecen oír, llevadas por el viento, cómo se susurran palabras de amor.

Autor: David Russo

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

La Muerte de la Inocencia

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

DSC0008-01

“Ahora ya nada importa hijo mío, ya no le tengo miedo a nada.

Al caer la noche iré a buscarles, iré a por lo que tanto ansío y lo que te mereces, iré a por su sangre a fuego y hierro.

Ahora ya nada importa excepto cuidar a tus hermanas.

No permitas que nadie les haga daño e impidelo con tu vida si fuera necesario, igual que hiciste cuando vinieron a buscarme.

Aunque dormido en tu cripta, te mandé construir en piedra pequeño mio, para que puedas seguir protegiendo esos bebés como hacías cuando respirabas con tu lanza de caña.

Ahora ya nada importa hijo mío, ya no hay nada que perder, ya todo da igual, no hay un infierno peor que en el que vivo sin vosotros.

Esta noche dormiremos juntos.

 – Papá”


Restos de un diario preservado desde la época de la Guerra de las Colonias, ocurrida en Media Esuarth. Fechada el 24 de Marmaradin del 1233 d.S.

Nuevo relato e imagen de nuestro colaborador Doppleganger, que nos da una muestra de como la desesperación y la pérdida pueden afectar a un hombre bueno.

¿Quieres contar tu relato aquí? Ponte en contacto con nosotros.

Autor y Fotografía: Doppleganger

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Codicia y Castigo

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

_DSC0073-01

– ¿Simplemente estaba aquí? – buscaba algo en las manos de aquel explorador sabiendo que algo le estaban escondiendo.

– Tal y como la está viendo mi señor – mentía el joven y harapiento explorador mientras escondía el precioso ojo de Rubí en un bolsillo.

– Parece que llegamos tarde, hay una inscripción en la piedra, no se lee muy bien pero parece que  dice “Aquel que por avaricia deje ciega a mi guardián, correrá su misma suerte y una veintena de sus hermanos le darán fácil caza y muerte” – escuchó un grito y se giro rápidamente para descubrir como de entre la maleza surgía una manda de sigilosas y hambrientas leonas relamiendose.


Wang Liao y Sakura Ichibin, explorando las Cavernas Torano Dokutsu, al sur de la Península Olvidada. Inkairu,  5 de Ithraindra, 1469 d.S.

Arrancamos la sección de microrrelatos con esta imagen y texto cortesía de nuestro colaborador Doppleganger. ¡Muchas gracias!

¿Quieres contar tu relato aquí? Ponte en contacto con nosotros.

Autor y Fotografía: Doppleganger

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

El Precio de la Victoria

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page
e155c237d1b68f78e65801ce8b6774b3

Photo: © Mary Evans Picture Library / Alamy

Los bárbaros les hicieron replegarse.

El destacamento de soldados Memphitas había logrado dispersar el grueso de la desorganizada horda bárbara Nebinesa. El Archiduque Thancrid se preparaba para perseguir a los rezagados cuando comenzaron a brotar, como sangre de las entrañas de la colina, el resto de las brutales fuerzas enemigas que habían permanecido escondidas. Aquel movimiento de pinza había sido inesperado, y el Archiduque se encontró con sus tropas completamente rodeadas.

Sus hombres lucharon con bravura, pero no pasó mucho tiempo antes de que el viejo general se encontrara solo y rodeado de bárbaros que le gritaban desafíos en su ruda lengua. Los salvajes habían caído como lobos sobre sus hombres, masacrándolos como a ganado. Por cada soldado Westfalli caído, 3 bárbaros habían caído con él, pero la superioridad numérica de los salvajes era insalvable.

Theodore Thancrid - by Thadal

Theodore Thancrid – by Thadal

Thancrid no pudo evitar preguntarse si los bárbaros aún no habían acabado con él porque pretendían tomarlo como rehén, o si simplemente querían prolongar al máximo su diversión. Su respuesta llegó cuando vio abrirse paso entre los bárbaros a un viejo conocido suyo: Tragh, el Mutilador. Aquel monstruo y su horda de salvajes había arrasado tres de las guarniciones de Thancrid, y el Archiduque había preparado su contraataque inmediatamente, impaciente por igualar la balanza. Hubiera deseado que el encuentro se hubiese dado en mejores circunstancias, si bien no pudo evitar sonreír ante las ironías del destino: los mismos bárbaros le estaban brindando la oportunidad de enfrentarse a su odiado enemigo y, quizás, de llevárselo por delante hasta los Campos Etéreos de Crues.

El general preparó su guardia empuñando su espada con las dos manos. El salvaje, por contra, asió su hacha de guerra por encima de su cabeza y se lanzó hacia delante dejando escapar un alarido que recorrió todo el campo de batalla.

Con destreza marcial, Thancrid alzó la espada en línea, intentando aprovechar la fuerza de su adversario para que él mismo se empalase en ella; pero Tragh, esperando el movimiento, desvió la hoja de la espada a un lado con un golpe brutal de su hacha mientras se deslizó al lado contrario. Ambas armas salieron despedidas de las manos de los guerreros, y en su embestida Tragh logró derribar al viejo General Memphita. Ambos rodaron, lanzando puñetazos enguantados en metal, hasta que el Mutilador logró situarse encima de su adversario, inmovilizándolo.

Thancrid se revolvió con desesperación, pero Tragh descargó el puño contra la cabeza de su oponente con tanta fuerza que hundió un lado del yelmo, casi haciéndole perder el sentido. Después le arrancó el casco y comenzó a golpearlo repetidamente. La visión del viejo General se tiñó de rojo con su propia sangre, perdiendo las fuerzas que le quedaban presa de un insoportable dolor.

El bárbaro dejó escapar una gélida risotada, saboreando su victoria sobre su aciago enemigo. Antes de alzarse hizo un gesto a sus hombres, que coreaban sus risas disfrutando del espectáculo. Dos de ellos se acercaron al General caído para sujetarle y extender ambos brazos, mientras un tercero entregaba al caudillo bárbaro su hacha.  

Acto seguido, el caudillo bárbaro miró por un momento el filo mellado de su hacha de guerra, compañera de tantas batallas, y miró al ensangrentado, anciano y derrotado General Westfalli que le había causado tantos problemas en los últimos años. Alzó su hacha con las dos manos y descargó el primer golpe sobre el brazo derecho de su indefenso oponente, a la altura del codo. La junta de la armadura cedió al primer golpe, pero aún no seccionó el miembro. El viejo profirió un alarido de dolor y empezó a mascullar maldiciones mientras un charco de sangre se formaba bajo su extremidad tullida.

Tragh soltó el hacha en el suelo y acercó su rostro al del general. Quería oír a su enemigo sufrir, deleitarse con la agonía de su rival. No pudo evitar dejar escapar una risa malévola, esforzándose para poder captar el cambio de la mirada de su enemigo mientras se acercaba a la muerte.

Lo que sucedió después, sucedió en un instante. Un instante confuso. El general, aparentemente derrotado, dio un latigazo con su cuello, golpeando con la sien el frontal del yelmo de Tragh el Mutilador. El protector de la nariz se incrustó en el rostro, rompiéndole la nariz en el proceso, a lo que Tragh reaccionó cayendo al suelo entre alaridos de dolor. Aprovechando la sorpresa de los bárbaros que lo sujetaban, el enorme westfalli se alzó de golpe, arrojando a sus captores al suelo en su ímpetu, y se abalanzó hacia el hacha del caudillo bárbaro. Fue entonces cuando se dió cuenta que uno de los bárbaros que habían caído al suelo aún sujetaba su brazo derecho, separado al fin del resto de su cuerpo. No importaba ya. Thancrid alteró su postura y cogió el hacha con la mano izquierda.

Sus captores se abalanzaron sobre él, dispuestos a inmovilizarlo de nuevo, pero el viejo no estaba dispuesto a dejarse atrapar. Con una fuerza tremenda propinó a los dos enemigos más cercanos sendos hachazos en las costillas, matándolos en el acto, tras lo que se apresuró a plantar su acorazado pie derecho sobre el caudillo bárbaro, impidiéndole levantarse. Acto seguido y sin mediar palabra, el general hundió el hacha en la cabeza su enemigo. Thancrid no era un salvaje, y no le gustaba perder el tiempo haciendo ceremonia con las ejecuciones de prisioneros de guerra. Un gesto mezcla de incredulidad e ira quedó grabado en el rostro inerte de Tragh.

En el campo de batalla reinaba el silencio, roto tan solo por la pesada respiración del General Memphita. Thancrid había acabado con el caudillo de los bárbaros, y la sorpresa y la brutalidad de la ejecución habían impedido hasta entonces que el resto de la horda se echara encima suyo. Sabía que la sorpresa no duraría, aunque estaba dispuesto a presentar batalla hasta el final.  

En ese instante, el sonido de una corneta proveniente desde el sur rasgó el aire. Thancrid la reconoció inmediatamente y sonrió, pues se trataba de un sonido que adoraba y que podría significar su salvación: la caballería avanzaba al galope. Tan solo tendría que permanecer con vida hasta que llegaran.

El viejo general se limpió la sangre de su rostro y empuñó con fuerza su nueva arma. El día aún estaba lejos de terminar.


Páramos del Sur de Nebin. 1505 d.S.

Autor: Moisés López.
Editores: David Russo y Ricardo García
Ilustración: Moisés López.

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Inauguración de la Taberna de los Héroes

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

wereopen

¡Bienvenidos! ¡Pasad, poneos cómodos! ¡Sois los primeros en llegar!

Espero que hayáis tenido un agradable viaje, y que no os sintáis muy fatigados. ¡Al fin y al cabo acabamos de abrir y la diversión no ha hecho más que empezar!

Quizás vengas de la propia Terra Norte, de alguno de los reinos que conviven allí. O quizás vengas de las Montañas Azules y traigas increibles secretos ocultos durante siglos. Puede incluso que hayas decidido viajar desde Gaia y hayas cruzado en un pensamiento toda la Brecha. E incluso puede que vengas desde más lejos aún: de extraños y apasionantes mundos donde la magia esté gobernada por tres lunas, un sol ardiente chamusque una tierra ennegrecida, o los Dioses se dediquen a caminar por la tierra. Quizás vengas de algun mundo aún más extraño, donde todos vistan de forma graciosa, existan máquinas voladores, y curiosos portales cuadrados te permitan el acceso a un semiplano al que he oido que llaman “Internet”.

Ya sea la primera vez que visitas Vilia, o bien ya conozcas a fondo sus tierras y secretos, quiero que te sientas bienvenido a esta humilde taberna a la que llamo hogar. Aquí podrás descubrir el apasionante mundo de Vilia. Un mundo creado por más de cincuenta personas a lo largo de más de 12 años, en el que se han desarrollado numerosas historias y que ha dado lugar a canciones legendarias. Aún hoy el mundo se sigue descubriendo y su historia escribiéndose día a día.

Yo mismo tengo el honor de poder contar algunas de sus historias y anunciar las próximas que están por escribirse, una tarea que me pone en contacto con los más de quince viajeros que están participando activamente en esta historia. Y es que son ellos los que hacen que Vilia sea un lugar vivo y en continuo crecimiento. Una historia no puede ser buena sin buenos protagonistas.

¿Te interesa lo que oyes? ¿Quizás quieras saber más? ¿O puede que quieras participar de este mundo? En ambos casos, te animo a que contactes conmigo. ¡Estas cosas lo mejor es hablarlas con una cerveza en la mano!

Por último, no olvides echar un vistazo al Compendio de Vilia, y estate atento a los proyectos que vayan surgiendo. ¡O anímate a proponer el tuyo!

Vilia es un mundo enorme, con infinitas historias que contar.

¿Cuál es la tuya?

 – Bardomero, el Bardo. Taberna de los Héroes. Media Esuarth.

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Introducción a Vilia

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

“Siéntate, joven, y haz un poco de compañía a este anciano.

“Sé que me buscabas. Muchos lo hacen. No eres el primero, ni serás el último. Y ahora que me tienes delante, ¿qué vas a hacer?

“¡Ah! Reconozco esa mirada. Es inconfundible. Buscas respuestas, ¿no es así? Bien, bien… Entonces empiezas con buen pie. El primer paso para encontrar la verdad es ser consciente de que, posiblemente, no la conozcas.

“No te mentiré: no puedo decirte que mis palabras encierran esa verdad que ansías. Más allá de lo que han visto estos viejos ojos puede ocultarse aún cualquier cosa. ¡Y no han visto poco, estos ojos! No señor. Pero como bien decía el bardo: ‘afortunado sería aquél que cambiase todo lo que sabe por la mitad de lo que desconoce’…

“Veo que que te corroe la impaciencia, ¿no es así? Lo entiendo, lo entiendo perfectamente. Yo también fui como tú, hace ya muchos años. Un aventurero en busca de gloria, de riquezas. Deseaba que mi nombre figurara en la historia. Y logré todo eso, y muchas cosas más… Como tristeza. Dolor. Pérdida… A veces me pregunto si mereció la pena. Y aunque yo tengo mi propia respuesta, tú aún tienes que descubrirla. Y puede ser muy distinta, amigo mío… Solo aquél que se arriesga a sufrir y a perder, descubre tiene la oportunidad de darle valor y sentido a su vida.

“Pero me pierdo entre desvaríos. Vayamos, pues, a lo que nos interesa…

Tavern - by anotherwanderer

Tavern – by anotherwanderer

“¿Qué es Vilia? Debo reconocer que no es una palabra que escuche muy a menudo… y desde luego no es algo que sea sencillo definir.

“Veamos… Vilia no es algo concreto. Más bien lo es… todo.

“Sí, sé que suena extraño, pero es lo más cerca de la realidad que soy capaz de expresar con palabras. Vilia es una palabra antigua, Ya casi olvidada. Su significado es aún más desconocido si cabe. Solo sé que se utiliza para referirse a la existencia, a la vida y a lo que hay más allá. Al todo. ¿Que cómo sé yo eso? Bueno, lo escuché de boca de un adivino, hace ya muchos años. Sus palabras, de hecho, fueron las mismas que te he dicho yo a ti.

“Estoy seguro de que hay más. Siempre lo hay cuando se trata del pasado. ¿Quién sabe? Quizás tú llegues a ser quien me explique lo que es Vilia la próxima vez que nos veamos.

“Pero imagino no eres un filósofo, lo cuál es una pena. Estoy seguro de que un tema como éste llamaría mucho la atención en más de un círculo de historiadores de Escisión, y a mí personalmente me apasiona.

“Así que adelante, concretemos aún más.

“Este mundo es enorme. Dudo que esto te sorprenda, estoy seguro de que ya has visto buena parte de él aún a pesar de ser tan jóven.

“Sin embargo, abarca mucho más de lo que has podido llegar a ver hasta hoy, y es probable que nunca lo llegues a conocer del todo. Existen fronteras que impiden el acceso a determinadas regiones, tan antiguas e infranqueables como el tiempo. Eso no significa, por supuesto, que nadie haya intentado cruzarlas. La humanidad es por naturaleza inquieta, y siempre surgen aventureros dispuestos a embarcarse en cualquier misión arriesgada y no dejar ninguna ninguna piedra sin remover. Aún así, lo único que ha quedado de esos valerosos intentos a lo largo de la historia se limita a leyendas extravagantes e imaginativos cuentos. Justo el tipo de historias que suelen acabar en boca de trovadores excéntricos. Más aún: poco ha quedado escrito en papel de estas peripecias. Si hay algo más allá de estos límites, nadie lo sabe. Y si alguien llegó a averiguarlo alguna vez, no ha regresado para contarlo.

“La Terra Conocida. Así es como llamamos el pedazo de terreno en el que nos ha tocado vivir. Y no te confundas: es mucho más grande e interesante de lo que parece. Podríamos dividir esta tierra en cuatro partes bien diferenciadas: los reinos de Entanas y Westfallia, antiguos vecinos que han luchado en tres Grandes Guerras durante el transcurso de su historia; las Tierras Heladas de Nebin, un lugar inhóspito donde la tierra cultivada por hombres recios y duros va cediendo terreno poco a poco a la tundra; e Inkairu, un misterioso reino gobernado por gentes de costumbres aún más misteriosas, donde adoran a los espíritus y a exóticas versiones de nuestros Dioses, y donde las leyes que rigen sus vidas se enredan confusamente en protocolos complejos y excéntricos.

“Estas cuatro divisiones que hemos hecho nos impiden movernos más allá. Los cuatro reinos están delimitados por el océano. En Westfallia, además, la mayor parte de la costa oeste está formada por repentinos y profundos acantilados: formados, se dice, por la mano de los Dioses durante la Separación. Tan solo en la Península de Ibium, donde se halla Cartago, la única ciudad pesquera de Westfallia, se desarrolla el marinaje y la pesca de alta mar. Allí además se alzan los más hermosos templos de Marmain y Vation, señores de los mares, las aguas y la pesca.

“Inkairu está separado de los demás reinos por un frondoso bosque, tenebroso y oscuro, habitado por los espíritus de los orientales que deciden quién puede llegar a sus tierras y quién no. Muchas vidas se han perdido en este Bosque Oscuro, y sin embargo algunas compañías mercantiles, con pactos hechos con los Inkaurianos, lo atraviesan diariamente sin grandes contratiempos.

“Con respecto al sur, donde se halla Entanas, una enorme cadena montañosa nos impide explorar el resto de Terra: las Montañas Azules. Los clérigos te contarán que a la sombra de las cumbres nevadas vivieron durante siglos los Dioses antes de producirse la Separación. Lo cierto es que de vez en cuando pueden encontrarse ruinas que atestiguan su paso por el mundo, o eso proclaman algunas religiones que se han atrevido a mandar a sus acólitos hasta allí. Las Montañas Azules son inhóspitas y crueles, y los caminos acaban por desaparecer llegado cierto punto, fundiéndose con la roca desnuda y las escasos matorrales que logran sobrevivir en las zonas más bajas de las montañas. Más allá, tan solo los monjes Taoístas se atreven a adentrarse. Algunos hablan de la existencia de un enorme monasterio que impide el paso a cualquiera que pretenda cruzar las montañas, siguiendo los designios del Dios Helm.

“¿Y qué tiene en común toda la Terra Conocida? Pues no pocas cosas.

“La época de los castillos y los señores feudales parece estar llegando a su fin. El ejército profesional entánico, las mejoras en la producción agrícola, la investigación en ese campo que algunos se empeñan en llamar “ciencia”… El mundo ha progresado mucho desde hace tan solo un siglo, y su progreso ha venido de mano de la pólvora, los cañones y los arcabuces. Las armaduras de láminas de metal van dando paso poco a poco a la cota de malla trenzada y el cuero curtido, mucho más cómodo para el movimiento y para esquivar los balines de plomo. La ingeniería naval ha avanzado hasta el punto de que los barcos se atreven a echarse a la mar leguas y leguas lejos de la costa.

“Y al mismo tiempo, las leyendas, la tradición y la presencia de los Dioses se hace presente en nuestro día a día. Estoy seguro de que te habrás dado cuenta de que la mayoría de los entánicos son muy supersticiosos. No son los únicos, desde luego. No son pocos los que aseguran haber visto fantasmas perdiéndose entre la niebla que suele cubrir Media Esuarth, o que achacan a la magia cosas que ahora esa extraña ciencia consigue explicar cada vez con mayor facilidad.

“No quedan muy lejos los tiempos en los que se quemaban “brujas” en la hoguera: muchachas inocentes que se veían acusadas y condenadas a muerte debido a alguna excentricidad. Incluso los adivinos y los médiums que de vez en cuando se dejan ver por alguna feria no son más que charlatanes y estafadores, aunque acierten alguna que otra vez. Hazme caso: verás muchas maravillas por estas tierras, pero ninguna tendrá ni la más remota posibilidad de parecerse a la magia de la que has oido hablar cuando eras niño. Así que te conviene haber dejado ya de creer en las hadas y en los dragones.

“Sin embargo, sí que existen los Dioses, y harías bien en respetarlos y temerlos. Ellos nos han creado tal y como somos, y ellos nos guían pacientemente hacia nuestros destinos. Gracias a ellos los campos producen comida, y los enfermos sanan sus heridas. Gracias a ellos cuando morimos nuestras almas encuentran descanso. Los Dioses se hacen visibles a nuestros ojos a través de los numerosos sacerdotes que pueblan las ciudades. Algunos viven en lujosos templos adornados con estatuas de mármol y oro. Otros viajan incansablemente en busca de conocimiento y contemplación. Y aún otros los verás entre la gente común, arando la tierra como cualquiera de nosotros lo ha hecho en su juventud. Respétalos por lo que son, y no olvides que ellos transmiten la palabra de los Dioses; pero no te fíes de ellos a ciegas, pues los hay que traen esas palabras adaptadas a sus propios designios. Al fin y al cabo, el poder corrompe…

The roof of the world - foureyes

The roof of the world – foureyes

“Nuestro mundo es grande, mi joven amigo. Y lo mejor de todo es que aún no conocemos ni la mitad de su tamaño.

“¿Quién sabe? Quizás el destino te está esperando para que puedas descubrir sus más oscuros secretos y sus más impresionantes maravillas. Podrías salvar a alguna damisela en apuros de algun noble malvado y poco escrupuloso, de los que hay muchos… o quizás podrías aumentar la fé de algún condado remoto en algún Dios que pueda beneficiarles. Quizás llegues a salvar a algún que otro pueblo de grupos de bandidos, o explores antiguas ruinas de seres ya desaparecidos. Podrías inmiscuirte en la política local y ganar dinero a raudales con el comercio. Así conocerías a mucha gente interesante y dispuesta a secundar tus opiniones… o a clavarte una daga la próxima vez que les des la espalda. Podrías llegar a ser capitán de alguno de los ejércitos de la próxima guerra entre los Reinos. O incluso podrías aventurarte en la mar para explorar ese nuevo continente que, segun dicen ahora los rumores que vienen de Cartago, parecen haber encontrado recientemente. Quizás, solo quizás, podrías ampliar nuestros mapas, y ver aquello que nadie antes ha podido ver. Combatir algún antiguo mal, luchar junto a los héroes que pueblan Terra…

“Quizás, solo quizás, podrías llegar a convertir Vilia en un lugar mejor… o podrías salvarte a ti mismo de tus propias pesadillas. De ti mismo…

“Al fin y al cabo… ¿Quién sabe?”

Bergen Ungstar, aventurero retirado, animando al joven Bardomero, que llegaría a ser conocido más adelante como “el Bardo”.
Nitre, 1498 después de la Separación.

————————-

Post Originalhttp://vilia.mforos.com/1820597/8852386-introduccion/

Credits: Todas las imágenes contienen enlaces a sus fuentes originales o a sus creadores.

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page