Regreso a Casa: Un faro en la oscuridad

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Lidris nunca había visto a un Caballero del Dragón pero sí había oído hablar de ellos. Jhirea les había contado la aparición del grupo en la selva varias estaciones atrás. Habían causado un gran revuelo, pues habían llegado hasta allí acompañados de un atlante. Si bien en un principio habían sido confundidos con los miembros de una secta que habían manipulado a las gentes de Silith para explorar unas antiguas ruinas ocultas en el este de la selva, los Caballeros del Dragón y sus compañeros habían acabado ayudando a defender a la población local.

No solo eso: también habían entrado en contacto con Nessa, que había decidido abandonar el Poblado del Oso para acompañarlos en sus viajes. 

Lidris se estremeció. No había sabido nada de Nessa desde entonces y aún le pesaba la preocupación. ¿Sabría esta humana algo al respecto?

-¡Tranquila! -se atrevió a decir Lidris mientras se quitaba el anillo de invisibilidad de su dedo-. Estoy aquí. No voy a hacerte daño.

La dragoon fijó sus ojos claros en los suyos mientras descendía, aquella luz dorada pulsante cubriéndola de un calor arcano. Por fin posó los pies sobre el suelo de roca, su estoque todavía listo para el combate.

-No te conozco, pero conozco a tu gente -preguntó la muchacha-. ¿Perteneces al pueblo de la Meseta del Viento? ¿Los protectores de la Llama de los Elfos

-Así es -asintió Lidris y se apresuró a añadir-. Yo no soy una amenaza, pero nos encontramos en un lugar donde el peligro abunda. Estas cavernas se hallan cientos de metros por debajo de las selvas de Silith y el sol nunca las ha tocado. La luz que despides puede verse a kilómetros de aquí. Cualquier criatura que la vea vendrá a investigar. Por favor, detenla antes de que nos encuentren.

Su interlocutora pareció confusa y dedicó unos segundos a observar a su alrededor.

-Tienes razón -concluyó. Un gesto de dolor atravesó su rostro, que la obligó a llevarse la mano a la cabeza. Acto seguido suspiró y pareció relajarse. La luz que la envolvía dejó de brillar. Ambas quedaron envueltas de nuevo por la oscuridad.

-¿Estás bien? -le preguntó Lidris.

-Sí, no es nada… -contestó la muchacha sin dar importancia a la pregunta.

Pero Lidris se había vuelto a colocar los anteojos mágicos y la observaba con preocupación. Su estoque volvía a estar envainado y se pasaba las manos por el rostro y el cabello con fruición, como intentando eliminar una molestia que la acosara.

-Debemos movernos -sentenció la humana-, pero no puedo ver nada. Necesito una antorcha o alguna fuente de luz.

-No es buena idea -contestó Lidris-. Cualquier luz, por pequeña que sea, sería tan brillante como un sol aquí dentro. Dame la mano. Yo te guiaré.

La humana dudó un segundo pero luego asintió.

-Espero que sepas adónde vamos -comentó mientras le ofrecía su mano.

-Tengo claro dónde no debemos estar. Por el momento eso es lo importante.


El paso de los Caballeros del Dragón y de sus compañeros por la Selva de Silith se produjo entre el 12 y el 21 de Visiora (X) del 1508 d.S.

Lidris ha oído bien la historia, ya que Jhirea la presenció casi en su totalidad. La búsqueda de las Piedras del Dragón llevó al grupo hasta Silith, donde se toparon con un grupo de miembros de la Secta de Bahamut con el mismo objetivo. Dirigidos por un humano llamado Bale, éste se presentó como el Elegido por los Espíritus para guiar a las diferentes poblaciones que integran las comunidades de Kata Bésar hacia la prosperidad.

Con su ayuda, había estado explorando unas antiguas ruinas élficas hasta dar con las Piedras Dragoon del Dragón Morado. El grupo de Caballeros del Dragón llegó a tiempo de enfrentarse a él, pero no logró hacerse con el codiciado premio mágico y se vieron obligados a huir ante un enemigo superior en potencial mágico.

Ahora esas piedras continúan en poder de Bale y bajo el control de Bahamut, uno de los líderes atlantes que conspira por establecer el dominio de su gente sobre el resto de la humanidad.

Este relato forma parte del Arco Argumental «Regreso a Casa», del Capítulo V de Vilia: Avatares del Renacer. Puedes encontrar todos los relatos relacionados con este arco a continuación:

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Autor: Ricardo García
Imágenes: Stable Difussion v1.4
Inspiración: Grupo 1 del Capítulo V de Vilia: Avatares del Destino

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Amenazas en la Oscuridad

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Lidris se deslizaba entre las enormes formaciones rocosas de la enorme caverna con agilidad y rapidez. Esquivando cientos de estalagmitas de diversos tamaños, continuó avanzando en dirección norte tal y como lo había estado haciendo durante los últimos tres días. En ese tiempo, y para su sorpresa, había logrado aclimatarse al entorno: se movía entre las columnas de piedra y los afloramientos de roca caliza como si lo hiciese entre árboles y arbustos, era capaz de localizar pequeñas grutas desocupadas y aprovecharlas para descansar y reponer fuerzas tal y como lo habría hecho en la superficie… A esas alturas se veía capaz de permanecer en aquel mundo subterráneo durante semanas y sobrevivir de sus escasas reservas y las ocasionales fuentes de agua que fuera siendo capaz de hallar.

Pero que fuese capaz no significaba en ningún caso que desease hacerlo. Solo pensarlo le erizaba los pelos de la nuca y podía sentir un molesto picor en sus ligeramente puntiagudas orejas. Todo su ser anhelaba volver a sentir la luz del sol, la brisa fresca, el olor de la lluvia y la tierra mojada, y la caricia de las enormes hojas de árboles y arbustos selváticos. En resumen: Lidris deseaba volver a casa.

Y no se encontraba demasiado lejos: tan solo a unos doscientos, quizás trescientos metros bajo su hogar, la Selva de Silith. La misión que la había llevado hasta allí era consistente con el deber que había llevado a cabo durante más de veinte años: proteger la región y a sus habitantes, asegurarse de que los escasos agentes externos que se aventuraban en la zona no infligieran daño a los pueblos autóctonos, acompañar a dichos pueblos hacia una coexistencia pacífica de la forma menos intrusiva posible y, siempre que fuera posible, minimizar las pérdidas y el sufrimiento de sus protegidos. 

Todo ello la había llevado a internarse en el subsuelo en una búsqueda sin un objetivo muy claro. Las cavernas que exploraba desde hacía días estaban conectadas a través de unas extensas grutas con los territorios humanos del Pueblo del Oso. Varios druidas semielfos habían recibido noticias de extraños movimientos en esas grutas: grupos de drow aventurándose hasta la superficie, algunos de ellos esgrimiendo magia. Pero desde que llevaba allí no había visto ni rastro de ellos.

Su pueblo, los semielfos de la Meseta del Viento, era conscientes de que las extensas cavernas que se extendían por toda la región eran refugio de extrañas criaturas y de culturas exóticas y a menudo crueles. A lo largo de los siglos se habían asegurado de que ninguna de dichas culturas colonizase los túneles más cercanos a la Selva de Silith, en ocasiones mediante guerras prolongadas y encubiertas. Sin embargo, nadie en su generación había tenido que enfrentarse contra un drow o un duergar y los pocos que habían sido vistos habían desaparecido sin ocasionar problemas. Que ahora llegasen en grupo resultaba preocupante. Su pueblo no podía permitirse una nueva amenaza en los tiempos que corrían. O, al menos, eso decía Jhirea y otros miembros del Consejo de Druidas. Así que le había tocado a ella aventurarse en las profundidades de la tierra para explorar los alrededores en busca de posibles enemigos y de las razones por las que se estaban congregando allí.

La misión requería sigilo y astucia, por lo que el Consejo había elegido bien. Lidris se había especializado en observar sin ser vista y en enterarse de todos los pormenores de los diferentes pueblos que habitan la Selva de Silith. En alguna ocasión se había permitido hacerse pasar por una humana en Kata Bésar, la capital cosmopolita de la región, y conversar con otros habitantes sin levantar sospechas. La mujer sabía pasar desapercibida, podía colarse en los sitios más inaccesibles y sabía escabullirse de los problemas con facilidad. Su experiencia con las situaciones inusuales la hacían la candidata perfecta para explorar el subsuelo.

Afortunadamente, contaba con ayuda. El Consejo le había proporcionado varios objetos mágicos que le ayudarían a camuflarse en aquél entorno. Unos anteojos le permitían poder ver en la oscuridad como si ésta estuviese iluminada por una antorcha de luz blanca y estática. La falta de colores le impedía captar ciertos detalles de su entorno, aunque Lidris tampoco esperaba notar muchos matices entre las enormes cavernas y grutas por las que había estado colándose. El otro objeto era un anillo que le permitía volverse invisible con una orden mental. La invisibilidad permanecería hasta que se quitase el anillo o hasta realizase un movimiento demasiado violento. Hasta ahora no había tenido que quitárselo y aquellos tres días de invisibilidad le habían resultado muy extraños: no poder ver sus manos mientras intentaba manipular su equipaje o saciaba su apetito era perturbador. Sin embargo, también era consciente de que en aquellos parajes había criaturas que eran capaces de ver en la oscuridad mucho mejor que ella. Prefería no arriesgarse a sufrir percances.

Lidris logró salir del bosque pétreo de estalagmitas y comenzó a ascender por una cornisa alrededor de lo que parecía la falda de una abrupta montaña. Caminó con cuidado a través de la húmeda y resbaladiza piedra durante un rato, teniendo a menudo que saltar para evitar fisuras en el suelo o huecos entre rocas enormes. Por fin, llegó hasta una depresión del terreno que, tras una breve inspección, le pareció que debía ser la cima de la elevación rocosa. Desde allí no podía ver más allá de lo que sus anteojos mágicos le permitían, pero en la distancia pudo discernir varios puntos de luz tenue, producidos casi con toda seguridad por hongos fosforescentes.

Lidris los estudió en detalle, tomando nota de los puntos de referencia y relacionándolos con los que había estado observando durante las últimas tres horas de camino. Tras sentirse segura con su situación y manteniendo un, a aquellas alturas, doloroso silencio, se sentó sobre algunas rocas y tomó una tira de tasajo de su faltriquera.

En ese momento, un destello de luz dorada inundó la caverna. Lidris alzó el brazo para protegerse los ojos. La luz perdió intensidad rápidamente, quedando un breve aura de luz alrededor de un punto a varios kilómetros de su posición. ¿Qué podía haber sido eso? ¿Los drow, quizás, lanzando algún hechizo? 

No parecía probable, ya que los drow despreciaban la luz y, por lo que sabía de ellos, solían ser muy precavidos a la hora de delatar su posición en la oscuridad. La mujer se levantó de su asiento y comenzó a descender con rapidez. Era precisamente este tipo de cosas la que había venido a investigar y, después de tres días, por fin había dado con algo que quizás mereciese ser reportado. Con decisión se dirigió en dirección al punto desde donde el repentino destello se había producido.


La Selva de Silith es un entorno único. Diversas especies y culturas han logrado deshacerse de su orgullo y sus prejuicios lo suficiente como para formar una alianza que, si bien tenue, les ayuda a sobrevivir en un entorno hostil. El pacto se extiende por toda Kata Bésar, una ciudad de madera producto de la amalgama de culturas donde las agresiones y la tenencia de armas están prohibidas que lleva en pie más de cien años.

Los semielfos de la Meseta del Viento no siempre han mostrado interés por la región, manteniendo una relación distante con sus «vecinos» en la que apenas se daban a conocer. Envueltos en el misterio, los encuentros entre los habitantes de Silith y los semielfos habían sido interpretados como apariciones de espíritus.

La atención del Consejo de Druidas y de sus seguidores siempre había estado centrada en la protección de la Llama de los Elfos. Pero cuando la conciencia de la Llama decidió encarnarse en uno de los habitantes de la Selva de Silith hace unos veinte años, la vigilancia tácita de la región se convirtió en un interés e involucración mucho más intensas. Quizás algunos semielfos lleguen a adjudicarse su intervención como la causa de que los pueblos de la Selva de Silith mantengan su acuerdo de paz, pero nunca sabremos si ésta hubiese continuado con la misma fuerza sin ellos.

La historia de Nessa, la Conciencia de la Llama de los Elfos, se inició en el capítulo III de Vilia: Alas de Esperanza, y finalizó con el Capítulo IV: Caminantes de Planos. Puedes leer su conclusión en el mismo relato que introduce este nuevo arco narrativo: La Llama de los Elfos.

Comenzamos así el nuevo Arco Narrativo: Regreso a Vilia. Basado en la campaña de Dungeons and Dragons que llevamos jugando desde hace ya 19 años y que retomamos en Julio de este año.


Autor: Ricardo García
Imágenes: Dall-E 2
Inspiración: Grupo 1 del Capítulo V de Vilia: Avatares del Destino

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