El Diario de Kurt, parte II: Hacia lo desconocido

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Caravel Ship – by Skvor

28 de Ithraindra de 1462

Anoche me enrolé en la expedición de el Corcel de la Niebla hacia un destino desconocido, huyendo de la persecución westfalli junto con mis compañeros de la división de inteligencia entánica: Guert, Morain y el coronel August. Es vergonzoso pensar que los exespías de Entanas durante las tres guerras tuviésemos que huir por mano de los westfallis antes de ser rescatados por el Imperio. Si a eso le sumamos que hoy por la mañana el coronel August apareció ahorcado, sin duda prendido, torturado y sonsacado por los alguaciles de Cartago, podemos concluir que nuestra situación es desesperada.

¿Quién sabe lo que habrá revelado August antes de morir?

Por eso nos reunimos el resto. Teníamos que planear qué hacer en la semana de caza de brujas. Fue por la noche, en una casa abandonada llamada La Casa de la Esquina.

La historia de esa casa de dos plantas era curiosa. Al estar colocada justo en una esquina entre dos calles, en la plaza de la catedral, la puerta principal se construyó en una tercera pared que el dueño colocó cortando la esquina, dándole al edificio una planta pentagonal. Perteneció a un cargo importante del ejército westfalli, honrado tras los eventos de la Primera Guerra y que falleció luego en la Segunda. Tras la “afortunada” muerte del difunto, tanto el ejército por antigua pertenencia, como la Iglesia de Marmain por proximidad, se metieron en un pleito por la casa que a día de hoy no habían solucionado aún (tengo la corazonada de que si esto hubiese ocurrido en Entanas, el pleito se habría solucionado en dos días). Esta situación la dejó abandonada y nosotros aprovechamos la oportunidad de hacerla nuestra base, vigilada siempre por un mendigo al que pagamos por su discreción.

Nos sentamos en el comedor, discutiendo cuál sería el plan. Había seis sillas en la mesa y solo tres de ellas estaban ocupadas. Éramos Guert, el más novato de nosotros, Mograine, cuyo desprecio hacia los westfalils era solo comparable con su impaciencia, y yo.

Entre nosotros y sobre la mesa teníamos un documento, uno de los últimos con que August había conseguido hacerse. Era un plano de El Corcel de la Niebla. Lo estudiamos durante horas junto con otros documentos sobre inventario que conseguimos copiar de la oficina del puerto. Ese barco mercante sería usado con fines exploratorios, simple y llanamente. Había pocas armas pero aún así había provisiones para un año entero ¿Hacia donde quería ir ese hombre, el señor Mormont?

El viaje para llegar al norte duraba entre una y tres semanas. Pretender navegarlo y atacar por sorpresa a Entanas era imposible. No se había hecho jamás.  ¿Y viajar hacia el sur, más allá de las Montañas Azules? En teoría podría hacerse. Era territorio inexplorado, pero nadie que había puesto rumbo al sur había regresado. Guert dijo en ese momento:

-A lo mejor el muy idiota quiere darle la vuelta al mundo.

Ante ese comentario, Mograine no pudo evitar reírse dando golpes en la mesa. Yo me contenía al principio, pero el aire se me escapaba y me acabé uniendo.

Desde que se tiene memoria, los sacerdotes de todos los cleros proclaman que la tierra es plana, que el horizonte es el límite del mar y que más allá de éste solo hay monstruos y ruina para aquel que intente atravesarlo.

Una vez conseguimos calmarnos, empezamos a trazar nuestro plan de huida de ese infierno Westfalli. Fuera a donde fuese el viaje, las mentes de los braceros del barco seguían siendo las mismas. Con discreción, crearemos un clima de incomodidad en la tripulación mientras el viaje durase. Las mismas dudas de siempre: el hambre, lo que tardasen los suministros en gastarse (no descartamos en gastarlos nosotros de forma precipitada) o el simple hecho del salario que pagaban, podían ser buenos alicientes para que una tripulación se amotinase. Tras librarnos del “erudito” y del capitán cambiaríamos el rumbo del barco al sur, hacia aguas entánicas cercanas a la provincia de Warath, entregaríamos uno de los mejores barcos de los westfallis al imperio, negociaríamos la integración (o la detención) de la tripulación con las autoridades y finalmente, volveríamos a casa.

La desesperación de nuestros enemigos era nuestra aliada.


Image found at English Historical Fiction Authors blog

35 de Ithraindra de 1462

Despuntaba el alba.

Salí de la tabernucha donde me había estado hospedando estos días. Había pasado una semana desde que nos reunimos y por fortuna no nos habían encontrado.  Me colgué una bolsa al hombro con las debidas mudas de ropa.

Hoy era el día en el que zarparía el Corcel de la Niebla.

El bullicio de la calle fue sustituido por los sonidos típicos del puerto: las olas rompiendo contra los muelles, las gaviotas en su graznar constante y las típicas maldiciones hechas con la boca de cloaca de los marineros.

En la puerta ya estaban Mograine y Guert.  Los tres íbamos con sombreros anchos, que nos ocultaban tanto del sol como de las miradas indiscretas. Podía ver que estaban nerviosos. A pesar de estar tan cerca de las puertas de la libertad, un guardia podría reconocernos y se acabaría todo.

En el muelle, casi una docena de hombres se encargaban de cargar una carabela de 30 metros de eslora con numerosas cajas y sacos, amén de otros bártulos. Su mascarón con forma de un semental gris la delataba: era el Corcel de la Niebla. El casco de pino había sido arreglado varias veces, dándole un acabado elegante. Las velas cuadradas imponían respeto incluso cerradas.

Aquel barco era una joya.

En muy poco tiempo, los veinticinco marineros nos apelotonamos en torno al barco. Frente a nosotros se encontraba el capitán Edwin subido a un barril (el undino pensaría que así disimulaba su altura). A sus lados se encontraban el segundo al mando Smitty, con papel y pluma en la mano, y el señor Mormont, el “erudito”, el clérigo de Marmain que hace una semana estaba en la taberna, se encontraba ahora subido en el casco del barco, echando con un cucharón de madera agua salada que sacaba de un cubo. Su voz grave entonaba los cánticos que realizaban los clérigos sobre los barcos siempre que hacían un viaje largo o que se enfrentaban a los piratas, para bendecir tanto a la nave y al viaje.

Cuando el sacerdote hubo terminado, puso las manos sobre la borda y miró a los presentes.

-Señores, la nave está lista -el hombre alzó los brazos al cielo-. Ni tormenta, ni arrecife, ni la mar calma detendrán este barco.

¿Hacia dónde?– Gritó un marinero más curtido que muchos de los que habíamos entrado ahí. De esos de pañuelo en la cabeza y poco dientes en la boca- ¿A Terra sur? ¿Al Nim? ¿O pretendemos llegar hasta Inkairu?

Al oeste, caballeros -respondió el señor Mormont-. Daremos la vuelta al mundo.

Cualquiera se habría reído del señor Mormont en esa situación, pero el silencio sepulcral que siguió a sus palabras no era cosa de risa.

Ni tampoco su sonrisa.

Ni su mirada entusiasta.

Definitivamente el hombre que nos había contratado estaba loco.


Autor: Moisés López (Facebook)
28 al 35 de Ithraindra de 1462 después de la Separación
Cartago, Westfallia.


Moisés continúa con el inicio del viaje de la tripulación del Corcel de la Niebla. Poco a poco se va desentrañando la increíble gesta que esta tripulación está dispuesta a llevar a cabo.

Sigue las publicaciones de la campaña la Máscara de Plata en este enlace.

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