Mensajero a Puerta de las Tormentas

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Neil Radler despertó de repente cuando su caballo tropezó con una grieta del camino y estuvo a punto de caer. Sobresaltado y con un creciente dolor de cabeza, el jinete tiró de las riendas para detener a su montura, algo que el animal obedeció agradecido. 

Parches de nieve cubrían la hierba corta y los matojos ralos a su alrededor. Pequeños árboles moteaban el paisaje, aumentando en densidad y altura a medida que las millas de praderas baldías daban paso a las montañas del Yunque de Sior.

Los restos de una destrozada torre de vigía, despojos de la última guerra entre los reinos Entánico y Westfalli, se erguían todavía tercamente sobre una pequeña loma del ondulado terreno mientras los azotaba el viento. 

Neil conocía bien aquél paisaje. Hacía casi un par de décadas que no pasaba por allí, pero no había cambiado en absoluto: esta región baldía del oeste de Media Esuarth no había sido habitada nunca. Ello se debía, por un lado, a la escasez de agua y las temperaturas extremas producto de los vientos cálidos de las Tierras Ralas; y por otro lado a las profundas costumbres supersticiosas de los esuarthianos. Al fin y al cabo, ¿quién querría construir su casa sobre unos campos regados por la sangre de tanta gente?

Agua. Neil se dió cuenta de repente de que estaba sediento. Echó la mano instintivamente a su odre pero volvió a dejarla caer con un gemido: hacía más de un día que estaba vacío.

-No puedo parar ahora. Estoy tan cerca…

Neil azuzó a su caballo, que comenzó a andar en dirección sureste entre relinchos que mucho tenían de queja. El hombre era consciente de que el animal estaba mucho más cansado que él. Sin embargo, también sabía que no tenía más remedio que seguir forzándolo. Debía llegar a Puerta de las Tormentas lo antes posible y encontrar a los dragoon. Encontrar a su hija. Tenía que avisarlos de lo que había sucedido en Westfallas-Nova tras la marcha de Kuthan. Tenían que saber que los Reyes Westfalli…

Por fin Neil atisbó lo que estaba buscando: el camino comercial viraba entre las onduladas praderas, una larga lengua bañada por la luz dorada del sol.

Y entonces se dió cuenta: ¡el cielo había cambiado!

Hasta el día anterior tanto el firmamento como las nubes y el sol habían estado cubiertos de un tono rojizo parecido al de la sangre, un malhadado presagio que había puesto los pelos de punta a toda la Terra Conocida. Así había sido desde mediados de Sureolom, hacía ya dos estaciones. ¿Qué había ocurrido?

-Si no supiera que los Dioses no nos responden, daría las gracias a Eolo por traernos de nuevo el cielo.

Pero su alegría quedó cubierta rápidamente por la preocupación: los acontecimientos estaban ocurriendo demasiado rápido. Algo había cambiado en Vilia y, dada su suerte, no podía ser nada bueno.

Neil guió a su caballo hasta el camino y pudo ver el Bosque de Kurlov apareciendo al sur unas millas más adelante.

-Ánimo compañero -susurró a su caballo-. Nos detendremos en el bosque para beber y, con suerte, comer algo. Pero no podrá ser mucho tiempo. Nos esperan en Puerta de las Tormentas.

El caballo relinchó con fuerza y Neil lo azuzó, aprovechando su energía y lanzándose al galope.


Oeste de la provincia de Media Esuarth. 15 de Marmadin del 1509 d.S.

Vilia comenzó siendo una historia de familia y de ladrones. Es en los momentos más duros que tanto unos como otros deben demostrar de qué están hechos realmente.

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García

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Ejércitos en marcha

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Trafalgar cabalgaba al frente de su división cuando se produjo la explosión. Pudo oírla antes de verla, y no fue hasta varios minutos después, cuando hubo controlado su caballo y puesto en orden las columnas de jinetes montados que estaban a su cargo, que pudo detenerse a comprobar la causa.

-Comandante -Sir Lareth logró aproximar su caballo lo suficiente como para hacerse oír por encima del rumor sordo que inundaba ahora los alrededores-. Es Kipavilla. ¡Mirad!

Trafalgar, antes general y ahora degradado a comandante, observó en la dirección que le indicaba su compañero de desventuras y no pudo contener un grito de sorpresa.

La ciudad había desaparecido. Una espesa nube de humo amarillento se alzaba desde las Montañas Áureas cubriendo todo el terreno a su alrededor. Y se expandía.

-No puede ser -murmuró el soldado y, espoleando a su caballo, se lanzó al galope.

-¡Comandante! -gritó tras de él Sir Lareth-. ¡Mensaje, mi señor!

Trafalgar se detuvo y, tras dudar unos segundos, dió la vuelta. Un jinete se acercaba por el flanco sur de la columna de soldados cabalgando en su dirección. Portaba la enseña real. 

-Mensaje para vos, mi comandante -comunicó el joven soldado con la pompa propia de los asuntos oficiales-. Los Reyes Westfalli me piden que le pregunte acerca de la razón por la que ha detenido la marcha. Le instan a continuar.

-¿A continuar? Nos dirigimos a Kipavilla para avituallarnos. ¡Y Kipavilla ya no está!

-Mi comandante, los Reyes solicitan que continuemos varias millas más. Instalaremos campamento en uno de los pueblos del borde este de la provincia. Desean esperar allí la llegada del resto de tropas.

-¡Es una locura! -gritó Trafalgar, dispuesto a darse la vuelta de nuevo y lanzarse al galope. 

Lo detuvo una mano sobre su hombro. El ceño fruncido y los ojos azules, estrictos y apremiantes, de Sir Lareth fueron suficiente para ayudar a comprender al joven comandante las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer.

Trafalgar suspiró, derrotado. Azuzando a su caballo de nuevo hacia el mensajero, anunció:

-Decid a Su Majestad que avanzaremos al este e instalaremos campamento tal y como desea.

El mensajero asintió y, con una rápida reverencia, dió la vuelta a su caballo poniendo rumbo de vuelta al oeste, donde el grueso de las tropas Westfallia marchaba hacia Entanas.

Trafalgar suspiró y volvió a echar una ojeada en dirección a Kipavilla. De entre las densas vaharadas de humo le pareció distinguir algunas figuras que, tambaleantes, se alejaban de aquél lugar condenado.

-Y cuando hayamos instalado el campamento, volveré aquí -murmuró Trafalgar.

Sir Lareth von Arusteihr, debatiéndose entre la lealtad a su amigo y el deber a su bandera, acompañó con la mirada la de su comandante sin añadir nada más.


40 millas al norte de Kipavilla. 15 de Marmadin del 1509 d.S.

La humanidad se prepara para una guerra como la Terra Conocida no ha visto desde hace siglos. Sus líderes marchan con sus hombres, atravesando un terreno que, poco a poco, se va inundando de un caos imprevisto.

Es en momentos así donde los auténticos líderes y sus leyendas se forjan.

Este relato forma parte de las escenas cortas que se desarrollan justo en los primeros días tras el regreso de la Llama de los Elfos y sirve de contexto para los eventos que se sucederán durante el Capítulo 5: Avatares del Destino. Puedes ver los relatos anteriores a continuación:


Autor: Ricardo García
Ilustración: Generada por Dall-E 2

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