El Ídolo de Cristal, parte I: Comienza el asalto

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– Llegas tarde – ladró Barod.

Lemire simplemente lo miró, cansado. No había tenido un buen día, y juraría que el barril de pólvora con el que cargaba había ido pesando más a cada paso que daba.

– ¿Y qué carajo ha pasado? Estás hecho una mierda. Estábamos a punto de salir a buscarte.

Lemire sonrió.

– Qué quieres que te diga, tu madre no quería dejarme salir de la cama – respondió al undino, satisfecho.

El rostro de Barod se contrajo por la furia, pero antes de que pudiese articular una respuesta una suave voz los interrumpió.

– Lemire, eso no es muy agradable, creo que teníamos todo el derecho del mundo a estar preocupados. ¿Qué tal si te portas como un niño bueno y nos dices qué ha pasado?

Sobresaltado, Lemire miró en la dirección de la que venía la voz. No pudo evitar que una ligera punzada de pánico asomase en su voz.

– ¿Lorna? ¿Te han dado esta misión a tí?

Saliendo de entre las sombras, la mujer le dedicó una sonrisa traviesa mientras jugueteaba con una daga.

– ¿Algún problema con ello?

Los ojos de Lorna, levemente rasgados denotando su ascendencia inkauriana, se clavaron en el ladrón, que se encontró a sí mismo retrocediendo un paso.

– Eh… no. No, claro que no. Sea como sea, deberíais daros prisa. – Lemire tendió el barril de pólvora a Barod, contento de poder quitárselo de encima por fin – La distracción no va a durar demasiado, visto lo visto.

Barod no cogió el barril. Lemire, algo confuso, lo volvió a intentar.

– ¿Qué ha pasado, Lemire? – Insistió Lorna.

Lemire suspiró. Había ensayado esta parte durante el camino, pero habría preferido poder saltarse las explicaciones.

Cran la cagó. Alertó a la guardia, y cuando nos quisimos dar cuenta los teníamos encima. A duras penas logré salvar este barril. Pero eh, ahora tenemos una distracción más efectiva. Y repito, deberíais daros prisa antes de que las cosas se calmen un poco. Ya deberíais estar llegando al distrito gubernamental.

– ¿Así que Cran la cagó, eh? – Barod claramente no se lo creía, pero a Lemire no le importaba especialmente.

– Sep. No tuve más remedio que dejarlos. Arkus es duro, pero no creo que duren mucho, la verdad. En serio, id tirando – dijo, volviendo a intentar darle el barril a Barod.

– Arkus ha sobrevivido a cosas peores – intervino Lorna, llevándose la mano distraídamente a la cicatriz que le recorría la mejilla – Pero sea como sea, tienes razón en que deberíamos ir yendo. No podemos dejar que los de la Mangosta lleguen antes que nosotros a la mansión Rockstead. Seguidme.

– ¿La Mangosta? – dijo Lemire, confuso.

– Sí – respondió Barod mientras echaba a andar -, nos ha llegado un soplo de que planean el mismo golpe que nosotros, y justo esta noche. Por eso las prisas.

Lemire asintió con aire pensativo, pero entonces se dió cuenta de que Lorna y Barod esperaban a que les siguiera. El pánico se adueñó de él.

– Un momento. No pretenderéis que vaya yo. ¡Ese no era el plan!

En un rápido movimiento que Lemire no fue capaz de seguir, Lorna se puso detrás suyo. El ladrón notó la punta de la daga de la mujer haciendo presión contra sus riñones y su voz, gélida y amenazante, en su oído.

– El plan era que llegases hace una hora. El plan era no dejar testigos. El plan ha cambiado. Ahora cierra tu puta boca y sigue mis órdenes, como el buen cachorro que eres.

Tan rápido como se colocó detrás suyo, Lorna volvió a colocarse en cabeza, y sin más siguió caminando.

Lemire tragó saliva, se secó el sudor de la frente y se irguió justo a tiempo de ver como Barod lo miraba con sorna, pero no encontró fuerzas más que para empezar a caminar.

El día no hacía más que mejorar. Estúpido barril de pólvora.


– Esconded a estos dos entre los arbustos, o algo. Preferiría que nadie los encontrase hasta que estemos ya lejos de aquí. – Dijo Lorna mientras se dirigía a una puerta lateral de la mansión Rockstead.

Lemire, muy a su pesar, no pudo menos que admirar la habilidad de la mujer. Los había conducido por un distrito gubernamental en alerta sin encontrar una sola patrulla, y le había dado tiempo a noquear en absoluto silencio a dos guardias en el tiempo en que Barod y él trepaban el muro de la finca.

A Lemire no le sorprendió que ni siquiera se hubiese molestado en matar a los guardias. Según Lorna, el “beso” de sus “niñas”, como se refería a sus dagas, sólo era para aquellos que consideraba dignos, o que la lograban cabrear de verdad.

Claramente estaba loca. Pero era efectiva, y en la banda del Alfa eso te hace llegar lejos.

Una vez Barod y él se encargaron de esconder los cuerpos, Lorna sacó una llave de un bolsillo y, con sumo cuidado, abrió la puerta trasera de la mansión.

Lemire reconoció la llave al momento. Él mismo la había obtenido del mayordomo de la mansión un par de días atrás. Sonrió, recordando momentos más felices, y siguió a sus compañeros al interior.

El trío se movió por la mansión con cuidado, con Lorna y Lemire asegurándose de que no había moros en la costa antes de que Barod, menos sigiloso que ambos, continuase.
Se movieron a través de las cocinas, donde encontraron unas escaleras que llevaban al segundo piso, y a cada paso que daban Lemire tenía que contenerse para no sobrecargarse más saqueando la cubertería de plata. Cada vez odiaba más ser él quien cargaba con el barril.

Una vez en el segundo piso, Lorna fue directa hacia una puerta concreta, pegó el oído sobre la hoja y seguidamente la abrió con una sonrisa de satisfacción. Habían llegado al laboratorio de Andrea Rockstead.

Esta habitación había visto días mejores. El mobiliario había sido repuesto, pero estaba claro por las manchas de las paredes que había habido un incendio reciente. Estaba todo bastante desordenado, pero tras un vistazo rápido Lorna se acercó a una esquina y retiró una manta, dejando a la vista un cofre.

– Premio. Chicos, os toca trabajar. Hagamos esto rápido y salgamos de aquí.

Acto seguido se dirigió hasta la puerta, y sacando un set de herramientas de otro bolsillo (¿cuantos bolsillos tenía esta mujer? Lemire no tenía ni idea) comenzó a jugar con la cerradura, intentando atrancarla.

 

Lemire y Barod se acercaron al cofre, y el primero comenzó a actuar, llenando la cerradura del cofre con pólvora.

– Ten cuidado con esa cosa. Si te cuelas con la cantidad y te cargas lo que haya dentro no creo que los jefes te vayan a dejar librarte con un cachete precisamente – dijo Barod con una mirada furtiva a Lorna.

– Sé lo que hago, tapón. No molestes – respondió Lemire, quien sin embargo empezaba a notar el sudor recorrer su frente.

– Sólo digo – insistió Barod, con una sonrisa – que no sé lo que echa a sus cuchillos, pero yo de tí no lo comprobaría. He visto a gente mearse encima de pura agonía por un simple roce.

– Sé. Lo. Que. Hago – Lemire estaba a un paso de romperle el barril en la cabeza a su compañero, cuando de repente les interrumpió Lorna.

– Silencio. No estamos solos.

Lemire y Barod se callaron. Entonces pudieron oírlo claramente. Golpes. Gritos. Había estallado una pelea en la planta baja de la mansión.

La Mangosta – dijo Barod – ¡Rápido, acaba con esto, tenemos que salir de aquí antes de que nos jodan la operación del todo!

– Apresúrame y volaremos todos.

Lemire empezó a maldecir para sus adentros. De verdad, qué asco de día. No puede ir a peor.

Y entonces el día empeoró.


Autor: David Russo (@Solen_Inthuul)
Ilustradora: Marta Calvo-Rubio Gutiérrez (@Endellion.art)
Callejones de la Perrera, en Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Entanas
Mansión de Andrea Rockstead. Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Entanas
Madrugada del 37 de Ragniar del 1487 d.S.


Abrimos el ciclo El Ídolo de Cristal con el primer relato del asalto a la mansión de Andrea Rockstead. Contamos aquí los avances de la banda del Alfa que, habiendo sido quienes menos probabilidades de éxito habían obtenido durante el ciclo de Estirpes de Ladrones jugados en el FicFest de Mayo de 2018, no fueron interpretados en una partida.

Los hechos contados aquí ponen en contexto los eventos que se contarán en el par de relatos que quedan en este ciclo.

Además en esta publicación contamos con la colaboración de Marta Calvo-Rubio, de Endellion.art. Nos demuestra su habilidad ilustrando una de las escenas más divertidas del relato. Además de ilustradora, Marta es joyera esmaltadora. Lleva a cabo trabajos a medida de todo tipo, en especial si tienen un trasfondo friki. ¡Si tienes un cumpleaños cerca no dudes en echar un vistazo a su catálogo!

¿Quieres colaborar con nosotros? Ponte en contacto con la Iniciativa Vilia en bardomero@vilia.es o en Twitter.

No te pierdas el resto de la historia.

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Estirpes de Ladrones, parte IV: Avivando la llama

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Obtenida de CDL Stone Ltd, UK

El sonido del metal golpeando la piedra era todo lo que podía oírse en la Cantería “Los Hermanos Grimm”, en el Distrito Gremial de Puerta de las Tormentas. Un día tranquilo como cualquier otro, que se interrumpió cuando la puerta principal se abrió de repente dejando ver tres ominosas sombras recortadas contra la luz del mediodía.

Doros interrumpió sus anotaciones en los libros de cuentas y alzó la mirada, alarmado ante la inesperada visita. Pocos clientes se dignaban a presentarse en la cantería durante las horas de trabajo, temerosos de que el polvo de piedra no pudiera quitarse de sus telas.

Doros no reconoció a los recién llegados, pero supo al instante que sus intenciones no dejaban lugar a dudas: traían problemas. Y el undino no estaba de humor para problemas. Con paso rápido abandonó el mostrador mientras su mano acariciaba un enorme mazo metálico.

-¿Qué queréis? -preguntó con brusquedad.

Con una sonrisa de suficiencia, uno de los recién llegados dio un paso adelante:

-Saludos, amable artesano. Estamos interesados en construir una hermosa estatua. ¿Podríais ayudarnos?

Doros dedicó una penetrante mirada al sonriente joven. Fuera lo que fuese lo que buscaba aquel grupo, no era una estatua. El enorme mastodonte de brazos como troncos de árbol y el petimetre espigado de mirada fría que acompañaban a aquel botarate parecían poco más que matones a sueldo. Sus armas estaban demasiado a mano para su gusto.

-¿Qué estáis buscando exactamente?

-Bueno, eso dependerá del tipo y tamaño del material que tengáis -contestó el risueño joven separándose de sus compañeros en dirección a la puerta trasera de la oficina que llevaba al taller-. ¿Podríais enseñárnoslas?

Doros gruñó antes de dirigirse hacia la puerta. El gigantón lo siguió en silencio mientras su risueño compañero abría la puerta del taller. Iba a cruzar el umbral cuando se fijó en que el tercero de los recién llegados, el hombre delgado de ojos crueles, se dirigía hacia un pequeño almacén que había al otro lado de la pequeña recepción donde se encontraban.

-¡Eh, tú! -exclamó el undino, deteniéndose-. Ahí es donde almacenamos las herramientas y la pólvora. ¡Aléjate de ahí, es peligroso!

El aludido se detuvo mientras abría la puerta y dejó escapar un leve suspiro:

-Te lo dije, Lemire. La sutileza no nos iba a servir de nada -dijo encogiéndose de hombros.

-Pero qué… -comenzó a decir Doros, echando la mano a su martillo.

Un golpe brutal en la parte lateral del cráneo lo interrumpió, levantándolo por los aires y lanzándolo contra la pared. El cuerpo del undino se deslizó hasta el suelo dejando tras de sí una enorme mancha oscura. No volvió a moverse.

-Guau… -dijo Lemire, que había visto el enorme hacha a dos manos de su compañero mucho más de cerca de lo que le hubiera gustado.

Coge la pólvora -dijo entonces Arkus.

Su voz profunda no admitía réplicas y los tres matones se dirigieron hacia el pequeño almacén. No tardaron en hacerse con dos barriletes repletos de pólvora.

-Es mejor que tengamos cuidado con esto. Yo los llevaré -se ofreció Lemire.

Un grito de dolor y desesperación se alzó entonces a su espalda.

-¡Doros! ¡Hermano! ¿Qué te han hecho?

Un hombre joven de músculos abultados y cubierto de sudor se había arrodillado junto al cuerpo destrozado del undino. Hacía grandes esfuerzos para despertarlo, pero era en vano. Doros ya no estaba allí.

-Qué escena tan enternecedora -comentó Cran con una leve sonrisa en los labios.

-Vámonos -se limitó a decir Arkus, y el grupo se encaminó hacia la puerta.

-¡Vosotros! ¡Asesinos! -gritó el joven cantero con el martillo de su difunto hermano entre sus manos-. ¡No saldréis de aquí con vida!

Arkus se detuvo y se volvió lentamente. El muchacho, aunque grande, apenas lograba llegarle a la altura de la barbilla. Al darse cuenta de ello, se detuvo dubitativo.

Cran se colocó a su lado, una daga lista en su mano.

-¿Qué deberíamos hacer con él? -preguntó mientras lanzaba la daga al aire y volvía a cogerla con aire distraído.

No habrá testigos -se limitó a contestar Arkus.


Cuando el grupo abandonó la Cantería “los Hermanos Grimm” se hizo el silencio en la pequeña plaza de tierra batida que había ante el edificio. Una veintena de personas, alertados por los gritos de la lucha, se había congregado alrededor del edificio. Asustados y confusos, observaban ahora a los matones.

-Así que sin testigos, ¿eh? -murmuró Cran a sus compañeros.

Lemire sonrió. Dando un par de pasos al frente, el confiado ladrón alzó los brazos.

-No se preocupen, señores. -declaró con firmeza-. Somos miembros de la Guardia de la ciudad. Acabamos de cazar a una pareja de ladrones que estaban asaltando esta… -se detuvo y echó un vistazo al cartel de la puerta del edificio-, cantería. Los Hermanos Grimm. Exacto.

Varios murmullos comenzaron a alzarse entre los presentes, algunos más tranquilos. Otros, preocupados.

-Les pedimos que no accedan a este edificio por el momento. Pronto vendrán algunos compañeros para registrar el local -su tono de voz se hizo amenazante-. Quien ignore nuestro aviso será acusado de obstrucción a la justicia.

Acto seguido echó a andar con decisión y atravesó la plaza sin dedicar una sola mirada más a los vecinos allí congregados. Muchos asintieron y comenzaron a marcharse. Otros, más morbosos, permanecieron en los alrededores pendientes de la llegada del resto de la guardia. Al ver que ninguno de ellos detenía a Lemire, Arkus y Cran lo siguieron en silencio.

El grupo desapareció entre las calles. Pocos dieron mucha importancia a lo que acababa de ocurrir. Al menos, no hasta que se descubrieron los cuerpos asesinados de los Hermanos Grimm.


Caía la noche cuando los tres matones, guiados por Lemire, llegaron al Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas. Intentando pasar desapercibidos, comenzaron a merodear por las calles secundarias del distrito en busca del lugar perfecto, la forma perfecta de cumplir su último objetivo.

-Este barrio es muy aburrido -comentó Cran-. Hay guardias por todos lados. Vamos a tener poco margen de maniobra.

-Eso ya lo sabíamos -respondió Lemire con su esquiva sonrisa presente en sus labios-. Si fuera fácil, ya lo habrían hecho otros.

-Lo dudo -respondió Cran-. No hay muchos miembros de la banda que se atrevan a venir hasta aquí. Por el Yunque, si no hay ni dónde esconderse.

-Bueno, en tu caso no me extraña que digas eso. Para poder esconderse hay que saber hacerlo.

-¿Otra vez haciéndote el gallito? No te enteras, Lemire. No eres tan silencioso como crees.

-Pues todavía no me han pillado.

-¿Quién sabe? Quizás hoy sea el día -contestó Cran con una sonrisa maliciosa.

-No, si jugamos bien nuestras cartas. Solo tenemos que encontrar algo que vaya a distraer a los guardias esta noche mientras la banda entra en la mansión de Andrea Rockstead. No debería ser tan difícil.

-No sé qué es lo que entiendes tú por distracción -comentó Cran-, pero yo lo veo sencillo. Todo se reduce a: ¿qué va a arder mejor?

Lemire lanzó una sonora carcajada y se detuvo de repente. Con gesto grandilocuente señaló el pequeño pero suntuoso edificio que tenía frente a él:

-¿Y qué tal éste?

Un enorme cartel escrito con letras estilizadas y redondeadas rezaba: “Sastrería Aguja de Plata”.

-La tela arde bien -concluyó Cran y se acercó a la puerta principal, probando el picaporte-. Vaya, está cerrado. Creo que te toca a ti, Lemire.

Arkus, que acompañaba a la pareja, lanzó un gruñido molesto pero no añadió nada más. El bárbaro era inteligente y brutal, pero de pocas palabras.

-No te preocupes, Arkus. No tardaré nada.

Tomando sus ganzúas de unos saquillos, Lemire se arrodilló ante la puerta y la examinó con detenimiento. Eligiendo una de las varillas finas y alargadas, comenzó a explorar la cerradura con delicadeza, casi con cariño.

Unos pasos y el sonido del metal contra el metal los sorprendió de repente. Una patrulla de cuatro miembros de la salvaguarda, el cuerpo de guardia de élite del Distrito Gubernamental, giró la esquina para encontrarse frente a frente a los ladrones.

Ambos grupos se miraron sorprendidos. Nadie se movió durante un par de segundos, tras los cuáles las manos se dirigieron con rapidez a las empuñaduras de las armas.

-¡Alto! -ordenó uno de los soldados, probablemente el capitán-. ¡Alto en nombre de Sior!

Lemire hizo desaparecer las ganzúas con disimulo y se incorporó con detenimiento. Adelantándose se enfrentó a las guardias.

-Tranquilos, caballeros -dijo-. No tienen nada que temer. Mis socios y yo hemos tenido un pequeño problema. Me temo que nos hemos dejado las llaves de nuestra tienda en el interior, y no somos capaces de entrar a por ellas. ¿Podrían ayudarnos?

El capitán de la guardia miró al ladrón con sorpresa. Había pasado por aquella sastrería un millón de veces y, aunque no conocía a los propietarios, dudaba de que aquellos hombres con pinta de matones lo fueran.

-Me temo que no podemos ayudarles aquí. Tendrán que acompañarnos a la guarnición para poder identificarles.

Los tres ladrones se miraron entre sí. Lemire parecía confuso y Cran estaba preocupado. Quizás todavía podrían salir corriendo…

-No -dijo sencillamente Arkus y lanzó su enorme cuerpo contra los guardias, pillándolos por sorpresa.

La brutal embestida del bárbaro logró lanzar a tres enemigos al suelo. El cuarto dio un par de pasos atrás e intentó usar su silbato para dar la alarma. Una flecha atravesó su muñeca y el guardia, mirando su mano ensangrentada con incredulidad, lanzó un grito de dolor y dejó caer el silbato.

-¡Corred! -gruñó Arkus, que desenfundaba su hacha en aquel momento.

Sus compañeros no necesitaban el aviso.


Los tres ladrones se mantenían ocultos entre un grupo de árboles y arbustos en uno de los parques del Distrito Gubernamental. Había caído la noche, pero las calles estaban bien iluminadas por antorchas y faroles en continuo movimiento. Desde donde estaba, Lemire podía ver cómo dos grupos de guardias se detenían a unos treinta metros de su posición.

-Parece que hemos sido nosotros los que hemos acabado convirtiéndonos en la distracción -susurró el ladrón en voz baja.

Sus compañeros se mantuvieron en silencio. Cran vigilaba el otro lado del parque mientras Arkus se vendaba algunas heridas que le habían infligido las espadas de los guardias. A lo lejos, las dos patrullas terminaron de discutir y continuaron por fin su camino.

-No podemos quedarnos aquí -dijo Cran-. Están cerrando el cerco sobre nosotros.

Arkus asintió y señaló a Lemire:

La pólvora. Tienes que entregarla.

-Es cierto, el asalto no podrá empezar sin ella -añadió Cran.

Lemire asintió:

-Creo que puedo pasar desapercibido y volver a la Perrera. ¿Pero qué hay de vosotros?

Arkus gruñó y se alzó, su enorme hacha entre las manos. Cran se encogió de hombros.

-Supongo que tenemos que continuar con la distracción. No quedan muchas horas hasta que amanezca.

-¡Estáis locos!

Arkus volvió a gruñir y negó con la cabeza.

-¿Prefieres decirle al Alfa que hemos fallado?

Lemire tragó saliva, pálido de repente, y asintió.

-Que Adaira os traiga suerte, compañeros. Si os vuelvo a ver, sabed que os debo una botella de vino a cada uno.

-Que sean dos -respondió Cran, sonriendo.


Lemire abandonó el parque justo cuando comenzaron a alzarse los gritos de alarma de la Salvaguarda. Envuelto en el manto de la noche, se escabulló entre las hermosas mansiones en dirección a los Barrios Bajos.

Durante el camino pensaba en las botellas de vino que había prometido comprar. Las compraría, aunque sabía que lo más probable era que acabara tomándoselas él solo, en honor de sus compañeros.


Autor: Ricardo García (@BardoVilia)
Cantería “Hermanos Grimm”, Distrito Gremial de Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Entanas
Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Entanas
36 de Ragniar del 1487 d.S.


Con este relato concluímos el ciclo de relatos de Estirpes de Ladrones y nos lanzamos de lleno hacia el siguiente: El Ídolo de Cristal, que narra el asalto a la mansión de Andrea Rockstead.

Estirpes de Ladrones fue un conjunto de tres partidas que llevamos a cabo durante el FicFest, el día 5 de Mayo de 2018. Este relato está basado en los hechos de la partida del grupo de Merodeadores que jugamos por la tarde. ¡Muchas gracias a sus los jugadores que participaron en ella!

Primeros Compases, El camino y la llave, y Avivando la Llama están basados en los hechos llevado a cabo durante esas partidas, que quedan canon en el mundo de Vilia.

La historia cuenta los preparativos que llevan a cabo dos bandas de ladrones rivales en la ciudad. Los Merodeadores están liderados por la Mangosta, un misterioso líder que poca gente ha visto en persona. Su sutileza sirve de ejemplo para las actividades de todos sus hombres. La banda del Alfa está compuesta por matones y rufianes que se han hecho un hueco en los barrios bajos de la ciudad por la fuerza. Sus métodos son tan brutales como los de su líder, caracterizado por la máscara de cráneo de lobo con que cubre su rostro.

Ambientada inmediatamente después de “Un Misterioso Encargo“, nuestro primer librojuego, se basa en los intentos de hacerse con el paquete que la Mensajera llevó a Andrea Rockstead. Puedes leer la conclusión de “Un Misterioso Encargo” aquí.

No te pierdas el resto de la historia. ¡Y prepárate para participar en la continuación!

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Estirpes de Ladrones, parte II: la Cacería

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El distrito gubernamental estaba tranquilo, como casi todas las noches.

El nerviosismo inicial de su primera patrulla había sido sustituido ya por un cierto tedio, y los intentos de Donovan por conversar con sus acompañantes no habían hecho nada para aminorarlo.

Krauser era su superior dentro de La Salvaguarda. Se trataba de un caballero de élite que le hacía darse cuenta de lo mucho que le faltaba por aprender, y cuya seriedad lo intimidaba demasiado como para hacer algo más que algún comentario suelto sobre los sitios por los que pasaban.

Por otro lado, los dos sacerdotes de Thrain que iban con ellos parecían algo más sociables, pero no conseguía pensar ningún tema de conversación para sacar con hombres del clero.

En esas circunstancias, Donovan decidió que sería mejor aguantar y centrarse en la patrulla. Al fin y al cabo era el honor de La Salvaguarda vigilar el distrito noble, y no pensaba traer deshonor a su familia actuando como si aún fuese un escudero novato.

Un sonido ahogado a su espalda llamó su atención de repente. Al girarse su sangre se congeló.

Uno de los acólitos, levemente rezagado, se había detenido en seco. En su garganta había una línea carmesí de la que brotaba un chorro de sangre. Sujetándolo para evitar que cayese al suelo mientras tapaba su boca para ahogar cualquier sonido había un hombre encapuchado. En su mano libre portaba una daga ensangrentada. Miraba directamente a Donovan con cierta sorpresa, como si no esperase que le hubiesen oído.

– ¿…Qué? – Dijo simplemente el hombre.

– ¡Embos…!

Esas fueron las únicas palabras que llegó a articular Donovan. Un dolor intenso explotó de golpe en el lado derecho de su cabeza, como si le hubiesen golpeado con una enorme viga de acero. De nada sirvió el yelmo de su armadura. El mundo se tiñó de rojo, y el joven caballero se encontró perdiendo rápidamente el conocimiento mientras caía al suelo, cualquier control sobre su cuerpo irremediablemente perdido.

Mientras la oscuridad se lo llevaba, sin embargo, pudo ver claramente como el otro acólito caía atravesado por una flecha, y Krauser era asaltado por dos atacantes mientras luchaba por desenvainar su arma.

A Donovan poco le importaba ya.


– ¿Lo tiene? – ladró Barod. El fornido undino intentaba vendarse el brazo con un trozo de la túnica de uno de los acólitos caídos, pero estaba claro que no era lo suyo – después de este desastre de emboscada como para que encima haya sido en vano.

– A mi no me mires – protestó Lemire mientras limpiaba la sangre de su daga – yo no tengo la culpa de que el cachorro decidiese girarse justo cuando cogí al cura. Ha sido una desafortunada coincidencia.

– Coincidencia mis cojones – gruñó Barod en respuesta – La has cagado y punto. No eres tan sigiloso como te gusta hacer creer.

– Pues tu madre no me oyó llegar anoche.

Ante eso Barod rechinó los dientes y empuñó su pesado martillo de combate, pero antes de que pudiese hacer nada…

– Basta.

La profunda voz de Arkus detuvo la conversación. La imponente figura del bárbaro nebinés se alzaba entre ambos, deteniendo de golpe la discusión. Ni siquiera les dedicó una mirada, pero ambos captaron el mensaje. No iban a desafiar a alguien que había retado al Alfa por el liderazgo de la banda y, aun perdiendo completamente, había sobrevivido.

La mirada del bárbaro se dirigió hacia su último compañero, que registraba agachado el cuerpo del caballero veterano de la Salvaguarda.

– ¿Lo tiene?

Como respuesta, Cran se incorporó y le lanzó un rollo de pergamino.

El horario de las patrullas de la Salvaguarda en el distrito durante los próximos tres días. Justo lo que buscábamos.

Arkus asintió y guardó el pergamino. La primera parte del plan había sido completada.


Lemire estaba ya hasta las narices. Todo el maldito día siguiendo al viejo mientras hacía recados por la ciudad. Que si pastelitos. Que si libros. ¡Libros! Los pastelitos los podía entender, pero ¿es que los ricos no tienen ya bastantes libros? Qué desperdicio de unas buenas monedas de plata.

Por suerte su aburrimiento iba a acabar pronto. El mercado al atardecer es un sitio bastante decente para una emboscada. Poca gente ya, y la que hay sabe no meterse donde no la llaman. Sólo hay que conseguir atraer a tu víctima a un callejón tranquilo y es toda tuya. Y hay un pequeño truquito que nunca falla para eso.

– ¡Por aquí, señor, desde prisa!

Una voz infantil cargada de urgencia llegaba desde la entrada del callejón en que Lemire y sus compañeros esperaban ocultos.

– ¡Tiene que ayudar a mi madre, señor, se ha desmayado de repente y no sé qué le pasa!

Un niño pequeño, vestido con poco más que unos harapos, apareció a toda prisa por el callejón. Tras él, un hombre mayor de aspecto cuidado y buenos ropajes, acompañado por un par de hombres bien armados, intentaba seguirlo con cara de preocupación.

Cuando llegó a la altura de Lemire, el niño le dedicó una mirada furtiva y aceleró la carrera, perdiéndose en el otro extremo del callejón. El ladrón sonrió. Un par de cobres bien pagados. Nunca falla.

En ese momento el hombre mayor y sus guardaespaldas se dieron cuenta de que les habían engañado, pero ya era tarde. Barod les salió al paso, con su pesado martillo de guerra entre sus manos, mientras que Arkus apareció de entre las sombras a sus espaldas para cortarles la retirada. Dejando caer la hoja de su inmenso hacha de batalla dió un fuerte golpe en el suelo.

Mueller Lohgreim. Mayordomo de la casa Rockstead. Tienes algo que queremos. Si nos lo entregas sólo te retendremos hasta completar nuestros asuntos y salvarás tu vida.

El mayordomo se irguió con dignidad y se dirigió al bárbaro mientras sus guardaespaldas desenvainaban sus armas.

– Mucho me temo, señor, que no tengo nada que pueda interesarle a usted, y debo advertirle que, sea lo que sea lo que planee, si no he vuelto a la mansión Rockstead en unas horas mandarán una partida de búsqueda, por lo que no le recomiendo…

– Nadie te espera de vuelta, viejo – interrumpió Barod – al menos hasta dentro de unos días. ¿Crees que somos aficionados?

– Ah – respondió Lohgreim, simplemente.

Su rostro no se había alterado en lo más mínimo, pero el sudor empezaba a correr por él.

– Aún así, como pueden ver, mis guardaespaldas son veteranos, están mejor armados que ustedes y les igualan en número, por lo que no veo cómo…

El mayordomo se vio nuevamente interrumpido por el sonido de una flecha volando y clavándose profundamente en el brazo derecho de uno de sus guardaespaldas. Éste gritó de dolor y dejó caer su arma.

– No lo tengo tan claro – dijo secamente Arkus. Tras ello, se dirigió a los guardaespaldas.

– Si queréis vivir, soltad las armas y salid de aquí ahora mismo. No tengo interés en vosotros, sólo en el viejo.

Los dos guardaespaldas se miraron. Luego miraron a Mueller.

– Lo siento señor, de nada nos sirve todo lo que nos paga si estamos muertos.

Ambos soltaron las armas y echaron a correr, dejando un pequeño reguero de sangre. El mayordomo de los Rockstead los miraba con una mezcla de terror e incredulidad mientras el color iba desapareciendo de su rostro. Aun así, se las arregló para mantener su entereza.

– Haced lo que queráis conmigo, pero no traicionaré a mi señora.

Arkus guardó su hacha y se acercó a él. Lohgreim cerró los ojos esperando lo peor, pero el inmenso bárbaro simplemente pasó a su lado.

– Lo principal es la llave de la mansión, pero toda la información que pueda darnos sobre el interior es útil, así que mantenlo vivo todo lo posible – le oyó decir.

El mayordomo abrió los ojos, y vio frente a él a otro hombre, sonriéndole con crueldad.

Lemire ya no estaba aburrido.


Autor: David Russo
Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Entanas
35 de Ragniar del 1487 d.S.


Estirpes de Ladrones fue un conjunto de tres partidas que llevamos a cabo durante el FicFest, el día 5 de Mayo de 2018. Este relato está basado en una cuarta partida que no pudimos llevar a cabo ese día. Primeros Compases y los dos relatos que publicaremos próximamente están basados en los hechos llevado a cabo durante esas partidas, que quedan canon en el mundo de Vilia.

La historia cuenta los preparativos que llevan a cabo dos bandas de ladrones rivales en la ciudad. Los Merodeadores están liderados por la Mangosta, un misterioso líder que poca gente ha visto en persona. Su sutileza sirve de ejemplo para las actividades de todos sus hombres. La banda del Alfa está compuesta por matones y rufianes que se han hecho un hueco en los barrios bajos de la ciudad por la fuerza. Sus métodos son tan brutales como los de su líder, caracterizado por la máscara de cráneo de lobo con que cubre su rostro.

Ambientada inmediatamente después de “Un Misterioso Encargo“, nuestro primer librojuego, se basa en los intentos de hacerse con el paquete que la Mensajera llevó a Andrea Rockstead. Puedes leer la conclusión de “Un Misterioso Encargo” aquí.

No te pierdas el resto de la historia. ¡Y prepárate para participar en la continuación!

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Estirpes de Ladrones, parte I: Primeros Compases

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– Odio este barrio – Jacob murmuraba, escupiendo en el suelo con cierto desprecio.

– Qué me vas a contar, al menos a ti no te miran como si fueses un niño perdido. Parece que nunca hayan visto a un lanan en el distrito noble – dijo Eric irritado, mirando a su alrededor y frunciendo el ceño a todo aquel que le dirigía una mirada de curiosidad – A ver si Conrad se da algo de vida y terminamos el trabajo.

El ambiente en la Escuela de Ingeniería de Puerta de las Tormentas era frenético. Alumnos corrían de una clase a otra cargados con carpetas enormes y un elevado murmullo cubría el ambiente provocando una ligera migraña a los ladrones, que estaban acostumbrados al ambiente más tranquilo de los barrios bajos. Tan fuera de juego estaban, que no se dieron cuenta de que su compañero, Conrad, había vuelto hasta que le escucharon hablar.

– Vale, he tenido una “entrevista” con el orientador del centro, y resulta que los planos de edificios reales se utilizan en los últimos cursos o en exámenes especiales, y están guardados en un archivo en el sótano. Eso sí, sólo se pueden sacar con permiso de uno de los profesores, así que… ¿Cómo hacemos esto?

Los tres se quedaron pensativos un momento, hasta que Jacob dijo:

– Vale, seguidme, creo que tengo un plan. Más o menos.

Intercambiando una mirada de curiosidad entremezclada con duda, Conrad y Eric siguieron a su compañero, que se dirigía a las escaleras que bajaban al sótano.
Tras seguir los carteles indicativos, el grupo llegó a una sala marcada como “Archivo”. Allí encontraron un pequeño recibidor, separado de los archivos físicos por un muro con una apertura que servía como mostrador en la que un archivista de aspecto aburrido garabateaba algo en una libreta. Una puerta cerrada junto al mostrador permitía pasar de una sala a la otra.

En cuanto los ladrones entraron por la puerta, el archivista levantó con desgana la mirada hacia ellos para inmediatamente volver a poner su atención en su libreta.

Jacob guiñó un ojo a sus compañeros y, cogiendo a Eric del brazo, se dirigió hacia el mostrador. El archivista levantó de nuevo la mirada. Con un suspiro de frustración cerró su libreta y forzó una media sonrisa:

– ¿Sí? ¿En qué puedo ayudarles?

– ¡Buenos días, caballero! Magnífica mañana, ¿no es cierto? Verá usted, venía en busca de un plano concreto, y me han dicho que es aquí donde lo encontraría.

Un poco sorprendido por la energía de su interlocutor, el archivista se irguió un poco y respondió:

– Eh… sí, ciertamente, aquí es donde guardamos los planos. ¿Puedo ver el permiso firmado del profesor que se lo ha encargado?

– Ah, pero buen hombre, yo mismo soy quien lo ha encargado, puesto que soy uno de los nuevos profesores de esta magna institución. Hoy es mi primer día, de hecho, y me han encargado que le haga el examen de admisión a este precoz chaval que traigo conmigo. ¡Dicen que es un genio y que sería la persona más joven en ser admitida en la escuela si supera el examen! – Las palabras de Jacob generaron una mirada de intenso odio por parte de Eric, pero éste supo recomponerse antes de que el archivista se diese cuenta – parece ser que con la agitación de los últimos días no han tenido tiempo de añadirme todavía a las listas – Jacob guiñó un ojo -, pero seguro que eso no será un problema, ¿verdad?

El archivista miraba a Jacob con los ojos bastante abiertos. Detrás suyo, Conrad hacía lo que podía para aguantarse la risa. Eric, por su parte, estaba planeando un asesinato.

– Eh… no, lo siento – dijo el archivista tras un minuto de completo silencio – pero me temo que necesito un permiso firmado por alguien que esté en la lista. Registros de entrada y salida y demás. Le recomiendo que busque a algún otro profesor para que se lo firme y…

Las palabras del archivista se vieron interrumpidas por el impacto de una daga clavándose en su mostrador. La sonrisa de Jacob no había desaparecido, pero sus ojos parecían desprender una absoluta ira homicida.

– Creo que no nos hemos entendido. Vamos a sacar esos planos. El futuro de este jovenzuelo está en juego, y no querrías ser responsable de eso, ¿verdad?

La sorpresa inicial del archivista estaba dejando paso a un absoluto terror, y poco fue capaz de hacer más allá de asentir. Los compañeros de Jacob lo estaban mirando con la boca abierta.

– Bien – continuó Jacob – entonces tráeme los planos de la mansión de Andrea Rockstead, si eres tan amable. Y no te preocupes por anotar nada ni decirle nada a nadie sobre esto. Ya me encargaré de informar a los responsables yo mismo. ¿Nos entendemos?

De nuevo, el empleado no pudo hacer más que asentir débilmente. Acto seguido desapareció tras el mostrador, y a los pocos segundos estaba de vuelta con una gran rollo de pergamino.

– Gracias por su ayuda, ha sido muy amable – Jacob cogió el rollo de pergamino y salió de la habitación, seguido por sus atónitos compañeros.

– Bueno, no se si el jefe habría estado muy de acuerdo con estos métodos – dijo Eric una vez fuera del edificio, aparentemente habiendo olvidado su enfado anterior – pero sea como sea ya tenemos los planos. ¿Ahora qué?

– Lo siguiente es conseguirnos un agente en el interior. Probablemente los perros del Alfa intentarán un asalto directo, pero si nosotros conseguimos que nos abran la puerta del sótano podemos entrar y salir en tiempo récord y sin llamar la atención.

Conrad abrió un rollo de pergamino que llevaba consigo.

– Hay unos cuantos posibles objetivos para esto, pero nuestra mejor opción estará esta noche en la taberna “Pan Duro”. Vamos a ello.

Esa noche, el grupo se dirigió a una de las zonas más humildes del distrito residencial, donde se encontraba la mencionada taberna. El ambiente era festivo, y los parroquianos habituales, esuarthianos de pura cepa, llevaban ya unas cuantas copas encima cuando los ladrones llegaron.

Un rápido vistazo les permitió encontrar a su objetivo, un curtido undino ya algo entrado en años pero todavía en buena forma que bebía con algunos de los habituales. Conrad se acercó a él.

– ¿Umar Volgen? Queríamos hablar contigo, tenemos un negocio que proponerte.

El undino se giró hacia él, derramando parte de su bebida, y tras mirarlo de arriba a abajo sacudió la mano para que se fuera.

– ¿Negocios, chico? Estoy en mi rato de descanso, y aquí sólo hablo con quien bebo. Lárgate.

Como respuesta, Conrad se volvió hacia la camarera.

– Señorita, traiga una ronda para mis amigos de esta mesa, a mi cuenta.

Esas palabras provocaron vítores por parte de los camaradas de Umar, que agarraron a Conrad y lo obligaron a sentarse con ellos y acompañarlos en la bebida. Mientras, Eric y Jacob optaron por la discreción y se sentaron en una mesa más apartada, esperando a ver qué salía de esto.

Tres rondas completas después, Umar dio una fuerte palmada en la espalda de Conrad que casi le saca el espinazo de sitio y le pasó el brazo por los hombros, acercándose más a él.

– De acuerdo, chico, no eres mal tío. Tienes mi atención. Vamos a sentarnos con tus amigos y me cuentas de qué va esto.

Con un suspiro de alivio e intentando andar recto, Conrad se dirigió hacia la mesa en que estaban sus compañeros y empezaron a negociar. El plan: Umar era jardinero en la mansión de Andrea Rockstead, lo que le permitía cierto acceso a la mansión. A cambio de una interesante compensación económica, lo único que tenía que hacer el undino era dejar una puerta concreta del sótano abierta para que el grupo pudiese entrar. Sería un visto y no visto, y no habría nada que les relacionase.

– Suena interesante, la verdad, y no tengo ningún aprecio por Rockstead – dijo Umar – pero tenéis que comprender que es un buen sueldo y tengo familia que mantener. No lo haré por menos de 50 dragones de oro – una sonrisa se dibujó en la cara del undino – y un pequeño extra.

Eric suspiró.

– Siempre hay un extra. ¿De qué se trata?

– En la sala de exposiciones de la mansión hay una armadura, una coraza ornamental con grabado rúnicos. La quiero. Dadme vuestra palabra de que la traeréis y tenemos un trato.

Los ladrones se miraron. Transportar una armadura iba a dificultar bastante la operación, pero no era un mal trato, y quizás podían aprovechar el ir a la sala de exposiciones para hacerse con algún extra para ellos mismos. Conrad se encogió de hombros.

– Trato hecho – y estrechó la mano del jardinero.

– Perfecto, chicos, perfecto, ¡esto hay que celebrarlo! ¡Chica, trae tres rondas completas para esta mesa! ¡Pagan mis nuevos amigos!

Iba a ser una noche muy larga… y no iba a ser precisamente la última. Pero la banda de la Mangosta saldría triunfante. Como siempre.

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Autor: David Russo
Escuela de Ingenieros, Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas.
Taberna “Pan Duro”, Distrito Residencial de Puerta de las Tormentas.
Media Esuarth, Reino de Entanas.
35 de Ragniar del 1487 d.S.


Estirpes de Ladrones fue un conjunto de tres partidas que llevamos a cabo durante el FicFest, el día 5 de Mayo de 2018. Este relato está basado en los hechos llevado a cabo durante esa partida, que quedan canon en el mundo de Vilia.

Ambientada inmediatamente después de “Un Misterioso Encargo“, nuestro primer librojuego, se basa en los intentos de hacerse con el paquete que la Mensajera llevó a Andrea Rockstead. Puedes leer la conclusión de “Un Misterioso Encargo” aquí.

No te pierdas el resto de la historia. ¡Y prepárate para participar en la continuación!

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