El amanecer en Kipavilla

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De repente el suelo comenzó a temblar.

-¡Bardo! ¿Estás bien? -la voz del viejo dueño de la Taberna “Cuatro Gatos”, del Distrito Central de Kipavilla, se alzó por encima de un murmullo sordo, repentino, que se mezclaba con las voces alteradas de los demás parroquianos.

Bardomero se levantó con dificultad, apoyándose en el alféizar de una de las ventanas:

-Estoy bien, Mathiew. Solo un poco mareado…

Un nuevo temblor, esta vez más intenso, sacudió el edificio. El suelo comenzó a agrietarse con rapidez. Vapores amarillentos comenzaron a manar de las grietas, inundando la amplia sala común de la taberna de un hedor sulfuroso.

-¡Tenemos que salir de aquí! -gritó el bardo mientras se dirigía a la puerta, que abrió de una patada. Como otros que lo siguieron, no pudo evitar toser mientras se internaba en la plaza central del distrito, sus ojos lagrimeando sin parar.

-Estoy aquí, Bardo. -dijo una voz profunda y tranquilizadora mientras unos brazos fuertes y cubiertos de cota de malla lo empujaban hacia la luz del sol. Un sol brillante y amarillo; acogedor, pero inesperadamente extraño. 

-Brade -logró decir Bardomero entre toses-. ¿Qué está pasando?

-No lo sé. Demasiadas cosas. Parece que el mundo se ha vuelto loco. El cielo vuelve a ser azul. La tierra tiembla. Las montañas…

-¡Los “Cuatro Gatos”! -le interrumpió Baldomero-. Ha explotado. Aún queda gente allí.

-Voy a por ellos. Descansa aquí -ordenó el paladín mientras ayudaba a Bardomero a sentarse en las que éste intuyó que serían las escaleras del Gran Templo de Thrain-. Vuelvo enseguida.

Y allí se quedó Bardomero, tosiendo y con dificultades para respirar. Sus ojos ardían mientras se los restregaba una y otra vez, intentando limpiarlos. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Entonces recordó el odre de agua que portaba al cinturón y desanudándolo con dificultad lo volcó contra su rostro, el agua fría aliviando levemente la irritación.

Por fin, el bardo pudo respirar algo más calmado. Su visión seguía estando nublada y la luz del sol brillante de invierno le molestaba, pero pudo identificar varias nubes del mismo humo amarillento saliendo de diversos edificios de los alrededores. El suelo ya no se movía, aunque parecía emitir una vibración sorda justo en el límite de su audición. Gritos de hombres y mujeres se alzaban a su alrededor; algunos de dolor, otros muchos impregnados de pánico.

Una voz intensa y reconfortante, conocida desde hacía muchos años, se alzó entre todas ellas como un bálsamo:

-¡Gentes de Kipavilla! ¡Es importante mantener la calma! Traed a los heridos a los pies de nuestros hermanos. Aquellos que estéis bien, dirigíos hacia las puertas de la ciudad. La guardia os mostrará el camino y Thrain, en su justa misericordia, os acompañará.

Bardomero suspiró. Yollow Staughtorp, el Gran Sacerdote de Thrain, se hacía cargo de la situación. Aquel hombre entrado en años y de aspecto frágil tenía la fuerza de voluntad de un oso. Ya había demostrado en el último mes que Kipavilla podía confiar en él. Todo saldría bien.

Fue entonces cuando las Montañas Áureas explotaron.


Ciudad de Kipavilla. 15 de Marmadarim del 1509 d.S.

El 15 de Marmadarim del año 1509 después de la Separación ha supuesto un antes y un después en Vilia. Ese día, un grupo de aventureros logra volver a Vilia con la Llama de los Elfos: un artefacto que sirve de ancla para la magia de este mundo y que ha pasado el último milenio desaparecido.

Y con su regreso, ningún lugar de Vilia volverá a ser igual.

Esta serie de escenas cortas se desarrollan justo en los primeros días de este suceso y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino.


Autor: Ricardo García

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