Regreso a Casa: Huida a ciegas

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Las dos mujeres caminaron a través de la profunda oscuridad del submundo durante un largo rato. No intercambiaron palabras apenas, ambas conscientes de la importancia de pasar desapercibidas tanto a la vista como al oído.

Lidris no pudo evitar sorprenderse ante la habilidad de su recién hallada compañera. Se movía casi con la misma gracilidad que ella misma, con paso ligero y rápido. Si bien su mochila era abultada, ninguno de los objetos que contenía emitían el más leve tintineo, claramente asegurados con tal propósito. En una ocasión tuvieron que detenerse para evitar un grupo de inquietos ciempiés gigantes que avanzaba en la dirección opuesta a la que se dirigían, atraídos por el despliegue de luz que habían causado. La humana había logrado encontrar un escondrijo en completo silencio y sin poder ver nada, guiada tan solo por el tacto. La semielfa estaba impresionada.

-Espera -escuchó entonces Lidris el susurro de su compañera-. ¿Notas algo?

-No -contestó Lidris también en voz baja-. Vamos, debemos continuar.

-Avancemos en esa dirección -contestó la humana señalando en una dirección aparentemente arbitraria-. Creo que hay algo ahí.

Lidris estuvo a punto de replicar, pero prefirió encogerse de hombros. Su prioridad era alejarse de esa región todo lo posible y encontrar un lugar seguro donde descansar. Ya no le quedaba ninguna de las referencias que se había esforzado en mantener hasta entonces debido a la presurosa huida que habían emprendido, por lo que a aquellas alturas cualquier dirección era buena. Volver sobre sus pasos para abandonar aquellas cavernas era un problema que tendrían que afrontar más adelante.

Así pues, las dos mujeres avanzaron en la dirección indicada por la humana. El camino atravesó varias repisas y huecos escarpados que tuvieron que escalar con lentitud, lo que al mismo tiempo se convertirían en obstáculos para cualquier perseguidor que les siguiera la pista. Tomar ese camino no había sido mala idea.

Tras avanzar a lo largo de varias cavernas de techo bajo, las dos compañeras dieron a parar a una enorme sala de piedra por la que atravesaba un riachuelo que había logrado labrar un lecho sobre la roca. Tras ella se alzaba una colina a la que se podía subir gracias a una pendiente irregular, rota en varios puntos.

Lidris comenzó a explorar los alrededores buscando formas de esquivar la escarpada pendiente pero su compañera la detuvo.

-Por ahí -indicó señalando hacia la cima de la colina.

-¿Cómo sabes que necesitamos subir? -preguntó Lidris sin acabar de entender lo que estaba ocurriendo.

-No estoy segura. Creo que hay algo ahí arriba. Es una sensación que no había sentido nunca hasta hace muy poco, como un hormigueo en mi cabeza. Ya lo sentí mientras regresaba a Vilia.

Lidris no contestó, pero deseó que su recién hallada Dama del Dragón no estuviese loca.

Las dos ascendieron la colina hasta llegar a la cima. Una explanada daba paso a una ancha cornisa que se extendía a lo largo de una pared vertical delimitando el espacio donde se encontraban. Lidris no podía ver el techo, perdido más allá del rango de visión que le conferían sus gafas encantadas, pero pudo identificar la abertura de una caverna escondida por una floración de estalagmitas cercana a la cornisa.

La humana soltó su mano y se dirigió hacia el centro de la explanada.

-¡Espera! ¿Dónde vas? -la conminó Lidris, siguiéndola.

-Dame un momento. Creo que está aquí.

La muchacha humana comenzó a hacer aspavientos en el aire como si estuviese intentando coger algo. Pero Lidris sabía que no había nada ahí: sus gafas no revelaban ningún objeto o ser vivo. Tendría que estar suspendido, además, para poder estar a la altura a la que su compañera parecía estar buscándolo. La conclusión estaba clara: aquella humana se había vuelto loca.

Un repentino destello de luz dorada surgió de las manos de la joven, cegando de nuevo a Lidris.

-¿Otra vez? Tienes que dejar de hacer eso…

Lidris se interrumpió al recobrar la visión en la oscuridad. En el centro de la explanada había aparecido de repente un objeto esférico como el que había hallado alrededor de su nueva compañera. En este caso la esfera estaba intacta. En su interior yacía el cuerpo inerte de un hombre alto vestido con una larga túnica. Su pelo, lacio y cayendo sobre su espalda, aparecía inmóvil, congelado dentro del material sólido. Su rostro era delicado y hermoso, de cejas finas y blancas, pómulos afilados, nariz ahusada y labios delgados cerrados con fuerza. Ni una sola arruga cruzaba sus rasgos. A su espalda portaba un imponente espadón y un escudo. Otra espada descansaba inmóvil a su costado.


El destino es un concepto importante en Vilia. Se dice que cada ser que habita este mundo tiene ya escrito su futuro, que cada decisión que se lleva a cabo tiene un resultado prefijado de antemano.

Por supuesto, nadie ha podido demostrar estas afirmaciones. Al fin y al cabo, ningún ser, ni siquiera los atlantes desde hace muchos siglos, es capaz de vislumbrar el entramado del tiempo.

O eso se pensaba hasta que Dart-Dos viajó al pasado y se enfrentó a una de las personificaciones del Tiempo, a uno de los guardianes del destino: el Caballero.

Desde entonces, la concepción del destino tiene otro significado para los aventureros que se debaten en busca de su camino en Vilia. Y es que, tal y como les avisara Sun el 10 de Sureolom (I) del 1509 d.S., se han topado con el que parece ser el verdadero enemigo.

Este relato forma parte del Arco Argumental «Regreso a Casa», del Capítulo V de Vilia: Avatares del Renacer. Puedes encontrar todos los relatos relacionados con este arco a continuación:

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Autor: Ricardo García
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Inspiración: Grupo 1 del Capítulo V de Vilia: Avatares del Destino

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Regreso a Casa: Un faro en la oscuridad

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Lidris nunca había visto a un Caballero del Dragón pero sí había oído hablar de ellos. Jhirea les había contado la aparición del grupo en la selva varias estaciones atrás. Habían causado un gran revuelo, pues habían llegado hasta allí acompañados de un atlante. Si bien en un principio habían sido confundidos con los miembros de una secta que habían manipulado a las gentes de Silith para explorar unas antiguas ruinas ocultas en el este de la selva, los Caballeros del Dragón y sus compañeros habían acabado ayudando a defender a la población local.

No solo eso: también habían entrado en contacto con Nessa, que había decidido abandonar el Poblado del Oso para acompañarlos en sus viajes. 

Lidris se estremeció. No había sabido nada de Nessa desde entonces y aún le pesaba la preocupación. ¿Sabría esta humana algo al respecto?

-¡Tranquila! -se atrevió a decir Lidris mientras se quitaba el anillo de invisibilidad de su dedo-. Estoy aquí. No voy a hacerte daño.

La dragoon fijó sus ojos claros en los suyos mientras descendía, aquella luz dorada pulsante cubriéndola de un calor arcano. Por fin posó los pies sobre el suelo de roca, su estoque todavía listo para el combate.

-No te conozco, pero conozco a tu gente -preguntó la muchacha-. ¿Perteneces al pueblo de la Meseta del Viento? ¿Los protectores de la Llama de los Elfos

-Así es -asintió Lidris y se apresuró a añadir-. Yo no soy una amenaza, pero nos encontramos en un lugar donde el peligro abunda. Estas cavernas se hallan cientos de metros por debajo de las selvas de Silith y el sol nunca las ha tocado. La luz que despides puede verse a kilómetros de aquí. Cualquier criatura que la vea vendrá a investigar. Por favor, detenla antes de que nos encuentren.

Su interlocutora pareció confusa y dedicó unos segundos a observar a su alrededor.

-Tienes razón -concluyó. Un gesto de dolor atravesó su rostro, que la obligó a llevarse la mano a la cabeza. Acto seguido suspiró y pareció relajarse. La luz que la envolvía dejó de brillar. Ambas quedaron envueltas de nuevo por la oscuridad.

-¿Estás bien? -le preguntó Lidris.

-Sí, no es nada… -contestó la muchacha sin dar importancia a la pregunta.

Pero Lidris se había vuelto a colocar los anteojos mágicos y la observaba con preocupación. Su estoque volvía a estar envainado y se pasaba las manos por el rostro y el cabello con fruición, como intentando eliminar una molestia que la acosara.

-Debemos movernos -sentenció la humana-, pero no puedo ver nada. Necesito una antorcha o alguna fuente de luz.

-No es buena idea -contestó Lidris-. Cualquier luz, por pequeña que sea, sería tan brillante como un sol aquí dentro. Dame la mano. Yo te guiaré.

La humana dudó un segundo pero luego asintió.

-Espero que sepas adónde vamos -comentó mientras le ofrecía su mano.

-Tengo claro dónde no debemos estar. Por el momento eso es lo importante.


El paso de los Caballeros del Dragón y de sus compañeros por la Selva de Silith se produjo entre el 12 y el 21 de Visiora (X) del 1508 d.S.

Lidris ha oído bien la historia, ya que Jhirea la presenció casi en su totalidad. La búsqueda de las Piedras del Dragón llevó al grupo hasta Silith, donde se toparon con un grupo de miembros de la Secta de Bahamut con el mismo objetivo. Dirigidos por un humano llamado Bale, éste se presentó como el Elegido por los Espíritus para guiar a las diferentes poblaciones que integran las comunidades de Kata Bésar hacia la prosperidad.

Con su ayuda, había estado explorando unas antiguas ruinas élficas hasta dar con las Piedras Dragoon del Dragón Morado. El grupo de Caballeros del Dragón llegó a tiempo de enfrentarse a él, pero no logró hacerse con el codiciado premio mágico y se vieron obligados a huir ante un enemigo superior en potencial mágico.

Ahora esas piedras continúan en poder de Bale y bajo el control de Bahamut, uno de los líderes atlantes que conspira por establecer el dominio de su gente sobre el resto de la humanidad.

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Una mujer envuelta en luz

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Lidris supo que se hallaba cerca de su objetivo cuando pudo escuchar algo arrastrándose sobre el suelo a unos metros de distancia. Tras detenerse en mitad de una zancada, se deslizó con cuidado para agazaparse tras una formación rocosa.

El silencio la envolvió de nuevo. Durante varios minutos Lidris se mantuvo atenta, concentrada tan solo en sus sentidos. Había pasado mucho tiempo en territorio salvaje y había participado en numerosas cacerías. Era consciente de la importancia de la paciencia en estas situaciones. El anillo de invisibilidad la ayudaba a pasar desapercibida ante cualquier criatura que pudiese ver en la oscuridad, pero en esas circunstancias de visión reducida el sentido de la vista perdía importancia ante el oído a la hora de percibir la presencia o ausencia de amenazas. También sospechaba que algunas criaturas con las que se había topado en los últimos días tuviesen otros sentidos adicionales y extraños, adaptados a este entorno. Preferiría no cruzarse de nuevo con ninguno de ellos.

Sin embargo, por más que esperó no pudo escuchar ningún sonido nuevo. Por un momento se planteó si lo que había escuchado había sido real, pero se conocía lo suficiente como para no entretener ese pensamiento más de un instante: si no podía confiar en sus sentidos, no podía confiar en nada.

Moviéndose con extremo cuidado, Lidris abandonó su refugio tras las rocas y avanzó sin causar un solo ruido entre las formaciones pétreas cercanas que pudiese utilizar como cobertura. Tras avanzar lo que calculó que serían unos treinta metros, se detuvo de nuevo, sorprendida.

Esto es lo último que esperaba” -pensó.

Una enorme piedra lisa y pulida que alguna vez habría sido completamente esférica yacía ahora en pedazos a sus pies. Parecía haber sido maciza, aunque los pedazos más grandes que aún quedaban enteros bien podrían haber sido la cubierta exterior de una cámara hueca. Numerosos fragmentos y esquirlas de menor tamaño estaban esparcidos alrededor y el contenido de la esfera, como el de un huevo, estaba en el centro de la explosión.

Se trataba de una muchacha joven de piel clara y pelo corto y revuelto que yacía sobre las rocas. Su cuerpo permanecía totalmente inmóvil a excepción de un leve vaivén de su pecho y su costado, producto de una respiración leve pero regular. La chica iba armada y equipada como una aventurera: un peto de cuero recio cubría su torso y un arco de aspecto sencillo colgaba a su espalda, atrapado tras una mochila de considerable tamaño. Al cinturón portaba un estoque.

Lidris titubeó sin saber qué hacer. ¿Cómo había llegado aquella humana hasta allí? ¿Qué era esa extraña corteza sólida que se hallaba destrozada a su alrededor? ¿Era esto lo que había emitido aquél fulgor dorado? Su instinto le insistía en que tuviese cuidado, que se preparase para una trampa o un ataque que pudiese llegar de repente desde cualquier parte. Pero al mismo tiempo, años de vigilia y apoyo a las poblaciones humanas a las que había protegido y guiado en las selvas de Silith le conminaban a examinar a la muchacha inconsciente y asegurarse de que estaba bien.

Fue este último pensamiento el que se impuso sobre su aprehensión, animando a Lidris a acercarse hasta el cuerpo inconsciente de la muchacha humana. Se agachó a su lado y la examinó sin llegar a tocarla en busca de heridas o golpes de algún tipo. Su piel parecía levemente magullada y poseía algunas cicatrices que recorrían su brazo izquierdo, algo extraño para una chica de no más de veinte años pero esperable en alguien que, por su vestimenta y sus armas, debía ser una aventurera. No halló ninguna herida abierta ni contusiones recientes, lo que la tranquilizó. Confirmó que su respiración era regular, si bien se apreciaban pequeños espasmos nerviosos involuntarios y repentinos. Sus sueños no debían de ser muy agradables.

Lidris no pudo resistirse a extender sus manos, todavía invisibles, y posarlas sobre el brazo y las cicatrices de la muchacha. Notó su calor, algo extraño en las entrañas del mundo donde se encontraban. Sabía que si abandonaba a su recién hallada visitante acabaría muriendo de frío, quedaría perdida sin remedio o sería atacada por alguna de las bestias que habitaban aquellas cavernas. La semielfa suspiró, resignada. Su instinto insistía en alejarse de allí, en volver a internarse en la oscuridad y continuar con su misión. Pero su conciencia le impedía hacer algo así con alguien en apuros. 

Su discusión interna la llevó a empujar a la chica humana con más brusquedad de la que pretendía.

-¡Eh! Vamos, ¡despierta! -dijo en lengua común.

La muchacha abrió entonces los ojos, alarmada. Con una agilidad inusitada, rodó sobre sí misma y se puso en pie. Una mano se posaba ya sobre el pomo de su estoque mientras la otra, portando un anillo enjoyado, lo hacía sobre un colgante dorado que caía sobre su pecho.

El mundo se llenó de nuevo de una intensa luz dorada que cegó a Lidris. Intentó retroceder, asustada, pero tropezó con varias rocas y estuvo a punto de perder el equilibrio. Quitándose las lentes, la semielfa se restregó los doloridos ojos hasta que se acostumbraron al pulsante fulgor que la rodeaba.

-¿Dónde estás? -escuchó la voz cristalina de la muchacha a la que había intentado ayudar en algún punto sobre su cabeza-. Muéstrate.

Lidris alzó la mirada y encontró a la chica humana levitando a algo más de un metro de altura. Su cuerpo irradiaba luz dorada, que parecía envolverla como una armadura protectora y se curvaba en haces a su espalda como si formara alas que la sostuvieran en el aire. Su rostro se había vuelto acerado, serio y alerta, pero al mismo tiempo tranquilo y confiado. Sus ojos, de un azul claro como el cielo de primavera, observaban a su alrededor con desconfianza sin poder distinguirla.

“Claro, sigo invisible”.


Explorar el submundo es una tarea lóbrega y tediosa para cualquier habitante de la superficie. No solo debes enfrentarte a un mundo sin luz, sino también sin calor. Pocas cosas pueden crecer en un entorno así y muchas menos sobrevivir. Las que lo hacen dependen de la humedad que se filtra entre las capas superiores de la tierra y los minerales y los escasos nutrientes que puedan llegar hasta allí.

En Vilia existen criaturas capaces de alimentarse de rocas de distinto tipo, prefiriendo las gemas, mientras excavan por nuevos túneles por doquier. Algunos insectos han logrado aclimatarse al ecosistema, ayudando a «polinizar» ciertas regiones de mayor humedad con las esporas de diversos hongos y líquenes que logran sobrevivir con dificultad. A ninguno de ellos les falta depredadores: bestias voladoras que atraviesan las enormes cavidades del Submundo guiados por extraños sentidos y que logran sobrevivir durante semanas sin alimento. Incluso se ha oído hablar de una criatura que es capaz de alimentarse del sonido, una enorme criatura de patas largas y afiladas que suele encontrarse con frecuencia en los lugares en los que se forman repentinos desprendimientos de roca.

El Submundo no es, desde luego, un lugar afín para las criaturas humanoides. Y aún así algunas civilizaciones han logrado convertir esta extraña y amenazadora oscuridad en su hogar, a menudo volviéndose tan lóbregos como su entorno.

Nuevo relato del Arco Narrativo: Regreso a Vilia, el primero del Capítulo V: Avatares del Destino. Estos relatos están basado en la campaña de Dungeons and Dragons que llevamos jugando desde hace ya 19 años y que retomamos en Julio de 2022. Puedes leer todos los relatos de este arco publicados hasta ahora en los siguientes enlaces:


Autor: Ricardo García
Imágenes: Dall-E 2
Inspiración: Grupo 1 del Capítulo V de Vilia: Avatares del Destino

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Amenazas en la Oscuridad

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Lidris se deslizaba entre las enormes formaciones rocosas de la enorme caverna con agilidad y rapidez. Esquivando cientos de estalagmitas de diversos tamaños, continuó avanzando en dirección norte tal y como lo había estado haciendo durante los últimos tres días. En ese tiempo, y para su sorpresa, había logrado aclimatarse al entorno: se movía entre las columnas de piedra y los afloramientos de roca caliza como si lo hiciese entre árboles y arbustos, era capaz de localizar pequeñas grutas desocupadas y aprovecharlas para descansar y reponer fuerzas tal y como lo habría hecho en la superficie… A esas alturas se veía capaz de permanecer en aquel mundo subterráneo durante semanas y sobrevivir de sus escasas reservas y las ocasionales fuentes de agua que fuera siendo capaz de hallar.

Pero que fuese capaz no significaba en ningún caso que desease hacerlo. Solo pensarlo le erizaba los pelos de la nuca y podía sentir un molesto picor en sus ligeramente puntiagudas orejas. Todo su ser anhelaba volver a sentir la luz del sol, la brisa fresca, el olor de la lluvia y la tierra mojada, y la caricia de las enormes hojas de árboles y arbustos selváticos. En resumen: Lidris deseaba volver a casa.

Y no se encontraba demasiado lejos: tan solo a unos doscientos, quizás trescientos metros bajo su hogar, la Selva de Silith. La misión que la había llevado hasta allí era consistente con el deber que había llevado a cabo durante más de veinte años: proteger la región y a sus habitantes, asegurarse de que los escasos agentes externos que se aventuraban en la zona no infligieran daño a los pueblos autóctonos, acompañar a dichos pueblos hacia una coexistencia pacífica de la forma menos intrusiva posible y, siempre que fuera posible, minimizar las pérdidas y el sufrimiento de sus protegidos. 

Todo ello la había llevado a internarse en el subsuelo en una búsqueda sin un objetivo muy claro. Las cavernas que exploraba desde hacía días estaban conectadas a través de unas extensas grutas con los territorios humanos del Pueblo del Oso. Varios druidas semielfos habían recibido noticias de extraños movimientos en esas grutas: grupos de drow aventurándose hasta la superficie, algunos de ellos esgrimiendo magia. Pero desde que llevaba allí no había visto ni rastro de ellos.

Su pueblo, los semielfos de la Meseta del Viento, era conscientes de que las extensas cavernas que se extendían por toda la región eran refugio de extrañas criaturas y de culturas exóticas y a menudo crueles. A lo largo de los siglos se habían asegurado de que ninguna de dichas culturas colonizase los túneles más cercanos a la Selva de Silith, en ocasiones mediante guerras prolongadas y encubiertas. Sin embargo, nadie en su generación había tenido que enfrentarse contra un drow o un duergar y los pocos que habían sido vistos habían desaparecido sin ocasionar problemas. Que ahora llegasen en grupo resultaba preocupante. Su pueblo no podía permitirse una nueva amenaza en los tiempos que corrían. O, al menos, eso decía Jhirea y otros miembros del Consejo de Druidas. Así que le había tocado a ella aventurarse en las profundidades de la tierra para explorar los alrededores en busca de posibles enemigos y de las razones por las que se estaban congregando allí.

La misión requería sigilo y astucia, por lo que el Consejo había elegido bien. Lidris se había especializado en observar sin ser vista y en enterarse de todos los pormenores de los diferentes pueblos que habitan la Selva de Silith. En alguna ocasión se había permitido hacerse pasar por una humana en Kata Bésar, la capital cosmopolita de la región, y conversar con otros habitantes sin levantar sospechas. La mujer sabía pasar desapercibida, podía colarse en los sitios más inaccesibles y sabía escabullirse de los problemas con facilidad. Su experiencia con las situaciones inusuales la hacían la candidata perfecta para explorar el subsuelo.

Afortunadamente, contaba con ayuda. El Consejo le había proporcionado varios objetos mágicos que le ayudarían a camuflarse en aquél entorno. Unos anteojos le permitían poder ver en la oscuridad como si ésta estuviese iluminada por una antorcha de luz blanca y estática. La falta de colores le impedía captar ciertos detalles de su entorno, aunque Lidris tampoco esperaba notar muchos matices entre las enormes cavernas y grutas por las que había estado colándose. El otro objeto era un anillo que le permitía volverse invisible con una orden mental. La invisibilidad permanecería hasta que se quitase el anillo o hasta realizase un movimiento demasiado violento. Hasta ahora no había tenido que quitárselo y aquellos tres días de invisibilidad le habían resultado muy extraños: no poder ver sus manos mientras intentaba manipular su equipaje o saciaba su apetito era perturbador. Sin embargo, también era consciente de que en aquellos parajes había criaturas que eran capaces de ver en la oscuridad mucho mejor que ella. Prefería no arriesgarse a sufrir percances.

Lidris logró salir del bosque pétreo de estalagmitas y comenzó a ascender por una cornisa alrededor de lo que parecía la falda de una abrupta montaña. Caminó con cuidado a través de la húmeda y resbaladiza piedra durante un rato, teniendo a menudo que saltar para evitar fisuras en el suelo o huecos entre rocas enormes. Por fin, llegó hasta una depresión del terreno que, tras una breve inspección, le pareció que debía ser la cima de la elevación rocosa. Desde allí no podía ver más allá de lo que sus anteojos mágicos le permitían, pero en la distancia pudo discernir varios puntos de luz tenue, producidos casi con toda seguridad por hongos fosforescentes.

Lidris los estudió en detalle, tomando nota de los puntos de referencia y relacionándolos con los que había estado observando durante las últimas tres horas de camino. Tras sentirse segura con su situación y manteniendo un, a aquellas alturas, doloroso silencio, se sentó sobre algunas rocas y tomó una tira de tasajo de su faltriquera.

En ese momento, un destello de luz dorada inundó la caverna. Lidris alzó el brazo para protegerse los ojos. La luz perdió intensidad rápidamente, quedando un breve aura de luz alrededor de un punto a varios kilómetros de su posición. ¿Qué podía haber sido eso? ¿Los drow, quizás, lanzando algún hechizo? 

No parecía probable, ya que los drow despreciaban la luz y, por lo que sabía de ellos, solían ser muy precavidos a la hora de delatar su posición en la oscuridad. La mujer se levantó de su asiento y comenzó a descender con rapidez. Era precisamente este tipo de cosas la que había venido a investigar y, después de tres días, por fin había dado con algo que quizás mereciese ser reportado. Con decisión se dirigió en dirección al punto desde donde el repentino destello se había producido.


La Selva de Silith es un entorno único. Diversas especies y culturas han logrado deshacerse de su orgullo y sus prejuicios lo suficiente como para formar una alianza que, si bien tenue, les ayuda a sobrevivir en un entorno hostil. El pacto se extiende por toda Kata Bésar, una ciudad de madera producto de la amalgama de culturas donde las agresiones y la tenencia de armas están prohibidas que lleva en pie más de cien años.

Los semielfos de la Meseta del Viento no siempre han mostrado interés por la región, manteniendo una relación distante con sus «vecinos» en la que apenas se daban a conocer. Envueltos en el misterio, los encuentros entre los habitantes de Silith y los semielfos habían sido interpretados como apariciones de espíritus.

La atención del Consejo de Druidas y de sus seguidores siempre había estado centrada en la protección de la Llama de los Elfos. Pero cuando la conciencia de la Llama decidió encarnarse en uno de los habitantes de la Selva de Silith hace unos veinte años, la vigilancia tácita de la región se convirtió en un interés e involucración mucho más intensas. Quizás algunos semielfos lleguen a adjudicarse su intervención como la causa de que los pueblos de la Selva de Silith mantengan su acuerdo de paz, pero nunca sabremos si ésta hubiese continuado con la misma fuerza sin ellos.

La historia de Nessa, la Conciencia de la Llama de los Elfos, se inició en el capítulo III de Vilia: Alas de Esperanza, y finalizó con el Capítulo IV: Caminantes de Planos. Puedes leer su conclusión en el mismo relato que introduce este nuevo arco narrativo: La Llama de los Elfos.

Comenzamos así el nuevo Arco Narrativo: Regreso a Vilia. Basado en la campaña de Dungeons and Dragons que llevamos jugando desde hace ya 19 años y que retomamos en Julio de este año.


Autor: Ricardo García
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Inspiración: Grupo 1 del Capítulo V de Vilia: Avatares del Destino

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Amanecer demoníaco

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Una repentina llamarada hendió el cielo apenas iluminado por la naciente luz del día. Brotó de una pequeña caverna bajo una de las cadenas montañosas que motean el bosque de Ahn-Quessire, hogar milenario del pueblo élfico. La intensidad del calor era tal que las mismas paredes de la entrada se disolvían, convirtiéndose en piedra ardiente que caía convertida en gotas de magma.

Una imponente y obscena criatura abandonó la caverna. Alzándose hasta rozar los cuatro metros de altura, su cabeza astada se imponía desafiando la pureza del cielo azul, antítesis de la perversión y el odio que eran parte de su misma existencia. Enormes brazos cubiertos de pelaje rojizo y negro caían a ambos lados de su cuerpo, terminados en poderosas garras negras de filos rotos y astillados. Se alzaba sobre dos enormes patas de carnero recubiertas de un denso y oscuro pelaje que terminaba a la altura de su pecho descubierto de roja piel, musculoso y ancho como un oso. Pero el más temible de sus rasgos era su rostro, retorcido perpetuamente en una mueca de odio. Era ancho y cuadrado, con una nariz amplia y chata que se abría en el centro, casi como heridas abiertas, junto a los que podía reconocerse fragmentos del hueso sobre los que se estiraba la piel. Colmillos de longitudes desiguales sobresalían desde sus anchas mandíbulas y sus ojos, pequeños y de un profundo color rojo, prometían una destrucción lenta y agónica de cualquier criatura u objeto que se vieran sujetos a su mirada.

El claro del bosque en el que ahora se encontraba, hasta entonces cubierto de árboles y matorrales de diversos tamaños, comenzó a arder y a retorcerse ante su mera presencia. La hierba se convertía en humo y los animales que quedaban todavía en la zona desaparecían de repente, carbonizados, sin llegar a emitir ningún sonido.

Henjar se permitió una mueca que extendió sus afilados rasgos hacia sus mejillas, dejando ver aún con más claridad los puntiagudos y desiguales colmillos y estirando la negra piel alrededor de los fragmentos óseos de su rostro. El bálor no sonreía con frecuencia, pero hoy lo hacía con todo el deleite de su oscuro corazón.

El gesto no duró mucho, sustituido por la suspicacia y la duda. ¿Sería suficiente el poder que ahora poseía, habiendo vuelto la Llama de los Elfos a Vilia, para cumplir con sus designios? Podía sentir la magia corriendo por su sangre, recibiéndola a través de los poros de su piel, canalizándola en potente energía de fuego y corrupción. Hacía años que no había estado en un plano donde hubiese podido acceder a semejante potencial desarrollado a lo largo de milenios. Esta vez no podía fallar.

Se detuvo a recordar su llegada al plano. Cómo había acudido a buscar la espada que lo debía encerrar. Cómo había liberado a su anterior prisionero, acabando con él entre balbuceos de sorpresa. Cómo había logrado desentrañar el sortilegio que debía mantenerlo preso para luego ejecutarlo y acabar en la espada. El destino debía cumplirse, y ésa era su mejor baza.

Pero, ¿qué ocurriría cuando fuera el Destino quien se interpusiese en su camino? Sabía que ese día llegaría, y si bien hasta aquél momento había sido su herramienta, era consciente de que la corriente en la que había decidido meterse era muy potente. No podía permitirse más errores.

Henjar decidió que debía probarse. Debía ser capaz de desafiar al Tiempo, demostrarse que llegado el momento podría salir de su influjo y llevar a cabo su venganza. Y sí, también su cometido, aunque ese detalle para él era secundario.

Disminuyendo la intensidad de su aura de fuego, el infernal se dirigió hacia un enorme pilón de piedra que se encontraba clavado en el suelo en las cercanías. Henjar no conocía el funcionamiento exacto de aquél artefacto. La magia élfica imbuida en la piedra era increíblemente compleja y, hasta cierto punto, consciente. Las runas que cubrían el pilón se iluminaron con una intensa luz azulada con cada paso del infernal.

Pero a diferencia de otras ocasiones, esta vez el bálor no se inmutó. Extendiendo ambas garras, tomó el pilón y comenzó a tirar con fuerza. Con cada tirón podía sentir la magia defensiva del artefacto intentando morderle, impedirle cualquier movimiento y destruirle, todo a la vez. El bálor sonrió y comenzó a entonar las palabras de un conjuro. La energía mágica que convocó lo envolvió como un enorme velo de energía sacrílega y, con un nuevo tirón, el pilón fue arrancado del suelo.

Henjar pudo sentir la sorpresa de la extraña consciencia albergada en aquél artefacto, seguido de un temor que se detuvo a saborear. Al mismo tiempo, se dió cuenta de que estaba siendo observado: sus alrededores parecieron perder el color, tomar un tono desvaído y monocromático mientras las líneas de los objetos comenzaban a perder definición. El bálor reconocía las señales: el Tiempo sentía su presencia.

-Perfecto -dijo con un gruñido de satisfacción, su profunda voz reverberando entre las ramas de los árboles-. Y ahora que tengo tu atención…

Y con un poderoso rugido, Henjar dejó caer el pilar de piedra sobre su rodilla, partiéndolo en dos. El retumbar de un trueno sacudió el ambiente y una explosión de magia se extendió a su alrededor, deslumbrándolo durante unos segundos. La energía podría haberlo dañado, pero su propia aura era capaz de contener el calor, la radiación y los trozos de roca que lo bañaban.

Tras unos segundos, todo quedó en silencio, roto por la risa rasposa y cruel del bálor. El mundo continuaba siendo monocromático y las líneas a su alrededor continuaban bailando, pero no ocurrió nada más.

-No puedes detenerme -amenazó el bálor-. No te atreverás a intervenir. La victoria, esta vez, será mía.

Y tras esas palabras, Henjar desapareció.


Noreste de Ahn-Quessire, cerca de la Floresta Fosforescente, Gaia. 15 de Marmadarim (III) del 1509 d.S.

Desde hace estaciones, el grupo teme la presencia en Vilia de uno de los demonios más poderosos del Abismo: un bálor. Prisionero en una espada durante, supuestamente, años, logró liberarse como parte de un pacto con Saryvon Lormen, actualmente en paradero desconocido.

El bálor ha demostrado tener sus propios y misteriosos objetivos y parece que ahora ha llegado el momento de dar un nuevo paso.

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

Ilustración creada en Dall-E 2

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El largo camino a casa

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-¿No te parece que se acaban los árboles allí adelante? -comentó Katsura a su compañero con una sonrisa cansada.

Goro, que hasta entonces había estado bufando y casi arrastrándose por la fronda del Bosque Oscuro, se incorporó de repente, su rostro iluminado por la ilusión.

-¡No será verdad! -dijo el muchacho y, ante la incredulidad de los presentes, echó a correr.

Mai se permitió una leve sonrisa. El viaje a través del Bosque Oscuro había sido enormemente duro, no solo por los predecibles peligros de aquél lugar que Kaoru y ella habían tenido que aplacar, sino por la compañía de los dos jóvenes que andaban a su cuidado. Goro era un inútil. Y Katsura, aún a pesar de mostrar valor y tenacidad, aquejaba del mal de quien ha pasado toda su vida en la corte: falta de experiencia y poca tolerancia a la incomodidad.

-¡Es verdad! ¡Es verdad! ¡Vamos! ¡Ya estamos en casa! -gritaba Goro con alegría unos metros más adelante.

Mai podría haberle dicho que se encontraban en el margen oeste de Inkairu. Que aún quedaban kilómetros de territorio deshabitado y peligroso, o que debería bajar la voz para evitar problemas. Pero en su corazón, ella también estaba contenta por pisar de nuevo la tierra de su patria. Con suerte, pronto llegarían a un pueblo, se harían con un carro o quizás con caballos y, en unas pocas semanas, estarían en territorio del clan Yamamoto…

El sonido de cascos la sacó de su ensueño. Estaban lejos, más allá de los árboles de la floresta, pero se acercaban con rapidez. La mujer estimó alrededor de media docena.

Enemigos -dijo Kaoru, alarmado. Sus ojos rasgados de pupilas verticales resplandecieron bajo los rayos del sol que lograban atravesar el cada vez menos denso dosel arbóreo-. Cuida de la princesa.

Y acto seguido el kitsune comenzó a encoger con rapidez, pasando a convertirse en un pequeño zorro de pelaje blanco que desapareció entre la maleza en dirección al sonido cada vez más cercano.

-Princesa -se apresuró a llamar Mai a su protegida, que la miró extrañada-. Manteneos cerca. 

Ambas se detuvieron, observando y escuchando a su alrededor. Los gritos de Goro habían cesado y el bosque quedó inundado por un silencio tenso y expectante.

Mai comenzó a entonar en voz baja una plegaria a los espíritus del bosque, del aire y de la vegetación. Su conexión le permitiría ver lo que ellos viesen, atisbar al enemigo antes de que llegase hasta ellos.

La respuesta de los espíritus fue feroz. Mai sintió como sus sentidos eran arrancados desde su ser y se repartían entre varios espíritus al mismo tiempo: se desplazaba entre los árboles meciendo las hojas a su paso a una velocidad de vértigo al mismo tiempo que podía ver la linde del bosque desde el mismísimo suelo, a través de varias briznas de hierba que tapaban su visión. La sensación era arrebatadora y mareante al mismo tiempo pero le sirvió para cumplir su cometido: un grupo de diez jinetes cabalgaban en su dirección. Eran guerreros y ronin sin bandera, aunque Mai percibió que el orden y la composición del grupo estaba demasiado practicada, demasiado perfecta. Se dirigían justo hacia donde se encontraban.

Mai cortó la conexión con los espíritus con una rápida palabra de agradecimiento.

-Escondeos, Yamamoto-sama. Se acercan enemigos.

La muchacha asintió con decisión, sin un atisbo de temor. Mai murmuró una nueva plegaria y se mantuvo firme en su posición, esperando a los jinetes.

El grupo entró en el bosque con rapidez y agilidad, de forma ordenada y esforzándose por mantener la formación a medida que avanzaban. Mai pudo verlos llegar y supo que ellos la habían visto también. Estaba claro que los buscaban, lo cuál resultaba inquietante. ¿Quién sabía del viaje que habían emprendido desde Media Esuarth? Habían tomado el camino más largo precisamente para evitar cualquier contacto con otros viajeros.

La cuadrilla se detuvo a unos 20 metros de la shugenja, que se mantuvo firme en su posición. Un hombre recio vestido con armadura de cuero endurecido se adelantó. En su rostro bailaba una sonrisa cruel.

-En nombre del Clan Ishida, os ordeno que me abráis paso -anunció Mai con firmeza.

Los guerreros se miraron entre sí, aparentemente divertidos, pero no dijeron una sola palabra antes de que lo hiciera su líder.

-En estas tierras los clanes no tienen potestad, mujer -respondió con voz rasposa.

Mi misión es oficial y es un servicio al Imperio. Si osáis interponeros entre yo y mi sacro cometido, incurriréis en la ira del Clan Ishida. Sabed que vendrán a buscarme y, por lo tanto, también os buscarán a vosotros.

-Mentís, señora -contestó de nuevo el jinete mientras espoleaba a su montura y desenfundaba una katana de hoja torcida-. Nadie vendrá a buscaros.

Ante la acometida del jinete, Mai recitó rápidamente una nueva plegaria invocando a la furia del rayo y del relámpago en su ayuda. Los espíritus, de nuevo, no tardaron en responder. Y lo hicieron con una potencia desmedida. En un solo instante, con un chisporroteo, el haz de un relámpago apareció entre sus manos y se precipitó hasta la katana del enemigo que cargaba contra él. Desde ahí, la línea de luz avanzó hacia el grupo y golpeó a varios de los guerreros que estaban allí congregados. El trueno llegó inmediatamente después, lanzando a Mai, a jinetes y a monturas por los aires.

Un árbol cercano detuvo su vuelo y la hizo deslizarse hasta la hierba. La mujer necesitó unos segundos para recuperar el aliento, tras los que intentó incorporarse. Sentía su cuerpo pesado como el plomo, su energía consumida por la comunión con las fuerzas que había desatado. Un pitido sordo le impedía escuchar nada.

-¿Estás bien? -pudo oír la voz de Kaoru llamándola en la distancia, sorprendido-. ¿Cómo has hecho eso?

Mai se dió cuenta de que sus enemigos habían desaparecido. Los restos quemados de caballos y jinetes aparecían desperdigados entre los árboles. Los que habían sobrevivido a la explosión yacían ajusticiados por el wakizashi del kitsune.

-No lo sé. Algo tiene a los espíritus muy alterados. -contestó Mai y, sobresaltada, recordó a la princesa, a la que había dejado cerca de donde ella había lanzado su plegaria-. ¡Yamamoto-sama! ¿Os encontráis bien?

Mai se acercó hacia la muchacha que se incorporaba con dificultad, todavía oculta en su escondrijo.

-Sí, estoy bien. Solo un poco mareada.

Y mientras se acercaba a ella, Mai notó dos picotazos en el cuello. Lanzó un grito y, llevándose la mano a la herida, descubrió dos pequeñas agujas de cerbatana.

-Malditos sean tus ancestros, Ishida -escuchó de repente a su espalda una voz vagamente conocida-. Osáis volver a interponeros entre yo y mi presa, pero no volveréis a hacerlo más.

La voz, surgida de unos matorrales cercanos, fue seguida de rápidos pasos hacia Katsura y hacia ella e, inmediatamente después, del desenvainado de una daga.

Mai no se detuvo a pensar. Recurrió de nuevo a una plegaria, en este caso llamando a los espíritus de la luz y el fuego. De nuevo, la respuesta fue rápida y potente. De sus brazos extendidos brotó una enorme llamarada que envolvió a su adversario y a varios árboles gruesos de los alrededores, que comenzaron a arder.

La mujer estuvo a punto de caer desvanecida en aquél momento, pero logró mantenerse en pie con la ayuda de Katsura. A sus pies, el cuerpo chamuscado de un hombre yacía inmóvil, sus ojos llenos de odio fijos en ambas mujeres mientras respiraba con dificultad. Los restos de sus ropajes, negros con diversos tonos de verde, eran las propias de un asesino ninja.

-Yo os maldigo… shugenja… -logró articular el asesino en un último estertor.

Kaoru llegó en ese momento y sostuvo a Mai. El calor de las llamas aumentaba por momentos, por lo que el kitsune y la princesa se apresuraron a llevar a su compañera hacia el linde del bosque, en ocasiones casi en volandas.

-¿Quién… era? -logró preguntar Mai, su visión cada vez más nublada.

Mitsu Yojin -contestó el Zorro Blanco-. Lo conocimos en Nívola. Parece que viene siguiéndonos desde allí. Ha resultado ser un asesino a sueldo.

Mai dejó escapar una risotada.

-No te puedes… fiar de nadie… en este lugar…

Pasaron varios minutos que a Mai le parecieron horas. Le pareció que en algún momento habían logrado dejar el intenso calor atrás. Debían estar en la pradera más allá de los árboles del Bosque Oscuro, ya que la luminosidad a su alrededor pareció aumentar repentinamente. Entonces sintió como la dejaban descansar apoyada en algún lado. Apenas podía ver nada.

-Tenemos que hacer algo. Creo que la han envenenado -decía la princesa, su dulce y preocupada voz sonando lejana y triste.

-Dejadla, princesa. Me temo que no vamos a hacer nada -contestaba Kaoru.

-¿Qué queréis decir? -insistía Katsura, y en ese momento hubo un golpe y el cuerpo de la princesa se desplomó junto al de Mai.

-¿Qué… haces? -logró proferir la shugenja sin entender lo que estaba ocurriendo. Las nieblas del veneno se espesaban cada vez más.

-Lo lamento, Mai -las palabras del Zorro Blanco se confundieron cada vez más en su profundo sopor-. Antes tenías razón. No te puedes fiar de nadie.

Y Kadama Mai cayó inconsciente.


Frontera entre el Bosque Oscura e Inkairu, Terra Norte. 15 de Marmadarim (III) del 1509 d.S.

El viaje de Mai, Katsura y Kaoru comenzó en Nívola y se ha extendido durante estaciones. El objetivo común de devolver a la princesa Katsura a su tierra parecía haberlos unido. Sin embargo, las razones por las que querer hacerlo son claramente distintas.

Mientras Yamamoto Katsura desaparece de nuevo, el feudo entre los clanes Yamamoto e Ishida sigue en auge, promovido por la Secta del Dragón; y una guerra contra Entanas en busca de su princesa ha llevado a los ejércitos inkaurianos a tomar Puerto del Alba y comenzar a avanzar hacia el corazón de Entanas.

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

Ilustración creada en Dall-E 2

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Celda de cristal

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Dart-dos paseaba intranquilo en una amplia antesala de la Torre de Cristal. Había pasado demasiado tiempo esperando. Kaith debería haber vuelto ya.

Inconscientemente posó la mano en el mango de su hacha. La sensación de la madera, vieja compañera de viajes, solía calmarlo en estas situaciones. Los atlantes que los cobijaban… o quizás fuese más adecuado decir que los mantenían presos, habían permitido que se quedase sus armas. Ellos lo habían llamado un acto de cortesía. El enano, por contra, sabía que se trataba de arrogancia. Había estado con suficientes atlantes… más de los que él quisiera… como para saber que a ninguno de ellos podría pasársele por la cabeza que un mensch pudiera suponer una amenaza.

Dart-dos dejó escapar un gruñido mientras sus pasos, al igual que su mente, continuaban trazando los mismos círculos. Él había pasado tiempo con muchos atlantes, pero ninguno de los aquí presentes, con contadas excepciones, lo había pasado con él. Y quienes lo habían pasado no lo recordaban. ¿Quién iba a pensar que ese mismo enano que se paseaba por uno de los innumerables salones de la Torre de Cristal sería el mismo que había visto con sus propios ojos la Separación, hacía más de 1500 años?

Esos mismos atlantes que ahora se volcaban sobre una muchacha inocente intentando encontrar la forma de entender un poder que habían perdido hacía más de un milenio: el poder de la clarividencia. El enano sonrió: ¡qué ironía para ellos, omnipotentes atlantes! Tener que depender de un ser que consideraban impuro: el producto de la mezcla de su majestuosa estirpe y la de los mensch a los que tanto menospreciaban. Una semiatlante. ¡Menuda cura de humildad!

En ese momento uno de los muros de cristal opaco de la sala pareció desplazarse y replegarse sobre sí mismo, formando una oquedad. Kaith atravesó el umbral seguido de un atlante alto y fibroso con el cabello corto de un profundo color rojo. Dart-Dos lo conocía: Agni, uno de los favoritos de Thrain durante la Separación. El responsable de la investigación que llevaban a cabo con su compañera desde hacía casi una estación. Por supuesto, en las semanas que habían pasado allí, a él no le había dedicado ni una sola palabra.

Kaith y Agni se detuvieron y conversaron en idioma atlante, al cual Dart-Dos no lograba acostumbrarse. Por fin, el atlante se despidió animadamente de la muchacha y se marchó por uno de los pasadizos de la Torre, aparecido de la nada, que volvió a cerrarse tras de sí.

-¿Estás bien, Kaith? Habéis tardado demasiado esta vez -preguntó el enano mientras dedicaba una ojeada al espacio de la pared por donde el atlante había desaparecido.

La muchacha, de pelo castaño y rizado y cansados ojos grises, suspiró:

-Estoy bien, Dart-Dos. Pero he sentido algo. Creo que nuestros compañeros han vuelto. Y han traído consigo el artefacto que buscaban.

Las pobladas cejas del enano se alzaron arrugando su frente, único indicio de sorpresa en su por lo demás inmutable rostro. Dejó escapar un quedo gruñido tras su larga y poblada barba, al que Kaith respondió:

Agni no lo sabe. No se lo he dicho… pero no me cabe duda de que lo descubrirá pronto. Aunque no creo que tenga oportunidad de hacer algo al respecto. Mañana abandona la ciudad.

El enano volvió a fruncir el ceño, pensativo.

-¿Y qué pasa con las pruebas que te están haciendo? -preguntó.

-Agni me ha dicho que continuarán en los próximos días, que lo ha dejado todo preparado… pero yo lo dudo -respondió la muchacha con un suspiro, dejándose caer en uno de los cómodos asientos de piel de la sala. Dart-dos la imitó.

-Creo que ya han encontrado todo lo que podían descubrir. Yo he aprendido todo lo que podía aprender sobre mi estado y sobre la clarisentiencia… y les he intentado ayudar lo mejor que he podido. No podemos hacer mucho más aquí.

>>Además, pronto van a venir a buscarnos.

Esa afirmación hizo saltar de nuevo al enano de su asiento.

-¿Quién? -preguntó con voz feroz-. No será de nuevo el Caballero. No permitiré que te ponga las manos encima.

-No, no -contestó Kaith con una sonrisa-. ¡No os preocupéis, oh, noble enano! Me refiero a nuestros amigos. Taryc, Ashazaar y los demás. Sé que no tardarán mucho…

>>Pero me temo que aunque vengan, no va a ser fácil salir de aquí.

Dart-Dos echó una nueva ojeada a la sala de la Torre de Cristal donde se encontraban. Calculó que se hallaban a unos 100 metros por encima de la base de la torre, la cuál se alzaba sobre los escarpados penachos de la cadena montañosa que ocupaba la parte alta de Txultab-tah-naeb.

-La única forma de salir de aquí es volando -comentó, pensativo.

Kaith asintió:

-O a través de la magia. Pero en ambos casos, convencer a los atlantes va a ser complicado incluso aunque no esté ya Agni por aquí. Necesitamos algo más de ayuda… para escapar.

El enano volvió a sumirse en el silencio unos segundos. De repente pareció caer en algo y alzó el rostro, alarmado:

-No estarás pensando en ese granuja drow que conocimos hace unas semanas, ¿verdad? Ese tal Thadal.

Kaith asintió con una leve sonrisa:

-Creo que es nuestra mejor opción.

-Yo creo que antes podríamos esperar a que nos crecieran alas.

Kaith soltó una carcajada y llevó la mano a su espalda.

-Me temo que llegas tarde -respondió, sonriendo-. Y las alas no serían suficiente. Necesitamos que alguien nos saque de aquí de forma que no puedan seguirnos fácilmente. Y Thadal estaba dispuesto a ayudarnos, incluso apenas sin conocernos. Creo que deberíamos aprovechar esa oportunidad.

Dart-Dos lanzó un nuevo gruñido, sus brazos cruzados sobre su pecho mientras observaba a su compañera con recelo. Por fin dejó escapar un suspiro y, de mala gana, respondió:

Es difícil discutir con un Augur! Está bien, intentaré contactar con él. Pero es mejor que nos preparemos… para cuando nos traicione.

-No lo creo. Thadal tiene sus propios problemas.

Ambos cayeron en un profundo silencio mientras el enano observaba con intensidad a su compañera, esperando a que continuara. Por fin, perdiendo la paciencia, concluyó:

-¡Empiezo a cansarme de que siempre dejes cosas sin decir! ¿Es algo que tenéis que hacer todos los adivinos? ¿Comportaros como si fuérais los seres más misteriosos del mundo?

Kaith no pudo aguantar una carcajada.


La Torre de Cristal, en Txultal-tah-naeb. Gaia. 15 de Marmadarim (III) del 1509 d.S.

Entre los grandes planes de elfos y atlantes hay algunos seres que son imposibles de predecir. Uno de ellos es Kaith, una simple muchacha que sueña con el futuro. Su contacto con Sun, el hijo de Thrain, le enseñó que todos los planes de los grandes y poderosos seres de Vilia palidecen ante el verdadero enemigo: el Tiempo.

Kaith se envuelve en misterio y en un aire de inocencia que se ha ganado la confianza de los dragoons. Pero nadie está seguro de que ese velo de misterio envuelva un plan concreto o, sencillamente, ignorancia y buenos deseos.

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

Ilustración creada en Dall-E 2

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Realeza y Estirpe

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-¡Púdrete, traidor!

El soldado empujó a Steve Parvel a una minúscula celda de muros de piedra, haciéndolo tropezar y rodar hasta chocar contra la pared. La puerta de barrotes metálicos se cerró tras él, seguido de una sarta de insultos entánicos que fueron perdiéndose en la distancia.

-¿Os encontráis bien? -preguntó una voz de mujer, débil pero preocupada.

-Sí, estoy bien. No te preocupes -contestó Parvel, incorporándose con dificultad-. No me duele tanto el cuerpo como mi orgullo.

La mujer dejó escapar una risa débil.

-Reconozco vuestra voz. Sois el general del ejército entánico, ¿no es así? Steve Parvel. ¿Qué hacéis aquí?

-Ya no soy general, me temo -contestó el soldado con amargura que rápidamente se convirtió en sorpresa-. Llevo viajando desde hace dos estaciones para poder hablar con mi Rey y son sus órdenes las que me han arrojado aquí. Mis esperanzas de poder salvar a Entanas, de hacer a los reyes entrar en razón, se han ido. La Secta ya ha sentado sus raíces. Temo que ni siquiera los Dioses puedan salvarnos.

>>Pero no puedo evitar preguntar: ¿quién eres? ¿Cómo es que me conoces?

Unos pasos, cada vez más sonoros, fueron acercándose con rapidez. La mujer, a la que apenas había logrado echar una ojeada, le increpó alarmada:

-Tumbaros y no llamad la atención. No digáis nada o estaréis en peligro. Hacedme caso.

Aún más sorprendido, en especial por el tono imperativo de la mujer, Steve obedeció. Se tumbó con rapidez sobre la paja húmeda que pretendía hacer las veces de catre y se quedó en silencio.

Los ominosos pasos fueron acercándose con rapidez hasta que se detuvieron junto a la entrada de la celda. El sonido de una llave en la cerradura oxidada hendió el silencio y el chirriar de goznes metálicos lo sobresaltó, mas Steve cumplió la orden recibida y se mantuvo inmóvil.

-¿Cómo habéis pasado el día, majestad? -la voz cascada, grave y afilada de otra mujer resonó entre las solitarias piedras de la prisión. 

Steve se estremeció. No hubo respuesta.

-Imagino que no estaréis muy cómoda, pero me temo que no podemos hacer gran cosa al respecto.

Varios pasos, con ritmo pausado y amenazador, se sucedieron dentro de la celda.

-O quizás sí -continuó la peligrosa mujer-. Debéis notarlo ya, ¿no es así? Vuestro retoño y su… infrecuente… naturaleza.

-No sé de qué habláis.

Parvel reconoció por fin la desafiante voz de Bella Sigheon, Reina de Entanas. Mas, ¿no había sido ella, junto con el Rey, quien había dado la órden de encarcelarlo por traición? La sospecha de una nueva conspiración, un nuevo engaño perpetrado por la Secta del Dragón, se abrió paso en su mente.

-Sí que lo sabéis -prosiguió diciendo la desconocida-. En el estado en que os encontráis ya podéis sentir algo que extraño… anormal. Simples sensaciones, quizás, de tranquilidad o de miedo, que no son vuestras. Una consciencia aún por nacer, comenzando a tantear ya el mundo.

>>No sois la primera mujer a la que veo en este estado. Ni seríais la primera a la que alivio de la carga de cuidar a un… mestizo. Una monstruosidad que no encajará jamás en este mundo.

-¡No me toquéis! -gritó Bella Sigheon, tras lo que se produjo el silencio.

-No lo entendéis -comenzó a decir de nuevo la desconocida con lentitud-. No os imagináis lo que significa vivir en un mundo donde eres odiado por ser diferente. Donde ves cómo la humanidad se devora a sí misma e intenta llevarte a ti por delante. Pero no lo logra. Eres mucho más que humano, mucho más que cualquier criatura viviente. Eres casi un Dios

Una pausa, varios pasos en la celda contigua. Un llanto atragantado, lleno de miedo.

-El poder está bien… durante un tiempo. Pero luego descubres su origen, descubres la magnificencia y la gloria de un pueblo que es el tuyo… solo que no lo es. Para los Alados también eres un paria. Un deshecho que no merece siquiera una mirada o un poco de atención.

>>Y así pasas tus días. Esperando a que los humanos con los que te has criado mueran de viejos mientras tú mantienes tu juventud. Deseando la atención de quienes deberían haber sido tus padres. Pero no importa el poder que obtengas, no importa cuánto prolongues tu vida… Nunca serás uno de ellos. Nunca serás nada más que un despojo.

>>¿Es eso lo que deseas para tu hijo?

-No, eso no va a ocurrir -murmuró Bella, su voz apenas perceptible a través de los barrotes que separaban sus celdas.

-Ingenua. Inconsciente… Despiadada -la conminó la desconocida-. Ya he visto esto en otras ocasiones. Ya he encontrado madres que han prometido su vida por un hijo al que no podrían comprender. Y tú estás a punto de repetir ese error. Esa crueldad.

>>Yo puedo evitarlo. Incluso aunque no quieras…

-¡Detente!

Steve Parvel se levantó de golpe y de un salto llegó hasta los barrotes. Alargando los brazos intentó asir la figura de la mujer que, vuelta de espaldas hacia él, amenazaba a su Reina. Sus brazos estuvieron a punto de asir el pelo rubio platino de la figura cuando, de repente, se detuvieron. 

Los ojos púrpura de la desconocida lo taladraron con dureza, con un profundo odio. Y como si fuese un golpe, ese odio se coló en su cabeza y lo aprisionó, impidiéndole moverse. Sin poder mantener el equilibrio, con los brazos todavía extendidos entre los barrotes, el General acabó deslizándose hasta quedar tendido en el suelo. Sus músculos no respondían por más que lo intentaba.

-¡Basta! Dijisteis que no nos haríais daño -gritó Bella, saltando desde su catre hasta llegar al cuerpo inerte de Steve Parvel-. Ni a mí ni a nadie. Ya controláis Escisión: sus nobles, sus ejércitos… No nos torturéis más.

La extraña mujer de ojos violeta alargó un brazo hacia la Reina pero se detuvo de repente, como si dudase. Acto seguido se dió media vuelta y abandonó la celda cerrando la puerta metálica tras de sí.

-Cometes un error -dijo la cruel mujer mientras se alejaba.

Los brazos de Steve volvieron a responderle por fin, justo a tiempo para sostener entre ellos a la sollozante monarca.


Mazmorras de Escisión, capital del Reino Entánico. 15 de Marmadarim (III) del 1509 d.S.

La humanidad en la Terra Norte continúa, en gran medida, inconsciente de la amenaza y la manipulación de los poderosos seguidores de la Secta del Dragón. Sus complots, aunque a menudo retrasados e impedidos por diversos grupos de supuestos héroes, no han logrado desbaratar una organización cuyas raíces se encuentran muy profundamente enterradas en la política entánica.

Y aún dentro de los complejos entramados políticos, algunos continúan inmersos en una lucha personal que bien podría resultar eterna. Llevados por el odio, los conceptos de caridad y crueldad pueden tornarse muy confusos.

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

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Tentación y poder

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Jassor despertó de golpe, una voz en su cabeza susurrando palabras incomprensibles. Una presencia, una compañía que le había abandonado desde hacía estaciones pero que, una vez más, volvía a sentir.

¿Marmain? -preguntó el ex-sacerdote, confundido-. ¿Estás ahí?

Un aura de tenue luz azulada envolvió sus manos, contestando dulce y tranquilizadoramente a su pregunta. Jassor no pudo contener las lágrimas. La Diosa había vuelto.

¿Pero cómo? Jassor era consciente de que su Diosa, en realidad, no existía. Tampoco era Marmain, la atlante, la que se dirigía ahora a él. Y el orión resquebrajado, a salvo en un cajón a su lado en su habitación del castillo de Puerta de las Tormentas, no parecía tampoco la causa. ¿Qué era lo que había ocurrido?

-Búscame, Jassor -susurraba ahora la voz-. Búscame y toma tu lugar como Elegido.

-¿A quién debo buscar? ¿Estás en Terra? ¿En Gaia?

Una imagen acudió entonces a su mente. Una torre de piedra blanca y azulada se alzaba en soledad, rodeada de escarpados picos cubiertos de nieve y de empinadas laderas. La imagen cambió: una muralla de piedra entre las montañas, eterna, junto a la que yacen los restos de lo que pudo haber sido una fortaleza o un monasterio. Y aún más allá, hacia el norte, recorriendo valles y cadenas montañosas, dejando atrás huestes de criaturas de aire y viento, hordas de orcos, drow y humanos batiéndose en liza; atravesando las tierras de Entanas hasta ver las huestes de la Sombra, sus degeneradas criaturas ennegrecidas y rabiosas, las sombras verdes que vociferaban armados con lanzas venenosas, vadeando el río que separa el resto de Media Esuarth de la ciudad fortaleza de Puerta de las Tormentas; y más allá hasta verse a sí mismo, su rostro desencajado por el asombro y la confusión.

-Te estoy esperando. Siempre te he estado esperando -susurró de nuevo la voz-. Eres mi Elegido. Ven y reclama lo que es tuyo… antes de que desaparezca.

-¿De que desaparezcas? ¿Por qué vas a desaparecer?

La voz no contestó y la luz que envolvía sus manos se deshizo en pequeñas llamaradas azules. Sin embargo, Jassor no se sintió de nuevo solo. De alguna forma sabía que podía volver a llamar esa luz, que podía convocar todo el poder de su Diosa… o de la Torre en la que este poder residía. Y podía hacerlo sin limitaciones. Mucho más poder, además, del que había soñado tener nunca.

Unos ligeros golpes sonaron desde la puerta de su habitación, que se abrió junto a las palabras de una mujer de noble cuna.

-Disculpadme, mi señor, pero no he podido evitar reconocer vuestra voz desde el pasillo. Me ha parecido que sosteníais una conversación con alguien. Mas, ¿con quién, a esta hora de la mañana cuando apenas hay nadie vagando por el castillo? 

Una mujer de aspecto ágil y refinado se internó en su cuarto. Sus ropas eran sencillas: justillo de cuero y camisa de manga ancha, pantalones ajustados y botas de suela blanda; y sin embargo su porte era regio, confiado y digno, el de alguien acostumbrado a moverse entre la alta alcurnia desde su más tierna juventud. Parecía muy preocupada y aliviada al ver a Jassor de una sola pieza, una congoja que quitaba cualquier importancia al hecho de que ahora se encontrase en la habitación de un compañero donde no había sido invitada. Cordelia continuó hablando:

-Me ha sobrevenido un leve acceso de pánico al pensar en vuestra seguridad, pues me habéis parecido asustado. Sin embargo, veo que os encontráis bien, aunque por el rubor de vuestras mejillas sugeriría que quizás queráis algo de agua -y mientras hablaba tomó uno de los vasos de cristal de la lacena del cuarto y vertió algo de agua clara de una botella que había al lado. Se la llevó al consternado sacerdote y, sentándose en una silla a su lado con total naturalidad, concluyó-: Decidme, ¿acaso dormíais?

-No, no… no os preocupéis, Cordelia… mi señora -contestó Jassor, todavía sorprendido ante la inesperada visita y sin saber exactamente cómo dirigirse a ella-. Solo estaba reflexionando. Hay tantas cosas sucediendo a la vez…

-Sin duda tenéis razón -contestó Cordelia mientras posaba su mirada en la ventana del cuarto y en el neblinoso paisaje más allá-. Nos acecha el enemigo a las puertas de nuestra ciudad. Me pregunto si se atreverán a cruzar el río.

Ya lo están cruzando -dijo el ex-sacerdote con gesto ausente. 

Cordelia llevó su mano a su pecho, ligeramente estremecida.

-¿Cómo lo sabéis? ¿Habéis empleado vuestra magia? -y la astuta mujer dedicó una significativa mirada al cajón donde reposaba el resquebrajado orión-. Debéis tener cuidado con ese artefacto. Es muy peligroso.

-Entiendo vuestra reserva. Y tenéis razón: es peligroso. Precisamente había venido hasta aquí buscando al portador de otra de estas reliquias aunque… me temo que he llegado demasiado tarde.

>>Decidme, ¿lo conocíais bien? 

Cordelia no contestó durante unos segundos. Si bien su rostro permanecía impasible como hasta ahora, estaba claro que la pregunta la había perturbado. Por fin respondió, sus palabras destilando una profunda tristeza.

Rhodas era un gran compañero de aventuras. Misterioso, distraído… pero inteligente y entregado. Un buen hombre.

>>Sin duda, fue ese condenado artefacto suyo el que se lo llevó. Si hay algo que podemos sacar en claro es que el poder corrompe. A todos: ya sean vasallos, pordioseros, nobles o reyes.

La mujer guardó silencio. Jassor se dio cuenta de que sus manos temblaban levemente antes de que Cordelia posase sus ojos en los suyos:

Desearía que hubiérais podido conocerlo.

Jassor supo que su compañera no había pronunciado nunca antes palabras más sinceras.


Castillo Ducal de Puerta de las Tormentas, capital de la provincia Media Esuarth, acualmente independiente. 15 de Marmadarim del 1509 d.S.

Existen numerosos artefactos en Vilia que han sido creados en los últimos siglos. Más allá de la comprensión los meros humanos, aquellos que han tenido la fortuna, o la desgracia, de hacerse con alguno de ellos pueden ser los primeros en descubrir los profundos cambios que la Llama de los Elfos trae consigo.

Los sacerdotes de las fés humanas, dependientes de antiguos artefactos creados por los atlantes en las Montañas Azules, descubren de repente que su conexión se renueva y fortalece tras el flujo repentino de magia. Pero, ¿cuál serán las consecuencias de dicho aumento de poder?

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

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Mensajero a Puerta de las Tormentas

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Neil Radler despertó de repente cuando su caballo tropezó con una grieta del camino y estuvo a punto de caer. Sobresaltado y con un creciente dolor de cabeza, el jinete tiró de las riendas para detener a su montura, algo que el animal obedeció agradecido. 

Parches de nieve cubrían la hierba corta y los matojos ralos a su alrededor. Pequeños árboles moteaban el paisaje, aumentando en densidad y altura a medida que las millas de praderas baldías daban paso a las montañas del Yunque de Sior.

Los restos de una destrozada torre de vigía, despojos de la última guerra entre los reinos Entánico y Westfalli, se erguían todavía tercamente sobre una pequeña loma del ondulado terreno mientras los azotaba el viento. 

Neil conocía bien aquél paisaje. Hacía casi un par de décadas que no pasaba por allí, pero no había cambiado en absoluto: esta región baldía del oeste de Media Esuarth no había sido habitada nunca. Ello se debía, por un lado, a la escasez de agua y las temperaturas extremas producto de los vientos cálidos de las Tierras Ralas; y por otro lado a las profundas costumbres supersticiosas de los esuarthianos. Al fin y al cabo, ¿quién querría construir su casa sobre unos campos regados por la sangre de tanta gente?

Agua. Neil se dió cuenta de repente de que estaba sediento. Echó la mano instintivamente a su odre pero volvió a dejarla caer con un gemido: hacía más de un día que estaba vacío.

-No puedo parar ahora. Estoy tan cerca…

Neil azuzó a su caballo, que comenzó a andar en dirección sureste entre relinchos que mucho tenían de queja. El hombre era consciente de que el animal estaba mucho más cansado que él. Sin embargo, también sabía que no tenía más remedio que seguir forzándolo. Debía llegar a Puerta de las Tormentas lo antes posible y encontrar a los dragoon. Encontrar a su hija. Tenía que avisarlos de lo que había sucedido en Westfallas-Nova tras la marcha de Kuthan. Tenían que saber que los Reyes Westfalli…

Por fin Neil atisbó lo que estaba buscando: el camino comercial viraba entre las onduladas praderas, una larga lengua bañada por la luz dorada del sol.

Y entonces se dió cuenta: ¡el cielo había cambiado!

Hasta el día anterior tanto el firmamento como las nubes y el sol habían estado cubiertos de un tono rojizo parecido al de la sangre, un malhadado presagio que había puesto los pelos de punta a toda la Terra Conocida. Así había sido desde mediados de Sureolom, hacía ya dos estaciones. ¿Qué había ocurrido?

-Si no supiera que los Dioses no nos responden, daría las gracias a Eolo por traernos de nuevo el cielo.

Pero su alegría quedó cubierta rápidamente por la preocupación: los acontecimientos estaban ocurriendo demasiado rápido. Algo había cambiado en Vilia y, dada su suerte, no podía ser nada bueno.

Neil guió a su caballo hasta el camino y pudo ver el Bosque de Kurlov apareciendo al sur unas millas más adelante.

-Ánimo compañero -susurró a su caballo-. Nos detendremos en el bosque para beber y, con suerte, comer algo. Pero no podrá ser mucho tiempo. Nos esperan en Puerta de las Tormentas.

El caballo relinchó con fuerza y Neil lo azuzó, aprovechando su energía y lanzándose al galope.


Oeste de la provincia de Media Esuarth. 15 de Marmadin del 1509 d.S.

Vilia comenzó siendo una historia de familia y de ladrones. Es en los momentos más duros que tanto unos como otros deben demostrar de qué están hechos realmente.

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

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