Un hombre, un mendigo y un ser

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El hombre invitó a la tercera ronda a todos los presentes. Hoy había sido un día de suerte.

Mientras bebía su cerveza volvía a contar la misma historia. La historia de cómo entre las ruinas de la playa, mientras buscaba moluscos para un arroz con los amigos se encontró entre el lodo un anillo.

El anillo ya estaba carcomido por la sal y el agua del océano. Estaba hecho de plata. Pero no una plata cualquiera, sino de una plata finísima. La más fina que el hombre había visto nunca. En el centro del anillo había engarzada una piedra que había sido pulida con destreza. Una gema amarilla que, a pesar de haber pasado Thrain sabía cuánto tiempo en las condiciones destructivas del agua de mar, parecía no haber perdido su esplendor.

Vista su suerte, el hombre se dispuso a vender el anillo. Antes de salir de la playa se cruzó con un viejo mendigo. Todos conocían en la ciudad a aquel viejo loco. Se decía de él que antes había sido un marinero de fortuna, pero que en extrañas circunstancias perdió el juicio y con él, su suerte. Llevaba deambulando por Cartago desde que el hombre tenía memoria y gente mucho mayor que él lo había conocido. A todos sorprendía su increíble vitalidad a pesar de rondar los noventa años.

Al cruzarse, el mendigo le pidió por favor que le diera ese “tesoro” que había encontrado. El hombre sacó el anillo y preguntó al anciano qué podía ofrecerle. El mendigo sacó un frasquito de cerámica negra, una cerámica que el hombre no había visto nunca. El poseedor de la sortija bufó divertido mientras se alejaba de aquel viejo loco.

Se dirigió a uno de los joyeros de la ciudad y, tras tasarle el anillo, le ofreció una suma exorbitante. El hombre no se lo pensó. ¡Aquella cantidad suponía más dinero del que habría conseguido en años de faena en el mar!

Y así había llegado aquella noche en la posada. Estaba a reventar de gente y el hombre había invitado a tres rondas a todos los presentes. Miró alrededor y vio los rostros felices tanto del posadero, August, como de varios compañeros de viajes.

Y cuando miró a la esquina de la tasca pudo ver un rostro familiar, que había visto esa misma mañana. Aquel mendigo.

El mendigo estaba sentado en una mesa. Delante de él había una de las jarras a las que había invitado el hombre. ¿Y había querido cambiar el anillo por un estúpido tarro de cerámica? En silencio, el mendigo alzó su jarra honor del hombre y se la llevó a los labios mientras su arrugado rostro mostraba una misteriosa sonrisa. Casi irónica.

Entonces hubo un cambio. Tras un parpadeo los ojos del mendigo cambiaron del tono marrón común de muchos Westfalli al negro más oscuro que el hombre había visto nunca. Era un negro que salió de sus pupilas y se extendió por toda la superficie del ojo, hasta el blanco.  Un negro más oscuro que una noche sin luna, que la oscuridad del mar más profundo. Esos ojos lo miraban a él, sin parpadear.

Intentando evitar aquella mirada no pudo evitar fijarse en un pendiente de plata engarzado con una perla blanca que el anciano llevaba en la oreja izquierda. Una vez más, no pudo evitar volver a mirar aquellos ojos negros, alienígenas.

El hombre reparó entonces en que la gente no reparaba en aquel mendigo. Quizás porque la gente no suele prestarle atención a los vagabundos, se dijo. Tragó saliva, nervioso. Mintiendo, le dijo al posadero que salía tomar el fresco, que el ambiente de la taberna le estaba agobiando. En realidad, una profunda inquietud le revolvía las tripas.

La niebla cubría la calle del muelle donde estaba la tasca, lo que era raro ya que estaban en verano.  Tras un par de pasos oyó como la puerta se volvía a abrir, y al darse la vuelta pudo ver al mendigo mientras se volvía a cerrar con cuidado la puerta. Acto seguido fijó su mirada en el hombre, con aquellos ojos enormes y negros.

El hombre se dispuso a correr, solo sabrían los dioses qué era realmente ese mendigo. Cuando giró hacia una de las calles del puerto se detuvo. Bajo la tenue luz de la luna le pareció ver recortarse entre la niebla una figura de apariencia humana; pero más delgada, más grácil, que empuñaba en sus manos una espada larga. A su derecha vio otra figura idéntica, como una especie de reflejo de la primera. ¿El mendigo habría contratado a aquellos hombres para matarlo? ¿Eran hombres siquiera? Al mirar de nuevo al frente se topó de nuevo con la negra mirada del mendigo, que le sonrió.

Le dijo que debería haberle dado el anillo pues sus auténticos dueños, los dioses, seguían vivos. El hombre retrocedió de espaldas al muelle, asustado, pues aquellas siluetas oscuras ya estaban muy cerca. Una de ellas pareció lanzarle algo. A sus pies cayó aquel dichoso anillo. ¿Cómo lo habrían recuperado aquellos demonios? ¿Seguiría vivo el joyero?

Con el siguiente paso atrás el hombre notó el borde del muelle. A sus espaldas el sonido del océano chocando con los postes que lo sostenían.  Cuando el mendigo sacó un cuchillo decidió darse la vuelta, pues no aguantaba más aquella mirada.

De repente, precedido solo por un chapoteo, una oscura figura saltó desde el agua hacia el borde del muelle. Con una mano terminada en uñas afiladas agarró la nuca al hombre y le obligó a mirar su rostro. Pudo ver sus ojos, del mismo negro despreciable que poseía el mendigo, enmarcados dentro de un anguloso rostro azulado. Su nariz fina estaba contraída de furia. Sus labios, retraídos en desprecio y enfado, mostraron una hilera de dientes cónicos.

Entonces el ser hundió una daga en el vientre del hombre y, con él agarrado, volvió a saltar al agua.


Autor: Moisés López, Director de Juego de la Campaña “La Máscara de Plata” y quesero artesano.

Editor: Ricardo García

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El Precio de la Victoria

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Photo: © Mary Evans Picture Library / Alamy

Los bárbaros les hicieron replegarse.

El destacamento de soldados Memphitas había logrado dispersar el grueso de la desorganizada horda bárbara Nebinesa. El Archiduque Thancrid se preparaba para perseguir a los rezagados cuando comenzaron a brotar, como sangre de las entrañas de la colina, el resto de las brutales fuerzas enemigas que habían permanecido escondidas. Aquel movimiento de pinza había sido inesperado, y el Archiduque se encontró con sus tropas completamente rodeadas.

Sus hombres lucharon con bravura, pero no pasó mucho tiempo antes de que el viejo general se encontrara solo y rodeado de bárbaros que le gritaban desafíos en su ruda lengua. Los salvajes habían caído como lobos sobre sus hombres, masacrándolos como a ganado. Por cada soldado Westfalli caído, 3 bárbaros habían caído con él, pero la superioridad numérica de los salvajes era insalvable.

Theodore Thancrid - by Thadal

Theodore Thancrid – by Thadal

Thancrid no pudo evitar preguntarse si los bárbaros aún no habían acabado con él porque pretendían tomarlo como rehén, o si simplemente querían prolongar al máximo su diversión. Su respuesta llegó cuando vio abrirse paso entre los bárbaros a un viejo conocido suyo: Tragh, el Mutilador. Aquel monstruo y su horda de salvajes había arrasado tres de las guarniciones de Thancrid, y el Archiduque había preparado su contraataque inmediatamente, impaciente por igualar la balanza. Hubiera deseado que el encuentro se hubiese dado en mejores circunstancias, si bien no pudo evitar sonreír ante las ironías del destino: los mismos bárbaros le estaban brindando la oportunidad de enfrentarse a su odiado enemigo y, quizás, de llevárselo por delante hasta los Campos Etéreos de Crues.

El general preparó su guardia empuñando su espada con las dos manos. El salvaje, por contra, asió su hacha de guerra por encima de su cabeza y se lanzó hacia delante dejando escapar un alarido que recorrió todo el campo de batalla.

Con destreza marcial, Thancrid alzó la espada en línea, intentando aprovechar la fuerza de su adversario para que él mismo se empalase en ella; pero Tragh, esperando el movimiento, desvió la hoja de la espada a un lado con un golpe brutal de su hacha mientras se deslizó al lado contrario. Ambas armas salieron despedidas de las manos de los guerreros, y en su embestida Tragh logró derribar al viejo General Memphita. Ambos rodaron, lanzando puñetazos enguantados en metal, hasta que el Mutilador logró situarse encima de su adversario, inmovilizándolo.

Thancrid se revolvió con desesperación, pero Tragh descargó el puño contra la cabeza de su oponente con tanta fuerza que hundió un lado del yelmo, casi haciéndole perder el sentido. Después le arrancó el casco y comenzó a golpearlo repetidamente. La visión del viejo General se tiñó de rojo con su propia sangre, perdiendo las fuerzas que le quedaban presa de un insoportable dolor.

El bárbaro dejó escapar una gélida risotada, saboreando su victoria sobre su aciago enemigo. Antes de alzarse hizo un gesto a sus hombres, que coreaban sus risas disfrutando del espectáculo. Dos de ellos se acercaron al General caído para sujetarle y extender ambos brazos, mientras un tercero entregaba al caudillo bárbaro su hacha.  

Acto seguido, el caudillo bárbaro miró por un momento el filo mellado de su hacha de guerra, compañera de tantas batallas, y miró al ensangrentado, anciano y derrotado General Westfalli que le había causado tantos problemas en los últimos años. Alzó su hacha con las dos manos y descargó el primer golpe sobre el brazo derecho de su indefenso oponente, a la altura del codo. La junta de la armadura cedió al primer golpe, pero aún no seccionó el miembro. El viejo profirió un alarido de dolor y empezó a mascullar maldiciones mientras un charco de sangre se formaba bajo su extremidad tullida.

Tragh soltó el hacha en el suelo y acercó su rostro al del general. Quería oír a su enemigo sufrir, deleitarse con la agonía de su rival. No pudo evitar dejar escapar una risa malévola, esforzándose para poder captar el cambio de la mirada de su enemigo mientras se acercaba a la muerte.

Lo que sucedió después, sucedió en un instante. Un instante confuso. El general, aparentemente derrotado, dio un latigazo con su cuello, golpeando con la sien el frontal del yelmo de Tragh el Mutilador. El protector de la nariz se incrustó en el rostro, rompiéndole la nariz en el proceso, a lo que Tragh reaccionó cayendo al suelo entre alaridos de dolor. Aprovechando la sorpresa de los bárbaros que lo sujetaban, el enorme westfalli se alzó de golpe, arrojando a sus captores al suelo en su ímpetu, y se abalanzó hacia el hacha del caudillo bárbaro. Fue entonces cuando se dió cuenta que uno de los bárbaros que habían caído al suelo aún sujetaba su brazo derecho, separado al fin del resto de su cuerpo. No importaba ya. Thancrid alteró su postura y cogió el hacha con la mano izquierda.

Sus captores se abalanzaron sobre él, dispuestos a inmovilizarlo de nuevo, pero el viejo no estaba dispuesto a dejarse atrapar. Con una fuerza tremenda propinó a los dos enemigos más cercanos sendos hachazos en las costillas, matándolos en el acto, tras lo que se apresuró a plantar su acorazado pie derecho sobre el caudillo bárbaro, impidiéndole levantarse. Acto seguido y sin mediar palabra, el general hundió el hacha en la cabeza su enemigo. Thancrid no era un salvaje, y no le gustaba perder el tiempo haciendo ceremonia con las ejecuciones de prisioneros de guerra. Un gesto mezcla de incredulidad e ira quedó grabado en el rostro inerte de Tragh.

En el campo de batalla reinaba el silencio, roto tan solo por la pesada respiración del General Memphita. Thancrid había acabado con el caudillo de los bárbaros, y la sorpresa y la brutalidad de la ejecución habían impedido hasta entonces que el resto de la horda se echara encima suyo. Sabía que la sorpresa no duraría, aunque estaba dispuesto a presentar batalla hasta el final.  

En ese instante, el sonido de una corneta proveniente desde el sur rasgó el aire. Thancrid la reconoció inmediatamente y sonrió, pues se trataba de un sonido que adoraba y que podría significar su salvación: la caballería avanzaba al galope. Tan solo tendría que permanecer con vida hasta que llegaran.

El viejo general se limpió la sangre de su rostro y empuñó con fuerza su nueva arma. El día aún estaba lejos de terminar.


Páramos del Sur de Nebin. 1505 d.S.

Autor: Moisés López.
Editores: David Russo y Ricardo García
Ilustración: Moisés López.

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