Regreso a Casa: Xera’nel, la sacerdotisa de Yulus

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Taryc no se fiaba de aquella drow.

Quizás fuese su aparición en el momento perfecto tras una batalla inesperada. O quizás fuese que conocía lo suficiente sobre la historia de su pueblo como para saber que ninguno de ellos era digno de confianza. Quizás fuesen prejuicios. A lo largo de su vida Taryc no había visto a muchos drow y había hablado con aún menos de ellos: la mayoría la habían atacado tan pronto como la habían visto, una enemiga de la Secta del Dragón y, por lo tanto, de la supuesta causa atlante a la que ellos servían. Su experiencia le impedía empatizar, y mucho confiar, en ellos.

Pero si bien su recelo por la recién llegada podía parecer justificado, era la actitud de Ashazaar lo que más le preocupaba. El atlante ya había actuado en contra de ella y de sus compañeros cuando descubrió que la sociedad atlante seguía existiendo en Gaia. Había decidido marcharse con ellos entonces, colaborar en sus objetivos de doblegar a las gentes de la Terra Norte a aceptar el yugo atlante. Incluso le habían tendido una trampa a ella misma y a sus compañeros, llegando a prometerle información sobre su difunto hermano Lescrom para intentar capturarla.

Si bien en la última estación Ashazaar había actuado de nuevo en su favor y en el de la humanidad, el atlante estaba jugando un juego peligroso: mantenerse cerca del pueblo atlante mientras intentaba, aparentemente, representar los intereses de humanos, enanos y medianos. Algo difícil de mantener, pues su viaje por los planos para traer la Llama de los Elfos estaba en directa oposición de los deseos de los atlantes. Y al mismo tiempo, la distancia que existía entre el atlante y el resto de sus recuperados compañeros dificultaba la confianza entre ellos. Ashazaar intentaba ser un puente que, sin embargo, no hacía más que colapsar sobre sí mismo bajo el peso de su enorme ego.

Su forma de actuar, unida a su inquebrantable orgullo, suponían una importante mella en la esperanza que Taryc hubiese querido poner en su compañero. En algún momento desde que se habían conocido habían llegado a compartir cierta afinidad, incluso algo de aprecio. Un sentimiento que inevitablemente había desaparecido bajo el peso de la traición del atlante, la intriga y las alianzas con un enemigo como Thurvack Maiven, el asesino de Lescrom.

Al recordar a su hermano, Taryc sintió un dolor abrasador en su cabeza. ¿Qué seguían haciendo allí? Necesitaba encontrar su alma, llevar a cabo el mandato que le había sido impuesto en el Abismo cuanto antes. 

-Debemos marcharnos -se sorprendió a sí misma al escuchar la ansiedad en sus palabras.

-¡Esperad! -los increpo Xera’nel, todavía postrada en el suelo con los brazos alzados hacia el atlante en un pío gesto de devoción y súplica-. Por favor, mi señor. Debéis escucharme. El enemigo se encuentra muy cerca, entre nosotros.

Ashazaar se alzo en toda su altura, sus brazos cruzados sobre su pecho. Si el atlante había sido herido en el combate anterior, su porte noble y adusto no mostraba ningún rastro de molestia o dolor.

-Has dicho que eres una sacerdotisa de Yulus, ¿no es así? ¿Qué haces aquí sola? ¿Cuál es tu misión?

La sacerdotisa dejó caer los brazos y hundió la barbilla en su pecho.

-Os pido disculpas, mi señor. Me hallo ante vos sumida en el fracaso y la humillación. 

-Pensaba que los drow eran agresivos y arteros -comentó Lidris cerca del oído de Taryc-. ¿Son todos así de pedantes, también?

Taryc se limitó a soltar un bufido cargado de impaciencia.

-Contesta a mis preguntas -insistió Ashazaar.

-Como ordenéis. Llegué a estos subterráneos hace algo menos de una estación junto con media docena de sacerdotisas, una decena de magos y una veintena de guerreros y exploradores. Nuestra misión, encomendada por la mismísima Yulus, consistía en establecer un puesto de mando para una próxima incursión desde el sur hacia las Montañas Azules.

>>Hasta hace unos días todo fue bien: bajo la disciplina impuesta por los ritos de Yulus logramos levantar un puesto avanzado no lejos de aquí. Nos limitamos a cumplir las órdenes dictadas por la Señora de la Noche: explorar los alrededores, asegurar la zona e identificar las salidas a la superficie. Nos esforzamos por evitar el contacto con los nativos y logramos pasar desapercibidos.

-Bueno, “casi” desapercibidos -comentó Lidris. La mujer drow le dedicó una mirada cargada de odio.

-Sin embargo, algo cambió ayer. Sin que lo advirtiésemos, entre los magos del grupo había un alborotador que había estado confabulando contra su gente y contra el pueblo atlante: Veliz’xar.  Estoy segura de que en otras circunstancias nunca se hubiera atrevido a hacer nada contra nosotros, pero ayer tanto él como sus aliados se alzaron esgrimiendo un poder mágico inconmensurable y totalmente inesperado. Se impusieron con rapidez sobre nosotras, logrando doblegar a mis hermanas y aniquilando a muchas de ellas. Habían logrado convencer o hechizar a varios de los soldados y exploradores que nos acompañaban y nos atacaron por sorpresa, justo antes de terminar nuestro ciclo de meditación.

>>Yo logré escapar gracias a la bendición de Yulus, terminando con la vida de dos de los traidores en el camino… pero lamento decir que el puesto avanzado ha sido tomado por este grupo de perros desertores.

>>Vuestra llegada es de lo más oportuna. ¿Han sido mis plegarias a Yulus las que os han traído hasta aquí? ¿Se conoce la situación en Txultab-tah-naeb?


La sociedad atlante es una de las más poderosas de Vilia. A lo largo de los siglos, tras la Separación, ha logrado crear diversos sistemas de gobierno en el que el resto de criaturas a su cargo pudieran vivir en paz y harmonía.

Los pueblos humanos de la Terra Norte son una prueba de ello: los reinos de Westfallas y Entanas basan la mayor parte de su cultura, sus estamentos sociales, su política y su religión en las creencias impuestas por los atlantes tras la Separación, que llegaron a representar a los mismos Dioses a los que todavía adoran.

Si bien los atlantes desaparecieron de Terra Norte hace muchos siglos, su influencia todavía perdura.

Este relato forma parte del Arco Argumental «Regreso a Casa», del Capítulo V de Vilia: Avatares del Renacer. Puedes encontrar todos los relatos relacionados con este arco a continuación:

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Autor: Ricardo García
Imágenes: Dalle 2
Inspiración: Grupo 1 del Capítulo V de Vilia: Avatares del Destino

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La Separación

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El choque de sus espadas y de sus voluntades fue tan intenso que hizo temblar las estrellas del firmamento.

El vacío fue atravesado por destellos de luz divina y por zarcillos de oscuridad primigenia. Toda la creación se estremeció bajo la lucha feroz de dos hermanos que pugnaban por imponer sus designios sobre el lienzo hecho pedazos de la realidad.

Thrain empuñaba su espada con la ira justa del que había sido llamado Padre de los Dioses. Un halo de luz lo envolvía, convirtiendo el caos a su alrededor en titilantes lanzas que, como relámpagos, eran enviados contra su hermano y mortal enemigo. Levain, envuelto en un aura de caos y destrucción, se defendía deshaciendo los ataques que recibía en pura entropía, deslizándola de nuevo con sibilino ahínco contra el Gran Padre. Su espada hendía el espacio que separaba a ambos Dioses, deshaciendo la energía y la materia en polvo y en Caos; chocando contra el arma de Thrain en busca de un resquicio donde poder socavar su tenacidad desde el interior.

Los Dioses lucharon durante siglos, los cuerpos yacientes de sus aliados dispersos por el campo de batalla. Solo Liveta, la Diosa de la Luz y consorte de Thrain, observaba entre lágrimas el horror que tan desproporcionado combate había causado. No osaba intervenir.

La batalla parecía no tener fin. Ninguno de los Dioses cedía un solo milímetro. Cada estocada era detenida en un choque desgarrador. Cada finta era respondida con una defensa férrea. Cada argucia era desarticulada con una imparable fuerza de voluntad.

Entonces, Levain, sabiendo la imposibilidad de ganar a su hermano en una lucha justa, utilizó su última argucia. Bajando sus defensas se dejó golpear. El cuerpo y la consciencia del Dios Olvidado se estremecieron y cayeron al Caos Primordial que envolvía el campo de batalla. Thrain, viendo a su enemigo vencido, dejó descansar su espada y se dirigió a él, su justa furia ardiendo en su mirada:

Tu traición acaba aquí, hermano. Prepárate para perderte en el caos eterno que tanto atesoras. No puedes vencerme.

Levain rio con sorna antes de contestar.

-Ya te he vencido, hermano -dijo haciendo un gesto con su mano, que comenzaba ya a deshacerse-. Mira a tu alrededor. ¿Qué queda de la creación que tanto anhelabas proteger? Todo lo que hay alrededor es Caos. La Separación que había predicho se ha cumplido.

Y Thrain observó y se dio cuenta de que su hermano, aún vencido, tenía razón. Su creación yacía en pedazos, dispersa por el firmamento. Muerta.

Lo que fue creado una vez puede ser creado de nuevo -anunció Thrain con determinación.

E introduciendo sus manos en el Caos Primordial tomó los fragmentos de su creación anterior. Con sus dedos, guiados por su voluntad inquebrantable, fue creando un mundo: un lugar de orden en mitad del firmamento. Y lo iluminó con la luz y el fuego divino que eran suyos por derecho. Así fue creada la Terra Conocida.

Pero Levain volvió a reír entre estertores mientras su esencia se disipaba en el Caos a su alrededor.

-Estúpido -dijo-. Has llevado a cabo tu creación partiendo del Caos más absoluto. Este nuevo mundo porta mi propia semilla en su interior y algún día dará fruto. ¡He vuelto a ganar!

Y Levain se desvaneció por siempre, dejando a Thrain con un mundo iluminado pero no eterno, un trozo de orden envuelto en Caos, nacido del Caos. El Dios se lamentó, viendo su eterna derrota en la derrota del propio Levain, sabedor de que su destino sería el mismo que el de su hermano. Y fue entonces cuando Liveta, acercándose con afecto a su amado, le susurró al oído:

-No sufras, amor, porque tu creación no sea pura. No sufras por el odio de Levain ni por su engaño envenenado. Observa este nuevo mundo: inocente, recién nacido.

Thrain lo hizo y pudo ver infinidad de detalles en sus montañas, hermosas llanuras y largos valles, profundidades abisales en sus siempre oscilantes océanos. Y en todo ello vio Thrain lo quería decirle su amada y que, juntos, dieron a luz: esperanza.

Este mundo merece ser guiado y cuidado para que pueda existir eternamente -concluyó el Justo Padre, y Liveta asintió.

-Tu deseo se hará realidad.

Y acto seguido Liveta, la Gran Madre, se inclinó sobre la Terra Conocida y la envolvió con sus brazos. Con un suspiro dejó escapar una parte de su divinidad, impregnando con ella el mundo y dando forma a centenares de seres que lo habitasen. Con su último hálito, el más profundo, dio forma al ser humano y lo colocó a sus pies, envolviéndolo en su infinito amor.

-Esta creación es tanto tuya como mía -anunció Liveta volviéndose hacia Thrain-. Yo les enseñaré la bondad y el amor que los acerquen a la divinidad. Tú le inculcarás la fuerza, la lealtad y el sentido de la justicia necesario para que se mantengan firmes en su cometido divino.

>>Y juntos podremos salvar este mundo de la depredación del Caos.

Y así, ambos Dioses observaron su creación, complacidos.

extracto de Creación y Vida, uno de los textos sagrados de la religión de Liveta.


Ninguno de ellos pudo sentir como una voz susurraba desde las profundidades del firmamento, como una letanía proveniente del Caos más infinito y primordial:

-…y el Caos llegará a todos los rincones de la existencia…

anotaciones encontradas en una versión modificada, utilizada en un culto secreto a Enihira, Diosa del Dolor.


Ricardo García
@BardoVilia

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