Estirpes de Ladrones, parte IV: Avivando la llama

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Obtenida de CDL Stone Ltd, UK

El sonido del metal golpeando la piedra era todo lo que podía oírse en la Cantería “Los Hermanos Grimm”, en el Distrito Gremial de Puerta de las Tormentas. Un día tranquilo como cualquier otro, que se interrumpió cuando la puerta principal se abrió de repente dejando ver tres ominosas sombras recortadas contra la luz del mediodía.

Doros interrumpió sus anotaciones en los libros de cuentas y alzó la mirada, alarmado ante la inesperada visita. Pocos clientes se dignaban a presentarse en la cantería durante las horas de trabajo, temerosos de que el polvo de piedra no pudiera quitarse de sus telas.

Doros no reconoció a los recién llegados, pero supo al instante que sus intenciones no dejaban lugar a dudas: traían problemas. Y el undino no estaba de humor para problemas. Con paso rápido abandonó el mostrador mientras su mano acariciaba un enorme mazo metálico.

-¿Qué queréis? -preguntó con brusquedad.

Con una sonrisa de suficiencia, uno de los recién llegados dio un paso adelante:

-Saludos, amable artesano. Estamos interesados en construir una hermosa estatua. ¿Podríais ayudarnos?

Doros dedicó una penetrante mirada al sonriente joven. Fuera lo que fuese lo que buscaba aquel grupo, no era una estatua. El enorme mastodonte de brazos como troncos de árbol y el petimetre espigado de mirada fría que acompañaban a aquel botarate parecían poco más que matones a sueldo. Sus armas estaban demasiado a mano para su gusto.

-¿Qué estáis buscando exactamente?

-Bueno, eso dependerá del tipo y tamaño del material que tengáis -contestó el risueño joven separándose de sus compañeros en dirección a la puerta trasera de la oficina que llevaba al taller-. ¿Podríais enseñárnoslas?

Doros gruñó antes de dirigirse hacia la puerta. El gigantón lo siguió en silencio mientras su risueño compañero abría la puerta del taller. Iba a cruzar el umbral cuando se fijó en que el tercero de los recién llegados, el hombre delgado de ojos crueles, se dirigía hacia un pequeño almacén que había al otro lado de la pequeña recepción donde se encontraban.

-¡Eh, tú! -exclamó el undino, deteniéndose-. Ahí es donde almacenamos las herramientas y la pólvora. ¡Aléjate de ahí, es peligroso!

El aludido se detuvo mientras abría la puerta y dejó escapar un leve suspiro:

-Te lo dije, Lemire. La sutileza no nos iba a servir de nada -dijo encogiéndose de hombros.

-Pero qué… -comenzó a decir Doros, echando la mano a su martillo.

Un golpe brutal en la parte lateral del cráneo lo interrumpió, levantándolo por los aires y lanzándolo contra la pared. El cuerpo del undino se deslizó hasta el suelo dejando tras de sí una enorme mancha oscura. No volvió a moverse.

-Guau… -dijo Lemire, que había visto el enorme hacha a dos manos de su compañero mucho más de cerca de lo que le hubiera gustado.

Coge la pólvora -dijo entonces Arkus.

Su voz profunda no admitía réplicas y los tres matones se dirigieron hacia el pequeño almacén. No tardaron en hacerse con dos barriletes repletos de pólvora.

-Es mejor que tengamos cuidado con esto. Yo los llevaré -se ofreció Lemire.

Un grito de dolor y desesperación se alzó entonces a su espalda.

-¡Doros! ¡Hermano! ¿Qué te han hecho?

Un hombre joven de músculos abultados y cubierto de sudor se había arrodillado junto al cuerpo destrozado del undino. Hacía grandes esfuerzos para despertarlo, pero era en vano. Doros ya no estaba allí.

-Qué escena tan enternecedora -comentó Cran con una leve sonrisa en los labios.

-Vámonos -se limitó a decir Arkus, y el grupo se encaminó hacia la puerta.

-¡Vosotros! ¡Asesinos! -gritó el joven cantero con el martillo de su difunto hermano entre sus manos-. ¡No saldréis de aquí con vida!

Arkus se detuvo y se volvió lentamente. El muchacho, aunque grande, apenas lograba llegarle a la altura de la barbilla. Al darse cuenta de ello, se detuvo dubitativo.

Cran se colocó a su lado, una daga lista en su mano.

-¿Qué deberíamos hacer con él? -preguntó mientras lanzaba la daga al aire y volvía a cogerla con aire distraído.

No habrá testigos -se limitó a contestar Arkus.


Cuando el grupo abandonó la Cantería “los Hermanos Grimm” se hizo el silencio en la pequeña plaza de tierra batida que había ante el edificio. Una veintena de personas, alertados por los gritos de la lucha, se había congregado alrededor del edificio. Asustados y confusos, observaban ahora a los matones.

-Así que sin testigos, ¿eh? -murmuró Cran a sus compañeros.

Lemire sonrió. Dando un par de pasos al frente, el confiado ladrón alzó los brazos.

-No se preocupen, señores. -declaró con firmeza-. Somos miembros de la Guardia de la ciudad. Acabamos de cazar a una pareja de ladrones que estaban asaltando esta… -se detuvo y echó un vistazo al cartel de la puerta del edificio-, cantería. Los Hermanos Grimm. Exacto.

Varios murmullos comenzaron a alzarse entre los presentes, algunos más tranquilos. Otros, preocupados.

-Les pedimos que no accedan a este edificio por el momento. Pronto vendrán algunos compañeros para registrar el local -su tono de voz se hizo amenazante-. Quien ignore nuestro aviso será acusado de obstrucción a la justicia.

Acto seguido echó a andar con decisión y atravesó la plaza sin dedicar una sola mirada más a los vecinos allí congregados. Muchos asintieron y comenzaron a marcharse. Otros, más morbosos, permanecieron en los alrededores pendientes de la llegada del resto de la guardia. Al ver que ninguno de ellos detenía a Lemire, Arkus y Cran lo siguieron en silencio.

El grupo desapareció entre las calles. Pocos dieron mucha importancia a lo que acababa de ocurrir. Al menos, no hasta que se descubrieron los cuerpos asesinados de los Hermanos Grimm.


Caía la noche cuando los tres matones, guiados por Lemire, llegaron al Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas. Intentando pasar desapercibidos, comenzaron a merodear por las calles secundarias del distrito en busca del lugar perfecto, la forma perfecta de cumplir su último objetivo.

-Este barrio es muy aburrido -comentó Cran-. Hay guardias por todos lados. Vamos a tener poco margen de maniobra.

-Eso ya lo sabíamos -respondió Lemire con su esquiva sonrisa presente en sus labios-. Si fuera fácil, ya lo habrían hecho otros.

-Lo dudo -respondió Cran-. No hay muchos miembros de la banda que se atrevan a venir hasta aquí. Por el Yunque, si no hay ni dónde esconderse.

-Bueno, en tu caso no me extraña que digas eso. Para poder esconderse hay que saber hacerlo.

-¿Otra vez haciéndote el gallito? No te enteras, Lemire. No eres tan silencioso como crees.

-Pues todavía no me han pillado.

-¿Quién sabe? Quizás hoy sea el día -contestó Cran con una sonrisa maliciosa.

-No, si jugamos bien nuestras cartas. Solo tenemos que encontrar algo que vaya a distraer a los guardias esta noche mientras la banda entra en la mansión de Andrea Rockstead. No debería ser tan difícil.

-No sé qué es lo que entiendes tú por distracción -comentó Cran-, pero yo lo veo sencillo. Todo se reduce a: ¿qué va a arder mejor?

Lemire lanzó una sonora carcajada y se detuvo de repente. Con gesto grandilocuente señaló el pequeño pero suntuoso edificio que tenía frente a él:

-¿Y qué tal éste?

Un enorme cartel escrito con letras estilizadas y redondeadas rezaba: “Sastrería Aguja de Plata”.

-La tela arde bien -concluyó Cran y se acercó a la puerta principal, probando el picaporte-. Vaya, está cerrado. Creo que te toca a ti, Lemire.

Arkus, que acompañaba a la pareja, lanzó un gruñido molesto pero no añadió nada más. El bárbaro era inteligente y brutal, pero de pocas palabras.

-No te preocupes, Arkus. No tardaré nada.

Tomando sus ganzúas de unos saquillos, Lemire se arrodilló ante la puerta y la examinó con detenimiento. Eligiendo una de las varillas finas y alargadas, comenzó a explorar la cerradura con delicadeza, casi con cariño.

Unos pasos y el sonido del metal contra el metal los sorprendió de repente. Una patrulla de cuatro miembros de la salvaguarda, el cuerpo de guardia de élite del Distrito Gubernamental, giró la esquina para encontrarse frente a frente a los ladrones.

Ambos grupos se miraron sorprendidos. Nadie se movió durante un par de segundos, tras los cuáles las manos se dirigieron con rapidez a las empuñaduras de las armas.

-¡Alto! -ordenó uno de los soldados, probablemente el capitán-. ¡Alto en nombre de Sior!

Lemire hizo desaparecer las ganzúas con disimulo y se incorporó con detenimiento. Adelantándose se enfrentó a las guardias.

-Tranquilos, caballeros -dijo-. No tienen nada que temer. Mis socios y yo hemos tenido un pequeño problema. Me temo que nos hemos dejado las llaves de nuestra tienda en el interior, y no somos capaces de entrar a por ellas. ¿Podrían ayudarnos?

El capitán de la guardia miró al ladrón con sorpresa. Había pasado por aquella sastrería un millón de veces y, aunque no conocía a los propietarios, dudaba de que aquellos hombres con pinta de matones lo fueran.

-Me temo que no podemos ayudarles aquí. Tendrán que acompañarnos a la guarnición para poder identificarles.

Los tres ladrones se miraron entre sí. Lemire parecía confuso y Cran estaba preocupado. Quizás todavía podrían salir corriendo…

-No -dijo sencillamente Arkus y lanzó su enorme cuerpo contra los guardias, pillándolos por sorpresa.

La brutal embestida del bárbaro logró lanzar a tres enemigos al suelo. El cuarto dio un par de pasos atrás e intentó usar su silbato para dar la alarma. Una flecha atravesó su muñeca y el guardia, mirando su mano ensangrentada con incredulidad, lanzó un grito de dolor y dejó caer el silbato.

-¡Corred! -gruñó Arkus, que desenfundaba su hacha en aquel momento.

Sus compañeros no necesitaban el aviso.


Los tres ladrones se mantenían ocultos entre un grupo de árboles y arbustos en uno de los parques del Distrito Gubernamental. Había caído la noche, pero las calles estaban bien iluminadas por antorchas y faroles en continuo movimiento. Desde donde estaba, Lemire podía ver cómo dos grupos de guardias se detenían a unos treinta metros de su posición.

-Parece que hemos sido nosotros los que hemos acabado convirtiéndonos en la distracción -susurró el ladrón en voz baja.

Sus compañeros se mantuvieron en silencio. Cran vigilaba el otro lado del parque mientras Arkus se vendaba algunas heridas que le habían infligido las espadas de los guardias. A lo lejos, las dos patrullas terminaron de discutir y continuaron por fin su camino.

-No podemos quedarnos aquí -dijo Cran-. Están cerrando el cerco sobre nosotros.

Arkus asintió y señaló a Lemire:

La pólvora. Tienes que entregarla.

-Es cierto, el asalto no podrá empezar sin ella -añadió Cran.

Lemire asintió:

-Creo que puedo pasar desapercibido y volver a la Perrera. ¿Pero qué hay de vosotros?

Arkus gruñó y se alzó, su enorme hacha entre las manos. Cran se encogió de hombros.

-Supongo que tenemos que continuar con la distracción. No quedan muchas horas hasta que amanezca.

-¡Estáis locos!

Arkus volvió a gruñir y negó con la cabeza.

-¿Prefieres decirle al Alfa que hemos fallado?

Lemire tragó saliva, pálido de repente, y asintió.

-Que Adaira os traiga suerte, compañeros. Si os vuelvo a ver, sabed que os debo una botella de vino a cada uno.

-Que sean dos -respondió Cran, sonriendo.


Lemire abandonó el parque justo cuando comenzaron a alzarse los gritos de alarma de la Salvaguarda. Envuelto en el manto de la noche, se escabulló entre las hermosas mansiones en dirección a los Barrios Bajos.

Durante el camino pensaba en las botellas de vino que había prometido comprar. Las compraría, aunque sabía que lo más probable era que acabara tomándoselas él solo, en honor de sus compañeros.


Autor: Ricardo García (@BardoVilia)
Cantería “Hermanos Grimm”, Distrito Gremial de Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Entanas
Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Entanas
36 de Ragniar del 1487 d.S.


Con este relato concluímos el ciclo de relatos de Estirpes de Ladrones y nos lanzamos de lleno hacia el siguiente: El Ídolo de Cristal, que narra el asalto a la mansión de Andrea Rockstead.

Estirpes de Ladrones fue un conjunto de tres partidas que llevamos a cabo durante el FicFest, el día 5 de Mayo de 2018. Este relato está basado en los hechos de la partida del grupo de Merodeadores que jugamos por la tarde. ¡Muchas gracias a sus los jugadores que participaron en ella!

Primeros Compases, El camino y la llave, y Avivando la Llama están basados en los hechos llevado a cabo durante esas partidas, que quedan canon en el mundo de Vilia.

La historia cuenta los preparativos que llevan a cabo dos bandas de ladrones rivales en la ciudad. Los Merodeadores están liderados por la Mangosta, un misterioso líder que poca gente ha visto en persona. Su sutileza sirve de ejemplo para las actividades de todos sus hombres. La banda del Alfa está compuesta por matones y rufianes que se han hecho un hueco en los barrios bajos de la ciudad por la fuerza. Sus métodos son tan brutales como los de su líder, caracterizado por la máscara de cráneo de lobo con que cubre su rostro.

Ambientada inmediatamente después de “Un Misterioso Encargo“, nuestro primer librojuego, se basa en los intentos de hacerse con el paquete que la Mensajera llevó a Andrea Rockstead. Puedes leer la conclusión de “Un Misterioso Encargo” aquí.

No te pierdas el resto de la historia. ¡Y prepárate para participar en la continuación!

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

En la escena del crímen

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Kurt Highes, sargento de la Guardia de Puerta de las Tormentas, se agachó para inspeccionar los cuatro cuerpos carbonizados. Por la forma en la que estaban dispuestos, habían salido despedidos desde el centro de la habitación. La explosión se produjo allí, y debió de ser tremenda. Poco quedaba de sus rostros para ayudar en la identificación.

-¿Ninguno de ellos pertenecía al servicio de la mansión? -increpó Kurt a uno de los hombres de armas al servicio de Andrea Rockstead.

El mercenario, que tenía más aspecto de matón que de soldado, se encogió de hombros.

-Yo no los he visto nunca. Y hay pocos sirvientes en esta mansión, además de nosotros.

Kurt levantó la vista a su interlocutor.

-Las Flechas Rojas, ¿no es así?

-Así es. El mejor cuerpo de seguridad de toda Media Esuarth -asintió el mercenario con claro orgullo.

Kurt continuó examinando la escena sin añadir nada más. Los pedazos de cristal se mezclaban con los tablones rotos de lo que habían sido las mesas y muebles. Todo estaba cubierto de numerosas manchas de diversos colores oscurecidos por el fuego. El olor era espantoso.

Entonces se detuvo. Un amasijo de pieles calcinadas cubría una de las mesas que todavía se sostenía en pie. Parecían haber sido puestas allí con delicadeza, como si alguien hubiera tenido extremo cuidado con lo que sea que habían envuelto.

-Entiendo que esto forma parte de lo que había traído la mensajera herida -comentó dirigiéndose de nuevo al mercenario.

-Sí, eran buenas pieles. La explosión no logró quemarlas.

-Ni tampoco lo que contenían, entiendo…

El hombre de armas no contestó, encogiéndose de hombros. Kurt ya se había encontrado muchos puntos grises en este caso. Muchos de ellos le recordaban a operaciones del mercado negro: una mensajera que llega con las últimas horas del día, un grupo de ladrones dentro de la mansión, nadie sabe qué se estaban disputando… Cualquier guardia estaría interrogando a todos los habitantes de la mansión en busca de contradicciones en sus historias.

Pero la mansión pertenecía a Andrea Rockstead, Ingeniera Jefe y Miembro del Consejo de Media Esuarth. La estudiosa no se había mostrado excesivamente preocupada por los acontecimientos, y Kurt quería mantener su puesto en la guardia.

¿Qué hay de la mensajera? ¿Cómo evoluciona? -preguntó mientras recogía aleatoriamente algunos de los restos de la explosión. “Evidencias”, le habían pedido.

-Los sacerdotes dicen que se recuperará, pero que la explosión le dejará secuelas. Todavía está inconsciente.

-Sobrevivir a una explosión así es más de lo que cualquiera de nosotros podría pedir. Liveta debe tenerla en gran estima.

Ambos abandonaron la habitación y atravesaron el rellano alfombrado hasta las escaleras que llevaban al primer piso. Los recibió una sonora y característica carcajada femenina que Kurt reconoció al instante. También reconoció otra voz profunda y rota por los años de abuso del tabaco. Kurt no pudo evitar maldecir en voz baja, lo que provocó una mirada divertida por parte de su acompañante. Sin detenerse a añadir nada más, Kurt se acercó hasta la pareja y se cuadró en un saludo marcial.

Johann Bolton, Comandante de la Guardia de Puerta de las Tormentas, asintió con aire cansado e indicó a su subalterno que podía relajarse. Ante él, Andrea Rockstead continuaba con su animada diatriba, narrando su versión de los hechos.

-Tuvimos muy mala suerte -hablaba con rapidez, casi con nerviosismo, como si intentase que sus palabras fuesen a la misma velocidad a la que iban sus pensamientos-. Había pasado todo el día intentando refinar una sustancia altamente volátil para aumentar la temperatura a la que se llevaba a cabo la reacción explosiva. Llevaba toda la tarde trabajando en mi laboratorio, pero la mensajera llegó justo cuando estaba tomándome un refrigerio. Muy necesario, por otro lado, porque apenas había comido en todo el día con la emoción de los avances que había ido logrando.

>>Ni siquiera me dio tiempo de verla. Estaba a punto de salir de las cocinas cuando el laboratorio explotó. Todos nos tiramos al suelo, por miedo a que algo nos golpeara. Yo me metí debajo de la mesa. Fue una buena decisión: las ollas cayeron causando un gran estrépito, y…

-La mensajera, Andrea -lo interrumpió Johann, intentando guiar el relato.

-Sí, y subí hasta el laboratorio para ver qué había pasado. Allí encontré los cinco cadáveres y el cuerpo, todavía con vida, de la chica. Por supuesto, llamé a los sacerdotes de Sior inmediatamente. Parece que han podido atenderla a tiempo.

-¿Habéis dicho cinco cuerpos? -interrumpió Kurt esta vez, sorprendido. Andrea asintió, pero antes de poder añadir nada más Kurt se dirigió a su superior-: Tan solo hay cuatro cuerpos en el laboratorio, señor. Es posible que uno de ellos haya logrado huir.

-No me había fijado -añadió Andrea, sorprendida-. ¿Había un hombre pequeño, delgado y con cara de rata entre los muertos?

-Queda poco que permita distinguirlos, pero creo que ninguno de los cuerpos que hay allí es así.

Un corto y meditabundo silencio siguió las palabras de Kurt.

-¿Qué hay del mensaje que iban a entregarte, Andrea? ¿Has podido recibirlo? -preguntó Johann.

-No, aún no he podido hablar con la mensajera. No sé qué traería -contestó Andrea. Parecía que empezaba a cansarse del interrogatorio.

Kurt recordó entonces los restos de pieles que había visto en el laboratorio. Parecían haber envuelto algo importante, y habían sido tratadas con sumo cuidado. El sargento tragó saliva. Sin dejar de observar la aparentemente honesta sonrisa de Andrea, decidió guardarse sus pensamientos.

-¿Qué sabemos de la mensajera, entonces? -volvió a intentarlo Johann.

Kurt asintió y respondió con rapidez:

-Sólo sabemos que llegó a la ciudad ayer a última hora, pero no sabemos desde dónde. La vieron por primera vez en el mercado, preguntando por un guía que lo pudiese llevar hasta la mansión. No se detuvo a descansar. Hay rumores de que la vieron también en dirección a los Barrios Bajos, pero si es así no se detuvo mucho tiempo.

-Llegó aquí después del atardecer, si os sirve -añadió Andrea-, y ahora, si no tenéis más preguntas, debo volver a mis experimentos.

-¿Tus experimentos? El laboratorio está destrozado.

Andrea se encogió de hombros.

-Ya he pedido que me traigan muebles, herramientas e ingredientes para continuar por donde iba. Hoy me traerán la mayor parte y todo debe quedar perfecto. Será necesario que supervise la instalación.

Johann Bolton asintió y suspiró.

-Me parece que ya hemos acabado aquí Highes. Volvemos a la casa de guardia.

El sargento se cuadró y se marchó para cumplir la orden.

——-

-Así que Andrea recibió su paquete -una seductora voz de mujer escapaba bajo los pliegues de una amplia capucha de color gris.

El guardia asintió, incómodo. Se esforzó en cubrirse con su capa, intentando pasar desapercibido al grupo de guardias que salía en aquellos instantes de la mansión de Andrea Rockstead. Entre ellos pudo identificar al Comandante de la Guardia. Un sudor frío recorrió su espalda.

-Debo irme -anunció, pero una sonrisa gélida de labios llenos y dulces lo detuvo.

-Has hecho un buen trabajo -dijo la mujer, y le tendió una pequeña bolsa en la que tintineaban un buen puñado de monedas-. Seguiremos en contacto.

El guardia anónimo tomó la bolsa y asintió. Acto seguido echó a correr con la intención de interceptar al grupo donde se suponía que debía estar esperándolo. Una ambiciosa mirada de ojos claros lo acompañó a lo largo del camino.

——-

Autor: Ricardo García
Mansión de Andrea Rockstead. Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Reino de Entanas.
35 de Ragniar del 1487 d.S.


En este relato presentamos las conclusiones y la siguiente escena a los acontecimientos ocurridos durante el librojuego “Un Misterioso Encargo”, que presentamos en el fin de semana de del 4, 5 y 6 de Mayo de 2018 en el FicFest de Sevilla.

“Un Misterioso Encargo” sigue las aventuras de esta misteriosa mensajera en su viaje hasta Puerta de las Tormentas para entregar un misterioso paquete a la Ingeniera Jefe de la ciudad. A través de las decisiones del jugador, la historia podía tener un final u otro.

Las conclusiones presentadas en este relato son el producto de las decisiones de las 89 personas que terminaron la aventura durante ese fin de semana. Son esas acciones las que quedan establecidas en la historia de Puerta de las Tormentas, y en las que se basarán las siguientes historias que van a ir surgiendo.

Este relato sirve de preludio a la historia narrada en “Estirpes de Ladrones”, las partidas que organizamos también durante el FicFest. Pronto publicaremos también los hechos ocurridos en esas partidas.

Todas estas historias quedan enmarcadas en un arco argumental que hemos llamado “Ídolos de la Tormenta”, y que continuaremos avanzando en los eventos y en los librojuegos que iremos anunciando próximamente.

¿No has podido jugar a “Un Misterioso Encargo”? ¿No lo has podido explorar por completo? ¡Todavía estás a tiempo! Échale un vistazo. ¡Es gratis!

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page