El largo camino a casa

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-¿No te parece que se acaban los árboles allí adelante? -comentó Katsura a su compañero con una sonrisa cansada.

Goro, que hasta entonces había estado bufando y casi arrastrándose por la fronda del Bosque Oscuro, se incorporó de repente, su rostro iluminado por la ilusión.

-¡No será verdad! -dijo el muchacho y, ante la incredulidad de los presentes, echó a correr.

Mai se permitió una leve sonrisa. El viaje a través del Bosque Oscuro había sido enormemente duro, no solo por los predecibles peligros de aquél lugar que Kaoru y ella habían tenido que aplacar, sino por la compañía de los dos jóvenes que andaban a su cuidado. Goro era un inútil. Y Katsura, aún a pesar de mostrar valor y tenacidad, aquejaba del mal de quien ha pasado toda su vida en la corte: falta de experiencia y poca tolerancia a la incomodidad.

-¡Es verdad! ¡Es verdad! ¡Vamos! ¡Ya estamos en casa! -gritaba Goro con alegría unos metros más adelante.

Mai podría haberle dicho que se encontraban en el margen oeste de Inkairu. Que aún quedaban kilómetros de territorio deshabitado y peligroso, o que debería bajar la voz para evitar problemas. Pero en su corazón, ella también estaba contenta por pisar de nuevo la tierra de su patria. Con suerte, pronto llegarían a un pueblo, se harían con un carro o quizás con caballos y, en unas pocas semanas, estarían en territorio del clan Yamamoto…

El sonido de cascos la sacó de su ensueño. Estaban lejos, más allá de los árboles de la floresta, pero se acercaban con rapidez. La mujer estimó alrededor de media docena.

Enemigos -dijo Kaoru, alarmado. Sus ojos rasgados de pupilas verticales resplandecieron bajo los rayos del sol que lograban atravesar el cada vez menos denso dosel arbóreo-. Cuida de la princesa.

Y acto seguido el kitsune comenzó a encoger con rapidez, pasando a convertirse en un pequeño zorro de pelaje blanco que desapareció entre la maleza en dirección al sonido cada vez más cercano.

-Princesa -se apresuró a llamar Mai a su protegida, que la miró extrañada-. Manteneos cerca. 

Ambas se detuvieron, observando y escuchando a su alrededor. Los gritos de Goro habían cesado y el bosque quedó inundado por un silencio tenso y expectante.

Mai comenzó a entonar en voz baja una plegaria a los espíritus del bosque, del aire y de la vegetación. Su conexión le permitiría ver lo que ellos viesen, atisbar al enemigo antes de que llegase hasta ellos.

La respuesta de los espíritus fue feroz. Mai sintió como sus sentidos eran arrancados desde su ser y se repartían entre varios espíritus al mismo tiempo: se desplazaba entre los árboles meciendo las hojas a su paso a una velocidad de vértigo al mismo tiempo que podía ver la linde del bosque desde el mismísimo suelo, a través de varias briznas de hierba que tapaban su visión. La sensación era arrebatadora y mareante al mismo tiempo pero le sirvió para cumplir su cometido: un grupo de diez jinetes cabalgaban en su dirección. Eran guerreros y ronin sin bandera, aunque Mai percibió que el orden y la composición del grupo estaba demasiado practicada, demasiado perfecta. Se dirigían justo hacia donde se encontraban.

Mai cortó la conexión con los espíritus con una rápida palabra de agradecimiento.

-Escondeos, Yamamoto-sama. Se acercan enemigos.

La muchacha asintió con decisión, sin un atisbo de temor. Mai murmuró una nueva plegaria y se mantuvo firme en su posición, esperando a los jinetes.

El grupo entró en el bosque con rapidez y agilidad, de forma ordenada y esforzándose por mantener la formación a medida que avanzaban. Mai pudo verlos llegar y supo que ellos la habían visto también. Estaba claro que los buscaban, lo cuál resultaba inquietante. ¿Quién sabía del viaje que habían emprendido desde Media Esuarth? Habían tomado el camino más largo precisamente para evitar cualquier contacto con otros viajeros.

La cuadrilla se detuvo a unos 20 metros de la shugenja, que se mantuvo firme en su posición. Un hombre recio vestido con armadura de cuero endurecido se adelantó. En su rostro bailaba una sonrisa cruel.

-En nombre del Clan Ishida, os ordeno que me abráis paso -anunció Mai con firmeza.

Los guerreros se miraron entre sí, aparentemente divertidos, pero no dijeron una sola palabra antes de que lo hiciera su líder.

-En estas tierras los clanes no tienen potestad, mujer -respondió con voz rasposa.

Mi misión es oficial y es un servicio al Imperio. Si osáis interponeros entre yo y mi sacro cometido, incurriréis en la ira del Clan Ishida. Sabed que vendrán a buscarme y, por lo tanto, también os buscarán a vosotros.

-Mentís, señora -contestó de nuevo el jinete mientras espoleaba a su montura y desenfundaba una katana de hoja torcida-. Nadie vendrá a buscaros.

Ante la acometida del jinete, Mai recitó rápidamente una nueva plegaria invocando a la furia del rayo y del relámpago en su ayuda. Los espíritus, de nuevo, no tardaron en responder. Y lo hicieron con una potencia desmedida. En un solo instante, con un chisporroteo, el haz de un relámpago apareció entre sus manos y se precipitó hasta la katana del enemigo que cargaba contra él. Desde ahí, la línea de luz avanzó hacia el grupo y golpeó a varios de los guerreros que estaban allí congregados. El trueno llegó inmediatamente después, lanzando a Mai, a jinetes y a monturas por los aires.

Un árbol cercano detuvo su vuelo y la hizo deslizarse hasta la hierba. La mujer necesitó unos segundos para recuperar el aliento, tras los que intentó incorporarse. Sentía su cuerpo pesado como el plomo, su energía consumida por la comunión con las fuerzas que había desatado. Un pitido sordo le impedía escuchar nada.

-¿Estás bien? -pudo oír la voz de Kaoru llamándola en la distancia, sorprendido-. ¿Cómo has hecho eso?

Mai se dió cuenta de que sus enemigos habían desaparecido. Los restos quemados de caballos y jinetes aparecían desperdigados entre los árboles. Los que habían sobrevivido a la explosión yacían ajusticiados por el wakizashi del kitsune.

-No lo sé. Algo tiene a los espíritus muy alterados. -contestó Mai y, sobresaltada, recordó a la princesa, a la que había dejado cerca de donde ella había lanzado su plegaria-. ¡Yamamoto-sama! ¿Os encontráis bien?

Mai se acercó hacia la muchacha que se incorporaba con dificultad, todavía oculta en su escondrijo.

-Sí, estoy bien. Solo un poco mareada.

Y mientras se acercaba a ella, Mai notó dos picotazos en el cuello. Lanzó un grito y, llevándose la mano a la herida, descubrió dos pequeñas agujas de cerbatana.

-Malditos sean tus ancestros, Ishida -escuchó de repente a su espalda una voz vagamente conocida-. Osáis volver a interponeros entre yo y mi presa, pero no volveréis a hacerlo más.

La voz, surgida de unos matorrales cercanos, fue seguida de rápidos pasos hacia Katsura y hacia ella e, inmediatamente después, del desenvainado de una daga.

Mai no se detuvo a pensar. Recurrió de nuevo a una plegaria, en este caso llamando a los espíritus de la luz y el fuego. De nuevo, la respuesta fue rápida y potente. De sus brazos extendidos brotó una enorme llamarada que envolvió a su adversario y a varios árboles gruesos de los alrededores, que comenzaron a arder.

La mujer estuvo a punto de caer desvanecida en aquél momento, pero logró mantenerse en pie con la ayuda de Katsura. A sus pies, el cuerpo chamuscado de un hombre yacía inmóvil, sus ojos llenos de odio fijos en ambas mujeres mientras respiraba con dificultad. Los restos de sus ropajes, negros con diversos tonos de verde, eran las propias de un asesino ninja.

-Yo os maldigo… shugenja… -logró articular el asesino en un último estertor.

Kaoru llegó en ese momento y sostuvo a Mai. El calor de las llamas aumentaba por momentos, por lo que el kitsune y la princesa se apresuraron a llevar a su compañera hacia el linde del bosque, en ocasiones casi en volandas.

-¿Quién… era? -logró preguntar Mai, su visión cada vez más nublada.

Mitsu Yojin -contestó el Zorro Blanco-. Lo conocimos en Nívola. Parece que viene siguiéndonos desde allí. Ha resultado ser un asesino a sueldo.

Mai dejó escapar una risotada.

-No te puedes… fiar de nadie… en este lugar…

Pasaron varios minutos que a Mai le parecieron horas. Le pareció que en algún momento habían logrado dejar el intenso calor atrás. Debían estar en la pradera más allá de los árboles del Bosque Oscuro, ya que la luminosidad a su alrededor pareció aumentar repentinamente. Entonces sintió como la dejaban descansar apoyada en algún lado. Apenas podía ver nada.

-Tenemos que hacer algo. Creo que la han envenenado -decía la princesa, su dulce y preocupada voz sonando lejana y triste.

-Dejadla, princesa. Me temo que no vamos a hacer nada -contestaba Kaoru.

-¿Qué queréis decir? -insistía Katsura, y en ese momento hubo un golpe y el cuerpo de la princesa se desplomó junto al de Mai.

-¿Qué… haces? -logró proferir la shugenja sin entender lo que estaba ocurriendo. Las nieblas del veneno se espesaban cada vez más.

-Lo lamento, Mai -las palabras del Zorro Blanco se confundieron cada vez más en su profundo sopor-. Antes tenías razón. No te puedes fiar de nadie.

Y Kadama Mai cayó inconsciente.


Frontera entre el Bosque Oscura e Inkairu, Terra Norte. 15 de Marmadarim (III) del 1509 d.S.

El viaje de Mai, Katsura y Kaoru comenzó en Nívola y se ha extendido durante estaciones. El objetivo común de devolver a la princesa Katsura a su tierra parecía haberlos unido. Sin embargo, las razones por las que querer hacerlo son claramente distintas.

Mientras Yamamoto Katsura desaparece de nuevo, el feudo entre los clanes Yamamoto e Ishida sigue en auge, promovido por la Secta del Dragón; y una guerra contra Entanas en busca de su princesa ha llevado a los ejércitos inkaurianos a tomar Puerto del Alba y comenzar a avanzar hacia el corazón de Entanas.

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

Ilustración creada en Dall-E 2

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El despertar de la magia

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Timmy se escabullía entre los árboles y arbustos del Bosque de Kurlov con agilidad, algo que un joven de doce años de un poblado como Illya Assai haría con normalidad en un día cualquiera. Sin embargo hoy, como cada día de los últimos diez días, la excitación y la alegría habían dado paso al miedo y al horror.

El muchacho se detuvo a coger algunas bayas más con las que completar las nueces que portaba en el faldón de su camisa y no pudo evitar dedicar una mirada rápida hacia el sur, donde hasta hacía poco había estado su casa. Entre los árboles pudo vislumbrar una columna de humo negro que se alzaba en espesos nubarrones. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero las contuvo con fuerza mientras tomaba algunas bayas más. Su hermana le hubiese reñido por detenerse.

En ese momento algo lo empujó con fuerza y lo hizo chocar contra el tronco de un árbol inmenso. El dolor fue espantoso, pero más intensa aún era la preocupación por toda la comida que había estado recopilando y que ahora se hallaba desparramada a su alrededor. Una risita estremecedora y cruel lo detuvo, sin embargo, helando la sangre en sus venas.

-Parece que hemos encontrado un cachorro perdido -dijo una voz siseante en una horrible tergiversación de la lengua común.

Timmy intentó incorporarse pero una mano con garras y recubierta de un ralo pelaje verde lo empujó de nuevo entre risas. Con miedo, el niño se volvió para enfrentarse a dos criaturas vagamente humanoides, cubiertas de pelo verde y con brazos largos terminados en manos fuertes de dedos ahusados. Sus ojos negros lo observaban con malicia, saboreando su miedo.

-No, por favor… -suplicó Timmy entre lágrimas-. Llevaos la comida. Por favor, no me hagáis daño.

Una de las criaturas simiescas se adelantó y agarró al niño por el cuello, alzándolo del suelo entre risas. Timmy no podía respirar. Pataleó con toda la fuerza que tenía, pero no logró escaparse. Un potente calor comenzó a llenar su pecho.

-Tú eres la comida -dijo la cruel criatura con una amplia sonrisa de dientes rotos.

Y entonces el calor que Timmy había sentido en su pecho subió por sus brazos hasta sus manos y abandonó su cuerpo en una potente llamarada que envolvió a su captor. Timmy cayó al suelo mientras el ser de pelaje verde gritaba de dolor, rodando sobre la pinaza e intentando detener, sin resultado, el fuego de llamas violeta que bailaba sobre su cuerpo.

La otra sombra verde lanzó un grito cargado de extrañas palabras que no podían ser otra cosa que una maldición. Se lanzó hacia Timmy, que todavía tosía indefenso, empuñando un cuchillo de hueso. Y en el mismo momento en que hizo descender su arma, otra figura musculosa y de piel gris la embistió, lanzando al malvado simio por los aires.

Timmy pudo ver otra criatura de aspecto humanoide, de amplias espaldas y con piernas y brazos abultados. Su rostro parecía casi humano pero su nariz era achatada y no tenía pelo en la sien. Sus ojos pequeños y su boca amplia le recordaban a los de un cerdo, pero sus ojos rojos, desbordantes de ansia de sangre, despejaban cualquier parecido con el animal de granja. En sus manos portaba una enorme hacha que alzó de nuevo para dejar caer contra la sombra verde.

El niño no esperó a ver qué sucedía. Incorporándose, se lanzó a la carrera y desapareció entre los árboles. Durante muchos días no podría dejar de soñar con monstruos.


El orco acabó con su presa con facilidad, limpiando la hoja de su hacha contra el sucio pelaje de la sombra verde. Se volvió hacia el otro cuerpo chamuscado que yacía inerte y lo empujó con el pie. Decepcionado, el orco soltó un bufido y se dió la vuelta para marcharse.

El peso de una raíz enorme cayendo sobre su cabeza le impidió hacerlo. Tanto el orco como el cuerpo de la sombra verde desaparecieron ante una enorme mole de madera y hojas que, con un movimiento lento y fluido, sentó sus raíces donde habían estado ambas criaturas. Sus ramas se mecían al ritmo de un viento que no corría en ningún otro lugar del bosque. Sus hojas susurraban suavemente, un mensaje urgente a otras criaturas del bosque, a otros de sus guardianes.

Pero el mensaje, para el ent y para su progenie, era claro: el mundo había cambiado. La magia había vuelto. Y la tierra, el cielo y los seres que la protegen debían volver a alzarse, una vez más, para contenerla.

Al fin y al cabo, ¿qué podía traer de bueno una energía caótica como esa?

Absolutamente nada.


Sur de Bosque de Kurlov. Comarca de Endia Assai, Provincia de Media Esuarth, actualmente independiente. 15 de Marmadarim del 1509 d.S.

El regreso de la magia coincide con una época tumultuosa. Tanto aquellas regiones que no estén envueltas en conflictos bélicos, la provincia de Media Esuarth y el norte del Bosque de Warath entre ellas, como aquellas que han logrado evitarlos hasta ahora pueden notar los cambios.

Algunos efectos son enormes, como el color del cielo o las montañas que explotan. Pero otros son pequeños, imperceptibles… Y puede que mucho más peligrosos.

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

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El amanecer en Kipavilla

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Escucha el audiorrelato en iVoox o YouTube:

De repente el suelo comenzó a temblar.

-¡Bardo! ¿Estás bien? -la voz del viejo dueño de la Taberna “Cuatro Gatos”, del Distrito Central de Kipavilla, se alzó por encima de un murmullo sordo, repentino, que se mezclaba con las voces alteradas de los demás parroquianos.

Bardomero se levantó con dificultad, apoyándose en el alféizar de una de las ventanas:

-Estoy bien, Mathiew. Solo un poco mareado…

Un nuevo temblor, esta vez más intenso, sacudió el edificio. El suelo comenzó a agrietarse con rapidez. Vapores amarillentos comenzaron a manar de las grietas, inundando la amplia sala común de la taberna de un hedor sulfuroso.

-¡Tenemos que salir de aquí! -gritó el bardo mientras se dirigía a la puerta, que abrió de una patada. Como otros que lo siguieron, no pudo evitar toser mientras se internaba en la plaza central del distrito, sus ojos lagrimeando sin parar.

-Estoy aquí, Bardo. -dijo una voz profunda y tranquilizadora mientras unos brazos fuertes y cubiertos de cota de malla lo empujaban hacia la luz del sol. Un sol brillante y amarillo; acogedor, pero inesperadamente extraño. 

-Brade -logró decir Bardomero entre toses-. ¿Qué está pasando?

-No lo sé. Demasiadas cosas. Parece que el mundo se ha vuelto loco. El cielo vuelve a ser azul. La tierra tiembla. Las montañas…

-¡Los “Cuatro Gatos”! -le interrumpió Baldomero-. Ha explotado. Aún queda gente allí.

-Voy a por ellos. Descansa aquí -ordenó el paladín mientras ayudaba a Bardomero a sentarse en las que éste intuyó que serían las escaleras del Gran Templo de Thrain-. Vuelvo enseguida.

Y allí se quedó Bardomero, tosiendo y con dificultades para respirar. Sus ojos ardían mientras se los restregaba una y otra vez, intentando limpiarlos. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Entonces recordó el odre de agua que portaba al cinturón y desanudándolo con dificultad lo volcó contra su rostro, el agua fría aliviando levemente la irritación.

Por fin, el bardo pudo respirar algo más calmado. Su visión seguía estando nublada y la luz del sol brillante de invierno le molestaba, pero pudo identificar varias nubes del mismo humo amarillento saliendo de diversos edificios de los alrededores. El suelo ya no se movía, aunque parecía emitir una vibración sorda justo en el límite de su audición. Gritos de hombres y mujeres se alzaban a su alrededor; algunos de dolor, otros muchos impregnados de pánico.

Una voz intensa y reconfortante, conocida desde hacía muchos años, se alzó entre todas ellas como un bálsamo:

-¡Gentes de Kipavilla! ¡Es importante mantener la calma! Traed a los heridos a los pies de nuestros hermanos. Aquellos que estéis bien, dirigíos hacia las puertas de la ciudad. La guardia os mostrará el camino y Thrain, en su justa misericordia, os acompañará.

Bardomero suspiró. Yollow Staughtorp, el Gran Sacerdote de Thrain, se hacía cargo de la situación. Aquel hombre entrado en años y de aspecto frágil tenía la fuerza de voluntad de un oso. Ya había demostrado en el último mes que Kipavilla podía confiar en él. Todo saldría bien.

Fue entonces cuando las Montañas Áureas explotaron.


Ciudad de Kipavilla. 15 de Marmadarim del 1509 d.S.

El 15 de Marmadarim del año 1509 después de la Separación ha supuesto un antes y un después en Vilia. Ese día, un grupo de aventureros logra volver a Vilia con la Llama de los Elfos: un artefacto que sirve de ancla para la magia de este mundo y que ha pasado el último milenio desaparecido.

Y con su regreso, ningún lugar de Vilia volverá a ser igual.

Esta serie de escenas cortas se desarrollan justo en los primeros días de este suceso y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino.


Autor: Ricardo García

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Introducción a Vilia

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«Siéntate, joven, y haz un poco de compañía a este anciano.

«Sé que me buscabas. Muchos lo hacen. No eres el primero, ni serás el último. Y ahora que me tienes delante, ¿qué vas a hacer?

«¡Ah! Reconozco esa mirada. Es inconfundible. Buscas respuestas, ¿no es así? Bien, bien… Entonces empiezas con buen pie. El primer paso para encontrar la verdad es ser consciente de que, posiblemente, no la conozcas.

«No te mentiré: no puedo decirte que mis palabras encierran esa verdad que ansías. Más allá de lo que han visto estos viejos ojos puede ocultarse aún cualquier cosa. ¡Y no han visto poco, estos ojos! No señor. Pero como bien decía el bardo: ‘afortunado sería aquél que cambiase todo lo que sabe por la mitad de lo que desconoce’…

«Veo que que te corroe la impaciencia, ¿no es así? Lo entiendo, lo entiendo perfectamente. Yo también fui como tú, hace ya muchos años. Un aventurero en busca de gloria, de riquezas. Deseaba que mi nombre figurara en la historia. Y logré todo eso, y muchas cosas más… Como tristeza. Dolor. Pérdida… A veces me pregunto si mereció la pena. Y aunque yo tengo mi propia respuesta, tú aún tienes que descubrirla. Y puede ser muy distinta, amigo mío… Solo aquél que se arriesga a sufrir y a perder, descubre tiene la oportunidad de darle valor y sentido a su vida.

«Pero me pierdo entre desvaríos. Vayamos, pues, a lo que nos interesa…

Tavern - by anotherwanderer

Tavern – by anotherwanderer

«¿Qué es Vilia? Debo reconocer que no es una palabra que escuche muy a menudo… y desde luego no es algo que sea sencillo definir.

«Veamos… Vilia no es algo concreto. Más bien lo es… todo.

«Sí, sé que suena extraño, pero es lo más cerca de la realidad que soy capaz de expresar con palabras. Vilia es una palabra antigua, Ya casi olvidada. Su significado es aún más desconocido si cabe. Solo sé que se utiliza para referirse a la existencia, a la vida y a lo que hay más allá. Al todo. ¿Que cómo sé yo eso? Bueno, lo escuché de boca de un adivino, hace ya muchos años. Sus palabras, de hecho, fueron las mismas que te he dicho yo a ti.

«Estoy seguro de que hay más. Siempre lo hay cuando se trata del pasado. ¿Quién sabe? Quizás tú llegues a ser quien me explique lo que es Vilia la próxima vez que nos veamos.

«Pero imagino no eres un filósofo, lo cuál es una pena. Estoy seguro de que un tema como éste llamaría mucho la atención en más de un círculo de historiadores de Escisión, y a mí personalmente me apasiona.

«Así que adelante, concretemos aún más.

«Este mundo es enorme. Dudo que esto te sorprenda, estoy seguro de que ya has visto buena parte de él aún a pesar de ser tan jóven.

«Sin embargo, abarca mucho más de lo que has podido llegar a ver hasta hoy, y es probable que nunca lo llegues a conocer del todo. Existen fronteras que impiden el acceso a determinadas regiones, tan antiguas e infranqueables como el tiempo. Eso no significa, por supuesto, que nadie haya intentado cruzarlas. La humanidad es por naturaleza inquieta, y siempre surgen aventureros dispuestos a embarcarse en cualquier misión arriesgada y no dejar ninguna ninguna piedra sin remover. Aún así, lo único que ha quedado de esos valerosos intentos a lo largo de la historia se limita a leyendas extravagantes e imaginativos cuentos. Justo el tipo de historias que suelen acabar en boca de trovadores excéntricos. Más aún: poco ha quedado escrito en papel de estas peripecias. Si hay algo más allá de estos límites, nadie lo sabe. Y si alguien llegó a averiguarlo alguna vez, no ha regresado para contarlo.

«La Terra Conocida. Así es como llamamos el pedazo de terreno en el que nos ha tocado vivir. Y no te confundas: es mucho más grande e interesante de lo que parece. Podríamos dividir esta tierra en cuatro partes bien diferenciadas: los reinos de Entanas y Westfallia, antiguos vecinos que han luchado en tres Grandes Guerras durante el transcurso de su historia; las Tierras Heladas de Nebin, un lugar inhóspito donde la tierra cultivada por hombres recios y duros va cediendo terreno poco a poco a la tundra; e Inkairu, un misterioso reino gobernado por gentes de costumbres aún más misteriosas, donde adoran a los espíritus y a exóticas versiones de nuestros Dioses, y donde las leyes que rigen sus vidas se enredan confusamente en protocolos complejos y excéntricos.

«Estas cuatro divisiones que hemos hecho nos impiden movernos más allá. Los cuatro reinos están delimitados por el océano. En Westfallia, además, la mayor parte de la costa oeste está formada por repentinos y profundos acantilados: formados, se dice, por la mano de los Dioses durante la Separación. Tan solo en la Península de Ibium, donde se halla Cartago, la única ciudad pesquera de Westfallia, se desarrolla el marinaje y la pesca de alta mar. Allí además se alzan los más hermosos templos de Marmain y Vation, señores de los mares, las aguas y la pesca.

«Inkairu está separado de los demás reinos por un frondoso bosque, tenebroso y oscuro, habitado por los espíritus de los orientales que deciden quién puede llegar a sus tierras y quién no. Muchas vidas se han perdido en este Bosque Oscuro, y sin embargo algunas compañías mercantiles, con pactos hechos con los Inkaurianos, lo atraviesan diariamente sin grandes contratiempos.

«Con respecto al sur, donde se halla Entanas, una enorme cadena montañosa nos impide explorar el resto de Terra: las Montañas Azules. Los clérigos te contarán que a la sombra de las cumbres nevadas vivieron durante siglos los Dioses antes de producirse la Separación. Lo cierto es que de vez en cuando pueden encontrarse ruinas que atestiguan su paso por el mundo, o eso proclaman algunas religiones que se han atrevido a mandar a sus acólitos hasta allí. Las Montañas Azules son inhóspitas y crueles, y los caminos acaban por desaparecer llegado cierto punto, fundiéndose con la roca desnuda y las escasos matorrales que logran sobrevivir en las zonas más bajas de las montañas. Más allá, tan solo los monjes Taoístas se atreven a adentrarse. Algunos hablan de la existencia de un enorme monasterio que impide el paso a cualquiera que pretenda cruzar las montañas, siguiendo los designios del Dios Helm.

«¿Y qué tiene en común toda la Terra Conocida? Pues no pocas cosas.

«La época de los castillos y los señores feudales parece estar llegando a su fin. El ejército profesional entánico, las mejoras en la producción agrícola, la investigación en ese campo que algunos se empeñan en llamar «ciencia»… El mundo ha progresado mucho desde hace tan solo un siglo, y su progreso ha venido de mano de la pólvora, los cañones y los arcabuces. Las armaduras de láminas de metal van dando paso poco a poco a la cota de malla trenzada y el cuero curtido, mucho más cómodo para el movimiento y para esquivar los balines de plomo. La ingeniería naval ha avanzado hasta el punto de que los barcos se atreven a echarse a la mar leguas y leguas lejos de la costa.

«Y al mismo tiempo, las leyendas, la tradición y la presencia de los Dioses se hace presente en nuestro día a día. Estoy seguro de que te habrás dado cuenta de que la mayoría de los entánicos son muy supersticiosos. No son los únicos, desde luego. No son pocos los que aseguran haber visto fantasmas perdiéndose entre la niebla que suele cubrir Media Esuarth, o que achacan a la magia cosas que ahora esa extraña ciencia consigue explicar cada vez con mayor facilidad.

«No quedan muy lejos los tiempos en los que se quemaban «brujas» en la hoguera: muchachas inocentes que se veían acusadas y condenadas a muerte debido a alguna excentricidad. Incluso los adivinos y los médiums que de vez en cuando se dejan ver por alguna feria no son más que charlatanes y estafadores, aunque acierten alguna que otra vez. Hazme caso: verás muchas maravillas por estas tierras, pero ninguna tendrá ni la más remota posibilidad de parecerse a la magia de la que has oido hablar cuando eras niño. Así que te conviene haber dejado ya de creer en las hadas y en los dragones.

«Sin embargo, sí que existen los Dioses, y harías bien en respetarlos y temerlos. Ellos nos han creado tal y como somos, y ellos nos guían pacientemente hacia nuestros destinos. Gracias a ellos los campos producen comida, y los enfermos sanan sus heridas. Gracias a ellos cuando morimos nuestras almas encuentran descanso. Los Dioses se hacen visibles a nuestros ojos a través de los numerosos sacerdotes que pueblan las ciudades. Algunos viven en lujosos templos adornados con estatuas de mármol y oro. Otros viajan incansablemente en busca de conocimiento y contemplación. Y aún otros los verás entre la gente común, arando la tierra como cualquiera de nosotros lo ha hecho en su juventud. Respétalos por lo que son, y no olvides que ellos transmiten la palabra de los Dioses; pero no te fíes de ellos a ciegas, pues los hay que traen esas palabras adaptadas a sus propios designios. Al fin y al cabo, el poder corrompe…

The roof of the world - foureyes

The roof of the world – foureyes

«Nuestro mundo es grande, mi joven amigo. Y lo mejor de todo es que aún no conocemos ni la mitad de su tamaño.

«¿Quién sabe? Quizás el destino te está esperando para que puedas descubrir sus más oscuros secretos y sus más impresionantes maravillas. Podrías salvar a alguna damisela en apuros de algun noble malvado y poco escrupuloso, de los que hay muchos… o quizás podrías aumentar la fé de algún condado remoto en algún Dios que pueda beneficiarles. Quizás llegues a salvar a algún que otro pueblo de grupos de bandidos, o explores antiguas ruinas de seres ya desaparecidos. Podrías inmiscuirte en la política local y ganar dinero a raudales con el comercio. Así conocerías a mucha gente interesante y dispuesta a secundar tus opiniones… o a clavarte una daga la próxima vez que les des la espalda. Podrías llegar a ser capitán de alguno de los ejércitos de la próxima guerra entre los Reinos. O incluso podrías aventurarte en la mar para explorar ese nuevo continente que, segun dicen ahora los rumores que vienen de Cartago, parecen haber encontrado recientemente. Quizás, solo quizás, podrías ampliar nuestros mapas, y ver aquello que nadie antes ha podido ver. Combatir algún antiguo mal, luchar junto a los héroes que pueblan Terra…

«Quizás, solo quizás, podrías llegar a convertir Vilia en un lugar mejor… o podrías salvarte a ti mismo de tus propias pesadillas. De ti mismo…

«Al fin y al cabo… ¿Quién sabe?»

Bergen Ungstar, aventurero retirado, animando al joven Bardomero, que llegaría a ser conocido más adelante como «el Bardo».
Nitre, 1498 después de la Separación.

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Post Originalhttp://vilia.mforos.com/1820597/8852386-introduccion/

Credits: Todas las imágenes contienen enlaces a sus fuentes originales o a sus creadores.

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