Estirpes de Ladrones, parte IV: Avivando la llama

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Obtenida de CDL Stone Ltd, UK

El sonido del metal golpeando la piedra era todo lo que podía oírse en la Cantería “Los Hermanos Grimm”, en el Distrito Gremial de Puerta de las Tormentas. Un día tranquilo como cualquier otro, que se interrumpió cuando la puerta principal se abrió de repente dejando ver tres ominosas sombras recortadas contra la luz del mediodía.

Doros interrumpió sus anotaciones en los libros de cuentas y alzó la mirada, alarmado ante la inesperada visita. Pocos clientes se dignaban a presentarse en la cantería durante las horas de trabajo, temerosos de que el polvo de piedra no pudiera quitarse de sus telas.

Doros no reconoció a los recién llegados, pero supo al instante que sus intenciones no dejaban lugar a dudas: traían problemas. Y el undino no estaba de humor para problemas. Con paso rápido abandonó el mostrador mientras su mano acariciaba un enorme mazo metálico.

-¿Qué queréis? -preguntó con brusquedad.

Con una sonrisa de suficiencia, uno de los recién llegados dio un paso adelante:

-Saludos, amable artesano. Estamos interesados en construir una hermosa estatua. ¿Podríais ayudarnos?

Doros dedicó una penetrante mirada al sonriente joven. Fuera lo que fuese lo que buscaba aquel grupo, no era una estatua. El enorme mastodonte de brazos como troncos de árbol y el petimetre espigado de mirada fría que acompañaban a aquel botarate parecían poco más que matones a sueldo. Sus armas estaban demasiado a mano para su gusto.

-¿Qué estáis buscando exactamente?

-Bueno, eso dependerá del tipo y tamaño del material que tengáis -contestó el risueño joven separándose de sus compañeros en dirección a la puerta trasera de la oficina que llevaba al taller-. ¿Podríais enseñárnoslas?

Doros gruñó antes de dirigirse hacia la puerta. El gigantón lo siguió en silencio mientras su risueño compañero abría la puerta del taller. Iba a cruzar el umbral cuando se fijó en que el tercero de los recién llegados, el hombre delgado de ojos crueles, se dirigía hacia un pequeño almacén que había al otro lado de la pequeña recepción donde se encontraban.

-¡Eh, tú! -exclamó el undino, deteniéndose-. Ahí es donde almacenamos las herramientas y la pólvora. ¡Aléjate de ahí, es peligroso!

El aludido se detuvo mientras abría la puerta y dejó escapar un leve suspiro:

-Te lo dije, Lemire. La sutileza no nos iba a servir de nada -dijo encogiéndose de hombros.

-Pero qué… -comenzó a decir Doros, echando la mano a su martillo.

Un golpe brutal en la parte lateral del cráneo lo interrumpió, levantándolo por los aires y lanzándolo contra la pared. El cuerpo del undino se deslizó hasta el suelo dejando tras de sí una enorme mancha oscura. No volvió a moverse.

-Guau… -dijo Lemire, que había visto el enorme hacha a dos manos de su compañero mucho más de cerca de lo que le hubiera gustado.

Coge la pólvora -dijo entonces Arkus.

Su voz profunda no admitía réplicas y los tres matones se dirigieron hacia el pequeño almacén. No tardaron en hacerse con dos barriletes repletos de pólvora.

-Es mejor que tengamos cuidado con esto. Yo los llevaré -se ofreció Lemire.

Un grito de dolor y desesperación se alzó entonces a su espalda.

-¡Doros! ¡Hermano! ¿Qué te han hecho?

Un hombre joven de músculos abultados y cubierto de sudor se había arrodillado junto al cuerpo destrozado del undino. Hacía grandes esfuerzos para despertarlo, pero era en vano. Doros ya no estaba allí.

-Qué escena tan enternecedora -comentó Cran con una leve sonrisa en los labios.

-Vámonos -se limitó a decir Arkus, y el grupo se encaminó hacia la puerta.

-¡Vosotros! ¡Asesinos! -gritó el joven cantero con el martillo de su difunto hermano entre sus manos-. ¡No saldréis de aquí con vida!

Arkus se detuvo y se volvió lentamente. El muchacho, aunque grande, apenas lograba llegarle a la altura de la barbilla. Al darse cuenta de ello, se detuvo dubitativo.

Cran se colocó a su lado, una daga lista en su mano.

-¿Qué deberíamos hacer con él? -preguntó mientras lanzaba la daga al aire y volvía a cogerla con aire distraído.

No habrá testigos -se limitó a contestar Arkus.


Cuando el grupo abandonó la Cantería “los Hermanos Grimm” se hizo el silencio en la pequeña plaza de tierra batida que había ante el edificio. Una veintena de personas, alertados por los gritos de la lucha, se había congregado alrededor del edificio. Asustados y confusos, observaban ahora a los matones.

-Así que sin testigos, ¿eh? -murmuró Cran a sus compañeros.

Lemire sonrió. Dando un par de pasos al frente, el confiado ladrón alzó los brazos.

-No se preocupen, señores. -declaró con firmeza-. Somos miembros de la Guardia de la ciudad. Acabamos de cazar a una pareja de ladrones que estaban asaltando esta… -se detuvo y echó un vistazo al cartel de la puerta del edificio-, cantería. Los Hermanos Grimm. Exacto.

Varios murmullos comenzaron a alzarse entre los presentes, algunos más tranquilos. Otros, preocupados.

-Les pedimos que no accedan a este edificio por el momento. Pronto vendrán algunos compañeros para registrar el local -su tono de voz se hizo amenazante-. Quien ignore nuestro aviso será acusado de obstrucción a la justicia.

Acto seguido echó a andar con decisión y atravesó la plaza sin dedicar una sola mirada más a los vecinos allí congregados. Muchos asintieron y comenzaron a marcharse. Otros, más morbosos, permanecieron en los alrededores pendientes de la llegada del resto de la guardia. Al ver que ninguno de ellos detenía a Lemire, Arkus y Cran lo siguieron en silencio.

El grupo desapareció entre las calles. Pocos dieron mucha importancia a lo que acababa de ocurrir. Al menos, no hasta que se descubrieron los cuerpos asesinados de los Hermanos Grimm.


Caía la noche cuando los tres matones, guiados por Lemire, llegaron al Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas. Intentando pasar desapercibidos, comenzaron a merodear por las calles secundarias del distrito en busca del lugar perfecto, la forma perfecta de cumplir su último objetivo.

-Este barrio es muy aburrido -comentó Cran-. Hay guardias por todos lados. Vamos a tener poco margen de maniobra.

-Eso ya lo sabíamos -respondió Lemire con su esquiva sonrisa presente en sus labios-. Si fuera fácil, ya lo habrían hecho otros.

-Lo dudo -respondió Cran-. No hay muchos miembros de la banda que se atrevan a venir hasta aquí. Por el Yunque, si no hay ni dónde esconderse.

-Bueno, en tu caso no me extraña que digas eso. Para poder esconderse hay que saber hacerlo.

-¿Otra vez haciéndote el gallito? No te enteras, Lemire. No eres tan silencioso como crees.

-Pues todavía no me han pillado.

-¿Quién sabe? Quizás hoy sea el día -contestó Cran con una sonrisa maliciosa.

-No, si jugamos bien nuestras cartas. Solo tenemos que encontrar algo que vaya a distraer a los guardias esta noche mientras la banda entra en la mansión de Andrea Rockstead. No debería ser tan difícil.

-No sé qué es lo que entiendes tú por distracción -comentó Cran-, pero yo lo veo sencillo. Todo se reduce a: ¿qué va a arder mejor?

Lemire lanzó una sonora carcajada y se detuvo de repente. Con gesto grandilocuente señaló el pequeño pero suntuoso edificio que tenía frente a él:

-¿Y qué tal éste?

Un enorme cartel escrito con letras estilizadas y redondeadas rezaba: “Sastrería Aguja de Plata”.

-La tela arde bien -concluyó Cran y se acercó a la puerta principal, probando el picaporte-. Vaya, está cerrado. Creo que te toca a ti, Lemire.

Arkus, que acompañaba a la pareja, lanzó un gruñido molesto pero no añadió nada más. El bárbaro era inteligente y brutal, pero de pocas palabras.

-No te preocupes, Arkus. No tardaré nada.

Tomando sus ganzúas de unos saquillos, Lemire se arrodilló ante la puerta y la examinó con detenimiento. Eligiendo una de las varillas finas y alargadas, comenzó a explorar la cerradura con delicadeza, casi con cariño.

Unos pasos y el sonido del metal contra el metal los sorprendió de repente. Una patrulla de cuatro miembros de la salvaguarda, el cuerpo de guardia de élite del Distrito Gubernamental, giró la esquina para encontrarse frente a frente a los ladrones.

Ambos grupos se miraron sorprendidos. Nadie se movió durante un par de segundos, tras los cuáles las manos se dirigieron con rapidez a las empuñaduras de las armas.

-¡Alto! -ordenó uno de los soldados, probablemente el capitán-. ¡Alto en nombre de Sior!

Lemire hizo desaparecer las ganzúas con disimulo y se incorporó con detenimiento. Adelantándose se enfrentó a las guardias.

-Tranquilos, caballeros -dijo-. No tienen nada que temer. Mis socios y yo hemos tenido un pequeño problema. Me temo que nos hemos dejado las llaves de nuestra tienda en el interior, y no somos capaces de entrar a por ellas. ¿Podrían ayudarnos?

El capitán de la guardia miró al ladrón con sorpresa. Había pasado por aquella sastrería un millón de veces y, aunque no conocía a los propietarios, dudaba de que aquellos hombres con pinta de matones lo fueran.

-Me temo que no podemos ayudarles aquí. Tendrán que acompañarnos a la guarnición para poder identificarles.

Los tres ladrones se miraron entre sí. Lemire parecía confuso y Cran estaba preocupado. Quizás todavía podrían salir corriendo…

-No -dijo sencillamente Arkus y lanzó su enorme cuerpo contra los guardias, pillándolos por sorpresa.

La brutal embestida del bárbaro logró lanzar a tres enemigos al suelo. El cuarto dio un par de pasos atrás e intentó usar su silbato para dar la alarma. Una flecha atravesó su muñeca y el guardia, mirando su mano ensangrentada con incredulidad, lanzó un grito de dolor y dejó caer el silbato.

-¡Corred! -gruñó Arkus, que desenfundaba su hacha en aquel momento.

Sus compañeros no necesitaban el aviso.


Los tres ladrones se mantenían ocultos entre un grupo de árboles y arbustos en uno de los parques del Distrito Gubernamental. Había caído la noche, pero las calles estaban bien iluminadas por antorchas y faroles en continuo movimiento. Desde donde estaba, Lemire podía ver cómo dos grupos de guardias se detenían a unos treinta metros de su posición.

-Parece que hemos sido nosotros los que hemos acabado convirtiéndonos en la distracción -susurró el ladrón en voz baja.

Sus compañeros se mantuvieron en silencio. Cran vigilaba el otro lado del parque mientras Arkus se vendaba algunas heridas que le habían infligido las espadas de los guardias. A lo lejos, las dos patrullas terminaron de discutir y continuaron por fin su camino.

-No podemos quedarnos aquí -dijo Cran-. Están cerrando el cerco sobre nosotros.

Arkus asintió y señaló a Lemire:

La pólvora. Tienes que entregarla.

-Es cierto, el asalto no podrá empezar sin ella -añadió Cran.

Lemire asintió:

-Creo que puedo pasar desapercibido y volver a la Perrera. ¿Pero qué hay de vosotros?

Arkus gruñó y se alzó, su enorme hacha entre las manos. Cran se encogió de hombros.

-Supongo que tenemos que continuar con la distracción. No quedan muchas horas hasta que amanezca.

-¡Estáis locos!

Arkus volvió a gruñir y negó con la cabeza.

-¿Prefieres decirle al Alfa que hemos fallado?

Lemire tragó saliva, pálido de repente, y asintió.

-Que Adaira os traiga suerte, compañeros. Si os vuelvo a ver, sabed que os debo una botella de vino a cada uno.

-Que sean dos -respondió Cran, sonriendo.


Lemire abandonó el parque justo cuando comenzaron a alzarse los gritos de alarma de la Salvaguarda. Envuelto en el manto de la noche, se escabulló entre las hermosas mansiones en dirección a los Barrios Bajos.

Durante el camino pensaba en las botellas de vino que había prometido comprar. Las compraría, aunque sabía que lo más probable era que acabara tomándoselas él solo, en honor de sus compañeros.


Autor: Ricardo García (@BardoVilia)
Cantería “Hermanos Grimm”, Distrito Gremial de Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Entanas
Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Entanas
36 de Ragniar del 1487 d.S.


Con este relato concluímos el ciclo de relatos de Estirpes de Ladrones y nos lanzamos de lleno hacia el siguiente: El Ídolo de Cristal, que narra el asalto a la mansión de Andrea Rockstead.

Estirpes de Ladrones fue un conjunto de tres partidas que llevamos a cabo durante el FicFest, el día 5 de Mayo de 2018. Este relato está basado en los hechos de la partida del grupo de Merodeadores que jugamos por la tarde. ¡Muchas gracias a sus los jugadores que participaron en ella!

Primeros Compases, El camino y la llave, y Avivando la Llama están basados en los hechos llevado a cabo durante esas partidas, que quedan canon en el mundo de Vilia.

La historia cuenta los preparativos que llevan a cabo dos bandas de ladrones rivales en la ciudad. Los Merodeadores están liderados por la Mangosta, un misterioso líder que poca gente ha visto en persona. Su sutileza sirve de ejemplo para las actividades de todos sus hombres. La banda del Alfa está compuesta por matones y rufianes que se han hecho un hueco en los barrios bajos de la ciudad por la fuerza. Sus métodos son tan brutales como los de su líder, caracterizado por la máscara de cráneo de lobo con que cubre su rostro.

Ambientada inmediatamente después de “Un Misterioso Encargo“, nuestro primer librojuego, se basa en los intentos de hacerse con el paquete que la Mensajera llevó a Andrea Rockstead. Puedes leer la conclusión de “Un Misterioso Encargo” aquí.

No te pierdas el resto de la historia. ¡Y prepárate para participar en la continuación!

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Estirpes de Ladrones, Parte III: el camino y la llave

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

El sonido de una campanilla atrajo la atención de Alek Hruidan de su trabajo. Con una sonrisa confiada dejó el bordado en el que llevaba trabajando toda la mañana y salió del taller hacia el mostrador para atender a su primer cliente del día.

Se detuvo en el umbral, sorprendido al no encontrar a nadie en la pequeña recepción de su sastrería. Confundido, avanzó un par de pasos más. No había tardado mucho en llegar y la campanilla de la puerta todavía continuaba moviéndose. ¿Habría golpeado alguien la puerta por error al pasar?

-¡Buenos días, amable sastre! -dijo de repente una voz más allá del mostrador-. Estoy interesado en sus uniformes. He oido que son de una calidad exquisita.

Alek se inclinó sobre el mostrador y miró hacia abajo con una mueca sorprendida. Un lanan menudo le obsequiaba con una amplia sonrisa. Su imagen angelical quedaba empañada por la ruda camisa con refuerzos de cuero y los diminutos pantalones cortos que dejaban a la vista unas recias y peludas piernas.

El sastre mudó su expresión de sorpresa por una de profundo orgullo:

-Lo lamento -declaró en el tono perentorio que su dilatada carrera de sastre de alta alcurnia le había permitido desarrollar-, pero no trabajamos con tallas… pequeñas.

La sonrisa del lanan se congeló en su rostro.

-Me parece que le he entendido mal… -respondió marcando cada una de las palabras-. ¿Me ha parecido que me estaba llamando… bajito?

El sastre le dedicó una mirada cargada de desprecio antes de responder:

-Me temo que esta sastrería solo trabaja con el mejor de los materiales… y solo para los mejores clientes.

Los puños del lanan se cerraron con fuerza.


-Perfecto. Eric ya ha comenzado la distracción. ¡Vamos! -dijo Jacob a sus dos compañeros.

Con rapidez, el grupo se internó en el pequeño callejón que llevaba a la parte de atrás de la sastrería “Aguja de Plata”. Desde allí podían escuchar la discusión a gritos de su compañero:

-¡Esto es discriminación! Me he criado en Puerta de las Tormentas toda mi vida, y nunca había sido tratado así. ¡No voy a irme de esta tienda hasta ser atendido como debe ser!

-Lo está haciendo muy bien -comentó Conrad-. Casi parece que no esté actuando.

Jacob se detuvo ante una sencilla puerta al fondo del callejón. Tomando sus fieles ganzúas comenzó a inspeccionar la cerradura.

-Vamos, date prisa -lo apremió Conrad, que se mantenía vigilante en caso de que alguien les prestara más atención de la debida.

-Ya está -anunció Jacob y abrió la puerta lentamente.

Un par de mesas con utensilios de costura y numerosas bobinas de hilo se encontraban en uno de los extremos de una alargada sala. El resto estaba repleto de estanterías y cajas de madera de diverso tamaño. De algunos de ellos sobresalían prendas de muchos tipos. Los gritos de Eric podían escucharse con más claridad allí.

-¡Perfecto! Déjame ver qué encuentro -dijo Leah con rapidez y se internó en la estancia.

-¡Ten cuidado! ¡Que no nos vean! -la previno Jacob, pero la mujer se encogió de hombros.

-Dudo que el dependiente nos escuche. Eric lo está haciendo francamente bien.

-¡Exijo poner una reclamación! ¡Lo denunciaré a la guardia! ¡Esto es discriminación por estatura! -anunciaba en ese momento Eric a voz en grito.

Leah no tardó mucho en encontrar sus disfraces.


-Lo has hecho genial, de verdad. Cuando dijiste que ibas a prenderle fuego a la tienda con el sastre dentro me han entrado ganas de salir corriendo -comentaba Conrad en voz baja.

Eric lanzó un gruñido malhumorado y se limitó a encogerse de hombros.

-De acuerdo. ¿Cómo nos hacemos con esa llave, entonces? -preguntaba Leah mientras el grupo se dirigía de nuevo hacia la Escuela de Ingenieros del Distrito Gubernamental.

-Sabemos que la propia Andrea Rockstead guarda las llaves de su mansión -explicó Jacob-. Necesitamos la del cofre en el que guarda lo que sea que haya recibido hace un par de días. Tenemos que encontrarla mientras Andrea está dando clases en la Escuela de Ingenieros. He oído que es el único momento en el que no las lleva encima.

-¿Y dónde las deja entonces? ¿Qué tiene, un despacho para ella sola? -pregunta Leah, incrédula.

-Eso vamos a ver. Poneos los disfraces.


-Así que alumnos de Andrea Rockstead, ¿no es así? -pregunta un viejo profesor al grupo de cuatro estudiantes, uno de ellos de casi un metro de altura, con aire suspicaz-. En estos momentos se encuentra dando clase.

-¿Ahora? -responde Jacob con sorpresa-. Pero habíamos quedado con ella. Íbamos a su despacho en estos momentos.

-Pues todavía quedan dos horas para que Andrea termine su clase. Estar en los pasillos del tercer piso está prohibido, así que tendréis que marcharos.

-No, si en realidad estábamos en clase y hemos salido para ver a Andrea… -mintió descaradamente Jacob.

-Ah, ¿sí? Pues entonces será mejor que volváis a vuestro aula inmediatamente.

-No, si en realidad… -comenzó de nuevo Jacob.

-Está muy enferma -lo interrumpió de repente Eric.

Todos miraron al lanan, que continuó con voz afectada:

-¿No la veis? Se está retorciendo de dolor… Pobre Dorothea, apenas puede mantenerse en pie.

Eric lanzó a Leah una mirada elocuente. Leah se lo quedó mirando, confusa. Eric le dio un codazo y alzó las cejas, y por fin la mujer comprendió.

-¡Ay, mi estómago! -dijo por fin, retorciéndose de dolor.

El profesor se quedó mirando al grupo sin terminar de creérselo.

-Le viene como a oleadas. Y parece muy doloroso. Estábamos buscando la enfermería para poder dejar a Dorothea allí.

-Entiendo… está bien, os acompañaré. La enfermería está en la tercera planta.

Los compañeros se miraron entre ellos y, encogiéndose de hombros, siguieron a su guía por unas empinadas escaleras de mármol.


-Date prisa, Jacob. Los guardias tienen que estar al llegar -dijo Conrad desde la puerta del despacho de Andrea Rockstead.

-Si crees que puedes hacerlo más rápido, ven aquí y lo haces tú -respondió Jacob mientras continuaba forcejeando con el cajón del escritorio.

Cada movimiento que llevaba a cabo con las ganzúas estaba medido después de años de práctica. A ojos de un observador casual podría parecer que no estaba haciendo nada, pero entonces se oyó un click.

-Lo tengo -dijo Jacob, y Eric y Conrad se acercaron a mirar.

Al abrirlo, el grupo descubrió que el cajón contenía tan solo un manojo de llaves, de las que podían contarse veinte. Los tres ladrones se miraron entre ellos.

-¿Y ahora qué? -preguntó Eric.

-Pues no tengo ni idea… ¿nos llevamos el manojo entero? -dijo Jacob, no muy seguro.

-Eso llamaría mucho la atención. Sabrían que han sido robados y no nos daría tiempo de hacer el trabajo esta noche.

-Espera, creo que sé cuál es -interrumpió entonces Conrad, y alargando la mano se hizo con una de las llaves del manojo-. Por el tamaño y la forma que tiene, ésta es la única que puede pertenecer a un cofre.

-¿Estás seguro? -preguntó Jacob.

Conrad se encogió de hombros:

-O eso, o a una caja de música. O bueno… quizás una ventana.

Jacob y Eric se quedaron mirándolo sin decir nada.

-Viene alguien -dijo Jacob de repente-. ¡Rápido, coge la llave!

Los tres ladrones abandonaron el despacho con rapidez.


-Sois unos bastardos -decía Leah-. Después de tener que aguantar al clérigo de Sior que había en la enfermería, vinieron dos guardias a preguntarme por vosotros. ¿Qué les habíais dicho?

-Que había habido una emergencia en la clase de Andrea -contestó Eric, encogiéndose de hombros-. Nos dio el tiempo que necesitábamos.

-Pues no se lo tomaron nada bien. Tardé una hora en convencerlos de que solo éramos compañeros de clase y que no os conocía de nada. Y después tuve que aguantar otras dos horas sentada en un pupitre escuchando a un viejo estirado hablando de la velocidad a la que se mueve el agua, y no sé qué de densidades y… ¡qué horror!

El grupo caminaba por los oscuros pasadizos subterráneos que recorren algunas zonas de Puerta de las Tormentas. Las paredes de mampostería parecían absorber la luz de la antorcha que llevaba Conrad. El único sonido que escuchaba el grupo era el de sus pasos, ligeros y rápidos.

-¿Y no preferirías haberte quedado en la Escuela? Esto tampoco es muy agradable -comentó Eric mientras no dejaba de observar en todas direcciones, inquieto.

-En absoluto. Prefiero perderme aquí abajo que aguantar a esos profesores pedantes. Aquí por lo menos hace fresco -respondió Leah sin dudarlo.

-No nos vamos a perder, éste es el camino -les aseguró Jacob al resto.

En ese momento el largo pasillo dio paso a una enorme sala redonda. La luz de la antorcha apenas podía llegar al fondo, de donde arrancaba destellos a algo brillante incrustado en la pared.

-Esperad que eche un vistazo -anunció Conrad mientras se acercaba cautelosamente.

La pared de mampostería era oscura y mostraba indicios de humedad. En el centro, a media altura, una fina talla había sido engastada a todo lo largo. Estaba hecha de metal, por lo que resplandeció con intensidad a medida que Conrad se acercaba.

-Son letras -dijo Conrad-. Es un mensaje en esuarthiano. Dice: “Cuanto más hay, menos ves. Entrégate a mí para desvelar el camino”.

-¿Un acertijo? ¿En mitad del subterráneo? -preguntó Leah, incrédula-. ¿En serio?

-Pensabas que habías dejado los exámenes en la Escuela de Ingenieros, ¿verdad? -la pinchó Eric sin piedad, tras lo que continuó explicando-. Estos túneles, al igual que la mayoría de las defensas de la ciudad, fueron construidos por el arquitecto Meriad Luque antes de la Primera Gran Guerra. Era todo un cerebrito. Logró ocultar la existencia de estos túneles al Imperio Entánico. Se cree que hay secciones que todavía no se han descubierto.

-Perfecto, un genio loco. Lo que nos faltaba -se lamentó Conrad.

-Pero en la Cofradía ya conocían este camino. Si no, no nos habrían mandado hasta aquí -añadió Jacob.

-No me extrañaría que solo conozcan la entrada por la que hemos venido nosotros, y el hecho de que la mansión de Andrea Rockstead tiene un acceso. Nos toca a nosotros unir los dos puntos.

-¡Esperad! -los interrupió Conrad-. Creo que lo tengo.

Entonces el muchacho dejó caer la antorcha, que en cuestión de segundos se apagó. La sala quedó sumida en la oscuridad.

-¿Por qué haces eso? -increpó Leah, enfadada.

-¡Silencio! -se limitó a responder Conrad.

El grupo se mantuvo callado unos segundos, que les parecieron horas. Un sonido chirriante, parecido al arrastre de piedra sobre piedra, inundó la sala antes de desaparecer.

-¡He acertado! -exclamó Conrad.

Un choque de metal sobre piedra perforó entonces el espeso silencio de la sala, como si se tratara de un pesado paso.

-¿Qué ha sido eso? -preguntó Eric.

Un nuevo golpe metálico resonó en la estancia, seguido de un grito y del golpe seco de un cuerpo al caer.

-¡Conrad! -gritó Jacob-. ¡Nos atacan!

Jacob buscó una ramita yesquera en sus saquillos y encendió otra de las antorchas que portaba. La luz iluminó la estancia lentamente y se reflejó en las piezas de una armadura que se encontraba apilado en el centro. Conrad yacía al otro extremo de la sala con una fea herida en la frente. Parecía haber perdido el conocimiento.

Entonces el conjunto de armadura comenzó a incorporarse. Un leve sonido de metal contra metal parecía emanar de él, como si pequeñas piezas metálicas se moviesen sin cesar en su interior.

-Por la papada de Thrain, ¿qué es eso? -dijo Eric, dando un paso atrás.

-Dímelo tú -contestó Jacob-. Pero sea lo que sea, no tiene buenas intenciones.

La armadura se volvió hacia los tres ladrones como si los viese, el sonido metálico de ruedas y engranajes emanando sin cesar. En su guantelete empuñaba una pesada espada de acero negro. Sin previo aviso echó a correr pesadamente hacia ellos.

-¡Cuidado! -gritó Eric.

Con un salto, el lanan logró esquivar la embestida. Tras dar una voltereta desenfundó una de las dagas que llevaba al cinto y la lanzó con fuerza. El arma se estrelló contra la armadura y rebotó, causándole poco más que una pequeña abolladura.

La armadura continuó su camino y descargó la espada contra Leah, que la esperaba en guardia. Los dos aceros chocaron con un gran estruendo. La mujer pudo contener su carga.

-Es muy fuerte -avisó con los dientes apretados.

Jacob aprovechó el momento para moverse alrededor del enemigo y descargar su arma contra las corvas de la armadura. El golpe no logró hendir el metal, pero fue suficiente para desequilibrar a la figura acorazada y que hincara una rodilla en el suelo.

Leah dio un salto hacia atrás para evitar ser aplastada. Con un potente grito, descargó un golpe lateral contra el hueco del cuello de la armadura. La espada chirrió al colarse entre el peto y el casco, produciendo después un potente chasquido. Numerosas ruedas de metal dentadas cayeron a través del frontal del casco, diseminándose por la habitación.

-¡Buen golpe! -la animó Eric, que desenfundaba otra daga.

Entonces la armadura volvió a ponerse en pie con dificultad. Leah intentó recuperar su espada de entre las láminas de la armadura, sin éxito. Un puño enguantado se estrelló contra su rostro, rompiéndole la nariz y lanzando a Leah al suelo.

El enemigo acorazado se volvió de nuevo a por su siguiente enemigo.

-Rectifico. Esto no pinta bien -dijo Eric, y lanzó una nueva daga que golpeó el peto de la armadura. Algunas ruedas más se desperdigaron por el suelo-. ¡Será mejor que corras!

Pero Jacob no le hizo caso. Esperando al momento en que la armadura andante descargara su espada, el ladrón se lanzó al suelo e intentó clavar su propia arma en una de las botas metálicas. La punta de la espada se dobló al chocar contra el metal y, al recibir el peso de Jacob, se partió en una explosión de esquirlas metálicas.

Jacob intentó rodar para salir del alcance de su enemigo. Sin embargo, la armadura le propinó un puntapié en el estómago que lo hizo caer de espaldas al suelo, sin aliento. Su antorcha cayó al suelo y comenzó a apagarse.

-¡Maldita sea! ¡No puede ser!

Eric se lanzó sobre el enemigo y, empuñando una daga, la clavó tan profundamente como pudo en una de las rendijas que tenía la armadura en la cintura. La criatura apenas pareció notarlo.

Jacob pudo ver la espada alzándose, preparada para caer sobre él. La menguante luz de la antorcha se reflejaba en su oscuro filo donde podía ver su propio rostro, horrorizado. Entonces una saeta atravesó el aire de la estancia y se incrustó profundamente en el hueco frontal del casco de la armadura, atravesándolo. El repiqueteo metálico pareció acelerarse durante un instante. Acto seguido, desapareció por completo.

El mandoble nunca alcanzó a Jacob. La armadura se quedó total y completamente inmóvil, sumida en un profundo silencio.

-Siento no haber podido ayudaros antes -se oyó la voz de Conrad. Con una trémula sonrisa en el rostro, el ladrón continuaba apoyado en la pared. En sus manos sostenía su ballesta, que acababa de disparar-. Espero que no me echárais de menos.


El grupo de ladrones abandonó las oscuras catacumbas de Puerta de las Tormentas. Conrad y Leah se apoyaban sobre Jacob, y Eric los acompañaba portando algunos de los restos del enemigo metálico al que se habían enfrentado.

-No quiero volver ahí abajo. Nunca -decía Leah.

-Pues esta noche mandarán un equipo a través de los túneles hasta la mansión -contestó Jacob-. ¿Te lo vas a perder?

Leah permaneció en silencio mientras se pasaba la mano por el rostro magullado. Sus dedos estaban ensangrentados.

-Al menos hemos cumplido nuestra parte. Las catacumbas están mapeadas. Quien vaya, lo tendrá muy fácil -comentó Conrad.

-¡Por Sior! Nunca digas eso en voz alta -contestó Jacob.


Autor: Ricardo García (@BardoVilia)
Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Entanas
36 de Ragniar del 1487 d.S.


Estirpes de Ladrones fue un conjunto de tres partidas que llevamos a cabo durante el FicFest, el día 5 de Mayo de 2018. Este relato está basado en los hechos de la partida del grupo de Merodeadores que jugamos por la tarde. ¡Muchas gracias a sus los jugadores que participaron en ella!

Primeros Compases, El camino y la llave, y el relato que publicaremos próximamente están basados en los hechos llevado a cabo durante esas partidas, que quedan canon en el mundo de Vilia.

La historia cuenta los preparativos que llevan a cabo dos bandas de ladrones rivales en la ciudad. Los Merodeadores están liderados por la Mangosta, un misterioso líder que poca gente ha visto en persona. Su sutileza sirve de ejemplo para las actividades de todos sus hombres. La banda del Alfa está compuesta por matones y rufianes que se han hecho un hueco en los barrios bajos de la ciudad por la fuerza. Sus métodos son tan brutales como los de su líder, caracterizado por la máscara de cráneo de lobo con que cubre su rostro.

Ambientada inmediatamente después de “Un Misterioso Encargo“, nuestro primer librojuego, se basa en los intentos de hacerse con el paquete que la Mensajera llevó a Andrea Rockstead. Puedes leer la conclusión de “Un Misterioso Encargo” aquí.

No te pierdas el resto de la historia. ¡Y prepárate para participar en la continuación!

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Estirpes de Ladrones, parte II: la Cacería

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

El distrito gubernamental estaba tranquilo, como casi todas las noches.

El nerviosismo inicial de su primera patrulla había sido sustituido ya por un cierto tedio, y los intentos de Donovan por conversar con sus acompañantes no habían hecho nada para aminorarlo.

Krauser era su superior dentro de La Salvaguarda. Se trataba de un caballero de élite que le hacía darse cuenta de lo mucho que le faltaba por aprender, y cuya seriedad lo intimidaba demasiado como para hacer algo más que algún comentario suelto sobre los sitios por los que pasaban.

Por otro lado, los dos sacerdotes de Thrain que iban con ellos parecían algo más sociables, pero no conseguía pensar ningún tema de conversación para sacar con hombres del clero.

En esas circunstancias, Donovan decidió que sería mejor aguantar y centrarse en la patrulla. Al fin y al cabo era el honor de La Salvaguarda vigilar el distrito noble, y no pensaba traer deshonor a su familia actuando como si aún fuese un escudero novato.

Un sonido ahogado a su espalda llamó su atención de repente. Al girarse su sangre se congeló.

Uno de los acólitos, levemente rezagado, se había detenido en seco. En su garganta había una línea carmesí de la que brotaba un chorro de sangre. Sujetándolo para evitar que cayese al suelo mientras tapaba su boca para ahogar cualquier sonido había un hombre encapuchado. En su mano libre portaba una daga ensangrentada. Miraba directamente a Donovan con cierta sorpresa, como si no esperase que le hubiesen oído.

– ¿…Qué? – Dijo simplemente el hombre.

– ¡Embos…!

Esas fueron las únicas palabras que llegó a articular Donovan. Un dolor intenso explotó de golpe en el lado derecho de su cabeza, como si le hubiesen golpeado con una enorme viga de acero. De nada sirvió el yelmo de su armadura. El mundo se tiñó de rojo, y el joven caballero se encontró perdiendo rápidamente el conocimiento mientras caía al suelo, cualquier control sobre su cuerpo irremediablemente perdido.

Mientras la oscuridad se lo llevaba, sin embargo, pudo ver claramente como el otro acólito caía atravesado por una flecha, y Krauser era asaltado por dos atacantes mientras luchaba por desenvainar su arma.

A Donovan poco le importaba ya.


– ¿Lo tiene? – ladró Barod. El fornido undino intentaba vendarse el brazo con un trozo de la túnica de uno de los acólitos caídos, pero estaba claro que no era lo suyo – después de este desastre de emboscada como para que encima haya sido en vano.

– A mi no me mires – protestó Lemire mientras limpiaba la sangre de su daga – yo no tengo la culpa de que el cachorro decidiese girarse justo cuando cogí al cura. Ha sido una desafortunada coincidencia.

– Coincidencia mis cojones – gruñó Barod en respuesta – La has cagado y punto. No eres tan sigiloso como te gusta hacer creer.

– Pues tu madre no me oyó llegar anoche.

Ante eso Barod rechinó los dientes y empuñó su pesado martillo de combate, pero antes de que pudiese hacer nada…

– Basta.

La profunda voz de Arkus detuvo la conversación. La imponente figura del bárbaro nebinés se alzaba entre ambos, deteniendo de golpe la discusión. Ni siquiera les dedicó una mirada, pero ambos captaron el mensaje. No iban a desafiar a alguien que había retado al Alfa por el liderazgo de la banda y, aun perdiendo completamente, había sobrevivido.

La mirada del bárbaro se dirigió hacia su último compañero, que registraba agachado el cuerpo del caballero veterano de la Salvaguarda.

– ¿Lo tiene?

Como respuesta, Cran se incorporó y le lanzó un rollo de pergamino.

El horario de las patrullas de la Salvaguarda en el distrito durante los próximos tres días. Justo lo que buscábamos.

Arkus asintió y guardó el pergamino. La primera parte del plan había sido completada.


Lemire estaba ya hasta las narices. Todo el maldito día siguiendo al viejo mientras hacía recados por la ciudad. Que si pastelitos. Que si libros. ¡Libros! Los pastelitos los podía entender, pero ¿es que los ricos no tienen ya bastantes libros? Qué desperdicio de unas buenas monedas de plata.

Por suerte su aburrimiento iba a acabar pronto. El mercado al atardecer es un sitio bastante decente para una emboscada. Poca gente ya, y la que hay sabe no meterse donde no la llaman. Sólo hay que conseguir atraer a tu víctima a un callejón tranquilo y es toda tuya. Y hay un pequeño truquito que nunca falla para eso.

– ¡Por aquí, señor, desde prisa!

Una voz infantil cargada de urgencia llegaba desde la entrada del callejón en que Lemire y sus compañeros esperaban ocultos.

– ¡Tiene que ayudar a mi madre, señor, se ha desmayado de repente y no sé qué le pasa!

Un niño pequeño, vestido con poco más que unos harapos, apareció a toda prisa por el callejón. Tras él, un hombre mayor de aspecto cuidado y buenos ropajes, acompañado por un par de hombres bien armados, intentaba seguirlo con cara de preocupación.

Cuando llegó a la altura de Lemire, el niño le dedicó una mirada furtiva y aceleró la carrera, perdiéndose en el otro extremo del callejón. El ladrón sonrió. Un par de cobres bien pagados. Nunca falla.

En ese momento el hombre mayor y sus guardaespaldas se dieron cuenta de que les habían engañado, pero ya era tarde. Barod les salió al paso, con su pesado martillo de guerra entre sus manos, mientras que Arkus apareció de entre las sombras a sus espaldas para cortarles la retirada. Dejando caer la hoja de su inmenso hacha de batalla dió un fuerte golpe en el suelo.

Mueller Lohgreim. Mayordomo de la casa Rockstead. Tienes algo que queremos. Si nos lo entregas sólo te retendremos hasta completar nuestros asuntos y salvarás tu vida.

El mayordomo se irguió con dignidad y se dirigió al bárbaro mientras sus guardaespaldas desenvainaban sus armas.

– Mucho me temo, señor, que no tengo nada que pueda interesarle a usted, y debo advertirle que, sea lo que sea lo que planee, si no he vuelto a la mansión Rockstead en unas horas mandarán una partida de búsqueda, por lo que no le recomiendo…

– Nadie te espera de vuelta, viejo – interrumpió Barod – al menos hasta dentro de unos días. ¿Crees que somos aficionados?

– Ah – respondió Lohgreim, simplemente.

Su rostro no se había alterado en lo más mínimo, pero el sudor empezaba a correr por él.

– Aún así, como pueden ver, mis guardaespaldas son veteranos, están mejor armados que ustedes y les igualan en número, por lo que no veo cómo…

El mayordomo se vio nuevamente interrumpido por el sonido de una flecha volando y clavándose profundamente en el brazo derecho de uno de sus guardaespaldas. Éste gritó de dolor y dejó caer su arma.

– No lo tengo tan claro – dijo secamente Arkus. Tras ello, se dirigió a los guardaespaldas.

– Si queréis vivir, soltad las armas y salid de aquí ahora mismo. No tengo interés en vosotros, sólo en el viejo.

Los dos guardaespaldas se miraron. Luego miraron a Mueller.

– Lo siento señor, de nada nos sirve todo lo que nos paga si estamos muertos.

Ambos soltaron las armas y echaron a correr, dejando un pequeño reguero de sangre. El mayordomo de los Rockstead los miraba con una mezcla de terror e incredulidad mientras el color iba desapareciendo de su rostro. Aun así, se las arregló para mantener su entereza.

– Haced lo que queráis conmigo, pero no traicionaré a mi señora.

Arkus guardó su hacha y se acercó a él. Lohgreim cerró los ojos esperando lo peor, pero el inmenso bárbaro simplemente pasó a su lado.

– Lo principal es la llave de la mansión, pero toda la información que pueda darnos sobre el interior es útil, así que mantenlo vivo todo lo posible – le oyó decir.

El mayordomo abrió los ojos, y vio frente a él a otro hombre, sonriéndole con crueldad.

Lemire ya no estaba aburrido.


Autor: David Russo
Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Entanas
35 de Ragniar del 1487 d.S.


Estirpes de Ladrones fue un conjunto de tres partidas que llevamos a cabo durante el FicFest, el día 5 de Mayo de 2018. Este relato está basado en una cuarta partida que no pudimos llevar a cabo ese día. Primeros Compases y los dos relatos que publicaremos próximamente están basados en los hechos llevado a cabo durante esas partidas, que quedan canon en el mundo de Vilia.

La historia cuenta los preparativos que llevan a cabo dos bandas de ladrones rivales en la ciudad. Los Merodeadores están liderados por la Mangosta, un misterioso líder que poca gente ha visto en persona. Su sutileza sirve de ejemplo para las actividades de todos sus hombres. La banda del Alfa está compuesta por matones y rufianes que se han hecho un hueco en los barrios bajos de la ciudad por la fuerza. Sus métodos son tan brutales como los de su líder, caracterizado por la máscara de cráneo de lobo con que cubre su rostro.

Ambientada inmediatamente después de “Un Misterioso Encargo“, nuestro primer librojuego, se basa en los intentos de hacerse con el paquete que la Mensajera llevó a Andrea Rockstead. Puedes leer la conclusión de “Un Misterioso Encargo” aquí.

No te pierdas el resto de la historia. ¡Y prepárate para participar en la continuación!

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Estirpes de Ladrones, parte I: Primeros Compases

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

– Odio este barrio – Jacob murmuraba, escupiendo en el suelo con cierto desprecio.

– Qué me vas a contar, al menos a ti no te miran como si fueses un niño perdido. Parece que nunca hayan visto a un lanan en el distrito noble – dijo Eric irritado, mirando a su alrededor y frunciendo el ceño a todo aquel que le dirigía una mirada de curiosidad – A ver si Conrad se da algo de vida y terminamos el trabajo.

El ambiente en la Escuela de Ingeniería de Puerta de las Tormentas era frenético. Alumnos corrían de una clase a otra cargados con carpetas enormes y un elevado murmullo cubría el ambiente provocando una ligera migraña a los ladrones, que estaban acostumbrados al ambiente más tranquilo de los barrios bajos. Tan fuera de juego estaban, que no se dieron cuenta de que su compañero, Conrad, había vuelto hasta que le escucharon hablar.

– Vale, he tenido una “entrevista” con el orientador del centro, y resulta que los planos de edificios reales se utilizan en los últimos cursos o en exámenes especiales, y están guardados en un archivo en el sótano. Eso sí, sólo se pueden sacar con permiso de uno de los profesores, así que… ¿Cómo hacemos esto?

Los tres se quedaron pensativos un momento, hasta que Jacob dijo:

– Vale, seguidme, creo que tengo un plan. Más o menos.

Intercambiando una mirada de curiosidad entremezclada con duda, Conrad y Eric siguieron a su compañero, que se dirigía a las escaleras que bajaban al sótano.
Tras seguir los carteles indicativos, el grupo llegó a una sala marcada como “Archivo”. Allí encontraron un pequeño recibidor, separado de los archivos físicos por un muro con una apertura que servía como mostrador en la que un archivista de aspecto aburrido garabateaba algo en una libreta. Una puerta cerrada junto al mostrador permitía pasar de una sala a la otra.

En cuanto los ladrones entraron por la puerta, el archivista levantó con desgana la mirada hacia ellos para inmediatamente volver a poner su atención en su libreta.

Jacob guiñó un ojo a sus compañeros y, cogiendo a Eric del brazo, se dirigió hacia el mostrador. El archivista levantó de nuevo la mirada. Con un suspiro de frustración cerró su libreta y forzó una media sonrisa:

– ¿Sí? ¿En qué puedo ayudarles?

– ¡Buenos días, caballero! Magnífica mañana, ¿no es cierto? Verá usted, venía en busca de un plano concreto, y me han dicho que es aquí donde lo encontraría.

Un poco sorprendido por la energía de su interlocutor, el archivista se irguió un poco y respondió:

– Eh… sí, ciertamente, aquí es donde guardamos los planos. ¿Puedo ver el permiso firmado del profesor que se lo ha encargado?

– Ah, pero buen hombre, yo mismo soy quien lo ha encargado, puesto que soy uno de los nuevos profesores de esta magna institución. Hoy es mi primer día, de hecho, y me han encargado que le haga el examen de admisión a este precoz chaval que traigo conmigo. ¡Dicen que es un genio y que sería la persona más joven en ser admitida en la escuela si supera el examen! – Las palabras de Jacob generaron una mirada de intenso odio por parte de Eric, pero éste supo recomponerse antes de que el archivista se diese cuenta – parece ser que con la agitación de los últimos días no han tenido tiempo de añadirme todavía a las listas – Jacob guiñó un ojo -, pero seguro que eso no será un problema, ¿verdad?

El archivista miraba a Jacob con los ojos bastante abiertos. Detrás suyo, Conrad hacía lo que podía para aguantarse la risa. Eric, por su parte, estaba planeando un asesinato.

– Eh… no, lo siento – dijo el archivista tras un minuto de completo silencio – pero me temo que necesito un permiso firmado por alguien que esté en la lista. Registros de entrada y salida y demás. Le recomiendo que busque a algún otro profesor para que se lo firme y…

Las palabras del archivista se vieron interrumpidas por el impacto de una daga clavándose en su mostrador. La sonrisa de Jacob no había desaparecido, pero sus ojos parecían desprender una absoluta ira homicida.

– Creo que no nos hemos entendido. Vamos a sacar esos planos. El futuro de este jovenzuelo está en juego, y no querrías ser responsable de eso, ¿verdad?

La sorpresa inicial del archivista estaba dejando paso a un absoluto terror, y poco fue capaz de hacer más allá de asentir. Los compañeros de Jacob lo estaban mirando con la boca abierta.

– Bien – continuó Jacob – entonces tráeme los planos de la mansión de Andrea Rockstead, si eres tan amable. Y no te preocupes por anotar nada ni decirle nada a nadie sobre esto. Ya me encargaré de informar a los responsables yo mismo. ¿Nos entendemos?

De nuevo, el empleado no pudo hacer más que asentir débilmente. Acto seguido desapareció tras el mostrador, y a los pocos segundos estaba de vuelta con una gran rollo de pergamino.

– Gracias por su ayuda, ha sido muy amable – Jacob cogió el rollo de pergamino y salió de la habitación, seguido por sus atónitos compañeros.

– Bueno, no se si el jefe habría estado muy de acuerdo con estos métodos – dijo Eric una vez fuera del edificio, aparentemente habiendo olvidado su enfado anterior – pero sea como sea ya tenemos los planos. ¿Ahora qué?

– Lo siguiente es conseguirnos un agente en el interior. Probablemente los perros del Alfa intentarán un asalto directo, pero si nosotros conseguimos que nos abran la puerta del sótano podemos entrar y salir en tiempo récord y sin llamar la atención.

Conrad abrió un rollo de pergamino que llevaba consigo.

– Hay unos cuantos posibles objetivos para esto, pero nuestra mejor opción estará esta noche en la taberna “Pan Duro”. Vamos a ello.

Esa noche, el grupo se dirigió a una de las zonas más humildes del distrito residencial, donde se encontraba la mencionada taberna. El ambiente era festivo, y los parroquianos habituales, esuarthianos de pura cepa, llevaban ya unas cuantas copas encima cuando los ladrones llegaron.

Un rápido vistazo les permitió encontrar a su objetivo, un curtido undino ya algo entrado en años pero todavía en buena forma que bebía con algunos de los habituales. Conrad se acercó a él.

– ¿Umar Volgen? Queríamos hablar contigo, tenemos un negocio que proponerte.

El undino se giró hacia él, derramando parte de su bebida, y tras mirarlo de arriba a abajo sacudió la mano para que se fuera.

– ¿Negocios, chico? Estoy en mi rato de descanso, y aquí sólo hablo con quien bebo. Lárgate.

Como respuesta, Conrad se volvió hacia la camarera.

– Señorita, traiga una ronda para mis amigos de esta mesa, a mi cuenta.

Esas palabras provocaron vítores por parte de los camaradas de Umar, que agarraron a Conrad y lo obligaron a sentarse con ellos y acompañarlos en la bebida. Mientras, Eric y Jacob optaron por la discreción y se sentaron en una mesa más apartada, esperando a ver qué salía de esto.

Tres rondas completas después, Umar dio una fuerte palmada en la espalda de Conrad que casi le saca el espinazo de sitio y le pasó el brazo por los hombros, acercándose más a él.

– De acuerdo, chico, no eres mal tío. Tienes mi atención. Vamos a sentarnos con tus amigos y me cuentas de qué va esto.

Con un suspiro de alivio e intentando andar recto, Conrad se dirigió hacia la mesa en que estaban sus compañeros y empezaron a negociar. El plan: Umar era jardinero en la mansión de Andrea Rockstead, lo que le permitía cierto acceso a la mansión. A cambio de una interesante compensación económica, lo único que tenía que hacer el undino era dejar una puerta concreta del sótano abierta para que el grupo pudiese entrar. Sería un visto y no visto, y no habría nada que les relacionase.

– Suena interesante, la verdad, y no tengo ningún aprecio por Rockstead – dijo Umar – pero tenéis que comprender que es un buen sueldo y tengo familia que mantener. No lo haré por menos de 50 dragones de oro – una sonrisa se dibujó en la cara del undino – y un pequeño extra.

Eric suspiró.

– Siempre hay un extra. ¿De qué se trata?

– En la sala de exposiciones de la mansión hay una armadura, una coraza ornamental con grabado rúnicos. La quiero. Dadme vuestra palabra de que la traeréis y tenemos un trato.

Los ladrones se miraron. Transportar una armadura iba a dificultar bastante la operación, pero no era un mal trato, y quizás podían aprovechar el ir a la sala de exposiciones para hacerse con algún extra para ellos mismos. Conrad se encogió de hombros.

– Trato hecho – y estrechó la mano del jardinero.

– Perfecto, chicos, perfecto, ¡esto hay que celebrarlo! ¡Chica, trae tres rondas completas para esta mesa! ¡Pagan mis nuevos amigos!

Iba a ser una noche muy larga… y no iba a ser precisamente la última. Pero la banda de la Mangosta saldría triunfante. Como siempre.

———-

Autor: David Russo
Escuela de Ingenieros, Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas.
Taberna “Pan Duro”, Distrito Residencial de Puerta de las Tormentas.
Media Esuarth, Reino de Entanas.
35 de Ragniar del 1487 d.S.


Estirpes de Ladrones fue un conjunto de tres partidas que llevamos a cabo durante el FicFest, el día 5 de Mayo de 2018. Este relato está basado en los hechos llevado a cabo durante esa partida, que quedan canon en el mundo de Vilia.

Ambientada inmediatamente después de “Un Misterioso Encargo“, nuestro primer librojuego, se basa en los intentos de hacerse con el paquete que la Mensajera llevó a Andrea Rockstead. Puedes leer la conclusión de “Un Misterioso Encargo” aquí.

No te pierdas el resto de la historia. ¡Y prepárate para participar en la continuación!

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Conociendo a la Mensajera

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Dentro del arco “Ídolos de la Tormenta” hemos acabado con la primera fase: el librojuego “Un Misterioso Encargo“. La semana pasada publicamos su conclusión: el relato “En la Escena del Crimen“, y en los próximas semanas publicaremos las siguientes parte de la historia que, a través de partidas de rol que hemos jugado con algunos de vosotros, hemos ido creando colaborativamente.

“Ídolos de la Tormenta” se basa en un personaje central: la Mensajera. Una aventurera que ha viajado desde Escisión, la capital Entánica, hasta Puerta de las Tormentas. Llevando consigo un misterioso paquete, sus aventuras y vuestras decisiones han sido el desencadenante de lo que está ocurriendo en Puerta de las Tormentas en estos momentos.

Sin embargo, apenas conocemos a la Mensajera. Y habiendo sido interpretada por 89 personas distintas, la mejor forma de descubrirla es hacerlo con vosotros.

Así que hoy os lanzamos una pregunta y una encuesta, que dejamos abierta para que ampliéis con lo que se os ocurra:

Si tuvieras que describir a la Mensajera en tres palabras, ¿cuáles serían?
  • La Mejor Ladrona (♫Llegare a ser la mejor. La mejor que habrá Jamaaaás ♫)* 40%, 2 votes
    2 votes 40%
    2 votes - 40% de todos los votos
  • Ladrona muy cuidadosa 20%, 1 vote
    1 vote 20%
    1 vote - 20% de todos los votos
  • Aventurera algo patosa 20%, 1 vote
    1 vote 20%
    1 vote - 20% de todos los votos
  • Inconsciente y afortunada 20%, 1 vote
    1 vote 20%
    1 vote - 20% de todos los votos
  • Adicta al juego 0%, 0 votes
    0 votes
    0 votes - 0% de todos los votos
  • Investigadora demasiado entrometida 0%, 0 votes
    0 votes
    0 votes - 0% de todos los votos
  • Vive al límite 0%, 0 votes
    0 votes
    0 votes - 0% de todos los votos
  • Rebelde sin causa 0%, 0 votes
    0 votes
    0 votes - 0% de todos los votos
Votos Totales: 5
13 junio, 2018 - 21 junio, 2018
La encuesta está cerrada

Dejaremos la encuesta abierta durante una semana, tras la cuál conoceremos los resultados. Si tienes más ideas, déjanoslas en los comentarios, o cuéntanoslas en Facebook o en Twitter.

¡Anímate y cuéntanos tu historia!

Ricardo García
@BardoVilia

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

En la escena del crímen

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Kurt Highes, sargento de la Guardia de Puerta de las Tormentas, se agachó para inspeccionar los cuatro cuerpos carbonizados. Por la forma en la que estaban dispuestos, habían salido despedidos desde el centro de la habitación. La explosión se produjo allí, y debió de ser tremenda. Poco quedaba de sus rostros para ayudar en la identificación.

-¿Ninguno de ellos pertenecía al servicio de la mansión? -increpó Kurt a uno de los hombres de armas al servicio de Andrea Rockstead.

El mercenario, que tenía más aspecto de matón que de soldado, se encogió de hombros.

-Yo no los he visto nunca. Y hay pocos sirvientes en esta mansión, además de nosotros.

Kurt levantó la vista a su interlocutor.

-Las Flechas Rojas, ¿no es así?

-Así es. El mejor cuerpo de seguridad de toda Media Esuarth -asintió el mercenario con claro orgullo.

Kurt continuó examinando la escena sin añadir nada más. Los pedazos de cristal se mezclaban con los tablones rotos de lo que habían sido las mesas y muebles. Todo estaba cubierto de numerosas manchas de diversos colores oscurecidos por el fuego. El olor era espantoso.

Entonces se detuvo. Un amasijo de pieles calcinadas cubría una de las mesas que todavía se sostenía en pie. Parecían haber sido puestas allí con delicadeza, como si alguien hubiera tenido extremo cuidado con lo que sea que habían envuelto.

-Entiendo que esto forma parte de lo que había traído la mensajera herida -comentó dirigiéndose de nuevo al mercenario.

-Sí, eran buenas pieles. La explosión no logró quemarlas.

-Ni tampoco lo que contenían, entiendo…

El hombre de armas no contestó, encogiéndose de hombros. Kurt ya se había encontrado muchos puntos grises en este caso. Muchos de ellos le recordaban a operaciones del mercado negro: una mensajera que llega con las últimas horas del día, un grupo de ladrones dentro de la mansión, nadie sabe qué se estaban disputando… Cualquier guardia estaría interrogando a todos los habitantes de la mansión en busca de contradicciones en sus historias.

Pero la mansión pertenecía a Andrea Rockstead, Ingeniera Jefe y Miembro del Consejo de Media Esuarth. La estudiosa no se había mostrado excesivamente preocupada por los acontecimientos, y Kurt quería mantener su puesto en la guardia.

¿Qué hay de la mensajera? ¿Cómo evoluciona? -preguntó mientras recogía aleatoriamente algunos de los restos de la explosión. “Evidencias”, le habían pedido.

-Los sacerdotes dicen que se recuperará, pero que la explosión le dejará secuelas. Todavía está inconsciente.

-Sobrevivir a una explosión así es más de lo que cualquiera de nosotros podría pedir. Liveta debe tenerla en gran estima.

Ambos abandonaron la habitación y atravesaron el rellano alfombrado hasta las escaleras que llevaban al primer piso. Los recibió una sonora y característica carcajada femenina que Kurt reconoció al instante. También reconoció otra voz profunda y rota por los años de abuso del tabaco. Kurt no pudo evitar maldecir en voz baja, lo que provocó una mirada divertida por parte de su acompañante. Sin detenerse a añadir nada más, Kurt se acercó hasta la pareja y se cuadró en un saludo marcial.

Johann Bolton, Comandante de la Guardia de Puerta de las Tormentas, asintió con aire cansado e indicó a su subalterno que podía relajarse. Ante él, Andrea Rockstead continuaba con su animada diatriba, narrando su versión de los hechos.

-Tuvimos muy mala suerte -hablaba con rapidez, casi con nerviosismo, como si intentase que sus palabras fuesen a la misma velocidad a la que iban sus pensamientos-. Había pasado todo el día intentando refinar una sustancia altamente volátil para aumentar la temperatura a la que se llevaba a cabo la reacción explosiva. Llevaba toda la tarde trabajando en mi laboratorio, pero la mensajera llegó justo cuando estaba tomándome un refrigerio. Muy necesario, por otro lado, porque apenas había comido en todo el día con la emoción de los avances que había ido logrando.

>>Ni siquiera me dio tiempo de verla. Estaba a punto de salir de las cocinas cuando el laboratorio explotó. Todos nos tiramos al suelo, por miedo a que algo nos golpeara. Yo me metí debajo de la mesa. Fue una buena decisión: las ollas cayeron causando un gran estrépito, y…

-La mensajera, Andrea -lo interrumpió Johann, intentando guiar el relato.

-Sí, y subí hasta el laboratorio para ver qué había pasado. Allí encontré los cinco cadáveres y el cuerpo, todavía con vida, de la chica. Por supuesto, llamé a los sacerdotes de Sior inmediatamente. Parece que han podido atenderla a tiempo.

-¿Habéis dicho cinco cuerpos? -interrumpió Kurt esta vez, sorprendido. Andrea asintió, pero antes de poder añadir nada más Kurt se dirigió a su superior-: Tan solo hay cuatro cuerpos en el laboratorio, señor. Es posible que uno de ellos haya logrado huir.

-No me había fijado -añadió Andrea, sorprendida-. ¿Había un hombre pequeño, delgado y con cara de rata entre los muertos?

-Queda poco que permita distinguirlos, pero creo que ninguno de los cuerpos que hay allí es así.

Un corto y meditabundo silencio siguió las palabras de Kurt.

-¿Qué hay del mensaje que iban a entregarte, Andrea? ¿Has podido recibirlo? -preguntó Johann.

-No, aún no he podido hablar con la mensajera. No sé qué traería -contestó Andrea. Parecía que empezaba a cansarse del interrogatorio.

Kurt recordó entonces los restos de pieles que había visto en el laboratorio. Parecían haber envuelto algo importante, y habían sido tratadas con sumo cuidado. El sargento tragó saliva. Sin dejar de observar la aparentemente honesta sonrisa de Andrea, decidió guardarse sus pensamientos.

-¿Qué sabemos de la mensajera, entonces? -volvió a intentarlo Johann.

Kurt asintió y respondió con rapidez:

-Sólo sabemos que llegó a la ciudad ayer a última hora, pero no sabemos desde dónde. La vieron por primera vez en el mercado, preguntando por un guía que lo pudiese llevar hasta la mansión. No se detuvo a descansar. Hay rumores de que la vieron también en dirección a los Barrios Bajos, pero si es así no se detuvo mucho tiempo.

-Llegó aquí después del atardecer, si os sirve -añadió Andrea-, y ahora, si no tenéis más preguntas, debo volver a mis experimentos.

-¿Tus experimentos? El laboratorio está destrozado.

Andrea se encogió de hombros.

-Ya he pedido que me traigan muebles, herramientas e ingredientes para continuar por donde iba. Hoy me traerán la mayor parte y todo debe quedar perfecto. Será necesario que supervise la instalación.

Johann Bolton asintió y suspiró.

-Me parece que ya hemos acabado aquí Highes. Volvemos a la casa de guardia.

El sargento se cuadró y se marchó para cumplir la orden.

——-

-Así que Andrea recibió su paquete -una seductora voz de mujer escapaba bajo los pliegues de una amplia capucha de color gris.

El guardia asintió, incómodo. Se esforzó en cubrirse con su capa, intentando pasar desapercibido al grupo de guardias que salía en aquellos instantes de la mansión de Andrea Rockstead. Entre ellos pudo identificar al Comandante de la Guardia. Un sudor frío recorrió su espalda.

-Debo irme -anunció, pero una sonrisa gélida de labios llenos y dulces lo detuvo.

-Has hecho un buen trabajo -dijo la mujer, y le tendió una pequeña bolsa en la que tintineaban un buen puñado de monedas-. Seguiremos en contacto.

El guardia anónimo tomó la bolsa y asintió. Acto seguido echó a correr con la intención de interceptar al grupo donde se suponía que debía estar esperándolo. Una ambiciosa mirada de ojos claros lo acompañó a lo largo del camino.

——-

Autor: Ricardo García
Mansión de Andrea Rockstead. Distrito Gubernamental de Puerta de las Tormentas. Media Esuarth, Reino de Entanas.
35 de Ragniar del 1487 d.S.


En este relato presentamos las conclusiones y la siguiente escena a los acontecimientos ocurridos durante el librojuego “Un Misterioso Encargo”, que presentamos en el fin de semana de del 4, 5 y 6 de Mayo de 2018 en el FicFest de Sevilla.

“Un Misterioso Encargo” sigue las aventuras de esta misteriosa mensajera en su viaje hasta Puerta de las Tormentas para entregar un misterioso paquete a la Ingeniera Jefe de la ciudad. A través de las decisiones del jugador, la historia podía tener un final u otro.

Las conclusiones presentadas en este relato son el producto de las decisiones de las 89 personas que terminaron la aventura durante ese fin de semana. Son esas acciones las que quedan establecidas en la historia de Puerta de las Tormentas, y en las que se basarán las siguientes historias que van a ir surgiendo.

Este relato sirve de preludio a la historia narrada en “Estirpes de Ladrones”, las partidas que organizamos también durante el FicFest. Pronto publicaremos también los hechos ocurridos en esas partidas.

Todas estas historias quedan enmarcadas en un arco argumental que hemos llamado “Ídolos de la Tormenta”, y que continuaremos avanzando en los eventos y en los librojuegos que iremos anunciando próximamente.

¿No has podido jugar a “Un Misterioso Encargo”? ¿No lo has podido explorar por completo? ¡Todavía estás a tiempo! Échale un vistazo. ¡Es gratis!

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Creación Colaborativa: Un ejemplo

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Dentro de una historia es posible aplicar la creación colaborativa a muchos ámbitos. A través del conocimiento, la experiencia y el sentido común de un grupo de personas podemos crear una localización, tal y como un pueblo, una ciudad, una región o un país que sea original y atractivo, posiblemente único. En este marco, la exposición y contraposición de ideas entre los miembros de un grupo va refinando y aportando detalles. Mientras exista un acuerdo común entre los integrantes del grupo de mantener la consistencia y respetar las líneas propuestas por el iniciador de la idea, cada aportación proporciona mayor profundidad y mayor identidad a la localización que se está creando.

Por ilustrar el proceso con un ejemplo sencillo, podemos decir que en un grupo de tres personas, Juan será el iniciador en un proceso de Creación Colaborativa. Viene con una idea de un pequeño pueblo medieval que forme parte del territorio de un noble importante, que se comporta como un tirano. El pueblo tendría unos quinientos habitantes, y se dedicaría principalmente a la agricultura. Dentro de su historia, pretende proponer a los personajes que se opongan al yugo de este noble. No tiene muy claro cómo lo harán, y de hecho quiere dejarles libertad a los jugadores para que decidan de qué forma quieren oponerse (Juan es un firme defensor de la Creación Colaborativa también dentro de la narrativa y los juegos de rol).

Con esa información, Jaime plantea algunas preguntas: ¿Dónde se encuentra ese noble? ¿Quiénes podrían querer apoyarlo dentro del pueblecito? ¿A qué distancia se encuentra el centro urbano más cercano y de mayor tamaño? Entre los tres comentan distintas posibilidades, y deciden que el noble tiene su mansión en una ciudad de unos 3000 habitantes a unos 50 kilómetros de distancia. Para mantener el control sobre cada villa, ha creado la figura del Regidor, una persona de confianza que lo representa y que está dedicada a la administración.

En ese momento José levanta la mano, emocionado, y propone que sea el Regidor de este pueblecito quien realmente está oprimiendo al pueblo. El regidor se ha convertido en una persona de confianza para el noble, pero lo está engañando, y está desviando parte de los impuestos que recauda de los vecinos del pueblecito (mucho más altos de lo que impone el noble) para alguna causa oscura y siniestra. Posiblemente influenciada por algún Dios maligno.

La idea del Dios maligno no se ajusta al contexto de la historia que está planteando Juan, pero el resto de la propuesta le encanta. Los tres continúan discutiendo acerca de los motivos que impulsan al Regidor a obrar así, y los métodos que está utilizando para mantener su control sobre el pueblo y engañar a sus vecinos. La idea que han desarrollado entre los tres es mucho más rica de lo que cada uno podría haber creado por sí mismo en el mismo tiempo, y la profundidad que están otorgando a la historia es mucho mayor. Podrían salir muchas ramificaciones de esta sencilla idea.

Un proceso parecido puede aplicarse a muchos otros elementos de un mundo y una historia: facciones políticas, religiones, localizaciones, mapas, trasfondos, leyendas, objetos, personajes… Cada uno de ellos posee una influencia distinta en la historia, por lo que seguimos procesos propios y únicos a cada elemento.

Existen particularidades adicionales a la hora de tratar con grupos más grandes de personas, así como dinámicas que aportan comprensión sobre partes concretas de un lugar, un personaje o una historia. En el evento que llevaremos a cabo el próximo miércoles, 1 de Noviembre desarrollaremos una de estas dinámicas orientada a la Creación de Personajes y de Relaciones entre Personajes. Si estás interesado, ¡estás invitado a asistir!

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Guía de Edición del Compendio de Vilia

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

El Compendio de Vilia es una herramienta que está basada en la misma que tecnología que utiliza Wikipedia. Permite crear, editar y enlazar contenido de forma muy rápida y eficiente, facilitando la rápida navegación entre temas, el trabajo colaborativo y la creación de un histórico.

Sin embargo, este tipo de herramientas utiliza una sintaxis particular a la hora de crear y editar contenido. Por ejemplo:

  • Para crear un encabezado hay que rodear la frase del encabezado con símbolos de igual: “==Sección 2==”, “===Sección 3===”, etc.
  • Para crear listas basta con anteceder la frase de un asterisco: *Esto es un elemento de lista”
  • Para crear enlaces a otras páginas de la Wiki es necesario rodear la dirección al enlace con dos corchetes: “[[Char:Taryc Radler]]”.

Existen otros muchos códigos concretos, que pueden encontrarse en el siguiente enlace, también accesible desde la página principal de la Wiki: https://es.wikipedia.org/wiki/Ayuda:C%C3%B3mo_se_edita_una_p%C3%A1gina#Enlaces_internos

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

Normas de Uso del Compendio de Vilia

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page

El Compendio de Vilia es una gran herramienta para todos los interesados en Vilia.

Los jugadores tienen la posibilidad de describir a sus personajes con tanto detalle como deseen, registrar eventos y diarios personales y de grupo, aportar y completar información sobre lugares y personajes, y revisar toda la información de que disponen en la partida.

Los visitantes podrán estar al tanto de lo que ocurre en Vilia en un lugar que irá cambiando y evolucionando a medida que lo haga la partida. Tendrán a su disposición todas aquellas secciones que los miembros de la partida hagan públicos, y podrán aportar ideas y comentarios a través de Facebook y Twitter.

Los colaboradores podrán encontrar un lugar común, organizado y interrelacionado en el que incluir las propuestas y las ideas que han ido desarrollado, de forma que puedan discutirlas con otros colaboradores.

Los másters tienen la posibilidad de almacenar información y estadísticas que no son visibles al resto de los usuarios, vitales para el desarrollo de la historia y accesibles desde cualquier lugar.

El primer paso para comenzar a utilizar esta herramienta tan útil es definir sus Normas de Uso, ¡algo que ya está disponible en el Compendio!

¿Aún no tienes cuenta de acceso al Compendio de Vilia? Avísame y la gestionaremos rápidamente.

 

Comparte esta historia:Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on RedditEmail this to someonePrint this page