El Ídolo de Cristal, parte I: Comienza el asalto

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– Llegas tarde – ladró Barod.

Lemire simplemente lo miró, cansado. No había tenido un buen día, y juraría que el barril de pólvora con el que cargaba había ido pesando más a cada paso que daba.

– ¿Y qué carajo ha pasado? Estás hecho una mierda. Estábamos a punto de salir a buscarte.

Lemire sonrió.

– Qué quieres que te diga, tu madre no quería dejarme salir de la cama – respondió al undino, satisfecho.

El rostro de Barod se contrajo por la furia, pero antes de que pudiese articular una respuesta una suave voz los interrumpió.

– Lemire, eso no es muy agradable, creo que teníamos todo el derecho del mundo a estar preocupados. ¿Qué tal si te portas como un niño bueno y nos dices qué ha pasado?

Sobresaltado, Lemire miró en la dirección de la que venía la voz. No pudo evitar que una ligera punzada de pánico asomase en su voz.

– ¿Lorna? ¿Te han dado esta misión a tí?

Saliendo de entre las sombras, la mujer le dedicó una sonrisa traviesa mientras jugueteaba con una daga.

– ¿Algún problema con ello?

Los ojos de Lorna, levemente rasgados denotando su ascendencia inkauriana, se clavaron en el ladrón, que se encontró a sí mismo retrocediendo un paso.

– Eh… no. No, claro que no. Sea como sea, deberíais daros prisa. – Lemire tendió el barril de pólvora a Barod, contento de poder quitárselo de encima por fin – La distracción no va a durar demasiado, visto lo visto.

Barod no cogió el barril. Lemire, algo confuso, lo volvió a intentar.

– ¿Qué ha pasado, Lemire? – Insistió Lorna.

Lemire suspiró. Había ensayado esta parte durante el camino, pero habría preferido poder saltarse las explicaciones.

Cran la cagó. Alertó a la guardia, y cuando nos quisimos dar cuenta los teníamos encima. A duras penas logré salvar este barril. Pero eh, ahora tenemos una distracción más efectiva. Y repito, deberíais daros prisa antes de que las cosas se calmen un poco. Ya deberíais estar llegando al distrito gubernamental.

– ¿Así que Cran la cagó, eh? – Barod claramente no se lo creía, pero a Lemire no le importaba especialmente.

– Sep. No tuve más remedio que dejarlos. Arkus es duro, pero no creo que duren mucho, la verdad. En serio, id tirando – dijo, volviendo a intentar darle el barril a Barod.

– Arkus ha sobrevivido a cosas peores – intervino Lorna, llevándose la mano distraídamente a la cicatriz que le recorría la mejilla – Pero sea como sea, tienes razón en que deberíamos ir yendo. No podemos dejar que los de la Mangosta lleguen antes que nosotros a la mansión Rockstead. Seguidme.

– ¿La Mangosta? – dijo Lemire, confuso.

– Sí – respondió Barod mientras echaba a andar -, nos ha llegado un soplo de que planean el mismo golpe que nosotros, y justo esta noche. Por eso las prisas.

Lemire asintió con aire pensativo, pero entonces se dió cuenta de que Lorna y Barod esperaban a que les siguiera. El pánico se adueñó de él.

– Un momento. No pretenderéis que vaya yo. ¡Ese no era el plan!

En un rápido movimiento que Lemire no fue capaz de seguir, Lorna se puso detrás suyo. El ladrón notó la punta de la daga de la mujer haciendo presión contra sus riñones y su voz, gélida y amenazante, en su oído.

– El plan era que llegases hace una hora. El plan era no dejar testigos. El plan ha cambiado. Ahora cierra tu puta boca y sigue mis órdenes, como el buen cachorro que eres.

Tan rápido como se colocó detrás suyo, Lorna volvió a colocarse en cabeza, y sin más siguió caminando.

Lemire tragó saliva, se secó el sudor de la frente y se irguió justo a tiempo de ver como Barod lo miraba con sorna, pero no encontró fuerzas más que para empezar a caminar.

El día no hacía más que mejorar. Estúpido barril de pólvora.


– Esconded a estos dos entre los arbustos, o algo. Preferiría que nadie los encontrase hasta que estemos ya lejos de aquí. – Dijo Lorna mientras se dirigía a una puerta lateral de la mansión Rockstead.

Lemire, muy a su pesar, no pudo menos que admirar la habilidad de la mujer. Los había conducido por un distrito gubernamental en alerta sin encontrar una sola patrulla, y le había dado tiempo a noquear en absoluto silencio a dos guardias en el tiempo en que Barod y él trepaban el muro de la finca.

A Lemire no le sorprendió que ni siquiera se hubiese molestado en matar a los guardias. Según Lorna, el “beso” de sus “niñas”, como se refería a sus dagas, sólo era para aquellos que consideraba dignos, o que la lograban cabrear de verdad.

Claramente estaba loca. Pero era efectiva, y en la banda del Alfa eso te hace llegar lejos.

Una vez Barod y él se encargaron de esconder los cuerpos, Lorna sacó una llave de un bolsillo y, con sumo cuidado, abrió la puerta trasera de la mansión.

Lemire reconoció la llave al momento. Él mismo la había obtenido del mayordomo de la mansión un par de días atrás. Sonrió, recordando momentos más felices, y siguió a sus compañeros al interior.

El trío se movió por la mansión con cuidado, con Lorna y Lemire asegurándose de que no había moros en la costa antes de que Barod, menos sigiloso que ambos, continuase.
Se movieron a través de las cocinas, donde encontraron unas escaleras que llevaban al segundo piso, y a cada paso que daban Lemire tenía que contenerse para no sobrecargarse más saqueando la cubertería de plata. Cada vez odiaba más ser él quien cargaba con el barril.

Una vez en el segundo piso, Lorna fue directa hacia una puerta concreta, pegó el oído sobre la hoja y seguidamente la abrió con una sonrisa de satisfacción. Habían llegado al laboratorio de Andrea Rockstead.

Esta habitación había visto días mejores. El mobiliario había sido repuesto, pero estaba claro por las manchas de las paredes que había habido un incendio reciente. Estaba todo bastante desordenado, pero tras un vistazo rápido Lorna se acercó a una esquina y retiró una manta, dejando a la vista un cofre.

– Premio. Chicos, os toca trabajar. Hagamos esto rápido y salgamos de aquí.

Acto seguido se dirigió hasta la puerta, y sacando un set de herramientas de otro bolsillo (¿cuantos bolsillos tenía esta mujer? Lemire no tenía ni idea) comenzó a jugar con la cerradura, intentando atrancarla.

 

Lemire y Barod se acercaron al cofre, y el primero comenzó a actuar, llenando la cerradura del cofre con pólvora.

– Ten cuidado con esa cosa. Si te cuelas con la cantidad y te cargas lo que haya dentro no creo que los jefes te vayan a dejar librarte con un cachete precisamente – dijo Barod con una mirada furtiva a Lorna.

– Sé lo que hago, tapón. No molestes – respondió Lemire, quien sin embargo empezaba a notar el sudor recorrer su frente.

– Sólo digo – insistió Barod, con una sonrisa – que no sé lo que echa a sus cuchillos, pero yo de tí no lo comprobaría. He visto a gente mearse encima de pura agonía por un simple roce.

– Sé. Lo. Que. Hago – Lemire estaba a un paso de romperle el barril en la cabeza a su compañero, cuando de repente les interrumpió Lorna.

– Silencio. No estamos solos.

Lemire y Barod se callaron. Entonces pudieron oírlo claramente. Golpes. Gritos. Había estallado una pelea en la planta baja de la mansión.

La Mangosta – dijo Barod – ¡Rápido, acaba con esto, tenemos que salir de aquí antes de que nos jodan la operación del todo!

– Apresúrame y volaremos todos.

Lemire empezó a maldecir para sus adentros. De verdad, qué asco de día. No puede ir a peor.

Y entonces el día empeoró.


Autor: David Russo (@Solen_Inthuul)
Ilustradora: Marta Calvo-Rubio Gutiérrez (@Endellion.art)
Callejones de la Perrera, en Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Entanas
Mansión de Andrea Rockstead. Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Entanas
Madrugada del 37 de Ragniar del 1487 d.S.


Abrimos el ciclo El Ídolo de Cristal con el primer relato del asalto a la mansión de Andrea Rockstead. Contamos aquí los avances de la banda del Alfa que, habiendo sido quienes menos probabilidades de éxito habían obtenido durante el ciclo de Estirpes de Ladrones jugados en el FicFest de Mayo de 2018, no fueron interpretados en una partida.

Los hechos contados aquí ponen en contexto los eventos que se contarán en el par de relatos que quedan en este ciclo.

Además en esta publicación contamos con la colaboración de Marta Calvo-Rubio, de Endellion.art. Nos demuestra su habilidad ilustrando una de las escenas más divertidas del relato. Además de ilustradora, Marta es joyera esmaltadora. Lleva a cabo trabajos a medida de todo tipo, en especial si tienen un trasfondo friki. ¡Si tienes un cumpleaños cerca no dudes en echar un vistazo a su catálogo!

¿Quieres colaborar con nosotros? Ponte en contacto con la Iniciativa Vilia en bardomero@vilia.es o en Twitter.

No te pierdas el resto de la historia.

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Estirpes de Ladrones, Parte III: el camino y la llave

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El sonido de una campanilla atrajo la atención de Alek Hruidan de su trabajo. Con una sonrisa confiada dejó el bordado en el que llevaba trabajando toda la mañana y salió del taller hacia el mostrador para atender a su primer cliente del día.

Se detuvo en el umbral, sorprendido al no encontrar a nadie en la pequeña recepción de su sastrería. Confundido, avanzó un par de pasos más. No había tardado mucho en llegar y la campanilla de la puerta todavía continuaba moviéndose. ¿Habría golpeado alguien la puerta por error al pasar?

-¡Buenos días, amable sastre! -dijo de repente una voz más allá del mostrador-. Estoy interesado en sus uniformes. He oido que son de una calidad exquisita.

Alek se inclinó sobre el mostrador y miró hacia abajo con una mueca sorprendida. Un lanan menudo le obsequiaba con una amplia sonrisa. Su imagen angelical quedaba empañada por la ruda camisa con refuerzos de cuero y los diminutos pantalones cortos que dejaban a la vista unas recias y peludas piernas.

El sastre mudó su expresión de sorpresa por una de profundo orgullo:

-Lo lamento -declaró en el tono perentorio que su dilatada carrera de sastre de alta alcurnia le había permitido desarrollar-, pero no trabajamos con tallas… pequeñas.

La sonrisa del lanan se congeló en su rostro.

-Me parece que le he entendido mal… -respondió marcando cada una de las palabras-. ¿Me ha parecido que me estaba llamando… bajito?

El sastre le dedicó una mirada cargada de desprecio antes de responder:

-Me temo que esta sastrería solo trabaja con el mejor de los materiales… y solo para los mejores clientes.

Los puños del lanan se cerraron con fuerza.


-Perfecto. Eric ya ha comenzado la distracción. ¡Vamos! -dijo Jacob a sus dos compañeros.

Con rapidez, el grupo se internó en el pequeño callejón que llevaba a la parte de atrás de la sastrería “Aguja de Plata”. Desde allí podían escuchar la discusión a gritos de su compañero:

-¡Esto es discriminación! Me he criado en Puerta de las Tormentas toda mi vida, y nunca había sido tratado así. ¡No voy a irme de esta tienda hasta ser atendido como debe ser!

-Lo está haciendo muy bien -comentó Conrad-. Casi parece que no esté actuando.

Jacob se detuvo ante una sencilla puerta al fondo del callejón. Tomando sus fieles ganzúas comenzó a inspeccionar la cerradura.

-Vamos, date prisa -lo apremió Conrad, que se mantenía vigilante en caso de que alguien les prestara más atención de la debida.

-Ya está -anunció Jacob y abrió la puerta lentamente.

Un par de mesas con utensilios de costura y numerosas bobinas de hilo se encontraban en uno de los extremos de una alargada sala. El resto estaba repleto de estanterías y cajas de madera de diverso tamaño. De algunos de ellos sobresalían prendas de muchos tipos. Los gritos de Eric podían escucharse con más claridad allí.

-¡Perfecto! Déjame ver qué encuentro -dijo Leah con rapidez y se internó en la estancia.

-¡Ten cuidado! ¡Que no nos vean! -la previno Jacob, pero la mujer se encogió de hombros.

-Dudo que el dependiente nos escuche. Eric lo está haciendo francamente bien.

-¡Exijo poner una reclamación! ¡Lo denunciaré a la guardia! ¡Esto es discriminación por estatura! -anunciaba en ese momento Eric a voz en grito.

Leah no tardó mucho en encontrar sus disfraces.


-Lo has hecho genial, de verdad. Cuando dijiste que ibas a prenderle fuego a la tienda con el sastre dentro me han entrado ganas de salir corriendo -comentaba Conrad en voz baja.

Eric lanzó un gruñido malhumorado y se limitó a encogerse de hombros.

-De acuerdo. ¿Cómo nos hacemos con esa llave, entonces? -preguntaba Leah mientras el grupo se dirigía de nuevo hacia la Escuela de Ingenieros del Distrito Gubernamental.

-Sabemos que la propia Andrea Rockstead guarda las llaves de su mansión -explicó Jacob-. Necesitamos la del cofre en el que guarda lo que sea que haya recibido hace un par de días. Tenemos que encontrarla mientras Andrea está dando clases en la Escuela de Ingenieros. He oído que es el único momento en el que no las lleva encima.

-¿Y dónde las deja entonces? ¿Qué tiene, un despacho para ella sola? -pregunta Leah, incrédula.

-Eso vamos a ver. Poneos los disfraces.


-Así que alumnos de Andrea Rockstead, ¿no es así? -pregunta un viejo profesor al grupo de cuatro estudiantes, uno de ellos de casi un metro de altura, con aire suspicaz-. En estos momentos se encuentra dando clase.

-¿Ahora? -responde Jacob con sorpresa-. Pero habíamos quedado con ella. Íbamos a su despacho en estos momentos.

-Pues todavía quedan dos horas para que Andrea termine su clase. Estar en los pasillos del tercer piso está prohibido, así que tendréis que marcharos.

-No, si en realidad estábamos en clase y hemos salido para ver a Andrea… -mintió descaradamente Jacob.

-Ah, ¿sí? Pues entonces será mejor que volváis a vuestro aula inmediatamente.

-No, si en realidad… -comenzó de nuevo Jacob.

-Está muy enferma -lo interrumpió de repente Eric.

Todos miraron al lanan, que continuó con voz afectada:

-¿No la veis? Se está retorciendo de dolor… Pobre Dorothea, apenas puede mantenerse en pie.

Eric lanzó a Leah una mirada elocuente. Leah se lo quedó mirando, confusa. Eric le dio un codazo y alzó las cejas, y por fin la mujer comprendió.

-¡Ay, mi estómago! -dijo por fin, retorciéndose de dolor.

El profesor se quedó mirando al grupo sin terminar de creérselo.

-Le viene como a oleadas. Y parece muy doloroso. Estábamos buscando la enfermería para poder dejar a Dorothea allí.

-Entiendo… está bien, os acompañaré. La enfermería está en la tercera planta.

Los compañeros se miraron entre ellos y, encogiéndose de hombros, siguieron a su guía por unas empinadas escaleras de mármol.


-Date prisa, Jacob. Los guardias tienen que estar al llegar -dijo Conrad desde la puerta del despacho de Andrea Rockstead.

-Si crees que puedes hacerlo más rápido, ven aquí y lo haces tú -respondió Jacob mientras continuaba forcejeando con el cajón del escritorio.

Cada movimiento que llevaba a cabo con las ganzúas estaba medido después de años de práctica. A ojos de un observador casual podría parecer que no estaba haciendo nada, pero entonces se oyó un click.

-Lo tengo -dijo Jacob, y Eric y Conrad se acercaron a mirar.

Al abrirlo, el grupo descubrió que el cajón contenía tan solo un manojo de llaves, de las que podían contarse veinte. Los tres ladrones se miraron entre ellos.

-¿Y ahora qué? -preguntó Eric.

-Pues no tengo ni idea… ¿nos llevamos el manojo entero? -dijo Jacob, no muy seguro.

-Eso llamaría mucho la atención. Sabrían que han sido robados y no nos daría tiempo de hacer el trabajo esta noche.

-Espera, creo que sé cuál es -interrumpió entonces Conrad, y alargando la mano se hizo con una de las llaves del manojo-. Por el tamaño y la forma que tiene, ésta es la única que puede pertenecer a un cofre.

-¿Estás seguro? -preguntó Jacob.

Conrad se encogió de hombros:

-O eso, o a una caja de música. O bueno… quizás una ventana.

Jacob y Eric se quedaron mirándolo sin decir nada.

-Viene alguien -dijo Jacob de repente-. ¡Rápido, coge la llave!

Los tres ladrones abandonaron el despacho con rapidez.


-Sois unos bastardos -decía Leah-. Después de tener que aguantar al clérigo de Sior que había en la enfermería, vinieron dos guardias a preguntarme por vosotros. ¿Qué les habíais dicho?

-Que había habido una emergencia en la clase de Andrea -contestó Eric, encogiéndose de hombros-. Nos dio el tiempo que necesitábamos.

-Pues no se lo tomaron nada bien. Tardé una hora en convencerlos de que solo éramos compañeros de clase y que no os conocía de nada. Y después tuve que aguantar otras dos horas sentada en un pupitre escuchando a un viejo estirado hablando de la velocidad a la que se mueve el agua, y no sé qué de densidades y… ¡qué horror!

El grupo caminaba por los oscuros pasadizos subterráneos que recorren algunas zonas de Puerta de las Tormentas. Las paredes de mampostería parecían absorber la luz de la antorcha que llevaba Conrad. El único sonido que escuchaba el grupo era el de sus pasos, ligeros y rápidos.

-¿Y no preferirías haberte quedado en la Escuela? Esto tampoco es muy agradable -comentó Eric mientras no dejaba de observar en todas direcciones, inquieto.

-En absoluto. Prefiero perderme aquí abajo que aguantar a esos profesores pedantes. Aquí por lo menos hace fresco -respondió Leah sin dudarlo.

-No nos vamos a perder, éste es el camino -les aseguró Jacob al resto.

En ese momento el largo pasillo dio paso a una enorme sala redonda. La luz de la antorcha apenas podía llegar al fondo, de donde arrancaba destellos a algo brillante incrustado en la pared.

-Esperad que eche un vistazo -anunció Conrad mientras se acercaba cautelosamente.

La pared de mampostería era oscura y mostraba indicios de humedad. En el centro, a media altura, una fina talla había sido engastada a todo lo largo. Estaba hecha de metal, por lo que resplandeció con intensidad a medida que Conrad se acercaba.

-Son letras -dijo Conrad-. Es un mensaje en esuarthiano. Dice: “Cuanto más hay, menos ves. Entrégate a mí para desvelar el camino”.

-¿Un acertijo? ¿En mitad del subterráneo? -preguntó Leah, incrédula-. ¿En serio?

-Pensabas que habías dejado los exámenes en la Escuela de Ingenieros, ¿verdad? -la pinchó Eric sin piedad, tras lo que continuó explicando-. Estos túneles, al igual que la mayoría de las defensas de la ciudad, fueron construidos por el arquitecto Meriad Luque antes de la Primera Gran Guerra. Era todo un cerebrito. Logró ocultar la existencia de estos túneles al Imperio Entánico. Se cree que hay secciones que todavía no se han descubierto.

-Perfecto, un genio loco. Lo que nos faltaba -se lamentó Conrad.

-Pero en la Cofradía ya conocían este camino. Si no, no nos habrían mandado hasta aquí -añadió Jacob.

-No me extrañaría que solo conozcan la entrada por la que hemos venido nosotros, y el hecho de que la mansión de Andrea Rockstead tiene un acceso. Nos toca a nosotros unir los dos puntos.

-¡Esperad! -los interrupió Conrad-. Creo que lo tengo.

Entonces el muchacho dejó caer la antorcha, que en cuestión de segundos se apagó. La sala quedó sumida en la oscuridad.

-¿Por qué haces eso? -increpó Leah, enfadada.

-¡Silencio! -se limitó a responder Conrad.

El grupo se mantuvo callado unos segundos, que les parecieron horas. Un sonido chirriante, parecido al arrastre de piedra sobre piedra, inundó la sala antes de desaparecer.

-¡He acertado! -exclamó Conrad.

Un choque de metal sobre piedra perforó entonces el espeso silencio de la sala, como si se tratara de un pesado paso.

-¿Qué ha sido eso? -preguntó Eric.

Un nuevo golpe metálico resonó en la estancia, seguido de un grito y del golpe seco de un cuerpo al caer.

-¡Conrad! -gritó Jacob-. ¡Nos atacan!

Jacob buscó una ramita yesquera en sus saquillos y encendió otra de las antorchas que portaba. La luz iluminó la estancia lentamente y se reflejó en las piezas de una armadura que se encontraba apilado en el centro. Conrad yacía al otro extremo de la sala con una fea herida en la frente. Parecía haber perdido el conocimiento.

Entonces el conjunto de armadura comenzó a incorporarse. Un leve sonido de metal contra metal parecía emanar de él, como si pequeñas piezas metálicas se moviesen sin cesar en su interior.

-Por la papada de Thrain, ¿qué es eso? -dijo Eric, dando un paso atrás.

-Dímelo tú -contestó Jacob-. Pero sea lo que sea, no tiene buenas intenciones.

La armadura se volvió hacia los tres ladrones como si los viese, el sonido metálico de ruedas y engranajes emanando sin cesar. En su guantelete empuñaba una pesada espada de acero negro. Sin previo aviso echó a correr pesadamente hacia ellos.

-¡Cuidado! -gritó Eric.

Con un salto, el lanan logró esquivar la embestida. Tras dar una voltereta desenfundó una de las dagas que llevaba al cinto y la lanzó con fuerza. El arma se estrelló contra la armadura y rebotó, causándole poco más que una pequeña abolladura.

La armadura continuó su camino y descargó la espada contra Leah, que la esperaba en guardia. Los dos aceros chocaron con un gran estruendo. La mujer pudo contener su carga.

-Es muy fuerte -avisó con los dientes apretados.

Jacob aprovechó el momento para moverse alrededor del enemigo y descargar su arma contra las corvas de la armadura. El golpe no logró hendir el metal, pero fue suficiente para desequilibrar a la figura acorazada y que hincara una rodilla en el suelo.

Leah dio un salto hacia atrás para evitar ser aplastada. Con un potente grito, descargó un golpe lateral contra el hueco del cuello de la armadura. La espada chirrió al colarse entre el peto y el casco, produciendo después un potente chasquido. Numerosas ruedas de metal dentadas cayeron a través del frontal del casco, diseminándose por la habitación.

-¡Buen golpe! -la animó Eric, que desenfundaba otra daga.

Entonces la armadura volvió a ponerse en pie con dificultad. Leah intentó recuperar su espada de entre las láminas de la armadura, sin éxito. Un puño enguantado se estrelló contra su rostro, rompiéndole la nariz y lanzando a Leah al suelo.

El enemigo acorazado se volvió de nuevo a por su siguiente enemigo.

-Rectifico. Esto no pinta bien -dijo Eric, y lanzó una nueva daga que golpeó el peto de la armadura. Algunas ruedas más se desperdigaron por el suelo-. ¡Será mejor que corras!

Pero Jacob no le hizo caso. Esperando al momento en que la armadura andante descargara su espada, el ladrón se lanzó al suelo e intentó clavar su propia arma en una de las botas metálicas. La punta de la espada se dobló al chocar contra el metal y, al recibir el peso de Jacob, se partió en una explosión de esquirlas metálicas.

Jacob intentó rodar para salir del alcance de su enemigo. Sin embargo, la armadura le propinó un puntapié en el estómago que lo hizo caer de espaldas al suelo, sin aliento. Su antorcha cayó al suelo y comenzó a apagarse.

-¡Maldita sea! ¡No puede ser!

Eric se lanzó sobre el enemigo y, empuñando una daga, la clavó tan profundamente como pudo en una de las rendijas que tenía la armadura en la cintura. La criatura apenas pareció notarlo.

Jacob pudo ver la espada alzándose, preparada para caer sobre él. La menguante luz de la antorcha se reflejaba en su oscuro filo donde podía ver su propio rostro, horrorizado. Entonces una saeta atravesó el aire de la estancia y se incrustó profundamente en el hueco frontal del casco de la armadura, atravesándolo. El repiqueteo metálico pareció acelerarse durante un instante. Acto seguido, desapareció por completo.

El mandoble nunca alcanzó a Jacob. La armadura se quedó total y completamente inmóvil, sumida en un profundo silencio.

-Siento no haber podido ayudaros antes -se oyó la voz de Conrad. Con una trémula sonrisa en el rostro, el ladrón continuaba apoyado en la pared. En sus manos sostenía su ballesta, que acababa de disparar-. Espero que no me echárais de menos.


El grupo de ladrones abandonó las oscuras catacumbas de Puerta de las Tormentas. Conrad y Leah se apoyaban sobre Jacob, y Eric los acompañaba portando algunos de los restos del enemigo metálico al que se habían enfrentado.

-No quiero volver ahí abajo. Nunca -decía Leah.

-Pues esta noche mandarán un equipo a través de los túneles hasta la mansión -contestó Jacob-. ¿Te lo vas a perder?

Leah permaneció en silencio mientras se pasaba la mano por el rostro magullado. Sus dedos estaban ensangrentados.

-Al menos hemos cumplido nuestra parte. Las catacumbas están mapeadas. Quien vaya, lo tendrá muy fácil -comentó Conrad.

-¡Por Sior! Nunca digas eso en voz alta -contestó Jacob.


Autor: Ricardo García (@BardoVilia)
Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Entanas
36 de Ragniar del 1487 d.S.


Estirpes de Ladrones fue un conjunto de tres partidas que llevamos a cabo durante el FicFest, el día 5 de Mayo de 2018. Este relato está basado en los hechos de la partida del grupo de Merodeadores que jugamos por la tarde. ¡Muchas gracias a sus los jugadores que participaron en ella!

Primeros Compases, El camino y la llave, y el relato que publicaremos próximamente están basados en los hechos llevado a cabo durante esas partidas, que quedan canon en el mundo de Vilia.

La historia cuenta los preparativos que llevan a cabo dos bandas de ladrones rivales en la ciudad. Los Merodeadores están liderados por la Mangosta, un misterioso líder que poca gente ha visto en persona. Su sutileza sirve de ejemplo para las actividades de todos sus hombres. La banda del Alfa está compuesta por matones y rufianes que se han hecho un hueco en los barrios bajos de la ciudad por la fuerza. Sus métodos son tan brutales como los de su líder, caracterizado por la máscara de cráneo de lobo con que cubre su rostro.

Ambientada inmediatamente después de “Un Misterioso Encargo“, nuestro primer librojuego, se basa en los intentos de hacerse con el paquete que la Mensajera llevó a Andrea Rockstead. Puedes leer la conclusión de “Un Misterioso Encargo” aquí.

No te pierdas el resto de la historia. ¡Y prepárate para participar en la continuación!

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Estirpes de Ladrones, parte I: Primeros Compases

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– Odio este barrio – Jacob murmuraba, escupiendo en el suelo con cierto desprecio.

– Qué me vas a contar, al menos a ti no te miran como si fueses un niño perdido. Parece que nunca hayan visto a un lanan en el distrito noble – dijo Eric irritado, mirando a su alrededor y frunciendo el ceño a todo aquel que le dirigía una mirada de curiosidad – A ver si Conrad se da algo de vida y terminamos el trabajo.

El ambiente en la Escuela de Ingeniería de Puerta de las Tormentas era frenético. Alumnos corrían de una clase a otra cargados con carpetas enormes y un elevado murmullo cubría el ambiente provocando una ligera migraña a los ladrones, que estaban acostumbrados al ambiente más tranquilo de los barrios bajos. Tan fuera de juego estaban, que no se dieron cuenta de que su compañero, Conrad, había vuelto hasta que le escucharon hablar.

– Vale, he tenido una “entrevista” con el orientador del centro, y resulta que los planos de edificios reales se utilizan en los últimos cursos o en exámenes especiales, y están guardados en un archivo en el sótano. Eso sí, sólo se pueden sacar con permiso de uno de los profesores, así que… ¿Cómo hacemos esto?

Los tres se quedaron pensativos un momento, hasta que Jacob dijo:

– Vale, seguidme, creo que tengo un plan. Más o menos.

Intercambiando una mirada de curiosidad entremezclada con duda, Conrad y Eric siguieron a su compañero, que se dirigía a las escaleras que bajaban al sótano.
Tras seguir los carteles indicativos, el grupo llegó a una sala marcada como “Archivo”. Allí encontraron un pequeño recibidor, separado de los archivos físicos por un muro con una apertura que servía como mostrador en la que un archivista de aspecto aburrido garabateaba algo en una libreta. Una puerta cerrada junto al mostrador permitía pasar de una sala a la otra.

En cuanto los ladrones entraron por la puerta, el archivista levantó con desgana la mirada hacia ellos para inmediatamente volver a poner su atención en su libreta.

Jacob guiñó un ojo a sus compañeros y, cogiendo a Eric del brazo, se dirigió hacia el mostrador. El archivista levantó de nuevo la mirada. Con un suspiro de frustración cerró su libreta y forzó una media sonrisa:

– ¿Sí? ¿En qué puedo ayudarles?

– ¡Buenos días, caballero! Magnífica mañana, ¿no es cierto? Verá usted, venía en busca de un plano concreto, y me han dicho que es aquí donde lo encontraría.

Un poco sorprendido por la energía de su interlocutor, el archivista se irguió un poco y respondió:

– Eh… sí, ciertamente, aquí es donde guardamos los planos. ¿Puedo ver el permiso firmado del profesor que se lo ha encargado?

– Ah, pero buen hombre, yo mismo soy quien lo ha encargado, puesto que soy uno de los nuevos profesores de esta magna institución. Hoy es mi primer día, de hecho, y me han encargado que le haga el examen de admisión a este precoz chaval que traigo conmigo. ¡Dicen que es un genio y que sería la persona más joven en ser admitida en la escuela si supera el examen! – Las palabras de Jacob generaron una mirada de intenso odio por parte de Eric, pero éste supo recomponerse antes de que el archivista se diese cuenta – parece ser que con la agitación de los últimos días no han tenido tiempo de añadirme todavía a las listas – Jacob guiñó un ojo -, pero seguro que eso no será un problema, ¿verdad?

El archivista miraba a Jacob con los ojos bastante abiertos. Detrás suyo, Conrad hacía lo que podía para aguantarse la risa. Eric, por su parte, estaba planeando un asesinato.

– Eh… no, lo siento – dijo el archivista tras un minuto de completo silencio – pero me temo que necesito un permiso firmado por alguien que esté en la lista. Registros de entrada y salida y demás. Le recomiendo que busque a algún otro profesor para que se lo firme y…

Las palabras del archivista se vieron interrumpidas por el impacto de una daga clavándose en su mostrador. La sonrisa de Jacob no había desaparecido, pero sus ojos parecían desprender una absoluta ira homicida.

– Creo que no nos hemos entendido. Vamos a sacar esos planos. El futuro de este jovenzuelo está en juego, y no querrías ser responsable de eso, ¿verdad?

La sorpresa inicial del archivista estaba dejando paso a un absoluto terror, y poco fue capaz de hacer más allá de asentir. Los compañeros de Jacob lo estaban mirando con la boca abierta.

– Bien – continuó Jacob – entonces tráeme los planos de la mansión de Andrea Rockstead, si eres tan amable. Y no te preocupes por anotar nada ni decirle nada a nadie sobre esto. Ya me encargaré de informar a los responsables yo mismo. ¿Nos entendemos?

De nuevo, el empleado no pudo hacer más que asentir débilmente. Acto seguido desapareció tras el mostrador, y a los pocos segundos estaba de vuelta con una gran rollo de pergamino.

– Gracias por su ayuda, ha sido muy amable – Jacob cogió el rollo de pergamino y salió de la habitación, seguido por sus atónitos compañeros.

– Bueno, no se si el jefe habría estado muy de acuerdo con estos métodos – dijo Eric una vez fuera del edificio, aparentemente habiendo olvidado su enfado anterior – pero sea como sea ya tenemos los planos. ¿Ahora qué?

– Lo siguiente es conseguirnos un agente en el interior. Probablemente los perros del Alfa intentarán un asalto directo, pero si nosotros conseguimos que nos abran la puerta del sótano podemos entrar y salir en tiempo récord y sin llamar la atención.

Conrad abrió un rollo de pergamino que llevaba consigo.

– Hay unos cuantos posibles objetivos para esto, pero nuestra mejor opción estará esta noche en la taberna “Pan Duro”. Vamos a ello.

Esa noche, el grupo se dirigió a una de las zonas más humildes del distrito residencial, donde se encontraba la mencionada taberna. El ambiente era festivo, y los parroquianos habituales, esuarthianos de pura cepa, llevaban ya unas cuantas copas encima cuando los ladrones llegaron.

Un rápido vistazo les permitió encontrar a su objetivo, un curtido undino ya algo entrado en años pero todavía en buena forma que bebía con algunos de los habituales. Conrad se acercó a él.

– ¿Umar Volgen? Queríamos hablar contigo, tenemos un negocio que proponerte.

El undino se giró hacia él, derramando parte de su bebida, y tras mirarlo de arriba a abajo sacudió la mano para que se fuera.

– ¿Negocios, chico? Estoy en mi rato de descanso, y aquí sólo hablo con quien bebo. Lárgate.

Como respuesta, Conrad se volvió hacia la camarera.

– Señorita, traiga una ronda para mis amigos de esta mesa, a mi cuenta.

Esas palabras provocaron vítores por parte de los camaradas de Umar, que agarraron a Conrad y lo obligaron a sentarse con ellos y acompañarlos en la bebida. Mientras, Eric y Jacob optaron por la discreción y se sentaron en una mesa más apartada, esperando a ver qué salía de esto.

Tres rondas completas después, Umar dio una fuerte palmada en la espalda de Conrad que casi le saca el espinazo de sitio y le pasó el brazo por los hombros, acercándose más a él.

– De acuerdo, chico, no eres mal tío. Tienes mi atención. Vamos a sentarnos con tus amigos y me cuentas de qué va esto.

Con un suspiro de alivio e intentando andar recto, Conrad se dirigió hacia la mesa en que estaban sus compañeros y empezaron a negociar. El plan: Umar era jardinero en la mansión de Andrea Rockstead, lo que le permitía cierto acceso a la mansión. A cambio de una interesante compensación económica, lo único que tenía que hacer el undino era dejar una puerta concreta del sótano abierta para que el grupo pudiese entrar. Sería un visto y no visto, y no habría nada que les relacionase.

– Suena interesante, la verdad, y no tengo ningún aprecio por Rockstead – dijo Umar – pero tenéis que comprender que es un buen sueldo y tengo familia que mantener. No lo haré por menos de 50 dragones de oro – una sonrisa se dibujó en la cara del undino – y un pequeño extra.

Eric suspiró.

– Siempre hay un extra. ¿De qué se trata?

– En la sala de exposiciones de la mansión hay una armadura, una coraza ornamental con grabado rúnicos. La quiero. Dadme vuestra palabra de que la traeréis y tenemos un trato.

Los ladrones se miraron. Transportar una armadura iba a dificultar bastante la operación, pero no era un mal trato, y quizás podían aprovechar el ir a la sala de exposiciones para hacerse con algún extra para ellos mismos. Conrad se encogió de hombros.

– Trato hecho – y estrechó la mano del jardinero.

– Perfecto, chicos, perfecto, ¡esto hay que celebrarlo! ¡Chica, trae tres rondas completas para esta mesa! ¡Pagan mis nuevos amigos!

Iba a ser una noche muy larga… y no iba a ser precisamente la última. Pero la banda de la Mangosta saldría triunfante. Como siempre.

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Autor: David Russo
Escuela de Ingenieros, Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas.
Taberna “Pan Duro”, Distrito Residencial de Puerta de las Tormentas.
Media Esuarth, Reino de Entanas.
35 de Ragniar del 1487 d.S.


Estirpes de Ladrones fue un conjunto de tres partidas que llevamos a cabo durante el FicFest, el día 5 de Mayo de 2018. Este relato está basado en los hechos llevado a cabo durante esa partida, que quedan canon en el mundo de Vilia.

Ambientada inmediatamente después de “Un Misterioso Encargo“, nuestro primer librojuego, se basa en los intentos de hacerse con el paquete que la Mensajera llevó a Andrea Rockstead. Puedes leer la conclusión de “Un Misterioso Encargo” aquí.

No te pierdas el resto de la historia. ¡Y prepárate para participar en la continuación!

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