Regreso a Casa: Huida a ciegas

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Las dos mujeres caminaron a través de la profunda oscuridad del submundo durante un largo rato. No intercambiaron palabras apenas, ambas conscientes de la importancia de pasar desapercibidas tanto a la vista como al oído.

Lidris no pudo evitar sorprenderse ante la habilidad de su recién hallada compañera. Se movía casi con la misma gracilidad que ella misma, con paso ligero y rápido. Si bien su mochila era abultada, ninguno de los objetos que contenía emitían el más leve tintineo, claramente asegurados con tal propósito. En una ocasión tuvieron que detenerse para evitar un grupo de inquietos ciempiés gigantes que avanzaba en la dirección opuesta a la que se dirigían, atraídos por el despliegue de luz que habían causado. La humana había logrado encontrar un escondrijo en completo silencio y sin poder ver nada, guiada tan solo por el tacto. La semielfa estaba impresionada.

-Espera -escuchó entonces Lidris el susurro de su compañera-. ¿Notas algo?

-No -contestó Lidris también en voz baja-. Vamos, debemos continuar.

-Avancemos en esa dirección -contestó la humana señalando en una dirección aparentemente arbitraria-. Creo que hay algo ahí.

Lidris estuvo a punto de replicar, pero prefirió encogerse de hombros. Su prioridad era alejarse de esa región todo lo posible y encontrar un lugar seguro donde descansar. Ya no le quedaba ninguna de las referencias que se había esforzado en mantener hasta entonces debido a la presurosa huida que habían emprendido, por lo que a aquellas alturas cualquier dirección era buena. Volver sobre sus pasos para abandonar aquellas cavernas era un problema que tendrían que afrontar más adelante.

Así pues, las dos mujeres avanzaron en la dirección indicada por la humana. El camino atravesó varias repisas y huecos escarpados que tuvieron que escalar con lentitud, lo que al mismo tiempo se convertirían en obstáculos para cualquier perseguidor que les siguiera la pista. Tomar ese camino no había sido mala idea.

Tras avanzar a lo largo de varias cavernas de techo bajo, las dos compañeras dieron a parar a una enorme sala de piedra por la que atravesaba un riachuelo que había logrado labrar un lecho sobre la roca. Tras ella se alzaba una colina a la que se podía subir gracias a una pendiente irregular, rota en varios puntos.

Lidris comenzó a explorar los alrededores buscando formas de esquivar la escarpada pendiente pero su compañera la detuvo.

-Por ahí -indicó señalando hacia la cima de la colina.

-¿Cómo sabes que necesitamos subir? -preguntó Lidris sin acabar de entender lo que estaba ocurriendo.

-No estoy segura. Creo que hay algo ahí arriba. Es una sensación que no había sentido nunca hasta hace muy poco, como un hormigueo en mi cabeza. Ya lo sentí mientras regresaba a Vilia.

Lidris no contestó, pero deseó que su recién hallada Dama del Dragón no estuviese loca.

Las dos ascendieron la colina hasta llegar a la cima. Una explanada daba paso a una ancha cornisa que se extendía a lo largo de una pared vertical delimitando el espacio donde se encontraban. Lidris no podía ver el techo, perdido más allá del rango de visión que le conferían sus gafas encantadas, pero pudo identificar la abertura de una caverna escondida por una floración de estalagmitas cercana a la cornisa.

La humana soltó su mano y se dirigió hacia el centro de la explanada.

-¡Espera! ¿Dónde vas? -la conminó Lidris, siguiéndola.

-Dame un momento. Creo que está aquí.

La muchacha humana comenzó a hacer aspavientos en el aire como si estuviese intentando coger algo. Pero Lidris sabía que no había nada ahí: sus gafas no revelaban ningún objeto o ser vivo. Tendría que estar suspendido, además, para poder estar a la altura a la que su compañera parecía estar buscándolo. La conclusión estaba clara: aquella humana se había vuelto loca.

Un repentino destello de luz dorada surgió de las manos de la joven, cegando de nuevo a Lidris.

-¿Otra vez? Tienes que dejar de hacer eso…

Lidris se interrumpió al recobrar la visión en la oscuridad. En el centro de la explanada había aparecido de repente un objeto esférico como el que había hallado alrededor de su nueva compañera. En este caso la esfera estaba intacta. En su interior yacía el cuerpo inerte de un hombre alto vestido con una larga túnica. Su pelo, lacio y cayendo sobre su espalda, aparecía inmóvil, congelado dentro del material sólido. Su rostro era delicado y hermoso, de cejas finas y blancas, pómulos afilados, nariz ahusada y labios delgados cerrados con fuerza. Ni una sola arruga cruzaba sus rasgos. A su espalda portaba un imponente espadón y un escudo. Otra espada descansaba inmóvil a su costado.


El destino es un concepto importante en Vilia. Se dice que cada ser que habita este mundo tiene ya escrito su futuro, que cada decisión que se lleva a cabo tiene un resultado prefijado de antemano.

Por supuesto, nadie ha podido demostrar estas afirmaciones. Al fin y al cabo, ningún ser, ni siquiera los atlantes desde hace muchos siglos, es capaz de vislumbrar el entramado del tiempo.

O eso se pensaba hasta que Dart-Dos viajó al pasado y se enfrentó a una de las personificaciones del Tiempo, a uno de los guardianes del destino: el Caballero.

Desde entonces, la concepción del destino tiene otro significado para los aventureros que se debaten en busca de su camino en Vilia. Y es que, tal y como les avisara Sun el 10 de Sureolom (I) del 1509 d.S., se han topado con el que parece ser el verdadero enemigo.

Este relato forma parte del Arco Argumental «Regreso a Casa», del Capítulo V de Vilia: Avatares del Renacer. Puedes encontrar todos los relatos relacionados con este arco a continuación:

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Autor: Ricardo García
Imágenes: Dalle2
Inspiración: Grupo 1 del Capítulo V de Vilia: Avatares del Destino

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Regreso a Casa: Un faro en la oscuridad

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Lidris nunca había visto a un Caballero del Dragón pero sí había oído hablar de ellos. Jhirea les había contado la aparición del grupo en la selva varias estaciones atrás. Habían causado un gran revuelo, pues habían llegado hasta allí acompañados de un atlante. Si bien en un principio habían sido confundidos con los miembros de una secta que habían manipulado a las gentes de Silith para explorar unas antiguas ruinas ocultas en el este de la selva, los Caballeros del Dragón y sus compañeros habían acabado ayudando a defender a la población local.

No solo eso: también habían entrado en contacto con Nessa, que había decidido abandonar el Poblado del Oso para acompañarlos en sus viajes. 

Lidris se estremeció. No había sabido nada de Nessa desde entonces y aún le pesaba la preocupación. ¿Sabría esta humana algo al respecto?

-¡Tranquila! -se atrevió a decir Lidris mientras se quitaba el anillo de invisibilidad de su dedo-. Estoy aquí. No voy a hacerte daño.

La dragoon fijó sus ojos claros en los suyos mientras descendía, aquella luz dorada pulsante cubriéndola de un calor arcano. Por fin posó los pies sobre el suelo de roca, su estoque todavía listo para el combate.

-No te conozco, pero conozco a tu gente -preguntó la muchacha-. ¿Perteneces al pueblo de la Meseta del Viento? ¿Los protectores de la Llama de los Elfos

-Así es -asintió Lidris y se apresuró a añadir-. Yo no soy una amenaza, pero nos encontramos en un lugar donde el peligro abunda. Estas cavernas se hallan cientos de metros por debajo de las selvas de Silith y el sol nunca las ha tocado. La luz que despides puede verse a kilómetros de aquí. Cualquier criatura que la vea vendrá a investigar. Por favor, detenla antes de que nos encuentren.

Su interlocutora pareció confusa y dedicó unos segundos a observar a su alrededor.

-Tienes razón -concluyó. Un gesto de dolor atravesó su rostro, que la obligó a llevarse la mano a la cabeza. Acto seguido suspiró y pareció relajarse. La luz que la envolvía dejó de brillar. Ambas quedaron envueltas de nuevo por la oscuridad.

-¿Estás bien? -le preguntó Lidris.

-Sí, no es nada… -contestó la muchacha sin dar importancia a la pregunta.

Pero Lidris se había vuelto a colocar los anteojos mágicos y la observaba con preocupación. Su estoque volvía a estar envainado y se pasaba las manos por el rostro y el cabello con fruición, como intentando eliminar una molestia que la acosara.

-Debemos movernos -sentenció la humana-, pero no puedo ver nada. Necesito una antorcha o alguna fuente de luz.

-No es buena idea -contestó Lidris-. Cualquier luz, por pequeña que sea, sería tan brillante como un sol aquí dentro. Dame la mano. Yo te guiaré.

La humana dudó un segundo pero luego asintió.

-Espero que sepas adónde vamos -comentó mientras le ofrecía su mano.

-Tengo claro dónde no debemos estar. Por el momento eso es lo importante.


El paso de los Caballeros del Dragón y de sus compañeros por la Selva de Silith se produjo entre el 12 y el 21 de Visiora (X) del 1508 d.S.

Lidris ha oído bien la historia, ya que Jhirea la presenció casi en su totalidad. La búsqueda de las Piedras del Dragón llevó al grupo hasta Silith, donde se toparon con un grupo de miembros de la Secta de Bahamut con el mismo objetivo. Dirigidos por un humano llamado Bale, éste se presentó como el Elegido por los Espíritus para guiar a las diferentes poblaciones que integran las comunidades de Kata Bésar hacia la prosperidad.

Con su ayuda, había estado explorando unas antiguas ruinas élficas hasta dar con las Piedras Dragoon del Dragón Morado. El grupo de Caballeros del Dragón llegó a tiempo de enfrentarse a él, pero no logró hacerse con el codiciado premio mágico y se vieron obligados a huir ante un enemigo superior en potencial mágico.

Ahora esas piedras continúan en poder de Bale y bajo el control de Bahamut, uno de los líderes atlantes que conspira por establecer el dominio de su gente sobre el resto de la humanidad.

Este relato forma parte del Arco Argumental «Regreso a Casa», del Capítulo V de Vilia: Avatares del Renacer. Puedes encontrar todos los relatos relacionados con este arco a continuación:

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Imágenes: Stable Difussion v1.4
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Una mujer envuelta en luz

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Lidris supo que se hallaba cerca de su objetivo cuando pudo escuchar algo arrastrándose sobre el suelo a unos metros de distancia. Tras detenerse en mitad de una zancada, se deslizó con cuidado para agazaparse tras una formación rocosa.

El silencio la envolvió de nuevo. Durante varios minutos Lidris se mantuvo atenta, concentrada tan solo en sus sentidos. Había pasado mucho tiempo en territorio salvaje y había participado en numerosas cacerías. Era consciente de la importancia de la paciencia en estas situaciones. El anillo de invisibilidad la ayudaba a pasar desapercibida ante cualquier criatura que pudiese ver en la oscuridad, pero en esas circunstancias de visión reducida el sentido de la vista perdía importancia ante el oído a la hora de percibir la presencia o ausencia de amenazas. También sospechaba que algunas criaturas con las que se había topado en los últimos días tuviesen otros sentidos adicionales y extraños, adaptados a este entorno. Preferiría no cruzarse de nuevo con ninguno de ellos.

Sin embargo, por más que esperó no pudo escuchar ningún sonido nuevo. Por un momento se planteó si lo que había escuchado había sido real, pero se conocía lo suficiente como para no entretener ese pensamiento más de un instante: si no podía confiar en sus sentidos, no podía confiar en nada.

Moviéndose con extremo cuidado, Lidris abandonó su refugio tras las rocas y avanzó sin causar un solo ruido entre las formaciones pétreas cercanas que pudiese utilizar como cobertura. Tras avanzar lo que calculó que serían unos treinta metros, se detuvo de nuevo, sorprendida.

Esto es lo último que esperaba” -pensó.

Una enorme piedra lisa y pulida que alguna vez habría sido completamente esférica yacía ahora en pedazos a sus pies. Parecía haber sido maciza, aunque los pedazos más grandes que aún quedaban enteros bien podrían haber sido la cubierta exterior de una cámara hueca. Numerosos fragmentos y esquirlas de menor tamaño estaban esparcidos alrededor y el contenido de la esfera, como el de un huevo, estaba en el centro de la explosión.

Se trataba de una muchacha joven de piel clara y pelo corto y revuelto que yacía sobre las rocas. Su cuerpo permanecía totalmente inmóvil a excepción de un leve vaivén de su pecho y su costado, producto de una respiración leve pero regular. La chica iba armada y equipada como una aventurera: un peto de cuero recio cubría su torso y un arco de aspecto sencillo colgaba a su espalda, atrapado tras una mochila de considerable tamaño. Al cinturón portaba un estoque.

Lidris titubeó sin saber qué hacer. ¿Cómo había llegado aquella humana hasta allí? ¿Qué era esa extraña corteza sólida que se hallaba destrozada a su alrededor? ¿Era esto lo que había emitido aquél fulgor dorado? Su instinto le insistía en que tuviese cuidado, que se preparase para una trampa o un ataque que pudiese llegar de repente desde cualquier parte. Pero al mismo tiempo, años de vigilia y apoyo a las poblaciones humanas a las que había protegido y guiado en las selvas de Silith le conminaban a examinar a la muchacha inconsciente y asegurarse de que estaba bien.

Fue este último pensamiento el que se impuso sobre su aprehensión, animando a Lidris a acercarse hasta el cuerpo inconsciente de la muchacha humana. Se agachó a su lado y la examinó sin llegar a tocarla en busca de heridas o golpes de algún tipo. Su piel parecía levemente magullada y poseía algunas cicatrices que recorrían su brazo izquierdo, algo extraño para una chica de no más de veinte años pero esperable en alguien que, por su vestimenta y sus armas, debía ser una aventurera. No halló ninguna herida abierta ni contusiones recientes, lo que la tranquilizó. Confirmó que su respiración era regular, si bien se apreciaban pequeños espasmos nerviosos involuntarios y repentinos. Sus sueños no debían de ser muy agradables.

Lidris no pudo resistirse a extender sus manos, todavía invisibles, y posarlas sobre el brazo y las cicatrices de la muchacha. Notó su calor, algo extraño en las entrañas del mundo donde se encontraban. Sabía que si abandonaba a su recién hallada visitante acabaría muriendo de frío, quedaría perdida sin remedio o sería atacada por alguna de las bestias que habitaban aquellas cavernas. La semielfa suspiró, resignada. Su instinto insistía en alejarse de allí, en volver a internarse en la oscuridad y continuar con su misión. Pero su conciencia le impedía hacer algo así con alguien en apuros. 

Su discusión interna la llevó a empujar a la chica humana con más brusquedad de la que pretendía.

-¡Eh! Vamos, ¡despierta! -dijo en lengua común.

La muchacha abrió entonces los ojos, alarmada. Con una agilidad inusitada, rodó sobre sí misma y se puso en pie. Una mano se posaba ya sobre el pomo de su estoque mientras la otra, portando un anillo enjoyado, lo hacía sobre un colgante dorado que caía sobre su pecho.

El mundo se llenó de nuevo de una intensa luz dorada que cegó a Lidris. Intentó retroceder, asustada, pero tropezó con varias rocas y estuvo a punto de perder el equilibrio. Quitándose las lentes, la semielfa se restregó los doloridos ojos hasta que se acostumbraron al pulsante fulgor que la rodeaba.

-¿Dónde estás? -escuchó la voz cristalina de la muchacha a la que había intentado ayudar en algún punto sobre su cabeza-. Muéstrate.

Lidris alzó la mirada y encontró a la chica humana levitando a algo más de un metro de altura. Su cuerpo irradiaba luz dorada, que parecía envolverla como una armadura protectora y se curvaba en haces a su espalda como si formara alas que la sostuvieran en el aire. Su rostro se había vuelto acerado, serio y alerta, pero al mismo tiempo tranquilo y confiado. Sus ojos, de un azul claro como el cielo de primavera, observaban a su alrededor con desconfianza sin poder distinguirla.

“Claro, sigo invisible”.


Explorar el submundo es una tarea lóbrega y tediosa para cualquier habitante de la superficie. No solo debes enfrentarte a un mundo sin luz, sino también sin calor. Pocas cosas pueden crecer en un entorno así y muchas menos sobrevivir. Las que lo hacen dependen de la humedad que se filtra entre las capas superiores de la tierra y los minerales y los escasos nutrientes que puedan llegar hasta allí.

En Vilia existen criaturas capaces de alimentarse de rocas de distinto tipo, prefiriendo las gemas, mientras excavan por nuevos túneles por doquier. Algunos insectos han logrado aclimatarse al ecosistema, ayudando a «polinizar» ciertas regiones de mayor humedad con las esporas de diversos hongos y líquenes que logran sobrevivir con dificultad. A ninguno de ellos les falta depredadores: bestias voladoras que atraviesan las enormes cavidades del Submundo guiados por extraños sentidos y que logran sobrevivir durante semanas sin alimento. Incluso se ha oído hablar de una criatura que es capaz de alimentarse del sonido, una enorme criatura de patas largas y afiladas que suele encontrarse con frecuencia en los lugares en los que se forman repentinos desprendimientos de roca.

El Submundo no es, desde luego, un lugar afín para las criaturas humanoides. Y aún así algunas civilizaciones han logrado convertir esta extraña y amenazadora oscuridad en su hogar, a menudo volviéndose tan lóbregos como su entorno.

Nuevo relato del Arco Narrativo: Regreso a Vilia, el primero del Capítulo V: Avatares del Destino. Estos relatos están basado en la campaña de Dungeons and Dragons que llevamos jugando desde hace ya 19 años y que retomamos en Julio de 2022. Puedes leer todos los relatos de este arco publicados hasta ahora en los siguientes enlaces:


Autor: Ricardo García
Imágenes: Dall-E 2
Inspiración: Grupo 1 del Capítulo V de Vilia: Avatares del Destino

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Amenazas en la Oscuridad

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Lidris se deslizaba entre las enormes formaciones rocosas de la enorme caverna con agilidad y rapidez. Esquivando cientos de estalagmitas de diversos tamaños, continuó avanzando en dirección norte tal y como lo había estado haciendo durante los últimos tres días. En ese tiempo, y para su sorpresa, había logrado aclimatarse al entorno: se movía entre las columnas de piedra y los afloramientos de roca caliza como si lo hiciese entre árboles y arbustos, era capaz de localizar pequeñas grutas desocupadas y aprovecharlas para descansar y reponer fuerzas tal y como lo habría hecho en la superficie… A esas alturas se veía capaz de permanecer en aquel mundo subterráneo durante semanas y sobrevivir de sus escasas reservas y las ocasionales fuentes de agua que fuera siendo capaz de hallar.

Pero que fuese capaz no significaba en ningún caso que desease hacerlo. Solo pensarlo le erizaba los pelos de la nuca y podía sentir un molesto picor en sus ligeramente puntiagudas orejas. Todo su ser anhelaba volver a sentir la luz del sol, la brisa fresca, el olor de la lluvia y la tierra mojada, y la caricia de las enormes hojas de árboles y arbustos selváticos. En resumen: Lidris deseaba volver a casa.

Y no se encontraba demasiado lejos: tan solo a unos doscientos, quizás trescientos metros bajo su hogar, la Selva de Silith. La misión que la había llevado hasta allí era consistente con el deber que había llevado a cabo durante más de veinte años: proteger la región y a sus habitantes, asegurarse de que los escasos agentes externos que se aventuraban en la zona no infligieran daño a los pueblos autóctonos, acompañar a dichos pueblos hacia una coexistencia pacífica de la forma menos intrusiva posible y, siempre que fuera posible, minimizar las pérdidas y el sufrimiento de sus protegidos. 

Todo ello la había llevado a internarse en el subsuelo en una búsqueda sin un objetivo muy claro. Las cavernas que exploraba desde hacía días estaban conectadas a través de unas extensas grutas con los territorios humanos del Pueblo del Oso. Varios druidas semielfos habían recibido noticias de extraños movimientos en esas grutas: grupos de drow aventurándose hasta la superficie, algunos de ellos esgrimiendo magia. Pero desde que llevaba allí no había visto ni rastro de ellos.

Su pueblo, los semielfos de la Meseta del Viento, era conscientes de que las extensas cavernas que se extendían por toda la región eran refugio de extrañas criaturas y de culturas exóticas y a menudo crueles. A lo largo de los siglos se habían asegurado de que ninguna de dichas culturas colonizase los túneles más cercanos a la Selva de Silith, en ocasiones mediante guerras prolongadas y encubiertas. Sin embargo, nadie en su generación había tenido que enfrentarse contra un drow o un duergar y los pocos que habían sido vistos habían desaparecido sin ocasionar problemas. Que ahora llegasen en grupo resultaba preocupante. Su pueblo no podía permitirse una nueva amenaza en los tiempos que corrían. O, al menos, eso decía Jhirea y otros miembros del Consejo de Druidas. Así que le había tocado a ella aventurarse en las profundidades de la tierra para explorar los alrededores en busca de posibles enemigos y de las razones por las que se estaban congregando allí.

La misión requería sigilo y astucia, por lo que el Consejo había elegido bien. Lidris se había especializado en observar sin ser vista y en enterarse de todos los pormenores de los diferentes pueblos que habitan la Selva de Silith. En alguna ocasión se había permitido hacerse pasar por una humana en Kata Bésar, la capital cosmopolita de la región, y conversar con otros habitantes sin levantar sospechas. La mujer sabía pasar desapercibida, podía colarse en los sitios más inaccesibles y sabía escabullirse de los problemas con facilidad. Su experiencia con las situaciones inusuales la hacían la candidata perfecta para explorar el subsuelo.

Afortunadamente, contaba con ayuda. El Consejo le había proporcionado varios objetos mágicos que le ayudarían a camuflarse en aquél entorno. Unos anteojos le permitían poder ver en la oscuridad como si ésta estuviese iluminada por una antorcha de luz blanca y estática. La falta de colores le impedía captar ciertos detalles de su entorno, aunque Lidris tampoco esperaba notar muchos matices entre las enormes cavernas y grutas por las que había estado colándose. El otro objeto era un anillo que le permitía volverse invisible con una orden mental. La invisibilidad permanecería hasta que se quitase el anillo o hasta realizase un movimiento demasiado violento. Hasta ahora no había tenido que quitárselo y aquellos tres días de invisibilidad le habían resultado muy extraños: no poder ver sus manos mientras intentaba manipular su equipaje o saciaba su apetito era perturbador. Sin embargo, también era consciente de que en aquellos parajes había criaturas que eran capaces de ver en la oscuridad mucho mejor que ella. Prefería no arriesgarse a sufrir percances.

Lidris logró salir del bosque pétreo de estalagmitas y comenzó a ascender por una cornisa alrededor de lo que parecía la falda de una abrupta montaña. Caminó con cuidado a través de la húmeda y resbaladiza piedra durante un rato, teniendo a menudo que saltar para evitar fisuras en el suelo o huecos entre rocas enormes. Por fin, llegó hasta una depresión del terreno que, tras una breve inspección, le pareció que debía ser la cima de la elevación rocosa. Desde allí no podía ver más allá de lo que sus anteojos mágicos le permitían, pero en la distancia pudo discernir varios puntos de luz tenue, producidos casi con toda seguridad por hongos fosforescentes.

Lidris los estudió en detalle, tomando nota de los puntos de referencia y relacionándolos con los que había estado observando durante las últimas tres horas de camino. Tras sentirse segura con su situación y manteniendo un, a aquellas alturas, doloroso silencio, se sentó sobre algunas rocas y tomó una tira de tasajo de su faltriquera.

En ese momento, un destello de luz dorada inundó la caverna. Lidris alzó el brazo para protegerse los ojos. La luz perdió intensidad rápidamente, quedando un breve aura de luz alrededor de un punto a varios kilómetros de su posición. ¿Qué podía haber sido eso? ¿Los drow, quizás, lanzando algún hechizo? 

No parecía probable, ya que los drow despreciaban la luz y, por lo que sabía de ellos, solían ser muy precavidos a la hora de delatar su posición en la oscuridad. La mujer se levantó de su asiento y comenzó a descender con rapidez. Era precisamente este tipo de cosas la que había venido a investigar y, después de tres días, por fin había dado con algo que quizás mereciese ser reportado. Con decisión se dirigió en dirección al punto desde donde el repentino destello se había producido.


La Selva de Silith es un entorno único. Diversas especies y culturas han logrado deshacerse de su orgullo y sus prejuicios lo suficiente como para formar una alianza que, si bien tenue, les ayuda a sobrevivir en un entorno hostil. El pacto se extiende por toda Kata Bésar, una ciudad de madera producto de la amalgama de culturas donde las agresiones y la tenencia de armas están prohibidas que lleva en pie más de cien años.

Los semielfos de la Meseta del Viento no siempre han mostrado interés por la región, manteniendo una relación distante con sus «vecinos» en la que apenas se daban a conocer. Envueltos en el misterio, los encuentros entre los habitantes de Silith y los semielfos habían sido interpretados como apariciones de espíritus.

La atención del Consejo de Druidas y de sus seguidores siempre había estado centrada en la protección de la Llama de los Elfos. Pero cuando la conciencia de la Llama decidió encarnarse en uno de los habitantes de la Selva de Silith hace unos veinte años, la vigilancia tácita de la región se convirtió en un interés e involucración mucho más intensas. Quizás algunos semielfos lleguen a adjudicarse su intervención como la causa de que los pueblos de la Selva de Silith mantengan su acuerdo de paz, pero nunca sabremos si ésta hubiese continuado con la misma fuerza sin ellos.

La historia de Nessa, la Conciencia de la Llama de los Elfos, se inició en el capítulo III de Vilia: Alas de Esperanza, y finalizó con el Capítulo IV: Caminantes de Planos. Puedes leer su conclusión en el mismo relato que introduce este nuevo arco narrativo: La Llama de los Elfos.

Comenzamos así el nuevo Arco Narrativo: Regreso a Vilia. Basado en la campaña de Dungeons and Dragons que llevamos jugando desde hace ya 19 años y que retomamos en Julio de este año.


Autor: Ricardo García
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Inspiración: Grupo 1 del Capítulo V de Vilia: Avatares del Destino

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