Amenazas en la Oscuridad

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Lidris se deslizaba entre las enormes formaciones rocosas de la enorme caverna con agilidad y rapidez. Esquivando cientos de estalagmitas de diversos tamaños, continuó avanzando en dirección norte tal y como lo había estado haciendo durante los últimos tres días. En ese tiempo, y para su sorpresa, había logrado aclimatarse al entorno: se movía entre las columnas de piedra y los afloramientos de roca caliza como si lo hiciese entre árboles y arbustos, era capaz de localizar pequeñas grutas desocupadas y aprovecharlas para descansar y reponer fuerzas tal y como lo habría hecho en la superficie… A esas alturas se veía capaz de permanecer en aquel mundo subterráneo durante semanas y sobrevivir de sus escasas reservas y las ocasionales fuentes de agua que fuera siendo capaz de hallar.

Pero que fuese capaz no significaba en ningún caso que desease hacerlo. Solo pensarlo le erizaba los pelos de la nuca y podía sentir un molesto picor en sus ligeramente puntiagudas orejas. Todo su ser anhelaba volver a sentir la luz del sol, la brisa fresca, el olor de la lluvia y la tierra mojada, y la caricia de las enormes hojas de árboles y arbustos selváticos. En resumen: Lidris deseaba volver a casa.

Y no se encontraba demasiado lejos: tan solo a unos doscientos, quizás trescientos metros bajo su hogar, la Selva de Silith. La misión que la había llevado hasta allí era consistente con el deber que había llevado a cabo durante más de veinte años: proteger la región y a sus habitantes, asegurarse de que los escasos agentes externos que se aventuraban en la zona no infligieran daño a los pueblos autóctonos, acompañar a dichos pueblos hacia una coexistencia pacífica de la forma menos intrusiva posible y, siempre que fuera posible, minimizar las pérdidas y el sufrimiento de sus protegidos. 

Todo ello la había llevado a internarse en el subsuelo en una búsqueda sin un objetivo muy claro. Las cavernas que exploraba desde hacía días estaban conectadas a través de unas extensas grutas con los territorios humanos del Pueblo del Oso. Varios druidas semielfos habían recibido noticias de extraños movimientos en esas grutas: grupos de drow aventurándose hasta la superficie, algunos de ellos esgrimiendo magia. Pero desde que llevaba allí no había visto ni rastro de ellos.

Su pueblo, los semielfos de la Meseta del Viento, era conscientes de que las extensas cavernas que se extendían por toda la región eran refugio de extrañas criaturas y de culturas exóticas y a menudo crueles. A lo largo de los siglos se habían asegurado de que ninguna de dichas culturas colonizase los túneles más cercanos a la Selva de Silith, en ocasiones mediante guerras prolongadas y encubiertas. Sin embargo, nadie en su generación había tenido que enfrentarse contra un drow o un duergar y los pocos que habían sido vistos habían desaparecido sin ocasionar problemas. Que ahora llegasen en grupo resultaba preocupante. Su pueblo no podía permitirse una nueva amenaza en los tiempos que corrían. O, al menos, eso decía Jhirea y otros miembros del Consejo de Druidas. Así que le había tocado a ella aventurarse en las profundidades de la tierra para explorar los alrededores en busca de posibles enemigos y de las razones por las que se estaban congregando allí.

La misión requería sigilo y astucia, por lo que el Consejo había elegido bien. Lidris se había especializado en observar sin ser vista y en enterarse de todos los pormenores de los diferentes pueblos que habitan la Selva de Silith. En alguna ocasión se había permitido hacerse pasar por una humana en Kata Bésar, la capital cosmopolita de la región, y conversar con otros habitantes sin levantar sospechas. La mujer sabía pasar desapercibida, podía colarse en los sitios más inaccesibles y sabía escabullirse de los problemas con facilidad. Su experiencia con las situaciones inusuales la hacían la candidata perfecta para explorar el subsuelo.

Afortunadamente, contaba con ayuda. El Consejo le había proporcionado varios objetos mágicos que le ayudarían a camuflarse en aquél entorno. Unos anteojos le permitían poder ver en la oscuridad como si ésta estuviese iluminada por una antorcha de luz blanca y estática. La falta de colores le impedía captar ciertos detalles de su entorno, aunque Lidris tampoco esperaba notar muchos matices entre las enormes cavernas y grutas por las que había estado colándose. El otro objeto era un anillo que le permitía volverse invisible con una orden mental. La invisibilidad permanecería hasta que se quitase el anillo o hasta realizase un movimiento demasiado violento. Hasta ahora no había tenido que quitárselo y aquellos tres días de invisibilidad le habían resultado muy extraños: no poder ver sus manos mientras intentaba manipular su equipaje o saciaba su apetito era perturbador. Sin embargo, también era consciente de que en aquellos parajes había criaturas que eran capaces de ver en la oscuridad mucho mejor que ella. Prefería no arriesgarse a sufrir percances.

Lidris logró salir del bosque pétreo de estalagmitas y comenzó a ascender por una cornisa alrededor de lo que parecía la falda de una abrupta montaña. Caminó con cuidado a través de la húmeda y resbaladiza piedra durante un rato, teniendo a menudo que saltar para evitar fisuras en el suelo o huecos entre rocas enormes. Por fin, llegó hasta una depresión del terreno que, tras una breve inspección, le pareció que debía ser la cima de la elevación rocosa. Desde allí no podía ver más allá de lo que sus anteojos mágicos le permitían, pero en la distancia pudo discernir varios puntos de luz tenue, producidos casi con toda seguridad por hongos fosforescentes.

Lidris los estudió en detalle, tomando nota de los puntos de referencia y relacionándolos con los que había estado observando durante las últimas tres horas de camino. Tras sentirse segura con su situación y manteniendo un, a aquellas alturas, doloroso silencio, se sentó sobre algunas rocas y tomó una tira de tasajo de su faltriquera.

En ese momento, un destello de luz dorada inundó la caverna. Lidris alzó el brazo para protegerse los ojos. La luz perdió intensidad rápidamente, quedando un breve aura de luz alrededor de un punto a varios kilómetros de su posición. ¿Qué podía haber sido eso? ¿Los drow, quizás, lanzando algún hechizo? 

No parecía probable, ya que los drow despreciaban la luz y, por lo que sabía de ellos, solían ser muy precavidos a la hora de delatar su posición en la oscuridad. La mujer se levantó de su asiento y comenzó a descender con rapidez. Era precisamente este tipo de cosas la que había venido a investigar y, después de tres días, por fin había dado con algo que quizás mereciese ser reportado. Con decisión se dirigió en dirección al punto desde donde el repentino destello se había producido.


La Selva de Silith es un entorno único. Diversas especies y culturas han logrado deshacerse de su orgullo y sus prejuicios lo suficiente como para formar una alianza que, si bien tenue, les ayuda a sobrevivir en un entorno hostil. El pacto se extiende por toda Kata Bésar, una ciudad de madera producto de la amalgama de culturas donde las agresiones y la tenencia de armas están prohibidas que lleva en pie más de cien años.

Los semielfos de la Meseta del Viento no siempre han mostrado interés por la región, manteniendo una relación distante con sus «vecinos» en la que apenas se daban a conocer. Envueltos en el misterio, los encuentros entre los habitantes de Silith y los semielfos habían sido interpretados como apariciones de espíritus.

La atención del Consejo de Druidas y de sus seguidores siempre había estado centrada en la protección de la Llama de los Elfos. Pero cuando la conciencia de la Llama decidió encarnarse en uno de los habitantes de la Selva de Silith hace unos veinte años, la vigilancia tácita de la región se convirtió en un interés e involucración mucho más intensas. Quizás algunos semielfos lleguen a adjudicarse su intervención como la causa de que los pueblos de la Selva de Silith mantengan su acuerdo de paz, pero nunca sabremos si ésta hubiese continuado con la misma fuerza sin ellos.

La historia de Nessa, la Conciencia de la Llama de los Elfos, se inició en el capítulo III de Vilia: Alas de Esperanza, y finalizó con el Capítulo IV: Caminantes de Planos. Puedes leer su conclusión en el mismo relato que introduce este nuevo arco narrativo: La Llama de los Elfos.

Comenzamos así el nuevo Arco Narrativo: Regreso a Vilia. Basado en la campaña de Dungeons and Dragons que llevamos jugando desde hace ya 19 años y que retomamos en Julio de este año.


Autor: Ricardo García
Imágenes: Dall-E 2
Inspiración: Grupo 1 del Capítulo V de Vilia: Avatares del Destino

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Tentación y poder

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Jassor despertó de golpe, una voz en su cabeza susurrando palabras incomprensibles. Una presencia, una compañía que le había abandonado desde hacía estaciones pero que, una vez más, volvía a sentir.

¿Marmain? -preguntó el ex-sacerdote, confundido-. ¿Estás ahí?

Un aura de tenue luz azulada envolvió sus manos, contestando dulce y tranquilizadoramente a su pregunta. Jassor no pudo contener las lágrimas. La Diosa había vuelto.

¿Pero cómo? Jassor era consciente de que su Diosa, en realidad, no existía. Tampoco era Marmain, la atlante, la que se dirigía ahora a él. Y el orión resquebrajado, a salvo en un cajón a su lado en su habitación del castillo de Puerta de las Tormentas, no parecía tampoco la causa. ¿Qué era lo que había ocurrido?

-Búscame, Jassor -susurraba ahora la voz-. Búscame y toma tu lugar como Elegido.

-¿A quién debo buscar? ¿Estás en Terra? ¿En Gaia?

Una imagen acudió entonces a su mente. Una torre de piedra blanca y azulada se alzaba en soledad, rodeada de escarpados picos cubiertos de nieve y de empinadas laderas. La imagen cambió: una muralla de piedra entre las montañas, eterna, junto a la que yacen los restos de lo que pudo haber sido una fortaleza o un monasterio. Y aún más allá, hacia el norte, recorriendo valles y cadenas montañosas, dejando atrás huestes de criaturas de aire y viento, hordas de orcos, drow y humanos batiéndose en liza; atravesando las tierras de Entanas hasta ver las huestes de la Sombra, sus degeneradas criaturas ennegrecidas y rabiosas, las sombras verdes que vociferaban armados con lanzas venenosas, vadeando el río que separa el resto de Media Esuarth de la ciudad fortaleza de Puerta de las Tormentas; y más allá hasta verse a sí mismo, su rostro desencajado por el asombro y la confusión.

-Te estoy esperando. Siempre te he estado esperando -susurró de nuevo la voz-. Eres mi Elegido. Ven y reclama lo que es tuyo… antes de que desaparezca.

-¿De que desaparezcas? ¿Por qué vas a desaparecer?

La voz no contestó y la luz que envolvía sus manos se deshizo en pequeñas llamaradas azules. Sin embargo, Jassor no se sintió de nuevo solo. De alguna forma sabía que podía volver a llamar esa luz, que podía convocar todo el poder de su Diosa… o de la Torre en la que este poder residía. Y podía hacerlo sin limitaciones. Mucho más poder, además, del que había soñado tener nunca.

Unos ligeros golpes sonaron desde la puerta de su habitación, que se abrió junto a las palabras de una mujer de noble cuna.

-Disculpadme, mi señor, pero no he podido evitar reconocer vuestra voz desde el pasillo. Me ha parecido que sosteníais una conversación con alguien. Mas, ¿con quién, a esta hora de la mañana cuando apenas hay nadie vagando por el castillo? 

Una mujer de aspecto ágil y refinado se internó en su cuarto. Sus ropas eran sencillas: justillo de cuero y camisa de manga ancha, pantalones ajustados y botas de suela blanda; y sin embargo su porte era regio, confiado y digno, el de alguien acostumbrado a moverse entre la alta alcurnia desde su más tierna juventud. Parecía muy preocupada y aliviada al ver a Jassor de una sola pieza, una congoja que quitaba cualquier importancia al hecho de que ahora se encontrase en la habitación de un compañero donde no había sido invitada. Cordelia continuó hablando:

-Me ha sobrevenido un leve acceso de pánico al pensar en vuestra seguridad, pues me habéis parecido asustado. Sin embargo, veo que os encontráis bien, aunque por el rubor de vuestras mejillas sugeriría que quizás queráis algo de agua -y mientras hablaba tomó uno de los vasos de cristal de la lacena del cuarto y vertió algo de agua clara de una botella que había al lado. Se la llevó al consternado sacerdote y, sentándose en una silla a su lado con total naturalidad, concluyó-: Decidme, ¿acaso dormíais?

-No, no… no os preocupéis, Cordelia… mi señora -contestó Jassor, todavía sorprendido ante la inesperada visita y sin saber exactamente cómo dirigirse a ella-. Solo estaba reflexionando. Hay tantas cosas sucediendo a la vez…

-Sin duda tenéis razón -contestó Cordelia mientras posaba su mirada en la ventana del cuarto y en el neblinoso paisaje más allá-. Nos acecha el enemigo a las puertas de nuestra ciudad. Me pregunto si se atreverán a cruzar el río.

Ya lo están cruzando -dijo el ex-sacerdote con gesto ausente. 

Cordelia llevó su mano a su pecho, ligeramente estremecida.

-¿Cómo lo sabéis? ¿Habéis empleado vuestra magia? -y la astuta mujer dedicó una significativa mirada al cajón donde reposaba el resquebrajado orión-. Debéis tener cuidado con ese artefacto. Es muy peligroso.

-Entiendo vuestra reserva. Y tenéis razón: es peligroso. Precisamente había venido hasta aquí buscando al portador de otra de estas reliquias aunque… me temo que he llegado demasiado tarde.

>>Decidme, ¿lo conocíais bien? 

Cordelia no contestó durante unos segundos. Si bien su rostro permanecía impasible como hasta ahora, estaba claro que la pregunta la había perturbado. Por fin respondió, sus palabras destilando una profunda tristeza.

Rhodas era un gran compañero de aventuras. Misterioso, distraído… pero inteligente y entregado. Un buen hombre.

>>Sin duda, fue ese condenado artefacto suyo el que se lo llevó. Si hay algo que podemos sacar en claro es que el poder corrompe. A todos: ya sean vasallos, pordioseros, nobles o reyes.

La mujer guardó silencio. Jassor se dio cuenta de que sus manos temblaban levemente antes de que Cordelia posase sus ojos en los suyos:

Desearía que hubiérais podido conocerlo.

Jassor supo que su compañera no había pronunciado nunca antes palabras más sinceras.


Castillo Ducal de Puerta de las Tormentas, capital de la provincia Media Esuarth, acualmente independiente. 15 de Marmadarim del 1509 d.S.

Existen numerosos artefactos en Vilia que han sido creados en los últimos siglos. Más allá de la comprensión los meros humanos, aquellos que han tenido la fortuna, o la desgracia, de hacerse con alguno de ellos pueden ser los primeros en descubrir los profundos cambios que la Llama de los Elfos trae consigo.

Los sacerdotes de las fés humanas, dependientes de antiguos artefactos creados por los atlantes en las Montañas Azules, descubren de repente que su conexión se renueva y fortalece tras el flujo repentino de magia. Pero, ¿cuál serán las consecuencias de dicho aumento de poder?

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

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