El nuevo amanecer de Cartago

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Los gritos se sucedían al mismo tiempo que los empujones. Cientos de personas huían cuesta arriba, alejándose de la costa y del embravecido mar que atacaba con enormes olas la ciudad portuaria de Cartago. Vecinos, conocidos, compañeros y visitantes dejaban de lado cualquier atisbo de familiaridad y gran parte de sus pertenencias para ser los primeros en abandonar aquella ciudad condenada.

Silvia, por aquí! -exclamó un soldado westfalli a la mujer que lo seguía. 

Tomando su mano, la condujo con dificultad más allá del camino a lo alto de una pequeña loma. Algunos pequeños árboles se alzaban rodeados de verde pasto que se agitaba ante el viento proveniente del mar, mudos testigos de lo ocurrido en las últimas horas. La mujer se detuvo por fin allí, dejándose caer contra uno de los troncos de los árboles mientras intentaba recuperar el aliento, sus manos protegiendo su abultado vientre.

-Toma asiento. Creo que aquí estaremos a salvo -continuó el soldado mientras ayudaba a su compañera a sentarse y le dedicaba una leve caricia en la mejilla. Silvia respondió con una leve y cansada sonrisa, pero sus ojos no pudieron evitar desviarse rápidamente hacia Cartago.

La visión era desoladora. Gran parte de la ciudad había desaparecido bajo las olas. Del puerto solo quedaban algunos haces de madera hundiéndose y reflotando sobre la marea. La gran torre del Templo de Marmain sobresalía todavía entre las aguas, que la golpeaban sin cesar. Gran parte de sus tejas y azulejos azules habían sido arrancados, dejando ver la mampostería y las vigas de madera. De los barcos atracados en el puerto tan solo quedaban restos de madera y telas desgarradas, acompañados de barriles, cuerdas de amarre y un sin fin de otros restos que navegaban a la deriva. Numerosos cuerpos humanos estaban esparcidos entre ellos.

-Liveta, protégenos -murmuró Silvia sin poder evitar un sollozo.

John se agachó junto a ella y la abrazó.

-Tranquila -intentó calmarla-. Aquí estamos a salvo.

En ese momento hubo un nuevo temblor y ambos se agarraron al tronco del árbol junto al que se encontraban para no perder el equilibrio. Numerosos gritos de auxilio y miedo se elevaron desde el camino, pero ninguno de los dos se atrevió a moverse mientras continuaban observando el desolador paisaje, fascinados y horrorizados por igual.

-¿Qué es eso? -preguntó entonces Silvia.

-No lo sé -contestó a su vez Jhon, su mirada fija en el aterrador espectáculo que se sucedía ante sus ojos.

De entre las olas comenzaron a aparecer, a varias millas de la costa, las espiras y torres de una ciudad. Minaretes y puntas de cristal coronaban enormes edificios estilizados construidos en piedra de diversos colores, la mayoría desvaídos. El agua manaba con fuerza a través de numerosos huecos en las paredes y caía a raudales sobre otros edificios. Algunos no aguantaban su propio peso y comenzaban a desmoronarse.

Un enorme edificio de piedra parecía presidir el paisaje, una enorme cúpula de piedra agujereada coronando su torre más alta. A pesar de que acababa de salir del fondo del mar, sus paredes parecían mantenerse en un estado mucho mejor que la mayor parte de las construcciones que la rodeaban. Un tenue fulgor blanquecino parecía manar de sus columnas.

-Dioses, ¿qué está ocurriendo con el mundo? -preguntó John con desesperación e impotencia. 

Durante el último año se había esforzado por proteger a sus conciudadanos y a su región, había hecho lo imposible por cuidar de su nueva familia, de asegurarse de que la ciudad donde sus hijos fueran a criarse fuese segura y amable. Y en cuestión de horas veía como su mundo se deshacía en pedazos, sustituido por lo que parecían restos de un mundo distinto, atemporal y totalmente ajeno a ellos.

Como él, muchas de las personas que habían logrado sobrevivir a la catástrofe no lograban procesar cómo su vida podía cambiar tanto en tan solo unas pocas horas.


Ciudad de Cartago, Cartago, Westfallia. 15 de Marmadarim (III) del 1509 d.S.

Tras la vuelta de la magia, restos del pasado se alzan de nuevo como fantasmas, lamentando las tragedias del pasado y las que están por venir.

Este relato es el último de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

Ilustración creada en Dall-E 2

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Amanecer demoníaco

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Una repentina llamarada hendió el cielo apenas iluminado por la naciente luz del día. Brotó de una pequeña caverna bajo una de las cadenas montañosas que motean el bosque de Ahn-Quessire, hogar milenario del pueblo élfico. La intensidad del calor era tal que las mismas paredes de la entrada se disolvían, convirtiéndose en piedra ardiente que caía convertida en gotas de magma.

Una imponente y obscena criatura abandonó la caverna. Alzándose hasta rozar los cuatro metros de altura, su cabeza astada se imponía desafiando la pureza del cielo azul, antítesis de la perversión y el odio que eran parte de su misma existencia. Enormes brazos cubiertos de pelaje rojizo y negro caían a ambos lados de su cuerpo, terminados en poderosas garras negras de filos rotos y astillados. Se alzaba sobre dos enormes patas de carnero recubiertas de un denso y oscuro pelaje que terminaba a la altura de su pecho descubierto de roja piel, musculoso y ancho como un oso. Pero el más temible de sus rasgos era su rostro, retorcido perpetuamente en una mueca de odio. Era ancho y cuadrado, con una nariz amplia y chata que se abría en el centro, casi como heridas abiertas, junto a los que podía reconocerse fragmentos del hueso sobre los que se estiraba la piel. Colmillos de longitudes desiguales sobresalían desde sus anchas mandíbulas y sus ojos, pequeños y de un profundo color rojo, prometían una destrucción lenta y agónica de cualquier criatura u objeto que se vieran sujetos a su mirada.

El claro del bosque en el que ahora se encontraba, hasta entonces cubierto de árboles y matorrales de diversos tamaños, comenzó a arder y a retorcerse ante su mera presencia. La hierba se convertía en humo y los animales que quedaban todavía en la zona desaparecían de repente, carbonizados, sin llegar a emitir ningún sonido.

Henjar se permitió una mueca que extendió sus afilados rasgos hacia sus mejillas, dejando ver aún con más claridad los puntiagudos y desiguales colmillos y estirando la negra piel alrededor de los fragmentos óseos de su rostro. El bálor no sonreía con frecuencia, pero hoy lo hacía con todo el deleite de su oscuro corazón.

El gesto no duró mucho, sustituido por la suspicacia y la duda. ¿Sería suficiente el poder que ahora poseía, habiendo vuelto la Llama de los Elfos a Vilia, para cumplir con sus designios? Podía sentir la magia corriendo por su sangre, recibiéndola a través de los poros de su piel, canalizándola en potente energía de fuego y corrupción. Hacía años que no había estado en un plano donde hubiese podido acceder a semejante potencial desarrollado a lo largo de milenios. Esta vez no podía fallar.

Se detuvo a recordar su llegada al plano. Cómo había acudido a buscar la espada que lo debía encerrar. Cómo había liberado a su anterior prisionero, acabando con él entre balbuceos de sorpresa. Cómo había logrado desentrañar el sortilegio que debía mantenerlo preso para luego ejecutarlo y acabar en la espada. El destino debía cumplirse, y ésa era su mejor baza.

Pero, ¿qué ocurriría cuando fuera el Destino quien se interpusiese en su camino? Sabía que ese día llegaría, y si bien hasta aquél momento había sido su herramienta, era consciente de que la corriente en la que había decidido meterse era muy potente. No podía permitirse más errores.

Henjar decidió que debía probarse. Debía ser capaz de desafiar al Tiempo, demostrarse que llegado el momento podría salir de su influjo y llevar a cabo su venganza. Y sí, también su cometido, aunque ese detalle para él era secundario.

Disminuyendo la intensidad de su aura de fuego, el infernal se dirigió hacia un enorme pilón de piedra que se encontraba clavado en el suelo en las cercanías. Henjar no conocía el funcionamiento exacto de aquél artefacto. La magia élfica imbuida en la piedra era increíblemente compleja y, hasta cierto punto, consciente. Las runas que cubrían el pilón se iluminaron con una intensa luz azulada con cada paso del infernal.

Pero a diferencia de otras ocasiones, esta vez el bálor no se inmutó. Extendiendo ambas garras, tomó el pilón y comenzó a tirar con fuerza. Con cada tirón podía sentir la magia defensiva del artefacto intentando morderle, impedirle cualquier movimiento y destruirle, todo a la vez. El bálor sonrió y comenzó a entonar las palabras de un conjuro. La energía mágica que convocó lo envolvió como un enorme velo de energía sacrílega y, con un nuevo tirón, el pilón fue arrancado del suelo.

Henjar pudo sentir la sorpresa de la extraña consciencia albergada en aquél artefacto, seguido de un temor que se detuvo a saborear. Al mismo tiempo, se dió cuenta de que estaba siendo observado: sus alrededores parecieron perder el color, tomar un tono desvaído y monocromático mientras las líneas de los objetos comenzaban a perder definición. El bálor reconocía las señales: el Tiempo sentía su presencia.

-Perfecto -dijo con un gruñido de satisfacción, su profunda voz reverberando entre las ramas de los árboles-. Y ahora que tengo tu atención…

Y con un poderoso rugido, Henjar dejó caer el pilar de piedra sobre su rodilla, partiéndolo en dos. El retumbar de un trueno sacudió el ambiente y una explosión de magia se extendió a su alrededor, deslumbrándolo durante unos segundos. La energía podría haberlo dañado, pero su propia aura era capaz de contener el calor, la radiación y los trozos de roca que lo bañaban.

Tras unos segundos, todo quedó en silencio, roto por la risa rasposa y cruel del bálor. El mundo continuaba siendo monocromático y las líneas a su alrededor continuaban bailando, pero no ocurrió nada más.

-No puedes detenerme -amenazó el bálor-. No te atreverás a intervenir. La victoria, esta vez, será mía.

Y tras esas palabras, Henjar desapareció.


Noreste de Ahn-Quessire, cerca de la Floresta Fosforescente, Gaia. 15 de Marmadarim (III) del 1509 d.S.

Desde hace estaciones, el grupo teme la presencia en Vilia de uno de los demonios más poderosos del Abismo: un bálor. Prisionero en una espada durante, supuestamente, años, logró liberarse como parte de un pacto con Saryvon Lormen, actualmente en paradero desconocido.

El bálor ha demostrado tener sus propios y misteriosos objetivos y parece que ahora ha llegado el momento de dar un nuevo paso.

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

Ilustración creada en Dall-E 2

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El largo camino a casa

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-¿No te parece que se acaban los árboles allí adelante? -comentó Katsura a su compañero con una sonrisa cansada.

Goro, que hasta entonces había estado bufando y casi arrastrándose por la fronda del Bosque Oscuro, se incorporó de repente, su rostro iluminado por la ilusión.

-¡No será verdad! -dijo el muchacho y, ante la incredulidad de los presentes, echó a correr.

Mai se permitió una leve sonrisa. El viaje a través del Bosque Oscuro había sido enormemente duro, no solo por los predecibles peligros de aquél lugar que Kaoru y ella habían tenido que aplacar, sino por la compañía de los dos jóvenes que andaban a su cuidado. Goro era un inútil. Y Katsura, aún a pesar de mostrar valor y tenacidad, aquejaba del mal de quien ha pasado toda su vida en la corte: falta de experiencia y poca tolerancia a la incomodidad.

-¡Es verdad! ¡Es verdad! ¡Vamos! ¡Ya estamos en casa! -gritaba Goro con alegría unos metros más adelante.

Mai podría haberle dicho que se encontraban en el margen oeste de Inkairu. Que aún quedaban kilómetros de territorio deshabitado y peligroso, o que debería bajar la voz para evitar problemas. Pero en su corazón, ella también estaba contenta por pisar de nuevo la tierra de su patria. Con suerte, pronto llegarían a un pueblo, se harían con un carro o quizás con caballos y, en unas pocas semanas, estarían en territorio del clan Yamamoto…

El sonido de cascos la sacó de su ensueño. Estaban lejos, más allá de los árboles de la floresta, pero se acercaban con rapidez. La mujer estimó alrededor de media docena.

Enemigos -dijo Kaoru, alarmado. Sus ojos rasgados de pupilas verticales resplandecieron bajo los rayos del sol que lograban atravesar el cada vez menos denso dosel arbóreo-. Cuida de la princesa.

Y acto seguido el kitsune comenzó a encoger con rapidez, pasando a convertirse en un pequeño zorro de pelaje blanco que desapareció entre la maleza en dirección al sonido cada vez más cercano.

-Princesa -se apresuró a llamar Mai a su protegida, que la miró extrañada-. Manteneos cerca. 

Ambas se detuvieron, observando y escuchando a su alrededor. Los gritos de Goro habían cesado y el bosque quedó inundado por un silencio tenso y expectante.

Mai comenzó a entonar en voz baja una plegaria a los espíritus del bosque, del aire y de la vegetación. Su conexión le permitiría ver lo que ellos viesen, atisbar al enemigo antes de que llegase hasta ellos.

La respuesta de los espíritus fue feroz. Mai sintió como sus sentidos eran arrancados desde su ser y se repartían entre varios espíritus al mismo tiempo: se desplazaba entre los árboles meciendo las hojas a su paso a una velocidad de vértigo al mismo tiempo que podía ver la linde del bosque desde el mismísimo suelo, a través de varias briznas de hierba que tapaban su visión. La sensación era arrebatadora y mareante al mismo tiempo pero le sirvió para cumplir su cometido: un grupo de diez jinetes cabalgaban en su dirección. Eran guerreros y ronin sin bandera, aunque Mai percibió que el orden y la composición del grupo estaba demasiado practicada, demasiado perfecta. Se dirigían justo hacia donde se encontraban.

Mai cortó la conexión con los espíritus con una rápida palabra de agradecimiento.

-Escondeos, Yamamoto-sama. Se acercan enemigos.

La muchacha asintió con decisión, sin un atisbo de temor. Mai murmuró una nueva plegaria y se mantuvo firme en su posición, esperando a los jinetes.

El grupo entró en el bosque con rapidez y agilidad, de forma ordenada y esforzándose por mantener la formación a medida que avanzaban. Mai pudo verlos llegar y supo que ellos la habían visto también. Estaba claro que los buscaban, lo cuál resultaba inquietante. ¿Quién sabía del viaje que habían emprendido desde Media Esuarth? Habían tomado el camino más largo precisamente para evitar cualquier contacto con otros viajeros.

La cuadrilla se detuvo a unos 20 metros de la shugenja, que se mantuvo firme en su posición. Un hombre recio vestido con armadura de cuero endurecido se adelantó. En su rostro bailaba una sonrisa cruel.

-En nombre del Clan Ishida, os ordeno que me abráis paso -anunció Mai con firmeza.

Los guerreros se miraron entre sí, aparentemente divertidos, pero no dijeron una sola palabra antes de que lo hiciera su líder.

-En estas tierras los clanes no tienen potestad, mujer -respondió con voz rasposa.

Mi misión es oficial y es un servicio al Imperio. Si osáis interponeros entre yo y mi sacro cometido, incurriréis en la ira del Clan Ishida. Sabed que vendrán a buscarme y, por lo tanto, también os buscarán a vosotros.

-Mentís, señora -contestó de nuevo el jinete mientras espoleaba a su montura y desenfundaba una katana de hoja torcida-. Nadie vendrá a buscaros.

Ante la acometida del jinete, Mai recitó rápidamente una nueva plegaria invocando a la furia del rayo y del relámpago en su ayuda. Los espíritus, de nuevo, no tardaron en responder. Y lo hicieron con una potencia desmedida. En un solo instante, con un chisporroteo, el haz de un relámpago apareció entre sus manos y se precipitó hasta la katana del enemigo que cargaba contra él. Desde ahí, la línea de luz avanzó hacia el grupo y golpeó a varios de los guerreros que estaban allí congregados. El trueno llegó inmediatamente después, lanzando a Mai, a jinetes y a monturas por los aires.

Un árbol cercano detuvo su vuelo y la hizo deslizarse hasta la hierba. La mujer necesitó unos segundos para recuperar el aliento, tras los que intentó incorporarse. Sentía su cuerpo pesado como el plomo, su energía consumida por la comunión con las fuerzas que había desatado. Un pitido sordo le impedía escuchar nada.

-¿Estás bien? -pudo oír la voz de Kaoru llamándola en la distancia, sorprendido-. ¿Cómo has hecho eso?

Mai se dió cuenta de que sus enemigos habían desaparecido. Los restos quemados de caballos y jinetes aparecían desperdigados entre los árboles. Los que habían sobrevivido a la explosión yacían ajusticiados por el wakizashi del kitsune.

-No lo sé. Algo tiene a los espíritus muy alterados. -contestó Mai y, sobresaltada, recordó a la princesa, a la que había dejado cerca de donde ella había lanzado su plegaria-. ¡Yamamoto-sama! ¿Os encontráis bien?

Mai se acercó hacia la muchacha que se incorporaba con dificultad, todavía oculta en su escondrijo.

-Sí, estoy bien. Solo un poco mareada.

Y mientras se acercaba a ella, Mai notó dos picotazos en el cuello. Lanzó un grito y, llevándose la mano a la herida, descubrió dos pequeñas agujas de cerbatana.

-Malditos sean tus ancestros, Ishida -escuchó de repente a su espalda una voz vagamente conocida-. Osáis volver a interponeros entre yo y mi presa, pero no volveréis a hacerlo más.

La voz, surgida de unos matorrales cercanos, fue seguida de rápidos pasos hacia Katsura y hacia ella e, inmediatamente después, del desenvainado de una daga.

Mai no se detuvo a pensar. Recurrió de nuevo a una plegaria, en este caso llamando a los espíritus de la luz y el fuego. De nuevo, la respuesta fue rápida y potente. De sus brazos extendidos brotó una enorme llamarada que envolvió a su adversario y a varios árboles gruesos de los alrededores, que comenzaron a arder.

La mujer estuvo a punto de caer desvanecida en aquél momento, pero logró mantenerse en pie con la ayuda de Katsura. A sus pies, el cuerpo chamuscado de un hombre yacía inmóvil, sus ojos llenos de odio fijos en ambas mujeres mientras respiraba con dificultad. Los restos de sus ropajes, negros con diversos tonos de verde, eran las propias de un asesino ninja.

-Yo os maldigo… shugenja… -logró articular el asesino en un último estertor.

Kaoru llegó en ese momento y sostuvo a Mai. El calor de las llamas aumentaba por momentos, por lo que el kitsune y la princesa se apresuraron a llevar a su compañera hacia el linde del bosque, en ocasiones casi en volandas.

-¿Quién… era? -logró preguntar Mai, su visión cada vez más nublada.

Mitsu Yojin -contestó el Zorro Blanco-. Lo conocimos en Nívola. Parece que viene siguiéndonos desde allí. Ha resultado ser un asesino a sueldo.

Mai dejó escapar una risotada.

-No te puedes… fiar de nadie… en este lugar…

Pasaron varios minutos que a Mai le parecieron horas. Le pareció que en algún momento habían logrado dejar el intenso calor atrás. Debían estar en la pradera más allá de los árboles del Bosque Oscuro, ya que la luminosidad a su alrededor pareció aumentar repentinamente. Entonces sintió como la dejaban descansar apoyada en algún lado. Apenas podía ver nada.

-Tenemos que hacer algo. Creo que la han envenenado -decía la princesa, su dulce y preocupada voz sonando lejana y triste.

-Dejadla, princesa. Me temo que no vamos a hacer nada -contestaba Kaoru.

-¿Qué queréis decir? -insistía Katsura, y en ese momento hubo un golpe y el cuerpo de la princesa se desplomó junto al de Mai.

-¿Qué… haces? -logró proferir la shugenja sin entender lo que estaba ocurriendo. Las nieblas del veneno se espesaban cada vez más.

-Lo lamento, Mai -las palabras del Zorro Blanco se confundieron cada vez más en su profundo sopor-. Antes tenías razón. No te puedes fiar de nadie.

Y Kadama Mai cayó inconsciente.


Frontera entre el Bosque Oscura e Inkairu, Terra Norte. 15 de Marmadarim (III) del 1509 d.S.

El viaje de Mai, Katsura y Kaoru comenzó en Nívola y se ha extendido durante estaciones. El objetivo común de devolver a la princesa Katsura a su tierra parecía haberlos unido. Sin embargo, las razones por las que querer hacerlo son claramente distintas.

Mientras Yamamoto Katsura desaparece de nuevo, el feudo entre los clanes Yamamoto e Ishida sigue en auge, promovido por la Secta del Dragón; y una guerra contra Entanas en busca de su princesa ha llevado a los ejércitos inkaurianos a tomar Puerto del Alba y comenzar a avanzar hacia el corazón de Entanas.

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

Ilustración creada en Dall-E 2

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Celda de cristal

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Dart-dos paseaba intranquilo en una amplia antesala de la Torre de Cristal. Había pasado demasiado tiempo esperando. Kaith debería haber vuelto ya.

Inconscientemente posó la mano en el mango de su hacha. La sensación de la madera, vieja compañera de viajes, solía calmarlo en estas situaciones. Los atlantes que los cobijaban… o quizás fuese más adecuado decir que los mantenían presos, habían permitido que se quedase sus armas. Ellos lo habían llamado un acto de cortesía. El enano, por contra, sabía que se trataba de arrogancia. Había estado con suficientes atlantes… más de los que él quisiera… como para saber que a ninguno de ellos podría pasársele por la cabeza que un mensch pudiera suponer una amenaza.

Dart-dos dejó escapar un gruñido mientras sus pasos, al igual que su mente, continuaban trazando los mismos círculos. Él había pasado tiempo con muchos atlantes, pero ninguno de los aquí presentes, con contadas excepciones, lo había pasado con él. Y quienes lo habían pasado no lo recordaban. ¿Quién iba a pensar que ese mismo enano que se paseaba por uno de los innumerables salones de la Torre de Cristal sería el mismo que había visto con sus propios ojos la Separación, hacía más de 1500 años?

Esos mismos atlantes que ahora se volcaban sobre una muchacha inocente intentando encontrar la forma de entender un poder que habían perdido hacía más de un milenio: el poder de la clarividencia. El enano sonrió: ¡qué ironía para ellos, omnipotentes atlantes! Tener que depender de un ser que consideraban impuro: el producto de la mezcla de su majestuosa estirpe y la de los mensch a los que tanto menospreciaban. Una semiatlante. ¡Menuda cura de humildad!

En ese momento uno de los muros de cristal opaco de la sala pareció desplazarse y replegarse sobre sí mismo, formando una oquedad. Kaith atravesó el umbral seguido de un atlante alto y fibroso con el cabello corto de un profundo color rojo. Dart-Dos lo conocía: Agni, uno de los favoritos de Thrain durante la Separación. El responsable de la investigación que llevaban a cabo con su compañera desde hacía casi una estación. Por supuesto, en las semanas que habían pasado allí, a él no le había dedicado ni una sola palabra.

Kaith y Agni se detuvieron y conversaron en idioma atlante, al cual Dart-Dos no lograba acostumbrarse. Por fin, el atlante se despidió animadamente de la muchacha y se marchó por uno de los pasadizos de la Torre, aparecido de la nada, que volvió a cerrarse tras de sí.

-¿Estás bien, Kaith? Habéis tardado demasiado esta vez -preguntó el enano mientras dedicaba una ojeada al espacio de la pared por donde el atlante había desaparecido.

La muchacha, de pelo castaño y rizado y cansados ojos grises, suspiró:

-Estoy bien, Dart-Dos. Pero he sentido algo. Creo que nuestros compañeros han vuelto. Y han traído consigo el artefacto que buscaban.

Las pobladas cejas del enano se alzaron arrugando su frente, único indicio de sorpresa en su por lo demás inmutable rostro. Dejó escapar un quedo gruñido tras su larga y poblada barba, al que Kaith respondió:

Agni no lo sabe. No se lo he dicho… pero no me cabe duda de que lo descubrirá pronto. Aunque no creo que tenga oportunidad de hacer algo al respecto. Mañana abandona la ciudad.

El enano volvió a fruncir el ceño, pensativo.

-¿Y qué pasa con las pruebas que te están haciendo? -preguntó.

-Agni me ha dicho que continuarán en los próximos días, que lo ha dejado todo preparado… pero yo lo dudo -respondió la muchacha con un suspiro, dejándose caer en uno de los cómodos asientos de piel de la sala. Dart-dos la imitó.

-Creo que ya han encontrado todo lo que podían descubrir. Yo he aprendido todo lo que podía aprender sobre mi estado y sobre la clarisentiencia… y les he intentado ayudar lo mejor que he podido. No podemos hacer mucho más aquí.

>>Además, pronto van a venir a buscarnos.

Esa afirmación hizo saltar de nuevo al enano de su asiento.

-¿Quién? -preguntó con voz feroz-. No será de nuevo el Caballero. No permitiré que te ponga las manos encima.

-No, no -contestó Kaith con una sonrisa-. ¡No os preocupéis, oh, noble enano! Me refiero a nuestros amigos. Taryc, Ashazaar y los demás. Sé que no tardarán mucho…

>>Pero me temo que aunque vengan, no va a ser fácil salir de aquí.

Dart-Dos echó una nueva ojeada a la sala de la Torre de Cristal donde se encontraban. Calculó que se hallaban a unos 100 metros por encima de la base de la torre, la cuál se alzaba sobre los escarpados penachos de la cadena montañosa que ocupaba la parte alta de Txultab-tah-naeb.

-La única forma de salir de aquí es volando -comentó, pensativo.

Kaith asintió:

-O a través de la magia. Pero en ambos casos, convencer a los atlantes va a ser complicado incluso aunque no esté ya Agni por aquí. Necesitamos algo más de ayuda… para escapar.

El enano volvió a sumirse en el silencio unos segundos. De repente pareció caer en algo y alzó el rostro, alarmado:

-No estarás pensando en ese granuja drow que conocimos hace unas semanas, ¿verdad? Ese tal Thadal.

Kaith asintió con una leve sonrisa:

-Creo que es nuestra mejor opción.

-Yo creo que antes podríamos esperar a que nos crecieran alas.

Kaith soltó una carcajada y llevó la mano a su espalda.

-Me temo que llegas tarde -respondió, sonriendo-. Y las alas no serían suficiente. Necesitamos que alguien nos saque de aquí de forma que no puedan seguirnos fácilmente. Y Thadal estaba dispuesto a ayudarnos, incluso apenas sin conocernos. Creo que deberíamos aprovechar esa oportunidad.

Dart-Dos lanzó un nuevo gruñido, sus brazos cruzados sobre su pecho mientras observaba a su compañera con recelo. Por fin dejó escapar un suspiro y, de mala gana, respondió:

Es difícil discutir con un Augur! Está bien, intentaré contactar con él. Pero es mejor que nos preparemos… para cuando nos traicione.

-No lo creo. Thadal tiene sus propios problemas.

Ambos cayeron en un profundo silencio mientras el enano observaba con intensidad a su compañera, esperando a que continuara. Por fin, perdiendo la paciencia, concluyó:

-¡Empiezo a cansarme de que siempre dejes cosas sin decir! ¿Es algo que tenéis que hacer todos los adivinos? ¿Comportaros como si fuérais los seres más misteriosos del mundo?

Kaith no pudo aguantar una carcajada.


La Torre de Cristal, en Txultal-tah-naeb. Gaia. 15 de Marmadarim (III) del 1509 d.S.

Entre los grandes planes de elfos y atlantes hay algunos seres que son imposibles de predecir. Uno de ellos es Kaith, una simple muchacha que sueña con el futuro. Su contacto con Sun, el hijo de Thrain, le enseñó que todos los planes de los grandes y poderosos seres de Vilia palidecen ante el verdadero enemigo: el Tiempo.

Kaith se envuelve en misterio y en un aire de inocencia que se ha ganado la confianza de los dragoons. Pero nadie está seguro de que ese velo de misterio envuelva un plan concreto o, sencillamente, ignorancia y buenos deseos.

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

Ilustración creada en Dall-E 2

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Realeza y Estirpe

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-¡Púdrete, traidor!

El soldado empujó a Steve Parvel a una minúscula celda de muros de piedra, haciéndolo tropezar y rodar hasta chocar contra la pared. La puerta de barrotes metálicos se cerró tras él, seguido de una sarta de insultos entánicos que fueron perdiéndose en la distancia.

-¿Os encontráis bien? -preguntó una voz de mujer, débil pero preocupada.

-Sí, estoy bien. No te preocupes -contestó Parvel, incorporándose con dificultad-. No me duele tanto el cuerpo como mi orgullo.

La mujer dejó escapar una risa débil.

-Reconozco vuestra voz. Sois el general del ejército entánico, ¿no es así? Steve Parvel. ¿Qué hacéis aquí?

-Ya no soy general, me temo -contestó el soldado con amargura que rápidamente se convirtió en sorpresa-. Llevo viajando desde hace dos estaciones para poder hablar con mi Rey y son sus órdenes las que me han arrojado aquí. Mis esperanzas de poder salvar a Entanas, de hacer a los reyes entrar en razón, se han ido. La Secta ya ha sentado sus raíces. Temo que ni siquiera los Dioses puedan salvarnos.

>>Pero no puedo evitar preguntar: ¿quién eres? ¿Cómo es que me conoces?

Unos pasos, cada vez más sonoros, fueron acercándose con rapidez. La mujer, a la que apenas había logrado echar una ojeada, le increpó alarmada:

-Tumbaros y no llamad la atención. No digáis nada o estaréis en peligro. Hacedme caso.

Aún más sorprendido, en especial por el tono imperativo de la mujer, Steve obedeció. Se tumbó con rapidez sobre la paja húmeda que pretendía hacer las veces de catre y se quedó en silencio.

Los ominosos pasos fueron acercándose con rapidez hasta que se detuvieron junto a la entrada de la celda. El sonido de una llave en la cerradura oxidada hendió el silencio y el chirriar de goznes metálicos lo sobresaltó, mas Steve cumplió la orden recibida y se mantuvo inmóvil.

-¿Cómo habéis pasado el día, majestad? -la voz cascada, grave y afilada de otra mujer resonó entre las solitarias piedras de la prisión. 

Steve se estremeció. No hubo respuesta.

-Imagino que no estaréis muy cómoda, pero me temo que no podemos hacer gran cosa al respecto.

Varios pasos, con ritmo pausado y amenazador, se sucedieron dentro de la celda.

-O quizás sí -continuó la peligrosa mujer-. Debéis notarlo ya, ¿no es así? Vuestro retoño y su… infrecuente… naturaleza.

-No sé de qué habláis.

Parvel reconoció por fin la desafiante voz de Bella Sigheon, Reina de Entanas. Mas, ¿no había sido ella, junto con el Rey, quien había dado la órden de encarcelarlo por traición? La sospecha de una nueva conspiración, un nuevo engaño perpetrado por la Secta del Dragón, se abrió paso en su mente.

-Sí que lo sabéis -prosiguió diciendo la desconocida-. En el estado en que os encontráis ya podéis sentir algo que extraño… anormal. Simples sensaciones, quizás, de tranquilidad o de miedo, que no son vuestras. Una consciencia aún por nacer, comenzando a tantear ya el mundo.

>>No sois la primera mujer a la que veo en este estado. Ni seríais la primera a la que alivio de la carga de cuidar a un… mestizo. Una monstruosidad que no encajará jamás en este mundo.

-¡No me toquéis! -gritó Bella Sigheon, tras lo que se produjo el silencio.

-No lo entendéis -comenzó a decir de nuevo la desconocida con lentitud-. No os imagináis lo que significa vivir en un mundo donde eres odiado por ser diferente. Donde ves cómo la humanidad se devora a sí misma e intenta llevarte a ti por delante. Pero no lo logra. Eres mucho más que humano, mucho más que cualquier criatura viviente. Eres casi un Dios

Una pausa, varios pasos en la celda contigua. Un llanto atragantado, lleno de miedo.

-El poder está bien… durante un tiempo. Pero luego descubres su origen, descubres la magnificencia y la gloria de un pueblo que es el tuyo… solo que no lo es. Para los Alados también eres un paria. Un deshecho que no merece siquiera una mirada o un poco de atención.

>>Y así pasas tus días. Esperando a que los humanos con los que te has criado mueran de viejos mientras tú mantienes tu juventud. Deseando la atención de quienes deberían haber sido tus padres. Pero no importa el poder que obtengas, no importa cuánto prolongues tu vida… Nunca serás uno de ellos. Nunca serás nada más que un despojo.

>>¿Es eso lo que deseas para tu hijo?

-No, eso no va a ocurrir -murmuró Bella, su voz apenas perceptible a través de los barrotes que separaban sus celdas.

-Ingenua. Inconsciente… Despiadada -la conminó la desconocida-. Ya he visto esto en otras ocasiones. Ya he encontrado madres que han prometido su vida por un hijo al que no podrían comprender. Y tú estás a punto de repetir ese error. Esa crueldad.

>>Yo puedo evitarlo. Incluso aunque no quieras…

-¡Detente!

Steve Parvel se levantó de golpe y de un salto llegó hasta los barrotes. Alargando los brazos intentó asir la figura de la mujer que, vuelta de espaldas hacia él, amenazaba a su Reina. Sus brazos estuvieron a punto de asir el pelo rubio platino de la figura cuando, de repente, se detuvieron. 

Los ojos púrpura de la desconocida lo taladraron con dureza, con un profundo odio. Y como si fuese un golpe, ese odio se coló en su cabeza y lo aprisionó, impidiéndole moverse. Sin poder mantener el equilibrio, con los brazos todavía extendidos entre los barrotes, el General acabó deslizándose hasta quedar tendido en el suelo. Sus músculos no respondían por más que lo intentaba.

-¡Basta! Dijisteis que no nos haríais daño -gritó Bella, saltando desde su catre hasta llegar al cuerpo inerte de Steve Parvel-. Ni a mí ni a nadie. Ya controláis Escisión: sus nobles, sus ejércitos… No nos torturéis más.

La extraña mujer de ojos violeta alargó un brazo hacia la Reina pero se detuvo de repente, como si dudase. Acto seguido se dió media vuelta y abandonó la celda cerrando la puerta metálica tras de sí.

-Cometes un error -dijo la cruel mujer mientras se alejaba.

Los brazos de Steve volvieron a responderle por fin, justo a tiempo para sostener entre ellos a la sollozante monarca.


Mazmorras de Escisión, capital del Reino Entánico. 15 de Marmadarim (III) del 1509 d.S.

La humanidad en la Terra Norte continúa, en gran medida, inconsciente de la amenaza y la manipulación de los poderosos seguidores de la Secta del Dragón. Sus complots, aunque a menudo retrasados e impedidos por diversos grupos de supuestos héroes, no han logrado desbaratar una organización cuyas raíces se encuentran muy profundamente enterradas en la política entánica.

Y aún dentro de los complejos entramados políticos, algunos continúan inmersos en una lucha personal que bien podría resultar eterna. Llevados por el odio, los conceptos de caridad y crueldad pueden tornarse muy confusos.

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

Ilustración creada en Dall-E 2

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Tentación y poder

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Jassor despertó de golpe, una voz en su cabeza susurrando palabras incomprensibles. Una presencia, una compañía que le había abandonado desde hacía estaciones pero que, una vez más, volvía a sentir.

¿Marmain? -preguntó el ex-sacerdote, confundido-. ¿Estás ahí?

Un aura de tenue luz azulada envolvió sus manos, contestando dulce y tranquilizadoramente a su pregunta. Jassor no pudo contener las lágrimas. La Diosa había vuelto.

¿Pero cómo? Jassor era consciente de que su Diosa, en realidad, no existía. Tampoco era Marmain, la atlante, la que se dirigía ahora a él. Y el orión resquebrajado, a salvo en un cajón a su lado en su habitación del castillo de Puerta de las Tormentas, no parecía tampoco la causa. ¿Qué era lo que había ocurrido?

-Búscame, Jassor -susurraba ahora la voz-. Búscame y toma tu lugar como Elegido.

-¿A quién debo buscar? ¿Estás en Terra? ¿En Gaia?

Una imagen acudió entonces a su mente. Una torre de piedra blanca y azulada se alzaba en soledad, rodeada de escarpados picos cubiertos de nieve y de empinadas laderas. La imagen cambió: una muralla de piedra entre las montañas, eterna, junto a la que yacen los restos de lo que pudo haber sido una fortaleza o un monasterio. Y aún más allá, hacia el norte, recorriendo valles y cadenas montañosas, dejando atrás huestes de criaturas de aire y viento, hordas de orcos, drow y humanos batiéndose en liza; atravesando las tierras de Entanas hasta ver las huestes de la Sombra, sus degeneradas criaturas ennegrecidas y rabiosas, las sombras verdes que vociferaban armados con lanzas venenosas, vadeando el río que separa el resto de Media Esuarth de la ciudad fortaleza de Puerta de las Tormentas; y más allá hasta verse a sí mismo, su rostro desencajado por el asombro y la confusión.

-Te estoy esperando. Siempre te he estado esperando -susurró de nuevo la voz-. Eres mi Elegido. Ven y reclama lo que es tuyo… antes de que desaparezca.

-¿De que desaparezcas? ¿Por qué vas a desaparecer?

La voz no contestó y la luz que envolvía sus manos se deshizo en pequeñas llamaradas azules. Sin embargo, Jassor no se sintió de nuevo solo. De alguna forma sabía que podía volver a llamar esa luz, que podía convocar todo el poder de su Diosa… o de la Torre en la que este poder residía. Y podía hacerlo sin limitaciones. Mucho más poder, además, del que había soñado tener nunca.

Unos ligeros golpes sonaron desde la puerta de su habitación, que se abrió junto a las palabras de una mujer de noble cuna.

-Disculpadme, mi señor, pero no he podido evitar reconocer vuestra voz desde el pasillo. Me ha parecido que sosteníais una conversación con alguien. Mas, ¿con quién, a esta hora de la mañana cuando apenas hay nadie vagando por el castillo? 

Una mujer de aspecto ágil y refinado se internó en su cuarto. Sus ropas eran sencillas: justillo de cuero y camisa de manga ancha, pantalones ajustados y botas de suela blanda; y sin embargo su porte era regio, confiado y digno, el de alguien acostumbrado a moverse entre la alta alcurnia desde su más tierna juventud. Parecía muy preocupada y aliviada al ver a Jassor de una sola pieza, una congoja que quitaba cualquier importancia al hecho de que ahora se encontrase en la habitación de un compañero donde no había sido invitada. Cordelia continuó hablando:

-Me ha sobrevenido un leve acceso de pánico al pensar en vuestra seguridad, pues me habéis parecido asustado. Sin embargo, veo que os encontráis bien, aunque por el rubor de vuestras mejillas sugeriría que quizás queráis algo de agua -y mientras hablaba tomó uno de los vasos de cristal de la lacena del cuarto y vertió algo de agua clara de una botella que había al lado. Se la llevó al consternado sacerdote y, sentándose en una silla a su lado con total naturalidad, concluyó-: Decidme, ¿acaso dormíais?

-No, no… no os preocupéis, Cordelia… mi señora -contestó Jassor, todavía sorprendido ante la inesperada visita y sin saber exactamente cómo dirigirse a ella-. Solo estaba reflexionando. Hay tantas cosas sucediendo a la vez…

-Sin duda tenéis razón -contestó Cordelia mientras posaba su mirada en la ventana del cuarto y en el neblinoso paisaje más allá-. Nos acecha el enemigo a las puertas de nuestra ciudad. Me pregunto si se atreverán a cruzar el río.

Ya lo están cruzando -dijo el ex-sacerdote con gesto ausente. 

Cordelia llevó su mano a su pecho, ligeramente estremecida.

-¿Cómo lo sabéis? ¿Habéis empleado vuestra magia? -y la astuta mujer dedicó una significativa mirada al cajón donde reposaba el resquebrajado orión-. Debéis tener cuidado con ese artefacto. Es muy peligroso.

-Entiendo vuestra reserva. Y tenéis razón: es peligroso. Precisamente había venido hasta aquí buscando al portador de otra de estas reliquias aunque… me temo que he llegado demasiado tarde.

>>Decidme, ¿lo conocíais bien? 

Cordelia no contestó durante unos segundos. Si bien su rostro permanecía impasible como hasta ahora, estaba claro que la pregunta la había perturbado. Por fin respondió, sus palabras destilando una profunda tristeza.

Rhodas era un gran compañero de aventuras. Misterioso, distraído… pero inteligente y entregado. Un buen hombre.

>>Sin duda, fue ese condenado artefacto suyo el que se lo llevó. Si hay algo que podemos sacar en claro es que el poder corrompe. A todos: ya sean vasallos, pordioseros, nobles o reyes.

La mujer guardó silencio. Jassor se dio cuenta de que sus manos temblaban levemente antes de que Cordelia posase sus ojos en los suyos:

Desearía que hubiérais podido conocerlo.

Jassor supo que su compañera no había pronunciado nunca antes palabras más sinceras.


Castillo Ducal de Puerta de las Tormentas, capital de la provincia Media Esuarth, acualmente independiente. 15 de Marmadarim del 1509 d.S.

Existen numerosos artefactos en Vilia que han sido creados en los últimos siglos. Más allá de la comprensión los meros humanos, aquellos que han tenido la fortuna, o la desgracia, de hacerse con alguno de ellos pueden ser los primeros en descubrir los profundos cambios que la Llama de los Elfos trae consigo.

Los sacerdotes de las fés humanas, dependientes de antiguos artefactos creados por los atlantes en las Montañas Azules, descubren de repente que su conexión se renueva y fortalece tras el flujo repentino de magia. Pero, ¿cuál serán las consecuencias de dicho aumento de poder?

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

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El despertar de la magia

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Escucha el audiorrelato en iVoox o YouTube:

Timmy se escabullía entre los árboles y arbustos del Bosque de Kurlov con agilidad, algo que un joven de doce años de un poblado como Illya Assai haría con normalidad en un día cualquiera. Sin embargo hoy, como cada día de los últimos diez días, la excitación y la alegría habían dado paso al miedo y al horror.

El muchacho se detuvo a coger algunas bayas más con las que completar las nueces que portaba en el faldón de su camisa y no pudo evitar dedicar una mirada rápida hacia el sur, donde hasta hacía poco había estado su casa. Entre los árboles pudo vislumbrar una columna de humo negro que se alzaba en espesos nubarrones. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero las contuvo con fuerza mientras tomaba algunas bayas más. Su hermana le hubiese reñido por detenerse.

En ese momento algo lo empujó con fuerza y lo hizo chocar contra el tronco de un árbol inmenso. El dolor fue espantoso, pero más intensa aún era la preocupación por toda la comida que había estado recopilando y que ahora se hallaba desparramada a su alrededor. Una risita estremecedora y cruel lo detuvo, sin embargo, helando la sangre en sus venas.

-Parece que hemos encontrado un cachorro perdido -dijo una voz siseante en una horrible tergiversación de la lengua común.

Timmy intentó incorporarse pero una mano con garras y recubierta de un ralo pelaje verde lo empujó de nuevo entre risas. Con miedo, el niño se volvió para enfrentarse a dos criaturas vagamente humanoides, cubiertas de pelo verde y con brazos largos terminados en manos fuertes de dedos ahusados. Sus ojos negros lo observaban con malicia, saboreando su miedo.

-No, por favor… -suplicó Timmy entre lágrimas-. Llevaos la comida. Por favor, no me hagáis daño.

Una de las criaturas simiescas se adelantó y agarró al niño por el cuello, alzándolo del suelo entre risas. Timmy no podía respirar. Pataleó con toda la fuerza que tenía, pero no logró escaparse. Un potente calor comenzó a llenar su pecho.

-Tú eres la comida -dijo la cruel criatura con una amplia sonrisa de dientes rotos.

Y entonces el calor que Timmy había sentido en su pecho subió por sus brazos hasta sus manos y abandonó su cuerpo en una potente llamarada que envolvió a su captor. Timmy cayó al suelo mientras el ser de pelaje verde gritaba de dolor, rodando sobre la pinaza e intentando detener, sin resultado, el fuego de llamas violeta que bailaba sobre su cuerpo.

La otra sombra verde lanzó un grito cargado de extrañas palabras que no podían ser otra cosa que una maldición. Se lanzó hacia Timmy, que todavía tosía indefenso, empuñando un cuchillo de hueso. Y en el mismo momento en que hizo descender su arma, otra figura musculosa y de piel gris la embistió, lanzando al malvado simio por los aires.

Timmy pudo ver otra criatura de aspecto humanoide, de amplias espaldas y con piernas y brazos abultados. Su rostro parecía casi humano pero su nariz era achatada y no tenía pelo en la sien. Sus ojos pequeños y su boca amplia le recordaban a los de un cerdo, pero sus ojos rojos, desbordantes de ansia de sangre, despejaban cualquier parecido con el animal de granja. En sus manos portaba una enorme hacha que alzó de nuevo para dejar caer contra la sombra verde.

El niño no esperó a ver qué sucedía. Incorporándose, se lanzó a la carrera y desapareció entre los árboles. Durante muchos días no podría dejar de soñar con monstruos.


El orco acabó con su presa con facilidad, limpiando la hoja de su hacha contra el sucio pelaje de la sombra verde. Se volvió hacia el otro cuerpo chamuscado que yacía inerte y lo empujó con el pie. Decepcionado, el orco soltó un bufido y se dió la vuelta para marcharse.

El peso de una raíz enorme cayendo sobre su cabeza le impidió hacerlo. Tanto el orco como el cuerpo de la sombra verde desaparecieron ante una enorme mole de madera y hojas que, con un movimiento lento y fluido, sentó sus raíces donde habían estado ambas criaturas. Sus ramas se mecían al ritmo de un viento que no corría en ningún otro lugar del bosque. Sus hojas susurraban suavemente, un mensaje urgente a otras criaturas del bosque, a otros de sus guardianes.

Pero el mensaje, para el ent y para su progenie, era claro: el mundo había cambiado. La magia había vuelto. Y la tierra, el cielo y los seres que la protegen debían volver a alzarse, una vez más, para contenerla.

Al fin y al cabo, ¿qué podía traer de bueno una energía caótica como esa?

Absolutamente nada.


Sur de Bosque de Kurlov. Comarca de Endia Assai, Provincia de Media Esuarth, actualmente independiente. 15 de Marmadarim del 1509 d.S.

El regreso de la magia coincide con una época tumultuosa. Tanto aquellas regiones que no estén envueltas en conflictos bélicos, la provincia de Media Esuarth y el norte del Bosque de Warath entre ellas, como aquellas que han logrado evitarlos hasta ahora pueden notar los cambios.

Algunos efectos son enormes, como el color del cielo o las montañas que explotan. Pero otros son pequeños, imperceptibles… Y puede que mucho más peligrosos.

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

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Mensajero a Puerta de las Tormentas

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Escucha el audiorrelato en iVoox o YouTube:

Neil Radler despertó de repente cuando su caballo tropezó con una grieta del camino y estuvo a punto de caer. Sobresaltado y con un creciente dolor de cabeza, el jinete tiró de las riendas para detener a su montura, algo que el animal obedeció agradecido. 

Parches de nieve cubrían la hierba corta y los matojos ralos a su alrededor. Pequeños árboles moteaban el paisaje, aumentando en densidad y altura a medida que las millas de praderas baldías daban paso a las montañas del Yunque de Sior.

Los restos de una destrozada torre de vigía, despojos de la última guerra entre los reinos Entánico y Westfalli, se erguían todavía tercamente sobre una pequeña loma del ondulado terreno mientras los azotaba el viento. 

Neil conocía bien aquél paisaje. Hacía casi un par de décadas que no pasaba por allí, pero no había cambiado en absoluto: esta región baldía del oeste de Media Esuarth no había sido habitada nunca. Ello se debía, por un lado, a la escasez de agua y las temperaturas extremas producto de los vientos cálidos de las Tierras Ralas; y por otro lado a las profundas costumbres supersticiosas de los esuarthianos. Al fin y al cabo, ¿quién querría construir su casa sobre unos campos regados por la sangre de tanta gente?

Agua. Neil se dió cuenta de repente de que estaba sediento. Echó la mano instintivamente a su odre pero volvió a dejarla caer con un gemido: hacía más de un día que estaba vacío.

-No puedo parar ahora. Estoy tan cerca…

Neil azuzó a su caballo, que comenzó a andar en dirección sureste entre relinchos que mucho tenían de queja. El hombre era consciente de que el animal estaba mucho más cansado que él. Sin embargo, también sabía que no tenía más remedio que seguir forzándolo. Debía llegar a Puerta de las Tormentas lo antes posible y encontrar a los dragoon. Encontrar a su hija. Tenía que avisarlos de lo que había sucedido en Westfallas-Nova tras la marcha de Kuthan. Tenían que saber que los Reyes Westfalli…

Por fin Neil atisbó lo que estaba buscando: el camino comercial viraba entre las onduladas praderas, una larga lengua bañada por la luz dorada del sol.

Y entonces se dió cuenta: ¡el cielo había cambiado!

Hasta el día anterior tanto el firmamento como las nubes y el sol habían estado cubiertos de un tono rojizo parecido al de la sangre, un malhadado presagio que había puesto los pelos de punta a toda la Terra Conocida. Así había sido desde mediados de Sureolom, hacía ya dos estaciones. ¿Qué había ocurrido?

-Si no supiera que los Dioses no nos responden, daría las gracias a Eolo por traernos de nuevo el cielo.

Pero su alegría quedó cubierta rápidamente por la preocupación: los acontecimientos estaban ocurriendo demasiado rápido. Algo había cambiado en Vilia y, dada su suerte, no podía ser nada bueno.

Neil guió a su caballo hasta el camino y pudo ver el Bosque de Kurlov apareciendo al sur unas millas más adelante.

-Ánimo compañero -susurró a su caballo-. Nos detendremos en el bosque para beber y, con suerte, comer algo. Pero no podrá ser mucho tiempo. Nos esperan en Puerta de las Tormentas.

El caballo relinchó con fuerza y Neil lo azuzó, aprovechando su energía y lanzándose al galope.


Oeste de la provincia de Media Esuarth. 15 de Marmadin del 1509 d.S.

Vilia comenzó siendo una historia de familia y de ladrones. Es en los momentos más duros que tanto unos como otros deben demostrar de qué están hechos realmente.

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Autor: Ricardo García

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Ejércitos en marcha

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Trafalgar cabalgaba al frente de su división cuando se produjo la explosión. Pudo oírla antes de verla, y no fue hasta varios minutos después, cuando hubo controlado su caballo y puesto en orden las columnas de jinetes montados que estaban a su cargo, que pudo detenerse a comprobar la causa.

-Comandante -Sir Lareth logró aproximar su caballo lo suficiente como para hacerse oír por encima del rumor sordo que inundaba ahora los alrededores-. Es Kipavilla. ¡Mirad!

Trafalgar, antes general y ahora degradado a comandante, observó en la dirección que le indicaba su compañero de desventuras y no pudo contener un grito de sorpresa.

La ciudad había desaparecido. Una espesa nube de humo amarillento se alzaba desde las Montañas Áureas cubriendo todo el terreno a su alrededor. Y se expandía.

-No puede ser -murmuró el soldado y, espoleando a su caballo, se lanzó al galope.

-¡Comandante! -gritó tras de él Sir Lareth-. ¡Mensaje, mi señor!

Trafalgar se detuvo y, tras dudar unos segundos, dió la vuelta. Un jinete se acercaba por el flanco sur de la columna de soldados cabalgando en su dirección. Portaba la enseña real. 

-Mensaje para vos, mi comandante -comunicó el joven soldado con la pompa propia de los asuntos oficiales-. Los Reyes Westfalli me piden que le pregunte acerca de la razón por la que ha detenido la marcha. Le instan a continuar.

-¿A continuar? Nos dirigimos a Kipavilla para avituallarnos. ¡Y Kipavilla ya no está!

-Mi comandante, los Reyes solicitan que continuemos varias millas más. Instalaremos campamento en uno de los pueblos del borde este de la provincia. Desean esperar allí la llegada del resto de tropas.

-¡Es una locura! -gritó Trafalgar, dispuesto a darse la vuelta de nuevo y lanzarse al galope. 

Lo detuvo una mano sobre su hombro. El ceño fruncido y los ojos azules, estrictos y apremiantes, de Sir Lareth fueron suficiente para ayudar a comprender al joven comandante las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer.

Trafalgar suspiró, derrotado. Azuzando a su caballo de nuevo hacia el mensajero, anunció:

-Decid a Su Majestad que avanzaremos al este e instalaremos campamento tal y como desea.

El mensajero asintió y, con una rápida reverencia, dió la vuelta a su caballo poniendo rumbo de vuelta al oeste, donde el grueso de las tropas Westfallia marchaba hacia Entanas.

Trafalgar suspiró y volvió a echar una ojeada en dirección a Kipavilla. De entre las densas vaharadas de humo le pareció distinguir algunas figuras que, tambaleantes, se alejaban de aquél lugar condenado.

-Y cuando hayamos instalado el campamento, volveré aquí -murmuró Trafalgar.

Sir Lareth von Arusteihr, debatiéndose entre la lealtad a su amigo y el deber a su bandera, acompañó con la mirada la de su comandante sin añadir nada más.


40 millas al norte de Kipavilla. 15 de Marmadin del 1509 d.S.

La humanidad se prepara para una guerra como la Terra Conocida no ha visto desde hace siglos. Sus líderes marchan con sus hombres, atravesando un terreno que, poco a poco, se va inundando de un caos imprevisto.

Es en momentos así donde los auténticos líderes y sus leyendas se forjan.

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García
Ilustración: Generada por Dall-E 2

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El amanecer en Kipavilla

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De repente el suelo comenzó a temblar.

-¡Bardo! ¿Estás bien? -la voz del viejo dueño de la Taberna “Cuatro Gatos”, del Distrito Central de Kipavilla, se alzó por encima de un murmullo sordo, repentino, que se mezclaba con las voces alteradas de los demás parroquianos.

Bardomero se levantó con dificultad, apoyándose en el alféizar de una de las ventanas:

-Estoy bien, Mathiew. Solo un poco mareado…

Un nuevo temblor, esta vez más intenso, sacudió el edificio. El suelo comenzó a agrietarse con rapidez. Vapores amarillentos comenzaron a manar de las grietas, inundando la amplia sala común de la taberna de un hedor sulfuroso.

-¡Tenemos que salir de aquí! -gritó el bardo mientras se dirigía a la puerta, que abrió de una patada. Como otros que lo siguieron, no pudo evitar toser mientras se internaba en la plaza central del distrito, sus ojos lagrimeando sin parar.

-Estoy aquí, Bardo. -dijo una voz profunda y tranquilizadora mientras unos brazos fuertes y cubiertos de cota de malla lo empujaban hacia la luz del sol. Un sol brillante y amarillo; acogedor, pero inesperadamente extraño. 

-Brade -logró decir Bardomero entre toses-. ¿Qué está pasando?

-No lo sé. Demasiadas cosas. Parece que el mundo se ha vuelto loco. El cielo vuelve a ser azul. La tierra tiembla. Las montañas…

-¡Los “Cuatro Gatos”! -le interrumpió Baldomero-. Ha explotado. Aún queda gente allí.

-Voy a por ellos. Descansa aquí -ordenó el paladín mientras ayudaba a Bardomero a sentarse en las que éste intuyó que serían las escaleras del Gran Templo de Thrain-. Vuelvo enseguida.

Y allí se quedó Bardomero, tosiendo y con dificultades para respirar. Sus ojos ardían mientras se los restregaba una y otra vez, intentando limpiarlos. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Entonces recordó el odre de agua que portaba al cinturón y desanudándolo con dificultad lo volcó contra su rostro, el agua fría aliviando levemente la irritación.

Por fin, el bardo pudo respirar algo más calmado. Su visión seguía estando nublada y la luz del sol brillante de invierno le molestaba, pero pudo identificar varias nubes del mismo humo amarillento saliendo de diversos edificios de los alrededores. El suelo ya no se movía, aunque parecía emitir una vibración sorda justo en el límite de su audición. Gritos de hombres y mujeres se alzaban a su alrededor; algunos de dolor, otros muchos impregnados de pánico.

Una voz intensa y reconfortante, conocida desde hacía muchos años, se alzó entre todas ellas como un bálsamo:

-¡Gentes de Kipavilla! ¡Es importante mantener la calma! Traed a los heridos a los pies de nuestros hermanos. Aquellos que estéis bien, dirigíos hacia las puertas de la ciudad. La guardia os mostrará el camino y Thrain, en su justa misericordia, os acompañará.

Bardomero suspiró. Yollow Staughtorp, el Gran Sacerdote de Thrain, se hacía cargo de la situación. Aquel hombre entrado en años y de aspecto frágil tenía la fuerza de voluntad de un oso. Ya había demostrado en el último mes que Kipavilla podía confiar en él. Todo saldría bien.

Fue entonces cuando las Montañas Áureas explotaron.


Ciudad de Kipavilla. 15 de Marmadarim del 1509 d.S.

El 15 de Marmadarim del año 1509 después de la Separación ha supuesto un antes y un después en Vilia. Ese día, un grupo de aventureros logra volver a Vilia con la Llama de los Elfos: un artefacto que sirve de ancla para la magia de este mundo y que ha pasado el último milenio desaparecido.

Y con su regreso, ningún lugar de Vilia volverá a ser igual.

Esta serie de escenas cortas se desarrollan justo en los primeros días de este suceso y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino.


Autor: Ricardo García

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